Solo quedaron los olivos

Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron.

Mateo 26:56 (RVR60)

En Israel se encuentra la Basílica de la Agonía junto al Huerto de los Olivos. Visité el sitio con mi esposo y mis hijos, y recuerdo haberlo visto como un lugar de paz. Los olivos, algunos con cientos e incluso miles de años, ofrecen silencio y distancia de la bulliciosa ciudad y, aunque no podemos saber con certeza si en ese exacto lugar oró Jesús, no resulta difícil imaginarlo.

Sin embargo, los eventos de aquella madrugada fueron caóticos. Hubo gritos y violencia, odio y traición. Un hombre perdió su oreja; un alumno canjeó con un beso la libertad de su maestro, una turba se presentó deseosa de sangre. En palabras de Lucas, fue la hora de la potestad de las tinieblas.

¿Qué hubiéramos hecho tú y yo? Hoy resulta fácil, desde nuestro sillón o incluso en la iglesia junto al huerto, decir que hubiéramos permanecido al lado del Maestro. Pero seguramente habríamos actuado igual que Pedro y Juan, Mateo o Santiago. Todo indica que habríamos huido también, con el permiso mismo de Jesús quien dijo: «Ya que soy la persona a quien buscan, dejen que los demás se vayan» (Juan 18:8, NTV).

Aquel viernes, el huerto de Getsemaní quedó en silencio. Todos se marcharon, a excepción de los olivos que fueron testigos de la entrega más increíble de todo el universo. Pues Él salió al encuentro de los que lo buscaban; Él se dejó atar; Él enmudeció y fue hecho prisionero. ¿Por qué? Porque solo «si el Hijo los liberta, serán verdaderamente libres» (Juan 8:36, NTV).  Y lo hizo por ti y por mí.

Señor, te dejaste arrestar para darme libertad; y por eso, estoy eternamente agradecido.

Publicado en 40 días entre la cruz y la tumba.

Todo Beethoven necesita una Anna Holtz

Basado en la película: Copying Beethoven.

¿Por qué?

1. Porque el artista es difícil.

La mejor frase de la película dice: “Soy una persona difícil, pero me consuela saber que Dios me hizo así“. Aunque parece sencillo traer música en la cabeza todo el día, más bien pienso que puede volverse una pesadilla. Algunos traen palabras o formas, dibujos o movimientos. Definitivamente, el artista necesita a esa Anna Holtz que, con los dos pies bien plantados sobre la tierra, ayude a que el artista no deje de soñar ni de creer en sí mismo.

2. Porque el artista es solitario.

Por la misma razón de esa locura interna, el artista se aparta del mundo de los vivientes, y sin su Anna Holtz que le brinde compañía, uno estaría más solo que Beethoven. Y la soledad, como todos sabemos, no es buena compañía. Ahora que la pobre Anna Holtz debe soportar los desvaríos de su Beethoven, sus depresiones, su ira, sus manías, pero, ¿acaso no vale la pena cuando el resultado es ser la primera en escuchar “La Novena Sinfonía”?

3. Porque el artista es sordo.

Al igual que Beethoven, cuya sordera era física, el artista tiende a perder de vista a su público, a su audiencia, a sus fans, a sus amigos, y por lo tanto, a perder el ritmo. Anna Holtz es esa batuta o esa mano que marca el compás para que el artista siga respirando y brindando al mundo su arte. Dos son mejores que uno, dice la Biblia. Y a eso puedo añadir unas fanfarrias para todos aquellos que trabajan tras bambalinas como los editores de libros, los diseñadores, los productores de películas, los muchos que hacen que una obra de arte se vuelva realidad.

¿Eres un Beethoven? Déjate guiar por Anna Holtz.

¿Eres una Anna Holtz? No te dejes intimidar por Beethoven. ¡Él te necesita!

Secretos

(Escribí esto cuando mi hijo era un bebé y hoy que él es adolescente, me confronta).

No siempre puedo hablar de lo que siento. ¿No te sucede lo mismo? Tú lloras y yo hago lo posible por entender qué es lo que quieres. ¿Hambre? ¿Cansancio? ¿Calor? ¿Frío? ¿Incomodidad? ¿Enfermedad? Anhelo que llegue el día que hables para que me digas con palabras cuál es tu molestia.

Pero reconozco que aún cuando empieces a balbucear y a decir tus primeras palabras, yo no lo sabré todo, no me enteraré de todo, no conoceré todo lo que anida en tu corazón. Porque nadie puede saberlo, solo uno mismo. Y Dios.

Cuántos secretos no se albergan en el alma. Dolencias y heridas provocadas por otros. Pensamientos oscuros que nos avergüenzan. Pero también momentos de sumo gozo que somos incapaces de formular verbalmente o que simplemente no creemos que el otro entenderá.

Y en medio de tantos secretos, Él nos oye. Él comprende. Él los sabe todos. A Él podemos acudir cuando nos resulta imposible armar una oración. Él ha dicho que el Espíritu Santo reparará nuestra deficiente elocuencia para hallar y transmitir la verdad.

