Secretos

(Escribí esto cuando mi hijo era un bebé y hoy que él es adolescente, me confronta).

No siempre puedo hablar de lo que siento. ¿No te sucede lo mismo? Tú lloras y yo hago lo posible por entender qué es lo que quieres. ¿Hambre? ¿Cansancio? ¿Calor? ¿Frío? ¿Incomodidad? ¿Enfermedad? Anhelo que llegue el día que hables para que me digas con palabras cuál es tu molestia.

Pero reconozco que aún cuando empieces a balbucear y a decir tus primeras palabras, yo no lo sabré todo, no me enteraré de todo, no conoceré todo lo que anida en tu corazón. Porque nadie puede saberlo, solo uno mismo. Y Dios.

Cuántos secretos no se albergan en el alma. Dolencias y heridas provocadas por otros. Pensamientos oscuros que nos avergüenzan. Pero también momentos de sumo gozo que somos incapaces de formular verbalmente o que simplemente no creemos que el otro entenderá.

Y en medio de tantos secretos, Él nos oye. Él comprende. Él los sabe todos. A Él podemos acudir cuando nos resulta imposible armar una oración. Él ha dicho que el Espíritu Santo reparará nuestra deficiente elocuencia para hallar y transmitir la verdad.

Así que recuérdame en el mañana que tú también tienes derecho a tus secretos, y que no siempre yo conoceré todo. Y en el hoy, permite que me guarde, como María, muchos secretos en el corazón. Pues quizá el secreto más grande de todos, aunque lo llegue a decir con dos palabras, (pues esas dos emisiones de voz no abarcan lo que uno experimenta dentro) es que te amo.

Salsa picante

En algunos lugares a todo le añaden salsa de tomate, pero en mi país, México, el chile lleva la delantera. Muchos turistas se asombran cuando les presentamos nuestros dulces: caramelo macizo de sabor mango cubierto con chile y sal; goma de mascar cubierta con chile piquín y sal; tamarindos cubiertos con chile y sal.  

Quizá nos gusta que todo lo dulce tenga un poco de reto o aventura. Tal vez nos hemos acostumbrado a que todo éxito trae consigo un poco de dolor. Lo cierto es que para llegar al dulce debes «soportar» un poco de picante primero.

La persona que se gradúa con honores, por ejemplo, tuvo que sacrificar horas de diversión para estudiar y preparar sus exámenes.  

Así es la vida. Tiene salsa picante.  

¿Qué estás buscando? 

  1. ¿Bajar de peso? Come menos, haz ejercicio y toma mucha agua. 
  2. ¿Redecorar tu habitación? Ahorra dinero, haz tú mismo las cosas y utiliza material reciclable. 
  3. ¿Mejorar tus calificaciones? Toma apuntes, repasa con regularidad y presta atención en clases. 
  4. ¿Conocer más a Dios? Lee la Biblia, habla con él por medio de la oración y platica con otros que lo conocen. 

La vida sin picante, sería demasiado dulce, y en cierto modo, poco realista. Imagina estos escenarios: 

  1. Quieres bajar de peso, así que sueñas con que alguien te pague la liposucción. ¡Imposible! Además, si no cambias tu estilo de vida, volverás a ganar peso.
  2. Quieres redecorar tu cuarto, así que lo mandas incendiar para que el seguro te compense y compres muebles nuevos. ¡Ilógico! Además, no siempre funciona.
  3. Quieres mejorar tus calificaciones, así que pagas para que alguien te haga la tarea y te pase las respuestas. ¡Ilegal! Además, si no alimentas tu mente, desperdicias tu talento natural. 
  4. Quieres conocer más a Dios, así que tomas un curso en internet y crees todo lo que otros te dicen de él. ¡Irreverente! Dios, como toda persona, quiere tener una relación personal contigo. 

Lo que vale, cuesta. Lo duradero conlleva trabajo.

En otras palabras, a nadie le hace mal un poco de salsa picante. 

Se solicitan custodios

Los custodios de museos resguardan las creaciones y testimonios más valiosos de la humanidad. Sin embargo, son una especie en extinción. Casi nadie piensa en ellos ni agradece su trabajo, como defender los jarrones de antaño de dedos grasientos o prohibir el nocivo flash de una selfie.  

En 2018, los custodios del Museo de Louvre se hartaron y decidieron detenerlo todo. Era un lunes de mayo cuando todos abandonaron sus puestos pues ya no podían controlar a la marejada de turistas que invadió su espacio. Ese año, recibieron más de diez millones de visitantes, 2.5 millones de franceses y 1.5 de estadounidenses, y el resto de todas las naciones de la tierra. 

Entonces, las personas se dieron cuenta de la importancia de la labor de un custodio y se apreció un poco más el respeto que debemos a las obras de arte, aunque los custodios todavía se quejan de los grupos de adolescentes que llegan y se paran ante la Mona Lisa, la miran un segundo, y luego buscan dónde sentarse y mandar textos a sus amigos ¡que están en la misma sala!  

Sin embargo, la labor de los custodios me hace pensar en la necesidad que tenemos hoy, más que nunca, de personas que cuiden y resguarden la belleza, la verdad y la pureza. Si tuviera que hacer una novela gráfica o una película de superhéroes quizá la llamaría: «Los custodios de lo bueno». La historia giraría alrededor de personas dispuestas a caminar una milla extra por resguardar la belleza de la naturaleza, la verdad bíblica y la pureza que aún puede existir en las mentes y en los corazones de quienes aman a Dios. 

