Sigue la manada

Un grupo de ballenas se denomina manada. Las ballenas dentadas, en particular, viajan en grupo, colaboran para cazar y se ayudan para cuidar de sus crías. Las ballenas barbadas, por su parte, son más solitarias. Viajan solas o en grupos más pequeños. Sin embargo, por medio de sus vocalizaciones se mantienen en contacto incluso en la distancia. 

Madeleine L’Engle, a quien cito con frecuencia, escribió tantos libros que podríamos decir que compuso una manada. Para comprender sus escritos debemos sumergirnos en el mar de su obra y así la podemos ir conociendo mejor. Lo mismo pasa con escritores como C.S. Lewis, Tolkien, Chesterton, y todos los que logran publicar más de un volumen. 

¿Y cómo descubrimos a estos autores? Recuerdo cuando leí el primer libro de Elizabeth Goudge, quien se convirtió en una de mis favoritas. Todo comenzó con una ballena que salió a la superficie y me mostró su belleza. Entonces decidí sumergirme en sus obras y encontrar más tesoros. 

En resumen, el único libro de un autor que leamos es tan solo parte de un cuerpo literario más grande que vale la pena conocer. Solo así, tendremos una mejor visión del todo y, como en el caso de Madeleine, sabremos más de su cosmovisión y su influencia. 

Una entrega gozosa

Ser madre implica tomar muchas decisiones al día. Qué deben comer, cómo vestirlos, cuándo jugar, dónde pasear. Pero en ocasiones las determinantes surgen de situaciones extremas y externas, como le sucedió a Antusa.

Antusa vivió en el siglo 4, en Antioquía, una ciudad importante de Siria, la que se menciona en la Biblia como la iglesia base de la que el apóstol Pablo salió en sus viajes misioneros. De acuerdo a las costumbres de la época, Antusa se casó joven, con un oficial del Ejército Imperial llamado Segundo, pero él murió y dejó a Antusa viuda a los veinte años con un hijo.

La primera elección que debió hacer esta mujer concernía a su viudez. ¿Volverse a casar? ¿Buscar un padre para su hijo? Antusa decidió no hacerlo. Se dedicaría de cuerpo y alma a la educación de Juan.

En segundo lugar, Antusa observó que Antioquía era un lugar en el que los cristianos escaseaban. El sistema educativo se le figuró impropio para su hijo, así que tomó las riendas del asunto y optó por educar en casa. Lo que hoy parece una importante opción fue desde el siglo 4 un reto tomado por algunos padres.

Sin embargo, Antusa no aparece en la historia como una madre preocupada  o llena de miedos, sino como una mujer gozosa. Dios apoyó a Antusa en la misión de educar al pequeño Juan, y como ella había recibido educación clásica en su juventud, compartió con él su conocimiento. También lo animó a perseguir una carrera como predicador, por lo que él estudió Teología con el célebre maestro Diodoro en Tarso.

Antusa se nos presenta como una mujer que se gozaba en ver a su hijo crecer. Sobre todo, los historiadores comentan que Antusa sonreía al ver la imagen de su esposo en su hijo.

Cuando su hijo Juan creció, Antusa lo envió a estudiar lejos, así que le escribió cartas. Se conserva una carta de ella en la que habla del regalo de la amistad. Vemos pues una mujer que seguramente contaba con un círculo de amigas que la rodearon en sus horas difíciles.

Quizá muchas de nosotras nos enfrentaremos a dilemas similares. ¿Es la escuela en casa para nuestros hijos? Si Dios nos llama a ello, no dudemos en que él nos dará sabiduría y capacidad para tan noble labor.

¿Estamos criando hijos sin ayuda? Recordemos que el “don” de la amistad nos puede cubrir y proteger del frío de la soledad.

El hijo de Antusa se convirtió en uno de los grandes líderes cristianos de su época. Se le reconoce por sus profundas interpretaciones de Génesis, Mateo, Juan, Romanos, Corintios, Gálatas, Efesios, Timoteo y Tito. De hecho, se le dio un apodo, “Crisóstomo”, o el de la boca de oro.

