Tres razones para no leer

1. Porque cuando lees piensas. Uno imagina, critica, analiza, proyecta, planea, mastica, comprende, rechaza, acepta, y ¿para qué desgastar tu cerebro? ¡Solo tienes uno!

2. Porque cuando lees aprendes. Los gobiernos odian a las personas pensantes, prefieren a las masas que obedecen sin chistar. Los que piensan corren el riesgo de terminar en la cárcel o en el exilio, incluso se arriesgan a la muerte. ¿Vale la pena?

3. Porque cuando lees gastas. Leer cuesta. Mejor invierte en vicios más productivos. ¿Acaso quieres una casa llena de libros?

Pero si aún así decides leer (¡qué necedad la tuya!), entonces POR NINGÚN MOTIVO leas la Biblia, mucho menos los clásicos. Lee cosas mal escritas en las redes sociales o noticias distorsionadas. ¿Mi consejo? No te angusties; tú sigue la vida sin lectura. No pasa nada.

Aunque ese es el verdadero problema. Si no lees, ¡no pasa nada!

Visión

Una iglesia. Una cruz al frente. Una niña de ocho años. Arrodillada a unos diez metros de distancia. Arrepentida, confundida por la edad, pero segura de un amor nuevo en su corazón. Sus ojos en la cruz.

Una iglesia. Una cruz al frente. Una adolescente de catorce años. De pie a ocho metros de distancia. Preguntándose los porqués, deseosa de encajar en el grupo. Temerosa, indecisa, dispuesta a ceder. Sus ojos en los demás.

Una iglesia. Una cruz al frente. Una joven en sus dieciséis. Triste, culpable, perdida, a seis metros de distancia. Con los ojos en alguien más, pero ese alguien lejano, distante, ajeno. Sus ojos vagando por la oscuridad.

Una iglesia. Una cruz al frente. Una mujer en sus veintes. Activa, impulsiva, energética, a cuatro metros de distancia. Llena de ideas y sueños, pero cargando el peso de un error. Queriendo agradar; luchando por ser. Sus ojos en el éxito.

Una iglesia. Una cruz al frente. Una hija rozando los treintas. Tumbada, postrada, tirada a dos metros de distancia. Herida, frustrada, humillada. Comprendiendo, confesando, aceptando. Sus ojos en el suelo.

Una iglesia. Una cruz al frente. Una esposa en sus treinta al pie de la cruz. Sin nada que ofrecer, con las manos vacías pero dispuestas. Limpia, perfecta, completa —solo por gracia. Con alguien especial a su lado, quien sostiene su mano con ternura. Sus ojos, nuevamente, en la cruz.

Una iglesia. Una cruz al frente. Una madre en sus cuarentas, en una nueva tierra y con una nueva misión. Comprendiendo el poder de la cruz, pero enfrentando el embate de los enemigos. Sus ojos anegados de lágrimas vislumbran la cruz.

Una iglesia. Una cruz al frente. Una caminante en sus cincuentas con días buenos y malos, con un cuerpo que cambia y una mente que sueña. Una mujer que ruega que sus hijos miren la cruz y la amen tanto como ella. Oraciones que ascienden con el humo de las velas. Sus ojos obligándose a volver a la cruz.

Pasan los años, pero la cruz sigue ahí, siempre ahí. Porque es imposible que su amor se vaya.

Carta a mis libros

(Escrito en 2009, pero todavía una realidad en mi vida).

Queridos amigos,

Los echo de menos. He tenido unos meses en que el trabajo me agobia, la vista se me cansa y por las noches estoy tan cansada que no los he disfrutado como antes. Pero sé que siguen a mi lado.

Aún los huelo y acaricio de vez en cuando. Aún los añoro cuando voy de compras o me paseo por mis páginas preferidas de Internet. Aún los recuerdo, a ustedes viejos amigos, que me contaron tantas historias y me robaron lágrimas y sonrisas. Aún los anhelo, a ustedes nuevos amigos, que me esperan con paciencia apilados sobre la repisa.

Ya pronto regresará la calma, y aunque ahora los voy sorbiendo y masticando de poco a poco, siguen ocupando una parte muy especial de mi corazón. No los he olvidado, ni los he abandonado. Solo aguarden un poquito y volveremos a entablar conversación.

Quizá en unos meses nos mudemos a otra casa, pero gracias porque irán a mi lado y me acompañarán en esta nueva aventura. Supongo que a muchos de ustedes los volveré a abrazar por las noches, sobre todo cuando los comparta con mis nuevos amores. Otros de ustedes tal vez se queden en casa de mis padres, pero tarde o temprano nos encontraremos de nuevo.

No quiero sonar melancólica, así que dejo de escribir. Pero aquí estamos, aquí seguimos, y nuevamente agradezco su presencia en mi vida. Cuando me falta inspiración solo debo alzar la mirada y ustedes me recuerdan porqué hago lo que hago. No importa el cansancio, la fatiga, el desaliento, el miedo, acaricio un sueño que ustedes me inspiraron, y por él lucharé.

Gracias, mis libros, por estar aquí.

Su lectora,

Keila

Déjame oír

Déjame oír

Porque a veces estoy cansada, muy cansada…

No me hables de ti ni de tus experiencias, déjame oír de mi Jesús

No me pongas cantos que empiecen con “yo”, déjame oír de mi Jesús

No me des libros de autoayuda, déjame oír de mi Jesús

No me repitas los dogmas cristianos, déjame oír de mi Jesús

No me cuentes el secreto de la felicidad, déjame oír de mi Jesús

Porque a veces tengo sed, mucha sed, y lo que me das no me sacia

La gotera

En alguna época de mi vida me sentí doña-perfecta-todo-bajo-control. Pero ahora, como madre y esposa, he perdido el control y me he visto a mí misma de un modo más objetivo. En otras palabras, soy una gotera.

Un proverbio dice que una esposa que se queja y busca pleitos es tan molesta como una gotera continua en un día de lluvia. Tengo una gotera en casa. Se encuentra fuera, en el cuarto de lavado, lo que me tranquiliza pues no escucho su drip drip noche y día.

Pero, como antes dije, en algún tiempo leí este proverbio y sentí pena por los esposos que debían soportar este tipo de mujeres. Tristemente, hoy veo que, como esposa, tengo todo el potencial para ser una gotera continua.

De hecho, confieso que ya lo soy pues en ocasiones me pongo a enumerar todo lo que hago en el día como para que mi esposo tenga compasión de mí y me felicite, siendo que lo debo hacer solo por amor y obediencia a mi Dios. Me resulta tan fácil enlistar todo lo que se debe componer en casa o que me falta para mejorar mi calidad de vida.

En fin, ya soy una gotera. Y el único que la puede parchar es Dios. Mi oración es que no me vuelva “continua”, pero en el proceso, comienzo reconociendo mi imperfección y rogando a Dios que selle mis labios, que cambie mi corazón y que me enseñe contentamiento.

No soy doña-perfecta, ni tengo todo-bajo-control. Gracias a Dios, pues así puedo ver su gracia transformando mi vida en cada momento. Y que Dios me ayude con el impermeabilizante de su amor y su Palabra, y repare mis averías.