Como custodio, quizá no serías alabado, sino censurado, como cuando le lanzamos una mirada de odio al guardia que nos pide no cruzar la raya amarilla que nos impide acercarnos a la armadura romana del siglo III. Tampoco tendríamos un sueldo envidiable. Pero no solo estaríamos conservando, para las futuras generaciones, lo bueno y bello de este mundo, sino que tendríamos una oportunidad única.  

¿Has visto la película «Una noche en el museo»? Vemos a un velador paseando por los pasillos del museo, ya sin turbas ni amenazas, disfrutando plenamente de pinturas y esculturas que lo conectan con la herencia de la humanidad. Del mismo modo, si te unes a mi propuesta de ser un custodio de lo bueno, aunque no seas valorado por los «temibles turistas», tendrás la rara y preciada oportunidad de contemplar lo bello y admirarte, de ingerir la verdad y vitalizarte, de experimentar la pureza y regocijarte.  

¿Te unes? 

El poder de la oración

Jehová Dios de Israel, no hay Dios como tú, ni arriba en los cielos ni abajo en la tierra, que guardas el pacto y la misericordia a tus siervos, los que andan delante de ti con todo su corazón. 1 Reyes 8:23 (RVR60)

No me gustan las ventanas sucias y opacas. Tampoco los autos que traen vidrios polarizados y que no me permiten ver hacia adentro. Pero así solemos andar por la vida. Mirando a través de ventanas turbias y rayadas que distorsionan la realidad. La oración, sin embargo, nos ayuda a limpiarlas para ver bien. 

Salomón comenzó su reinado con el pie derecho. No solo pidió sabiduría, sino que hizo de la oración una prioridad. Reconoció que, aunque Dios moraba dentro de la nube, podía acceder a Él. ¿El resultado? Aunque dominó todo Israel, la oración le permitió desenmascarar esa idea de control. Salomón sabía que Dios reinaba. Aunque acumuló tesoros y caballos, las cosas no lo poseyeron. A pesar de tener más que ningún otro, en sus tratos percibimos humildad. 

Entonces dejó de orar. Quitó su atención de Dios y la colocó sobre cultos paganos y el agradar a sus muchas esposas. Cuando eso sucedió, las ventanas de su vida se volvieron a empañar y dejó de mirar con claridad. Se volvió un rey autócrata que cobró impuestos para sostener su estilo de vida. Sus riquezas gobernaron su corazón y su «yo» conquistó su alma. 

Sigamos el ejemplo del joven Salomón. Acudamos a Dios con rodillas dobladas y dejemos que el tiempo con Él elimine las manchas en los vidrios y podamos así contemplar su hermosura. Recuerda, la oración nos hace ver la realidad de que Dios está en control, que Él es todo lo que necesitamos y que nos ama profundamente. 

Señor, vengo a ti con humildad. Quita lo opaco y ayúdame a ver.

Tomado de Un año en el Antiguo Testamento, Origen

Lo aprendí de una princesa “ligera”

George MacDonald creó un mundo fantástico para sus hijos. Uno de mis cuentos preferidos se llama «La princesa ligera». Al modo de la Bella Durmiente, la pobre niña recibe una maldición de una bruja (tía no convocada al bautizo), y pierde toda gravedad. La niña, en pocas palabras vuela, y debe ser sujetada con cuerdas y listones. 

MacDonald dice: «Lo mejor que puedes hacer por tu prójimo, además de despertar su conciencia, no es darle temas para pensar, sino despertar lo que ya está dentro de él; es decir, hacerlo pensar por sí mismo». 

Esto logra la fantasía de una manera muy especial. Los cuentos y las novelas nos llevan a nuevos mundos donde no se trata de leer lo que otros dicen sino de descubrir, junto con los personajes, lo que hay dentro de nosotros. Y entonces, como en el caso de la princesa, nos damos cuenta de que cuando vivimos vidas egoístas, apartadas y livianas, perdemos la gravedad y flotamos. 

Solo en el agua la princesa puede ser «normal», pero llega el día que incluso esto la fatiga y la agota. Entonces un día descubre el amor y la importancia del sacrificio. ¿Y qué pasa? 

La princesa estalló en lágrimas y cayó al suelo. Allí permaneció una hora, y sus lágrimas no cesaron. Todo el llanto reprimido de su vida se desbordó. Y cayó una lluvia como nunca se había visto en el país. El sol brilló todo el tiempo, y las grandes gotas, que caían directamente a la tierra, brillaban también. 

El palacio estaba en el corazón de un arco iris. Era una lluvia de rubíes, zafiros, esmeraldas y topacios. Los torrentes brotaban de las montañas como oro fundido; y si no hubiera sido por el desagüe subterráneo, el lago se habría desbordado e inundado el país. Rebosaba de orilla a orilla.

Pero la princesa no hizo caso al lago. Se tumbó en el suelo y lloró, y esta lluvia dentro de la casa era mucho más maravillosa que la de afuera.

Cuando la lluvia cesó y ella se puso de pie, se sorprendió al descubrir que no podía. Al final, después de muchos esfuerzos, logró ponerse de pie, pero volvió a caer al suelo. Al oírlo, su anciana niñera lanzó un grito de alegría y corrió hacia ella gritando:

—¡Mi niña! ¡Has encontrado la gravedad!

Que Dios nos ayude a encontrar la «gravedad» en el amor y el sacrificio; que dejemos de ser personas que solo buscan su bienestar y satisfacción personal, pues nos daremos cuenta de lo bello que es andar con dos pies y poder «caer al suelo» solo para levantarnos una vez más y volver a amar.