Antusa dedicó su vida al rol más importante del mundo: criar a su hijo para Cristo. Las Escrituras y las virtudes que inculcó en él permanecieron en Juan de un modo sólido por el resto de su vida.

En su entrega, Antusa halló gozo. En su entrega, Antusa cumplió con Dios y su marido. En su entrega, Antusa conoció la verdadera felicidad.

El gozo del que habla la Biblia va más allá de la felicidad pasajera que nos ofrece el mundo. El gozo real proviene de la satisfacción de cumplir con aquello a lo que hemos sido llamadas, y una vez que somos madres, esto se convierte en uno de nuestros principales compromisos con Dios. Hijas de Dios primero, esposas después, madres por siempre. Pero en gozarnos en nuestra entrega, nos toparemos de frente con el gozo y los resultados mostrarán que hemos acertado en nuestra decisión.

Tomado de Suspiros para mamá, Verbo Vivo

A la espera

Señor, escucha mi voz por la mañana; cada mañana llevo a ti mis peticiones y quedo a la espera. Salmos 5:3 (NTV)

En español usamos la expresión «en espera» o «a la espera» para mostrar que estamos expectantes de que suceda algo mejor de lo que pedimos. Esta frase bien ilustra lo que sucedió en 1940 en el orfanato en Egipto que dirigía la estadounidense Lillian Trasher. Debido a la Segunda Guerra Mundial, la comida faltaba para sus 900 huérfanos, así que Trasher convocó a veinticuatro horas de oración. 

Al día siguiente, Lillian recibió un telegrama del embajador americano. Un barco de la Cruz Roja que se dirigía a Grecia había sido desviado a Alejandría.  Debido al riesgo de ser atacado, se ordenó a la tripulación que tirara todo por la borda. Sin embargo, un marinero escocés, cuya madre oraba por el orfanato de Lillian, pidió que todo se entregara a la misionera. 

Ese día, ella recibió 2600 vestidos, 1900 suéteres, 110 toallas, 700 latas de leche en polvo, 1200 sacos de arroz y mucho más. ¡Dios proveyó en abundancia! David nos enseña a orar con la misma fe que demostraron Lillian y los niños. Uno ora, luego espera, pues Dios, en su amor inagotable, responde más allá de nuestro entendimiento. 

Cada mañana y cada noche vayamos ante el trono divino y derramemos nuestro corazón delante del Rey. Luego, quedemos a la espera. Dios, seguramente responderá, y como termina el salmo 5, nos bendecirá y nos rodeará con su escudo de amor. Si Él cuida de huérfanos, viudas y cada hija suya, también cuidará de ti, de mí y de aquellos que lo aman. 

Señor, quedo a la espera. Sé que me oirás. 

TOMADO DE UN AÑO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Profetas menores para los menores

Por el momento, este libro ya no está en circulación, pero esperemos que pronto regrese, aunque sea de modo digital. Fue un proyecto en conjunto con un talentoso autor, Samuel Lagunas, y una increíble artista, Susana Sánchez Huanosto. La introducción dice: Los Profetas Menores son 12 libros que están al final del Antiguo Testamento. Se…

El arte de esperar

Este libro ya no se vende en físico, pero lo escribí durante un tiempo de espera en mi vida. La contratapa dice: La vida es una constante espera y no puede haber otra mujer más apropiada en “El arte de esperar” que Sara, la esposa de Abraham, el patriarca bíblico. Para Dios somos como en…

¿Quién es Jesús?

