En el camino

Sucedió que mientras hablaban y discutían entre sí, Jesús mismo se acercó, y caminaba con ellos. Lucas 24:15 (RVR60)

El Camino de Santiago es una serie de rutas de peregrinación en el norte de España que ha inspirado y atraído a cientos y miles de cristianos desde el siglo IX. Hoy en día no solo se usa en el sentido religioso, sino espiritual. Sin importar la religión o profesión, cientos de peregrinos «caminan» solos o en grupo buscando respuestas.

Dos hombres anduvieron por lo que se ha vuelto otro camino muy importante, el de Emaús. Andaban cabizbajos, hablando entre sí de las terribles cosas que habían sucedido. El profeta que había hecho milagros poderosos y era un gran maestro había muerto en la cruz. Ellos, que habían creído que se trataba del Mesías, se preguntaban si se habían equivocado. Pero ¿qué de esas noticias que recién habían escuchado sobre la resurrección de Cristo?

Entonces Jesús se apareció y empezó a caminar con ellos. Escuchó lo que tenían para decir, luego los guio por los escritos de Moisés y de todos los profetas, explicándoles que el Mesías tenía que padecer y que Jesús había cumplido todas las profecías. ¿Y dónde ocurrió esa importante lección teológica? ¡En el camino! No con pantallas ni libros, sino entre campos de trigo y cielos despejados.

No es necesario ir al Camino de Santiago para buscar respuestas a los vacíos del alma o a los dolores de la vida. Jesús todavía camina con nosotros. Él quiere acompañarnos en nuestro peregrinaje en esta tierra. ¿Cuándo fue la última vez que realizaste una caminata para orar y conversar con Dios? ¿Lo has hecho alguna vez? ¡No lo pospongas! Sal a la naturaleza y ejercita tus piernas, pero, sobre todo, encuentra a Jesús en el camino.

Señor, quiero caminar contigo.

Tomado de: UN AÑO CON DIOS EN EL NUEVO TESTAMENTO

Orgullosamente mexicana

Un cielo tiende sobre ti, Gonzalo Báez Camargo

  1. Un cielo tiende sobre ti
    su manto azul turquí,
    dos mares cantan tu loor,
    ¡Oh Patria de mi amor!
    Mi México, mi México,
    bendígate el Señor,
    su gracia dé hasta rebosar
    del uno al otro mar.
  • Mil héroes viste combatir,
    peleando hasta el morir,
    y conquistar con dignidad
    tu santa libertad.
    Mi México, mi México,
    Dios premie tu valor,
    tu noble sangre sea feraz,
    y logre eterna paz.
  • ¡Oh Patria! Llena de dolor
    la negra esclavitud
    del fanatismo y del error
    opacan tu virtud.
    Mi México, mi México,
    bendígate el Señor,
    verás tu noche terminar,
    y el nuevo albor brillar.
  • Enciende un vivo resplandor
    tu cielo azul turquí;
    verás la gloria del Señor
    naciendo sobre tí.
    Mi México, mi México,
    por fin brilla tu luz,
    y tus tristezas cesarán
    si buscas a Jesús.

Don Gonzalo

Gonzalo Báez Camargo nació en Oaxaca el 13 de noviembre de 1899. Su mamá era maestra en Oaxaca y se casó con Guillermo Camargo, un maestro y predicador. Se mudaron a Chiapas y don Guillermo murió, así que Rosendita se hizo cargo de su único hijo.

Tristemente, la madre de Gonzalo murió cuando él tenía 11 años. Jamás la olvidó y escribió: “Con las mismas quietudes mi pupila y con la misma placidez mi frente; con tu amor y tu fe mi alma tranquila, quiero morir cual tú: serenamente…”

Su nombre original completo fue Gonzalo Camargo y González Angulo. Pero fue adoptado por el Dr. Victoriano Daniel Báez, y a raíz de eso su nombre cambió a Gonzalo Báez Camargo.

