El ingrediente más importante

Leyendo los muchos libros que existen sobre el matrimonio, sobre todo aquellos que responden a la pregunta: ¿Es esta la persona para mí?, me topé con una sorpresa. El subtítulo: “Ingrediente esencial”, me hizo pensar en amor, amistad o comunicación. No estaba preparada para la siguiente palabra.

Según los autores, un ingrediente fundamental en la receta matrimonial es: la compasión. ¿Compasión? No me sonaba a un elemento base para una relación, así que me fui al diccionario para investigar más.

La compasión es un movimiento del alma que nos hace sensibles al mal que padece otro ser. Abraham, mi esposo, es un hombre que, como muchos otros, ha sufrido. Yo también he sufrido. Y jamás olvidaré aquella mañana en que nos sentamos en un hermoso parque y abrimos nuestros corazones. Nos contamos nuestras pérdidas amorosas y nuestros fracasos relacionales, y ambos experimentamos compasión. Me dolió escuchar cómo le habían usado; le dolió escuchar mis penas. Y la compasión reforzó nuestro amor.

La compasión también comprende el estado emocional del otro. Mi esposo y yo hemos pasado por altos y bajos en el camino. Cierto fin de semana, yo andaba con la energía en su máximo nivel; él andaba cabizbajo. Yo no supe medir ni entender su estado anímico, y el lunes tuve que darle su espacio. Él estaba agotado; yo lo sabía, pero no lo comprendí. La compasión nos mueve a dar tiempo fuera, pero también a no sobrecargar al otro.

Finalmente, la compasión desea aliviar o reducir el sufrimiento del otro. En otro fin de semana que yo recibí noticias poco alentadoras, y él pospuso un viaje que tenía y se quedó conmigo esa mañana. Mostró especial amabilidad al acompañarme de compras, e incluso eligió el vestido y las sandalias que compré.

El libro tenía razón. La compasión es fundamental, pues ayuda a sentar las bases de una relación duradera. Basta revisar los antónimos para vislumbrar lo que surgirá en un matrimonio que no presta atención a la compasión: crueldad, inhumanidad e insensibilidad.

Cómo elegir un buen libro

Quizá comienzas a transitar por el camino de la lectura, tal vez eres una ávida lectora, aún así, novata o experta, siempre nos preguntamos: cómo elegir un buen libro.

¿La respuesta? ¡Nadie lo sabe! Es decir, no existe un solo método. Pero propongo algunas ideas para quien desea un poco de frescura y variedad:

–  Si hay una biblioteca cerca de tu casa, pídele al bibliotecario alguna sugerencia. O pregunta cuál es el libro más solicitado. Muchas veces ellos son una mina de información.

– Entra a un sitio web donde vendan libros. Salta al azar de página en página y lee los comentarios de los lectores. Muchas veces ellos califican los libros; revisa cuáles son los más recomendados.

– En una librería, camina hacia la sección que casi nunca visitas: “libros de terror”, “novela romántica”, “suspenso”. Lee las contratapas de varios títulos y elige el que más te llame la atención.

– Revisa los clásicos. Siempre habrá alguno o algunos títulos que no hayas leído. Vale la pena invertir en ellos. Por algo son clásicos.

– Presta atención en los convites sociales. ¿Alguien menciona un libro? ¿Cuál? ¿Por qué lo recomienda? ¿Qué le interesó del tema?

– Si tienes un autor preferido, simplemente ponte al día. ¿Ha publicado nuevos libros? ¿Cuál te falta en tu colección?

– No huyas de los “best sellers”. Ciertamente no todos serán de tu agrado, ni cubrirán tus expectativas, pero de repente surge algo en el horizonte que puede alegrar tu tarde.

– Si en tu país los libros son escasos o de precio elevado, busca lugares donde vendan libros usados. Hallarás clásicos a buen precio; incluso algunas joyas antiguas que quizá te roben el aliento.

– Si tienes amigos que leen, haz un trato con ellos. ¡Intercambien libros! Acude a su biblioteca y pide prestado un título y viceversa. Solo recuerden: si devuelves el libro, podrás leer muchos más. Si no lo regresas, habrás perdido una “biblioteca” gratuita.

Quiero aclarar que no he respondido a la pregunta: cómo elegir un buen libro. ¿Por qué? Porque lo que para mí puede ser un gran libro a otro le puede parecer demasiado cursi. Aún así, de vez en cuando, varias o muchas personas coincidimos en que cierto título vale la pena. Así que no tengas miedo de indagar. Descubrirás muchos tesoros.

El líder misterioso

Lee Ezequiel 45 y 46.

Y, cuando entren y cuando salgan, el príncipe deberá estar entre ellos. Ezequiel 46:10 (NVI)

Cada noche, el comedor del campamento quedaba sucio. Aunque un grupo de camperos lo barría después de la cena, debido a otras actividades volvía a desordenarse y empolvarse. Misteriosamente, cada mañana, cuando los encargados despertaban, se encontraba en óptimas condiciones. ¿Quién lo mantenía en orden?