Cuando nacieron mis hijos les leía durante horas libros ilustrados en inglés y en español. Me enamoré de las ilustraciones y de las muchas posibilidades que estos cuentos ofrecían, e intenté un primer libro. Pero mi chip de maestra y mi amor por Dios me llevaron a componer un pequeño libro ilustrado que habla de…

Mi novela más navideña

Este libro comenzó con dos cosas: un pueblo y una canción. El pueblo: Tlalpujahua, donde siempre parece Navidad y hay fabricantes de esferas. La canción: Luna de miel, interpretada por Paloma San Basilio. Podríamos decir que esta es mi versión moderna de la Navidad, o un canto a las muchas tradiciones navideñas que me gustan.…

Un suspiro para mamá

Y de pronto fui mamá. Y como dicen por ahí, mi vida cambió. Pero Paty Vergara y yo seguíamos soñando con libros que ayudaran a mujeres en distintos caminares de la vida y nos preguntamos: ¿cómo sería juntar los esfuerzos de una mamá novata y una más experta? El blurb del libro dice: «Los retos…

Cuando necesitas un abrazo

Este ha sido uno de los libros más difíciles que he tenido que escribir, pero tenía que hacerlo. Este extracto resume el tema. «Viví la experiencia de una persona muy cercana a mí que tardó muchos años en aceptar que había sido víctima de abuso sexual en su niñez. Calló durante mucho tiempo ese evento…

El bosque

La hija del leñador se casó con el carpintero. Por lo menos Gustav le daba un poco más de confianza pues se mudaron el pueblo. Ya no vivían tan cerca del bosque, ese bosque terrible que le provocaba el mayor de los miedos.

Pero no contaba con Adelaida. Su hija de siete años tomó una canasta.

—Mamá, ¿puedo ir a recoger flores?

Gretel arrugó la frente.

—¿A dónde quieres ir?

—Al bosque. Ahí hay muchas.

—Te lo he dicho miles de veces. Tienes prohibido ir al bosque. Jamás pondrás un pie en ese bosque. El bosque está repleto de monstruos y peligros.

—Pero, mamá… Todos van al bosque de vez en cuando. Mis primos lo hacen también.

Gretel torció la boca. ¿Cómo convencerla? Gustav cedería a los encantos de su hija. Siempre lo hacía. En eso, alguien tocó la puerta. Gretel saltó de su asiento.

—Tranquila, mamá. Es solo mi tío Hansel.

Su hermano, erguido y apuesto, abrazó a su hermana.

—¿A qué se debe esa cara de pocos amigos, Gretel?

—Mamá no me deja ir al bosque —se quejó Adelaida—. Solo quiero ir a cortar flores. Le he dicho que mis primos pueden ir. ¿Por qué yo no?
Hansel intercambió miradas con su hermana.

—Ve por un poco de leche para mí, pequeña.

Adelaida resopló con fastidio y tomó el cubo donde guardaba la leche después de ordeñar a la vaca. Hansel miró a Gretel con intensidad.

—¿Aún tienes miedo?

—El bosque es un lugar peligroso. Tú lo sabes mejor que nadie. No quiero que Adelaida se tope con… algún peligro.

—Dirás, con una bruja dentro de una casa hecha de galletas. Pero eso fue hace mucho tiempo, y si recuerdas bien, Dios nos protegió de todo mal.

—Para ti es fácil. Pero ¡yo maté a esa bruja! ¿Qué tal si se quiere vengar de mí por medio de mi hija?

Hansel sujetó las manos de su hermana.

—Ven conmigo.

Gretel luchó con todas sus fuerzas, pero por temor al qué-dirán, dejó que su hermano la llevara al bosque. Cada paso le resultó una tortura. Los recuerdos la abrumaron. Piedrecitas blancas, trozos de pan, una cuerda entrelazada entre los troncos. Reconoció el camino. Iban directo a la casa de esa malvada bruja.

—Serénate, Gretel —le ordenó su hermano.

¿Pero cómo tranquilizar su corazón? Finalmente cruzaron los arbustos. Donde antes había estado la casa de galletas había un espacio vacío. Los pájaros cantaban, la luz del atardecer iluminaba la escena.

—Por eso permites que tus hijos vengan. Sabes que no está la bruja.

—No es por esa razón. De hecho —le confesó Hansel—, no me había parado por aquí desde aquella vez.

