El sonido de la música

Ignoro la cantidad de veces que vi la película The Sound of Music (La novicia rebelde) durante mi infancia y adolescencia. No puedo negar que me enamoré de la música, y después de la historia. Me tomó unos años captar las pequeñas lecciones en cada canción, como el atesorar nuestras cosas favoritas que son más recuerdos que objetos, el amor por la patria traducido en una pequeña flor y la posibilidad de escalar cada montaña hasta alcanzar tu sueño. 

Entonces leí la verdadero historia de la familia Von Trapp y, como suele suceder, mis ojos se abrieron a los altos y bajos de la vida real. Conocí a la verdadera María y su historia me conmovió. Si bien algunas cosas son como en la película como sus travesuras en el convento, las cortinas convertidas en ropa de juego, su talento musical, algunas diferencias me parecen importantes. 

  1. María creció huérfana y sufrió de maltrato por el tío que la cuidaba. Su padre fue una figura itinerante en su vida, pero él le enseñó a tocar la guitarra y se dio cuenta del talento musical de su hija antes de morir. 
  2. María, en el convento, daba clases a niños a quienes les componía canciones para enseñarles, y de ahí la contrataron para ir a ser la maestra de Mitzi, una hija del Capitán Von Trapp que se recuperaba de la fiebre escarlatina, la que cobró la vida de su madre. 
  3. La baronesa era una mujer que el Capitán contrató para mantener en orden su casa. Ella fue la que propició la mayoría de las reglas que se adjudican al Capitán. El Capitán sí pensaba casarse, pero con una princesa. No se comprometió con ella pues se enamoró de María. 
  4. María no amaba al Capitán cuando se casó con él. Amaba a sus hijos, pero aprendió a amar a ese hombre bueno y cariñoso. 
  5. De hecho, los hijos Von Trapp se enfadaron cuando vieron la primera película alemana que se produjo sobre su historia y luego lamentaron la obra musical pues retrataba a su padre como un hombre frío y a María como la amable y cariñosa tutora, cuando en realidad fue al revés. El padre era consentidor y amoroso, y María la que disciplinaba en casa. 
  6. Su primer «productor» fue un sacerdote que les enseñó cantos gregorianos que habían quedado en el olvido muchos años, y él, en cierto modo, los llevó a la fama.
  7. Su talento musical los llevó a presentarse frente al canciller austríaco y a viajar por Europa. Ese talento también los pondría en un aprieto. No huyeron después del festival de música, como sugiere la película, sino cuando, después de perder todo su dinero, trabajar en su villa que convirtieron en una casa de huéspedes y oponerse al régimen nazi, Hitler los invitó a cantar a su cumpleaños y el Capitán recibió órdenes de trabajar en un submarino. Entonces huyeron a Italia en tren, luego llegaron a Estados Unidos hasta que se venció su visa. Con ayuda de otros, lograron ingresar finalmente a Estados Unidos. 
  8. María, probablemente después de su huida, se convirtió en la «tirana» que sus hijos describieron después, obligándolos a ir de tour y cantar todo el tiempo, y hacer que trabajaran todavía a marchas más forzadas. Pero ella lo había perdido todo: su casa, su país, su identidad. Necesitaba sobrevivir. 
  9. Cuando el Capitán murió, el grupo se desbandó y tomó mucho tiempo para que se volvieran a reunir y reconciliarse. Curiosamente, la mayoría de las hijas mayores no se casaron, y trabajaron como maestras en misiones católicas en Nueva Guinea. Los hijos sí se casaron y algunos tuvieron hasta seis hijos. 
  10. Con la hija que María fue más estricta fue, precisamente, su primera hija con el Capitán: Rosemarie. Ella se negaba a cantar; le provocaba mucha ansiedad estar frente a la gente, pero María la obligó a cantar hasta que dos veces Rosemarie colapsó. En una ocasión, entró a un instituto para recibir ayuda. María nunca se perdonó haber metido a sus dos hijas más pequeñas a un internado cuando llegaron a Estados Unidos, para así poder salir de tour y ganar dinero.

