Solo quedaron los olivos

En Israel se encuentra la Basílica de la Agonía junto al Huerto de los Olivos. Visité el sitio con mi esposo y mis hijos, y recuerdo haberlo visto como un lugar de paz. Los olivos, algunos con cientos e incluso miles de años, ofrecen silencio y distancia de la bulliciosa ciudad y, aunque no podemos saber con certeza si en ese exacto lugar oró Jesús, no resulta difícil imaginarlo.

Como un girasol

Así es, de la misma manera que puedes identificar un árbol por su fruto, puedes identificar a la gente por sus acciones. Mateo 7:20 (NTV)
A mi hija le encantan los girasoles, la alegría del verano. No solo le gusta cómo rotan mirando al sol, sino que admira su tamaño, que va de entre dos y tres metros, y sus pétalos de color amarillo. Pero ¿sabías que no solo sirven como adorno? Son más que flores bonitas. Cuando se secan y parecen morir, nos regalan sus semillas como alimento, su aceite como combustible y sus raíces para limpiar la tierra de metales.
Quizá por eso Jesús terminó su sermón en el monte recordándonos que no es bueno juzgar a los demás. Las apariencias engañan fácilmente pues, aunque muchos lucen los pétalos del supuesto éxito, no producen frutos, es decir, no benefician a los demás. ¿Cómo entonces saber quién es quién?
Así como identificas un manzano por sus manzanas y una higuera por sus higos, identificamos a la gente por sus acciones. Y hay básicamente dos acciones que importan, y que Jesús explica en la última parte de su discurso. Están los que escuchan su enseñanza y la siguen, y los que oyen sus instrucciones, pero no obedecen.
Cuando escuchamos y no obedecemos, somos como árboles malos, sin fruto y utilidad. En otras palabras, somos espinas que jamás producirán uvas. Sin embargo, la obediencia producirá la evidencia de que seguimos a Dios y bendecirá a otros. Cuando la gente nos «pruebe» verá en nosotras el resultado del amor, la paciencia, la bondad y mucho más. Por lo tanto, el día de hoy, seamos girasoles que sigamos a nuestro Sol de justicia en obediencia.
Señor, quiero obedecer tus mandatos y dar así fruto.

Gentil domador

Dice Luis D. Salem que los burros, hace mucho tiempo, eran bravos y aguerridos, no como los conocemos hoy. Por eso, Cristo fue domador de burros, como del intrépido Saulo o el voluble Pedro. 

Un amigo de don Luis, don Modesto Montañés, llegó a decir: «Yo no soy más que un asno feliz en el cual cabalga Jesús». 

Supongo que todos tenemos una historia de cuando andábamos rebeldes y reacios a ser montados, y como asnos salvajes dábamos de patadas y mordidas al que se acercaba. O quizá caímos en las crueles manos de un ser violento que usó la vara golpeadora para obligarnos a hacer lo que no queríamos, no debíamos, no entendíamos. 

Pero un día llegó el Gentil domador, que no venía a domesticarnos, sino a darnos libertad para ser aquello para lo que fuimos creados. Nos abrió las puertas a la creatividad, al servicio y a la belleza. Nos ayudó a escalar montes y cruzar valles, y a entender que podíamos llevar sobre nosotros a los demás en amor y compañerismo. 

Pero, para eso, Él debió cabalgar sobre nosotros primero, como aquel Día de Ramos, pero no olvidemos lo que el profeta Zacarías enseñó: «Nos cabalga un Rey». Y eso hace toda la diferencia.