La gotera

En alguna época de mi vida me sentí doña-perfecta-todo-bajo-control. Pero ahora, como madre y esposa, he perdido el control y me he visto a mí misma de un modo más objetivo. En otras palabras, soy una gotera.

Un proverbio dice que una esposa que se queja y busca pleitos es tan molesta como una gotera continua en un día de lluvia. Tengo una gotera en casa. Se encuentra fuera, en el cuarto de lavado, lo que me tranquiliza pues no escucho su drip drip noche y día.

Pero, como antes dije, en algún tiempo leí este proverbio y sentí pena por los esposos que debían soportar este tipo de mujeres. Tristemente, hoy veo que, como esposa, tengo todo el potencial para ser una gotera continua.

De hecho, confieso que ya lo soy pues en ocasiones me pongo a enumerar todo lo que hago en el día como para que mi esposo tenga compasión de mí y me felicite, siendo que lo debo hacer solo por amor y obediencia a mi Dios. Me resulta tan fácil enlistar todo lo que se debe componer en casa o que me falta para mejorar mi calidad de vida.

En fin, ya soy una gotera. Y el único que la puede parchar es Dios. Mi oración es que no me vuelva “continua”, pero en el proceso, comienzo reconociendo mi imperfección y rogando a Dios que selle mis labios, que cambie mi corazón y que me enseñe contentamiento.

No soy doña-perfecta, ni tengo todo-bajo-control. Gracias a Dios, pues así puedo ver su gracia transformando mi vida en cada momento. Y que Dios me ayude con el impermeabilizante de su amor y su Palabra, y repare mis averías.

Envejeciendo con gracia

Lo aprendí de Phyllis Cox

  1. Sonríe. Tu sonrisa puede decir con más claridad lo que las palabras no alcanzan a expresar. Aún en medio del dolor o la vejez, tu sonrisa anima a otros.
  2. Sirve. Un maestro siempre se mantiene vivo a través de lo que transmite a sus alumnos y lo que aprende de ellos. Enseña, trabaja, visita. No te canses de hacer el bien.
  3. Comparte. Tienes mucho para dar. Simplemente cuentas con un regalo especial: tu experiencia. Cuenta a otros tus vivencias, tus opiniones, tus aventuras. Comparte tu sabiduría, tus libros, tu música, tus recuerdos.
  4. Recuerda. Mira hacia el pasado con gratitud, no con amargura. Cuenta tus bendiciones, aún en los problemas que te han fortalecido. Acepta lo que te tocó vivir; gózate en la heredad que Dios te ha dado.
  5. Sé fiel. No hay mayor ejemplo que el de la fidelidad. El campesino que año tras año siembra y cosecha, deja más fruto que el aficionado que ya se cree mucho por tener una planta en casa.

La promesa

Y tengan por seguro esto: que estoy con ustedes siempre, hasta el fin de los tiempos.

Mateo 28:20 (NTV)

No me gustan las despedidas. He dicho más veces «adiós» de lo que hubiera deseado en algún momento en mi vida. Las despedidas tienen un sabor agridulce; por una parte, siempre queda la duda de si será la última vez. Por otro lado, conlleva la esperanza de un gozoso y dulce reencuentro.

El Evangelio de Marcos nos dice que el Señor Jesús fue levantado al cielo. Lucas nos relata una escena similar. Los discípulos siguieron a Jesús con la mirada hasta que no pudieron más. ¿Y luego qué hicieron? Adoraron. Regresaron a Jerusalén. Fueron por todas partes y predicaron.

Durante tres años, los discípulos convivieron con Jesús, pero no pasaron con Él cada minuto del día. Había separaciones temporales, momentos de soledad, pero la muerte y resurrección de Jesús hicieron posible un nuevo escenario: Jesús con nosotros, Jesús en nosotros, una presencia constante y eterna.

Hoy no necesitamos ir a un lugar religioso para hablar con Dios. Los murmullos del corazón bastan. Hoy no podemos quejarnos de soledad, pues técnicamente nunca estamos solos; Él siempre está ahí. Y tenemos una promesa más: la de un día verle cara a cara y pasar con Él la eternidad.