María tenía solo 22 años cuando se casó. Su niñez, su abandono, su juventud, su inexperiencia hacen a María una persona más real con la que podemos empatizar, o incluso sentir enojo ante sus errores. De hecho, el musical que tanto amamos fue el último que compuso Hammerstein quien murió de cáncer de estómago nueve meses después de su estreno. 

Aquí puedes escuchar el tipo de cantos que entonaban los Von Trapp y algunas fotos de la verdadera familia: https://www.youtube.com/watch?v=sWbbwShq3SI

Sea lo que sea, María nos enseña que podemos ir a la naturaleza cuando nuestro corazón esté triste y encontrar ahí el sonido de la música. Y ante el dolor y la pérdida, siempre podemos volver a cantar. 

La lectura como disciplina espiritual

El libro Alabanza a la disciplina o Celebremos la disciplina de Richard Foster llegó a mis manos en el momento justo. Atravesaba una serie de altibajos emocionales, combinados con dudas sobre mi fe y mi cosmovisión cuando entendí que las disciplinas espirituales no eran condicionantes de mi salvación ni un requerimiento para que Dios aprobará más de mí. 

Recuerdo la libertad que sentí cuando Foster describió a las disciplinas espirituales como las actividades o posturas del alma que nos ponen en el lugar exacto para interactuar con Dios y recibir la transformación. No hacen nada por ellas mismas, salvo ubicarnos en el lugar donde Dios hace todo. 

Mediante esa definición comprendí la importancia de la meditación y el estudio bíblico, la oración y la confesión, la adoración y la celebración, el silencio y la soledad, la sencillez y la humildad. Pero, algo en mí percibía que faltaba la lectura, no de la Biblia, sino de los libros antiguos y modernos, clásicos y nuevos, porque en más de una ocasión, durante una mañana o tarde de beber un libro fui transformada y Dios habló a mi corazón. 

Por esa razón, me emocionó leer World of Wonders: a Spirituality of Reading de Jeff Crosby, quien, entre otras cosas, menciona la lectura como una disciplina espiritual. Donald S. Whitney, otro autor que ha hablado mucho de las disciplinas espirituales, incluyó en uno de sus libros el leer libros, incluso si es solo una página al día, como una disciplina necesaria en el camino de fe. 

Y el pastor J. K. Jones dijo que «culaquier práctica que me lleva a amar a Dios más y a mi prójimo, mientras me lleva a la presencia de Dios donde Dios hace su obra transformadora, es una disciplina espiritual». Y estoy totalmente de acuerdo. 


Al empezar un nuevo año y crear la lista de buenos propósitos, incluyamos leer un poco más. Una página al día, como sugiere Whitney, es más que suficiente. Comienza con eso y en seis meses terminarás un libro. Pero, dudo que cuando adquieras el hábito puedas detenerte en una página. ¿Lo importante? Trata de hacerlo diario, y verás sus inmensos beneficios. 

Un año de liturgia

Celebra todo el año

¿Te imaginas un año sin Navidad? ¿O una primavera sin Semana Santa? A final de cuentas, incluso las personas no religiosas organizan sus años alrededor de muchas fechas establecidas por la tradición cristiana o el año litúrgico. 

Antes de que te pongas nerviosa, la palabra «liturgia», que es bastante elegante, se utiliza para describir el orden en un servicio eclesiástico, pero también podríamos decir que encierra la idea del «drama de adoración». 

Dios estableció siete festivales para el pueblo de Israel que celebraban su salida de Egipto, la cosecha y el nuevo año, entre otras cosas. Cuando surgió la iglesia, comenzaron a usar algunos días para recordar la vida de Jesús, desde su nacimiento, hasta su muerte y resurrección. 

Así se creó el calendario litúrgico que, podríamos decir, es como un guion general de las fechas establecidas. Sin embargo, si le das el mismo guion a dos directores obtendrás dos películas diferentes. ¿Por qué? Porque existe un margen para la creatividad y la personalización. 

Lamentablemente, así como sucedió en el pueblo de Israel, corremos del riesgo de alterar tanto el guion que dejamos de usar las fechas correctamente y se vuelven tan solo una excusa para estar de vacaciones, comer de más y salir de la rutina. Por ejemplo, el guion se ha alejado tanto de su origen que Papá Noel eclipsa al Niño de Belén.

