En medio del lamento

Porque no aflige ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres. Lamentaciones 3:33 (RVR60)

¿Lloras a veces sin saber por qué? Hay tantas cosas que nos consumen día a día: las heridas del pasado, los vacíos del presente y la incertidumbre del futuro. Además, miramos la creación ser destruida por la codicia del hombre. No podemos detener la injusticia ni evitar la guerra. Nos sentimos en medio de la oscuridad y sin esperanza.

Así se sentía Jeremías cuando vio a su amada Jerusalén en ruinas. Se lamentó y lloró pues las emociones lo embargaban. Dios le permitió hacer duelo, tanto así que registra sus palabras en un breve libro que bien se ha titulado Lamentaciones. Pero justo en medio de sus endechas, Jeremías nos recuerda una palabra muy importante: el jésed de Dios, que la traducción de Reina Valera ubica como «misericordia»

Notemos lo que la misericordia hace. Por causa de su amor, no hemos sido consumidos, aunque nuestros hechos merecen el castigo. Sus misericordias no decaen, sino que se renuevan cada mañana. Por su misericordia, Dios se compadece de nosotros y nos ayuda. Él no nos aflige voluntariamente, y Jeremías lo sabía bien. Los pecados y la rebeldía del pueblo habían traído la destrucción.

El lamento reconoce el dolor y la pérdida. Dios permite que tengamos ese espacio para llorar y gritar, física y emocionalmente. El lugar correcto para lamentarnos es en la oración y en ese espacio personal y privado donde derramos ante Dios nuestra alma. Pues es ahí donde la multitud de misericordias se derramarán sobre nuestros corazones y hallaremos esperanza. Lamentemos y afiancémonos al jésed de Dios.

Señor, te entrego mis lágrimas y recibo tus misericordias.

Tomado de Un Año en el Antiguo Testamento, editorial Origen.

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