Sobornos

El regalo en secreto calma el enojo, el soborno por debajo de la mesa aplaca la furia. (Proverbios 21:14, NTV)

La palabra soborno nos trae a la mente la imagen del dinero que damos a un servidor público para que acelere nuestro trámite o acepte una documentación incompleta. Pensamos, también, en el oficial de tránsito que prefiere algo para su «refresco» en lugar de levantar la multa. O en el jefe que recibe botellas de vino en Navidad para incentivarlo a darnos un ascenso o estar en buenos términos con él. Pero el soborno también puede darse en casa.

La pareja discute y al otro día el esposo trae flores y la esposa cocina un excelente manjar. La madre se siente culpable por trabajar fuera de casa y descuidar a los niños, así que les compra juguetes para sentirse mejor. Ahora que, según el proverbio de hoy, estos regalos secretos y sobornos suavizan el terreno y aplacan el enojo. Tristemente, ¡no solucionan el problema! Y lo mismo sucede en nuestra vida espiritual.

Ofrendamos mucho para no sentirnos tan culpables por no leer la Biblia u orar. Asistimos a todas las reuniones, pero no dejamos los pecados de chisme y envidia que nos están consumiendo. ¿Y sabes qué? Ni las personas ni Dios quieren nuestros sobornos. Dios dijo: «Quiero que demuestren amor, no que ofrezcan sacrificios. Más que ofrendas quemadas, quiero que me conozcan» (Oseas 6:6, NTV).

Toma unos minutos para meditar en los ejemplos antes mencionados. Más que flores y una cena, debemos pedir perdón a nuestra pareja. Más que juguetes, tomemos el poco tiempo que tenemos con nuestros hijos para hacer algo significativo, como jugar o conversar. No caigamos en el juego del soborno a las autoridades, sino que hagamos las cosas con orden y dejemos que Dios obre milagros. Finalmente, vayamos a Dios con el corazón desnudo y aceptemos nuestra apatía o desinterés, y Él nos dará un corazón que le ame y le conozca.

Señor, líbrame de sobornar a otros. Dame un corazón recto.

Tomado de UN AÑO CON DIOS, editorial Origen

Para mis amigas

He aquí una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros. Mateo 1:23 (RVR60)

Una mujer en las noticias decía: «No saben lo que es vivir aquí». Tiene razón. No sé lo que es vivir en Afganistán bajo el régimen talibán; no sé cómo es vivir en una aldea empobrecida de la India; no sé lo que es tener un hijo con un defecto congénito del corazón y darme cuenta de que en mi país no hay hospitales capaces de operarlo.

Quizá así se sintieron los muchos personajes mencionados en el primer capítulo de Mateo. Después de muchas generaciones de judíos, desde Abraham hasta José el padre de Jesús, podían haber dicho: «Mira, Dios, somos el pueblo escogido y queremos seguirte. ¡Pero tú no sabes cómo es vivir en este mundo!» Y ¿qué hizo Dios?

Se mudó al vecindario. Dios se hizo hombre. Vino al mundo como un bebé que nació en Belén y al que nombraron Jesús. ¿Para qué? Para mostrarnos su amor y su plan de salvación. No había otra manera de ayudarnos, salvo muriendo en nuestro lugar por nuestros pecados. Nadie más, salvo Dios mismo, podía unir la brecha de separación.

Al empezar un nuevo año, podemos descansar en esta hermosa promesa: Dios está con nosotras. No es ajeno al dolor ni a la enfermedad, a la traición o al desengaño porque ya lo experimentó. No creemos en un dios indiferente a nuestros problemas; no leemos sobre un creador que hizo todo, se dio la media vuelta y se fue. ¡No! Tenemos un Dios al que podemos llamar Emanuel: Dios con nosotras.

Señor, gracias porque estás conmigo.

Recetas de invierno

Mientras mi mamá y Samy cocinaban el pay de nuez, empecé a redactar la lista de invitados a Navidad y fui diciendo los nombres en voz alta.

1 Mamá

2 Papá

3 Samy

4 Kahty

5 Bebé Benjamín

6 Abuela Teté

7 Tía Gaby

Me detuve.

—Mamá, ¿debe venir la tía Gaby?

—Por supuesto.

La tía Gaby tenía un solo defecto: siempre repetía la misma historia. Por ejemplo, si alguien mencionaba la palabra “accidente”, la tía volvía a contar aquella vez en que se cayó de las escaleras y se fracturó un brazo.

Seguí:

8 Primo Ricardo

Samy interrumpió mientras mamá mezclaba la harina, la sal y la mantequilla para formar una especie de migas de pan. 

—Ricardo seguramente traerá un nuevo teléfono. Yo ni teléfono tengo.