—¿Entonces?

—Cada vez que mis hijos cruzan la puerta, le pido a Dios que los proteja y los dejo ir. Soy un simple leñador, no un religioso, pero sé que Dios es más grande que cualquier bruja.

Al día siguiente, Gretel preparó dos canastas.

—¿Iremos al bosque? —sonrió Adelaida.

—Así es. Por ser la primera ocasión, te acompañaré. Después irás sola.

Una hora después, con la brisa del campo en sus mejillas, Gretel sonrió. Por primera vez en mucho tiempo sentía paz. Y recordó lo hermoso que era el bosque.

Tomado de Suspiros para mamá, editorial Verbo Vivo

Razones para alegrarnos

Hay días en que no encontramos ninguna razón para sonreír. Un hijo enfermo. Falta de empleo. Dinero escaseando. Debilidad en el cuerpo. Mal clima. Tragedias en la familia. Desastres naturales. Problemas en la iglesia. Cáncer terminal.

Pero a pesar de todo, el salmista, quien también sufrió durante su vida, nos ofrece por lo menos cuatro razones para gozarnos, sin importar las circunstancias externas, ya que el gozo es una actitud del corazón que no depende de nuestra relación con Dios.

Podemos gozarnos por la provisión de Dios. El salmo 16:2 nos dice: “¡Tú eres mi dueño! Todo lo bueno que tengo proviene de ti” (Nueva Traducción Viviente). Y ciertamente, aún en el día más nublado, podemos encontrar diez cosas buenas, por cada dedo de nuestras manos, y que provienen de Dios. Un esposo, unos hijos, una casa, una manta, un hermano, un seguro social, una Biblia, un trozo de pan, un baño de sol, un vaso con agua.

Podemos gozarnos por los paladines de Dios. En el verso 3 leemos: “¡Los justos de la tierra son mis verdaderos héroes! ¡Ellos son mi deleite!” (Nueva Traducción Viviente). ¿Cuándo fue la última vez que nos alegramos al leer una biografía de un hombre de fe como George Muller o Jim Elliot? Leer y estudiar sobre hombres de fe, bíblicos y de la historia de la iglesia, reafirman nuestro gozo. ¿Por qué no visitar o invitar a casa a hermanos de la iglesia que admiramos? Nuestro gozo aumentará, y contagiaremos a nuestros hijos con buenos ejemplos.

Podemos gozarnos por la protección de Dios. Leemos: “Señor, sólo tú eres mi herencia, mi copa de bendición; tú proteges todo lo que me pertenece” (Nueva Traducción Viviente). Esto incluye a nuestros hijos, pero también nuestra herencia. En ocasiones nos entristecemos por falta de recursos, pero olvidamos que la herencia que Dios nos ha dado se encuentra en nuestro interior, en esa fuente inagotable de recursos que nos ofrece su Espíritu, la garantía de que todo lo que Dios nos ha prometido se hará realidad.

Podemos gozarnos por la promesa de Dios. Quizá nuestra situación parezca insostenible. No puedo pensar en una experiencia más difícil que estar al borde de la muerte. Pero aún allí, la promesa de Dios nos acompaña: “Con razón mi corazón está contento y yo me alegro; porque tú no dejarás mi alma entre los muertos ni permitirás que tu santo se pudra en la tumba. Me mostrarás el camino de la vida, me concederás la alegría de tu presencia y el placer de vivir contigo para siempre” (9-11, Nueva Traducción Viviente). ¿Qué más necesitamos para esbozar una sonrisa que saber que estaremos con Jesús por la eternidad?

Cuatro razones para gozarnos. Ahí están. Solo es cuestión de tomarlas y alegrarnos. Que nuestros hijos vean siempre a una mamá gozosa, sin importar lo que ocurre afuera. Que dentro de nosotros encuentren siempre una mujer alegre por lo que Dios hizo, lo que hace y lo que hará.

Tomado de: Suspiros para mamá, editorial Verbo Vivo