Sin embargo, los seres humanos necesitamos ciclos, repeticiones y recordatorios para no olvidar. ¿Y cómo lo hacemos? Rescatando el guion. Pensemos en algunas de las fechas que en un año podemos disfrutar. Empecemos en diciembre.

El Adviento nos recuerda la venida de Cristo y se celebra los cuatro domingos antes de Navidad. Puedes encender una vela cada domingo e ir preparando tu corazón al meditar en lo que Jesús nos vino a dar: esperanza, paz, gozo y amor. Añade al guion decoraciones navideñas, música navideña o comida típica de la temporada, pero no olvides leer las profecías bíblicas que se hicieron sobre el Mesías. 

La Navidad, como todos sabemos, celebra el nacimiento de Cristo. Seguramente has participado de programas navideños o has asistido a reuniones especiales en torno al evento. No olvides personalizar tu guion y buscar maneras de profundizar en este día. Recuerda la importancia de que Dios nos dio a su Hijo, y busca maneras de dar y darte a otros. 

En la iglesia ortodoxa se celebra la Epifanía, que en nuestros países se conoce como los Reyes Magos. Sin embargo, más allá de los regalos, no olvidemos que los enemigos de Dios trataron de asesinar al niño Jesús. Del mismo modo, ¿cuántos niños no están hoy en peligro debido a la pobreza o la criminalidad? ¿Qué te parece usar esta fecha para hacer algo a favor de la niñez?

Muchos nos hemos apartado de la práctica de la Cuaresma. Sin embargo, nuevamente, este es un tiempo de preparación antes de una de las fechas más importantes de nuestro calendario: la Semana Santa. Una forma en la que podemos alistarnos es leyendo los Evangelios para no olvidar quién es Jesús y por qué murió por nosotros. El ayuno también nos puede beneficiar, pues nos ayuda a enfocarnos. No tienes necesariamente que dejar de comer, sino quizá dejar las redes sociales por unos días; en otras palabras, abandonar algo que te estorba para poder centrarte en Jesús. 

Por cierto, ninguna de estas actividades o festivales se deben usar para señalar a los que no las practican y alzarnos el cuello. Todas deben surgir de la motivación correcta: recordar lo que Jesús hizo por nosotros. 

Semana Santa. Tristemente, para muchos de nosotros suena a playa. De todas las fechas, esta es probablemente la única que cae en las fechas más acertadas pues sigue el calendario judío. Culmina con el domingo de Pascua o resurrección. ¿Qué haces cada año? Ciertamente, muchos recordamos cada mes, cada semana, cada día la cruz de Jesús, pero no está de más tener pequeñas tradiciones personales que nos aproximen al guion original. Busquemos lecturas, música y espacios de silencio para dar gracias a Dios por un amor tan grande. 

La iglesia ortodoxa, en particular, se acuerda del Día de la Ascensión, cuarenta días después de la muerte de Jesús. ¿Qué te parece ese día subir una colina, un monte o una montaña para meditar en la divinidad de Cristo? Se suele también comer algún tipo de ave. O simplemente, ese día toma un tiempo para contemplar las nubes y lee de nuevo la historia de la ascensión y la promesa de que Jesús vendrá otra vez. 

¿Has celebrado el Pentecostés? Cincuenta días después del viernes santo festejemos la venida del Espíritu Santo y el nacimiento de la iglesia universal. Puede ser una buena oportunidad para apoyar la traducción de la Biblia a otras lenguas o para visitar otras congregaciones y gozarte con hermanos de diferentes denominaciones. El Pentecostés vino a revertir lo que perdimos en la Torre de Babel, así que es una buena oportunidad de agradecer a Dios por el regalo del lenguaje. 

Finalmente, entre Pentecostés y Adviento parece que no hay muchas festividades, pero en septiembre se festeja el mes de la Biblia, ya que el 26 de septiembre de 1569 se concluyó la impresión de la primera Biblia en castellano. Podría ser una buena ocasión para regalar las Escrituras a algún amigo, vecino o familiar. 