9 Tía Zaira

—¿Tía Zaira? —pregunté.

—Grita mucho —suspiró Samy.

Mamá agregaba el huevo y el agua. No dejaba de amasar.

10 Prima Aurora

—Es muy berrinchuda. Pelea por todo —añadí.

—Solo tiene cuatro años —me recordó mamá.

¡Qué complicada fiesta!

11 Primo Fernando

12 Tío Hugo

¡Tío Hugo! Samy y mamá habían formado una bola que ahora refrigerarían durante treinta minutos, tiempo suficiente para lamentar que el tío Hugo estaba en la ciudad.

El tío Hugo podía ser el más divertido de la fiesta, siempre y cuando no tomara alcohol. Papá tenía prohibido ingerir bebidas alcohólicas en la casa, pero el tío Hugo se las ingeniaba para cargar una botellita oculta en su saco.

—¿Por qué hace eso, mami? ¿Por qué se emborracha?

—Tío Hugo está lejos de Dios. Debemos orar por él.

Y mientras tanto, corrían el riesgo de que les arruinara la fiesta.

13 Tío Nacho

Otro gran problema. Tío Nacho era un aguafiestas. Nada le gustaba. Si proponían ver una película, él ya la había visto y la consideraba aburrida. Si jugaban, tío Nacho se desaparecía. Si comían pavo, le hacía daño. Si optaban por bacalao, tío Nacho, de repente, detestaba alimentos marinos.

Mamá y Samy comenzaron a preparar el relleno: nuez, huevos, mantequilla, azúcar, miel y vainilla.

—Ya voy trece. ¿Quién falta?

—Tu tía Rosa y tu tío Manuel.

Samy y yo nos miramos con alegría. Eran los únicos tíos que nos simpatizaban de común acuerdo, y adorábamos al pequeño Isaí de año y medio.

Mamá sacó la masa y la extendió para añadir el relleno. Mientras lo hacía, terminé la lista.

—Dieciséis personas.

Mamá terminó el pay y lo metió al horno. Los tres nos sentamos alrededor de la mesa y mamá nos miró con seriedad.

—Comprendo que no todos en la familia son como uno quisiera. Pero para un pay se requieren varios elementos. ¿Qué pasa si comes cada ingrediente por sí solo, Samy?

—¡Guácala! No me gusta el huevo sin cocer, ni el azúcar a solas.

—Del mismo modo, una familia se compone por diferentes miembros. La suma de todos nos hace un rico pay, aunque quizá el tío Hugo por ahora sepa a….

—Huevo crudo —interrumpí.

—Y aún así, Navidad implica amar como Jesús. Dios ama al tío Nacho tanto como a la tía Rosa, o a la abuela Teté. Y nosotros podemos ser una luz en esta familia, amándolos, respetándolos y honrándolos. No elegimos en qué familia nacer, pero sí podemos decidir amarla y respetarla

—¿Aún si el tío Hugo llega… borracho?

—Mucho más si llega así, pues entonces él comprenderá que lo amamos, a pesar de su conducta, y quizá eso le recuerde que Dios también le ama, y que desea cambiarlo.

—Creo que falta alguien más en la lista, Kathy.

—No, Samy, ya son todos.

—Falta Jesús. Solo si él es el invitado principal, podremos amar a todos. Aún al primo Ricardo.

—Y no olviden el pay de nuez. No hay Navidad en la familia Pimentel sin mi famoso pay de nuez —declaró mamá.

—¿No les huele a quemado? —preguntó Samy.

—¡Oh no! ¡El pay! —gritó mamá.

Nueva lista: alternativas urgentes de postre porque el pay se quemó. ¿Ideas?

Porque te amo

El Señor no te dio su amor ni te eligió porque eras una nación más numerosa que las otras naciones, ¡pues tú eras la más pequeña de todas! Deuteronomio 7:7 (NTV)

De algún modo, todas estamos educando todo el tiempo. Quizá algunas den escuela en casa. Otras serán maestras en un colegio. Algunas cuidarán de niños en diversas etapas. Lo cierto es que todas nos enfrentamos a la misma pregunta: ¿lo estoy haciendo bien? ¿Estoy educando correctamente a los que tengo a mi cargo? ¿Qué más necesitan mis discípulos para triunfar?

Si tuviéramos listas de lo que hacer o no hacer podríamos reescribir los diez mandamientos y aumentar el número exponencialmente. El libro de Levítico se quedaría corto frente a las muchas propuestas modernas de crianza, discipulado y educación. Los israelitas quizá también experimentaron la misma presión. ¿Cómo ser el pueblo santo que Dios quería?