Así que recuérdame en el mañana que tú también tienes derecho a tus secretos, y que no siempre yo conoceré todo. Y en el hoy, permite que me guarde, como María, muchos secretos en el corazón. Pues quizá el secreto más grande de todos, aunque lo llegue a decir con dos palabras, (pues esas dos emisiones de voz no abarcan lo que uno experimenta dentro) es que te amo.

Salsa picante

En algunos lugares a todo le añaden salsa de tomate, pero en mi país, México, el chile lleva la delantera. Muchos turistas se asombran cuando les presentamos nuestros dulces: caramelo macizo de sabor mango cubierto con chile y sal; goma de mascar cubierta con chile piquín y sal; tamarindos cubiertos con chile y sal.  

Quizá nos gusta que todo lo dulce tenga un poco de reto o aventura. Tal vez nos hemos acostumbrado a que todo éxito trae consigo un poco de dolor. Lo cierto es que para llegar al dulce debes «soportar» un poco de picante primero.

La persona que se gradúa con honores, por ejemplo, tuvo que sacrificar horas de diversión para estudiar y preparar sus exámenes.  

Así es la vida. Tiene salsa picante.  

¿Qué estás buscando? 

  1. ¿Bajar de peso? Come menos, haz ejercicio y toma mucha agua. 
  2. ¿Redecorar tu habitación? Ahorra dinero, haz tú mismo las cosas y utiliza material reciclable. 
  3. ¿Mejorar tus calificaciones? Toma apuntes, repasa con regularidad y presta atención en clases. 
  4. ¿Conocer más a Dios? Lee la Biblia, habla con él por medio de la oración y platica con otros que lo conocen. 

La vida sin picante, sería demasiado dulce, y en cierto modo, poco realista. Imagina estos escenarios: 

  1. Quieres bajar de peso, así que sueñas con que alguien te pague la liposucción. ¡Imposible! Además, si no cambias tu estilo de vida, volverás a ganar peso.
  2. Quieres redecorar tu cuarto, así que lo mandas incendiar para que el seguro te compense y compres muebles nuevos. ¡Ilógico! Además, no siempre funciona.
  3. Quieres mejorar tus calificaciones, así que pagas para que alguien te haga la tarea y te pase las respuestas. ¡Ilegal! Además, si no alimentas tu mente, desperdicias tu talento natural. 
  4. Quieres conocer más a Dios, así que tomas un curso en internet y crees todo lo que otros te dicen de él. ¡Irreverente! Dios, como toda persona, quiere tener una relación personal contigo. 

Lo que vale, cuesta. Lo duradero conlleva trabajo.

En otras palabras, a nadie le hace mal un poco de salsa picante. 

Se solicitan custodios

Los custodios de museos resguardan las creaciones y testimonios más valiosos de la humanidad. Sin embargo, son una especie en extinción. Casi nadie piensa en ellos ni agradece su trabajo, como defender los jarrones de antaño de dedos grasientos o prohibir el nocivo flash de una selfie.  

En 2018, los custodios del Museo de Louvre se hartaron y decidieron detenerlo todo. Era un lunes de mayo cuando todos abandonaron sus puestos pues ya no podían controlar a la marejada de turistas que invadió su espacio. Ese año, recibieron más de diez millones de visitantes, 2.5 millones de franceses y 1.5 de estadounidenses, y el resto de todas las naciones de la tierra. 

Entonces, las personas se dieron cuenta de la importancia de la labor de un custodio y se apreció un poco más el respeto que debemos a las obras de arte, aunque los custodios todavía se quejan de los grupos de adolescentes que llegan y se paran ante la Mona Lisa, la miran un segundo, y luego buscan dónde sentarse y mandar textos a sus amigos ¡que están en la misma sala!  

Sin embargo, la labor de los custodios me hace pensar en la necesidad que tenemos hoy, más que nunca, de personas que cuiden y resguarden la belleza, la verdad y la pureza. Si tuviera que hacer una novela gráfica o una película de superhéroes quizá la llamaría: «Los custodios de lo bueno». La historia giraría alrededor de personas dispuestas a caminar una milla extra por resguardar la belleza de la naturaleza, la verdad bíblica y la pureza que aún puede existir en las mentes y en los corazones de quienes aman a Dios. 

Como custodio, quizá no serías alabado, sino censurado, como cuando le lanzamos una mirada de odio al guardia que nos pide no cruzar la raya amarilla que nos impide acercarnos a la armadura romana del siglo III. Tampoco tendríamos un sueldo envidiable. Pero no solo estaríamos conservando, para las futuras generaciones, lo bueno y bello de este mundo, sino que tendríamos una oportunidad única.  

¿Has visto la película «Una noche en el museo»? Vemos a un velador paseando por los pasillos del museo, ya sin turbas ni amenazas, disfrutando plenamente de pinturas y esculturas que lo conectan con la herencia de la humanidad. Del mismo modo, si te unes a mi propuesta de ser un custodio de lo bueno, aunque no seas valorado por los «temibles turistas», tendrás la rara y preciada oportunidad de contemplar lo bello y admirarte, de ingerir la verdad y vitalizarte, de experimentar la pureza y regocijarte.  

¿Te unes?