Un llanto particular

(Febrero 2011)

Tu papá me compartió este susurro, y me gusta tanto que lo escribo ahora. Los primeros días, mientras nos cambiábamos para entrar a la sección de neonatos a visitarte, varios papás nos colocábamos la ropa esterilizada cuando se escuchaba un chillido. ¿Será el mío?

Unos días después, podíamos reconocer el llanto de nuestros hijos. En medio de otros varios, podíamos detectar si eras tú o Emiliano o Toñito. Cada madre, cada padre, reconocía a su pequeño.

Del mismo modo, cuando Dios escucha mi llanto, dice: “Ella es mía”. El dolor de cada uno de sus hijos no pasa desapercibido. En medio de la muchedumbre, no me pierdo ante su atento oído.

El día de hoy, escucho tu llanto y corro a atenderte. A veces te alimento, en otras te arrullo, incluso solo me detengo a mirar y no hago nada, pues creo que es lo que en ese momento necesitas.

El día de mañana, seguiré reconociendo tu llanto entre los demás. Así como el día de ayer aprendí a conocer tu voz.

Pero siempre recuerda que si yo no estoy, por alguna circunstancia, Él siempre estará allí y permanecerá fiel. Y aún estés en los momentos más difíciles y solitarios de tu existencia, Él oirá y dirá: “Ése es mi niño”, y no dudará en darte lo que necesitas.

No en balde su nombre es Jehová, es decir, quien es todo lo que necesito en cualquier circunstancia.

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