Si bien celebramos el Domingo de Resurrección quizá, cuarenta días después, deberíamos festejar su ascensión. Pues esta marca el antes y después del misterio precioso de la venida del Espíritu y el preámbulo de la iglesia. Pero, sobre todo, sella la promesa más hermosa de todas: «Ciertamente vengo en breve» (Apocalipsis 22:20, RVR60).

Sí, amén, ven, Señor Jesús.

Publicado en 40 días entre la cruz y la tumba.

La presa

Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?

Marcos 15:34 (RVR60)

En agosto de 1975, el tifón Nina provocó lluvias tan intensas que el agua superó la capacidad de la presa de Banqiao, en China. La estructura colapsó y arrastró a otras sesenta presas en un efecto dominó. Se estima que más de 20 mil personas murieron directamente por la inundación, pero más de 230,000 fallecieron por los efectos secundarios. Probablemente, 11 millones de personas se vieron afectadas.

El escritor Marty Machowski compara el juicio de Dios por los pecados del hombre con el agua de ríos y lluvias. La presa de la compasión de Dios y sus segundas oportunidades contenían la ira divina hasta ese día en que Jesús murió por nuestros pecados. Y mientras Jesús colgaba de la cruz, la presa reventó y el juicio se desbordó sobre la persona de Jesús.

El Señor Jesucristo experimentó todo el peso de nuestras culpas ese día. ¡Con razón elevó su voz en un grito de angustia! «Al que no cometió ningún pecado, por nosotros Dios lo hizo pecado, para que en él nosotros fuéramos hechos justicia de Dios» (2 Corintios 5:21, RVR60).

Aquella tarde, en la que no estuvimos presentes, todo el peso de nuestro pecado cayó sobre unos hombres santos, inocentes y amorosos, pero también suficientemente fuertes para soportar tanto dolor. En palabras de Isaías: «Formaba parte del buen plan del Señor aplastarlo y causarle dolor. Sin embargo, cuando su vida sea entregada en ofrenda por el pecado, tendrá muchos descendientes. Disfrutará de una larga vida, y en sus manos el buen plan del Señor prosperará» (Isaías 53:10, NTV).

Señor Jesús, gracias a tu dolor, hoy yo soy parte de esos descendientes, de esos hijos que ganaste gracias a tu sacrificio. Que tu plan prospere en mi vida hoy y hasta mi último aliento.

Publicado en 40 días entre la cruz y la tumba.

Solo quedaron los olivos

Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron.

Mateo 26:56 (RVR60)

En Israel se encuentra la Basílica de la Agonía junto al Huerto de los Olivos. Visité el sitio con mi esposo y mis hijos, y recuerdo haberlo visto como un lugar de paz. Los olivos, algunos con cientos e incluso miles de años, ofrecen silencio y distancia de la bulliciosa ciudad y, aunque no podemos saber con certeza si en ese exacto lugar oró Jesús, no resulta difícil imaginarlo.

Sin embargo, los eventos de aquella madrugada fueron caóticos. Hubo gritos y violencia, odio y traición. Un hombre perdió su oreja; un alumno canjeó con un beso la libertad de su maestro, una turba se presentó deseosa de sangre. En palabras de Lucas, fue la hora de la potestad de las tinieblas.

¿Qué hubiéramos hecho tú y yo? Hoy resulta fácil, desde nuestro sillón o incluso en la iglesia junto al huerto, decir que hubiéramos permanecido al lado del Maestro. Pero seguramente habríamos actuado igual que Pedro y Juan, Mateo o Santiago. Todo indica que habríamos huido también, con el permiso mismo de Jesús quien dijo: «Ya que soy la persona a quien buscan, dejen que los demás se vayan» (Juan 18:8, NTV).

Aquel viernes, el huerto de Getsemaní quedó en silencio. Todos se marcharon, a excepción de los olivos que fueron testigos de la entrega más increíble de todo el universo. Pues Él salió al encuentro de los que lo buscaban; Él se dejó atar; Él enmudeció y fue hecho prisionero. ¿Por qué? Porque solo «si el Hijo los liberta, serán verdaderamente libres» (Juan 8:36, NTV).  Y lo hizo por ti y por mí.

Señor, te dejaste arrestar para darme libertad; y por eso, estoy eternamente agradecido.

Publicado en 40 días entre la cruz y la tumba.