Al mismo tiempo, un poco de superioridad los rodeaba. Quizá por eso Dios les recuerda lo que nos dice a ti y a mí también el día de hoy: no fuimos elegidas por ser mejores que los demás. Fuimos elegidas por amor. Dios nos ha escogido sencillamente porque nos ama, y su amor no trae consigo una serie de condiciones. Es totalmente incondicional.

Este es el mensaje más importante que los niños que estamos educando necesitan recibir: «te amo». ¿Por qué educamos en casa o damos clase de Escuela Dominical? ¿Por qué salimos a los barrios pobres para hablar de Jesús o llevamos juguetes a comunidades marginadas en Navidad? No para ganar puntos ni para tranquilizar nuestra conciencia. Lo hacemos sencillamente porque los amamos.

Padre, quiero amar más y más.

Tomado de UN AÑO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO, Origen

Píldora de paciencia

Tomado de: Suspiros para Mamá, Verbo Vivo

¡Cuántas veces al día necesitamos una píldora de paciencia! Debemos repetir la misma instrucción una decena de veces; el hijo vuelve a incurrir en la misma falta; el esposo llama que llegará tarde del trabajo; el dolor de cabeza no nos abandona; en el banco el cajero nos atiende con lentitud; en la oficina gubernamental cambian la orden y requerimos otros papeles. Terminamos el día diciéndonos que se nos ha agotado la paciencia.

Tristemente, la Biblia marca cómo se obtiene la paciencia, y no es una píldora que se consiga en la farmacia. Santiago 1:2-3 dice: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia” (Reina Valera 1960).

¿Qué produce la paciencia? ¡Las dificultades! Pero no olvidemos la promesa: “Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna”.

Sarah Edwards aprendió paciencia de muchas maneras. En primer lugar, se consiguió un esposo opuesto a ella: él tímido, ella vibrante; él voluble, ella extrovertida; él antisocial, ella sociable; él desgarbado, ella elegante. Sarah descendía de una familia de ministros. Su padre compuso “Campanas de Navidad” (Jingle Bells) para su clase de Escuela Dominical. También fue fundador de la universidad de Yale.

La bella Sarah tuvo muchos pretendientes, pero Jonathan ganó su corazón. Se casaron cuando ella tenía 17 años. La pareja tuvo once hijos, ocho niños y tres niñas. Vivieron juntos 31 años.

Sarah tuvo que ejercer paciencia con tantos niños en casa y un esposo que dedicaba más de doce horas al día a estudiar la Biblia y orar. También recibían muchas visitas . Y si hemos sido anfitrionas alguna vez, sabemos lo que esto implica. Uno de sus más distinguidos huéspedes fue David Brainerd, un joven predicador que se comprometió con una de sus hijas. Lamentablemente él falleció en casa de Sarah de tuberculosis.

Hablando de momentos complicados, en 1734 ella sufrió un ataque de nervios debido a problemas en la iglesia. Su esposo fue difamado y echado fuera. El dinero escaseó y Sarah y sus hijas vendieron ropa hecha por ellas para sostenerse. En esa época, su hijo menor tenía solo un año.

Se mudaron a la provincia, donde las condiciones eran crudas, pero Sarah mejoró de salud. En 1758, a su esposo le ofrecieron un trabajo en Princeton. Mientras Sarah empacaba para la mudanza, su esposo se adelantó, pero falleció debido a una vacuna. La hija de Sarah que cuidaba de su padre en su convalecencia, también murió. Sarah quedó devastada. Aún tenía seis hijos en casa, el menor de ocho años. Entonces ella también dio su último suspiro, seis meses después que su marido. Dejó seis huérfanos y dos nietos huérfanos.

Sarah y su esposo no concedieron a sus hijos una herencia monetaria. En términos humanos diríamos que los desampararon. Pero Dios tenía otros planes. Se han hecho estudios sobre el legado de esta familia, y se dice que de sus 1,400 descendientes, 13 han sido presidentes universitarios, 65 profesores, 100 abogados, 30 jueces, 66 médicos, 3 senadores, 3 alcaldes, 3 gobernadores, 1 vicepresidente de Estados Unidos y más de 100 misioneros.

Cuando la paciencia parezca agotarse, cuando nos cansemos de mostrar el camino correcto, cuando pensemos que no vale la pena insistir en los principios bíblicos, cuando las calamidades toquen a la puerta y falte el dinero, cuando la muerte nos tome por sorpresa, recordemos el legado que podemos dejar.

Quizá hoy no parezcamos mujeres pacientes, mucho menos perfectas y cabales, pero el Dios que empezó la buena obra en nosotras, se encargará del final. A nosotras nos toca ejercer la paciencia.