Con tu familia o amigos, encuentren fechas qué celebrar. Lo importante es siempre regresar al guion original: la vida de Jesús, y utilizar estas oportunidades para hablar de Él a otros y, sobre todo, para hablar con Él sobre lo que festejamos. 

Sobornos

El regalo en secreto calma el enojo, el soborno por debajo de la mesa aplaca la furia. (Proverbios 21:14, NTV)

La palabra soborno nos trae a la mente la imagen del dinero que damos a un servidor público para que acelere nuestro trámite o acepte una documentación incompleta. Pensamos, también, en el oficial de tránsito que prefiere algo para su «refresco» en lugar de levantar la multa. O en el jefe que recibe botellas de vino en Navidad para incentivarlo a darnos un ascenso o estar en buenos términos con él. Pero el soborno también puede darse en casa.

La pareja discute y al otro día el esposo trae flores y la esposa cocina un excelente manjar. La madre se siente culpable por trabajar fuera de casa y descuidar a los niños, así que les compra juguetes para sentirse mejor. Ahora que, según el proverbio de hoy, estos regalos secretos y sobornos suavizan el terreno y aplacan el enojo. Tristemente, ¡no solucionan el problema! Y lo mismo sucede en nuestra vida espiritual.

Ofrendamos mucho para no sentirnos tan culpables por no leer la Biblia u orar. Asistimos a todas las reuniones, pero no dejamos los pecados de chisme y envidia que nos están consumiendo. ¿Y sabes qué? Ni las personas ni Dios quieren nuestros sobornos. Dios dijo: «Quiero que demuestren amor, no que ofrezcan sacrificios. Más que ofrendas quemadas, quiero que me conozcan» (Oseas 6:6, NTV).

Toma unos minutos para meditar en los ejemplos antes mencionados. Más que flores y una cena, debemos pedir perdón a nuestra pareja. Más que juguetes, tomemos el poco tiempo que tenemos con nuestros hijos para hacer algo significativo, como jugar o conversar. No caigamos en el juego del soborno a las autoridades, sino que hagamos las cosas con orden y dejemos que Dios obre milagros. Finalmente, vayamos a Dios con el corazón desnudo y aceptemos nuestra apatía o desinterés, y Él nos dará un corazón que le ame y le conozca.

Señor, líbrame de sobornar a otros. Dame un corazón recto.

Tomado de UN AÑO CON DIOS, editorial Origen

Para mis amigas

He aquí una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros. Mateo 1:23 (RVR60)

Una mujer en las noticias decía: «No saben lo que es vivir aquí». Tiene razón. No sé lo que es vivir en Afganistán bajo el régimen talibán; no sé cómo es vivir en una aldea empobrecida de la India; no sé lo que es tener un hijo con un defecto congénito del corazón y darme cuenta de que en mi país no hay hospitales capaces de operarlo.

Quizá así se sintieron los muchos personajes mencionados en el primer capítulo de Mateo. Después de muchas generaciones de judíos, desde Abraham hasta José el padre de Jesús, podían haber dicho: «Mira, Dios, somos el pueblo escogido y queremos seguirte. ¡Pero tú no sabes cómo es vivir en este mundo!» Y ¿qué hizo Dios?

Se mudó al vecindario. Dios se hizo hombre. Vino al mundo como un bebé que nació en Belén y al que nombraron Jesús. ¿Para qué? Para mostrarnos su amor y su plan de salvación. No había otra manera de ayudarnos, salvo muriendo en nuestro lugar por nuestros pecados. Nadie más, salvo Dios mismo, podía unir la brecha de separación.

Al empezar un nuevo año, podemos descansar en esta hermosa promesa: Dios está con nosotras. No es ajeno al dolor ni a la enfermedad, a la traición o al desengaño porque ya lo experimentó. No creemos en un dios indiferente a nuestros problemas; no leemos sobre un creador que hizo todo, se dio la media vuelta y se fue. ¡No! Tenemos un Dios al que podemos llamar Emanuel: Dios con nosotras.

Señor, gracias porque estás conmigo.