Una iglesia. Una cruz al frente. Una niña de ocho años. Arrodillada a unos diez metros de distancia. Arrepentida, confundida por la edad, pero segura de un amor nuevo en su corazón. Sus ojos en la cruz.
Una iglesia. Una cruz al frente. Una adolescente de catorce años. De pie a ocho metros de distancia. Preguntándose los porqués, deseosa de encajar en el grupo. Temerosa, indecisa, dispuesta a ceder. Sus ojos en los demás.
Una iglesia. Una cruz al frente. Una joven en sus dieciséis. Triste, culpable, perdida, a seis metros de distancia. Con los ojos en alguien más, pero ese alguien lejano, distante, ajeno. Sus ojos vagando por la oscuridad.
Una iglesia. Una cruz al frente. Una mujer en sus veintes. Activa, impulsiva, energética, a cuatro metros de distancia. Llena de ideas y sueños, pero cargando el peso de un error. Queriendo agradar; luchando por ser. Sus ojos en el éxito.
Una iglesia. Una cruz al frente. Una hija rozando los treintas. Tumbada, postrada, tirada a dos metros de distancia. Herida, frustrada, humillada. Comprendiendo, confesando, aceptando. Sus ojos en el suelo.
Una iglesia. Una cruz al frente. Una esposa en sus treinta al pie de la cruz. Sin nada que ofrecer, con las manos vacías pero dispuestas. Limpia, perfecta, completa —solo por gracia. Con alguien especial a su lado, quien sostiene su mano con ternura. Sus ojos, nuevamente, en la cruz.
Una iglesia. Una cruz al frente. Una madre en sus cuarentas, en una nueva tierra y con una nueva misión. Comprendiendo el poder de la cruz, pero enfrentando el embate de los enemigos. Sus ojos anegados de lágrimas vislumbran la cruz.
Una iglesia. Una cruz al frente. Una caminante en sus cincuentas con días buenos y malos, con un cuerpo que cambia y una mente que sueña. Una mujer que ruega que sus hijos miren la cruz y la amen tanto como ella. Oraciones que ascienden con el humo de las velas. Sus ojos obligándose a volver a la cruz.
Pasan los años, pero la cruz sigue ahí, siempre ahí. Porque es imposible que su amor se vaya.