Durante la revelación de Dios a Ezequiel sobre la futura gloria del templo, se presenta al príncipe. No sabemos mucho de él, pero no se trata del Mesías. Quizá, simplemente, ejemplifica lo que un verdadero líder debe ser. ¿Qué hace? Ofrece sacrificios, presenta ofrendas en representación del pueblo y no se aísla del pueblo, sino que forma parte de la multitud.

Este misterioso personaje nos ofrece grandes lecciones. En muchas empresas e incluso iglesias, los líderes viajan en autos especiales y no se mezclan con el resto. Entran por puertas laterales y solo conviven con otros del mismo rango. Esta no es la imagen del príncipe misterioso que leemos aquí. Este es un líder siervo, uno que tiene un rol de pastor, pero un corazón de oveja.

¿Te acuerdas del comedor del campamento? Una mañana, los encargados se levantaron más temprano y descubrieron el secreto. Se trataba del conferencista y orador invitado, quien, sin llamar la atención, hacía un acto de amor y servicio todos los días, en silencio y en el anonimato. Todos se asombraron de la humildad de este líder-siervo, quien dijo: «No soy especial. Soy como el resto de los camperos. A todos nos toca limpiar». ¿Nos parecemos a este príncipe misterioso?

Señor, dame un corazón de siervo.

Tomado de Un Año en el Antiguo Testamento, Editorial Origen

Y sí, el líder misterioso fue mi abuelito Ronaldo.

Dos palomas

Escribí Palomas hace muchos años, pero las historias de Jonás y Zuú todavía me conmueven.

Retraté a Jonás como un hombre con defectos, dilemas, miedo y compasión, destinado a cumplir una misión profética en la ciudad de Nínive. Paralelamente, aparece una mujer ninivita llamada Zuú que observa los eventos, el arrepentimiento del pueblo, la decadencia y el regreso a la crueldad. Las vidas de los judíos (representados por Jonás) y de los ninivitas (representados por Zuú y su entorno) se entrelazan para mostrar un panorama del plan de redención, del juicio, del arrepentimiento y de la misericordia.

Así que, la narrativa combina elementos históricos, bíblicos y de ficción para dar vida a personajes y conflictos que quizá no se detallan en el texto bíblico original, pero que buscan humanizar y ampliar la historia.

¿Qué busqué aportar?

  • Frescura al relato tradicional de Jonás, ofreciendo personajes más vívidos, motivaciones más profundas y escenarios emocionales intensos.
  • Ambientar bien la historia, presentando culturas antiguas, tensiones entre pueblos, el sufrimiento humano y la esperanza de cambio.
  • Una herramienta para reflexión: sobre el llamado, la obediencia, el perdón, tanto personal como comunitario.

Probablemente este libro no es para todos. A algunos no les gustarán mis libertades alrededor del texto y a otros no les gustan los temas en torno a la fe, pero para los que quieran buscarla, la pueden encontrar en versión Kindle.

Perlas

Cuando me invitó al salón del tesoro, no lo podía creer. ¿Qué hacía yo entre las joyas del Rey? Aun así, acepté y crucé la puerta con expectación. No me decepcioné. ¡El lugar brillaba!  Oro, plata, bronce, diamantes, esmeraldas, y perlas, muchas perlas.

En primer lugar, me llamó la atención una fuente de perlas. Las delicadas esferas, más pequeñas que una gota, brotaban con armonía. El Rey se acercó y tomó unas cuantas en su mano.  “Son lágrimas de mis hijos”, me explicó.  “En esta fuente guardo todas aquellas lágrimas que he enjugado; perlas de dolor por la muerte de un ser querido, enfermedad o decepción”.

Entonces vi unos collares de perlas que colgaban del techo formando una cortina de luz. ¿Y éstas? El Rey contestó:  “Son lágrimas de alegría que he compartido con los míos.  Así como estoy presente en su dolor, también lo estoy en su gozo”.

Noté que también en las coronas había perlas, mayores a las de la fuente y más luminosas. ¿Serían especiales?  “Son las lágrimas que mis siervos han derramado al ofrecerme su vida y su tiempo. Ellas simbolizan la frustración de verse perseguidos o malinterpretados; muestran la batalla terrenal que será recompensada en el futuro”. ¡En todo el mundo no hallaría perlas así! 

De pronto, el Rey me sonrió: “Y aún no has visto las más perfectas”.  Entonces sacó un cofre. Al abrirlo, perdí el habla.  ¡Eran. . . indescriptibles!  ¿También eran lágrimas?  “Sí, pequeña. Estas ocupan un lugar único en mi corazón. Las más grandes que iniciaron la colección son las de mi Hijo, y todas las demás son las de aquellos que simplemente derraman lágrimas al decirme: TE AMO”.

Vi la imagen de hombres y mujeres a lo largo de la historia, hincados o de pie, susurrando o gritando: “Te amo, Señor, te amo”.  Y apareció la imagen de su Hijo postrado en un jardín, aceptando su destino y reiterando su amor incondicional. 

Las lágrimas que el Rey junta, son las de aquellos que le dicen: “Te amo”.  ¿Qué perlas le he dado yo?