Estudió la primaria en Oaxaca, y más tarde entró en la escuela metodista de Puebla. Pasó después a la ciudad de México para estudiar el Seminario, y finalmente estuvo en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Cuando la Revolución interrumpió la vida, Báez Camargo se enlistó en la brigada Zaragoza, segunda división de Oriente del ejército Constitucionalista al mando del general Venustiano Carranza. Tiempo después, y habiendo estado a punto de morir en batalla, regresó a la vida civil con el fin de continuar su educación formal.

En general trabajó en poesía, periodismo, educación, trabajo editorial y traducción de lenguas bíblicas. Usó como seudónimo el de Pedro Gringoire, el personaje poeta de “Nuestra Señora de Paris” de Víctor Hugo.

Alguien dijo de él: “Es el hombre más sencillo, el cristiano más sincero que conozco”. Y así se trasluce en su trabajo.

Como poeta, Báez Camargo escribió muchos versos. Cosas sencillas como los poemas infantiles “El Caballito” o “Balada a los niños pobres”. Como Académico de la Lengua Española, usó de un lenguaje altamente elevado, como cuando tradujo los Salmos de los originales para la Biblia del Nuevo Milenio. Nadie duda que Báez Camargo fue doscientos por ciento mexicano, por ejemplo, en su “Don Quijote en América”, donde revela el convencimiento de la necesidad de fusionar culturas.

Como escritor, usaba un sin fin de nombres para referirse al Señor Jesús: Divino Carpintero, Varón de Dolores, Luz, Proletario de Nazaret, Pobre y Amigo de los pobres, Divino Camarada, Nuestro Señor del Látigo, Soliviantador Espiritual de los de abajo, Divino Perseguido, Cristo del Silencio, Espíritu universal y eterno, Héroe del Sufrimiento, Supremo Amador, el Justo, Profeta del Nuevo Orden, Muerto y Resucitado del Calvario, Peregrino de Emaús.

Uno de los temas que se reiteran lo largo de todos sus artículos editoriales es el de los sufrimientos de Cristo. Para él, Dios se revela en “el Cristo de las manos traspasadas” porque es “un Dios que sufre…cuyas lágrimas se mezclan, en simpatía, con las nuestras”.

Escribió: “Dios no sería perfecto si no fuese capaz de sufrir”, puesto que, “el verdadero amor es siempre amor que sufre y, porque sufre, redime”.

Durante su vida, Gonzalo Báez Camargo impulsó el ecumenismo, pero no como hoy lo conocemos. Para él, el ecumenismo significaba que las distintas denominaciones cristianas trabajaran unidas.

Para explicar esto usó diversas figuras: “Como el disco que en las clases de física sirve para demostrar la composición de la luz. Ahí están los colores. Cada uno diferente a los demás. Fuerte, bien definido, claramente demarcado. Se hace girar el disco, y aparece el blanco del cual todos forman parte. Para que esto suceda he aquí los requisitos: (1) Que cada color retenga su propio tinte; (2) Que los colores, aunque distintos, estén juntos; (3) Que todos reconozcan un solo centro”.

También usó la imagen de la orquesta: “Se trata de ser armonía nunca uniformidad. En la providencia de Dios, hay repartimiento de “diferentes dones, según la gracia que nos es dada” (Rom.12:6), así a las denominaciones como a los individuos. Instrumentos diferentes, diferentes partituras. Él ha hecho el reparto. Para el Señor todos los instrumentos y todos los papeles son importantes y necesarios. La obra que se ejecuta es una misma: el Canto de Salvación en Cristo. Pero todos deben armonizar sus partes obedeciendo al mismo Director. Cada quién apegado fielmente a su nota y a su instrumento, porque de otro modo la ejecución de la obra se estropea. Pero todos fieles a la misma obra, todos dóciles bajo la batuta –que tiene la forma de cruz- de Cristo el Director”.

Murió en la ciudad de México en 1993.

Abundante fruto

La Sagrada Familia es el lugar más visitado en España y con justa razón. La masiva construcción fue concebida por Gaudí, quien se inspiró en la tradición de las catedrales góticas y bizantinas, así como en la naturaleza que rodea Barcelona. Deseaba expresar a través de cada detalle el mensaje del Evangelio.

Uno de esos detalles que llaman la atención son las torres. Al principio parecen tener deformaciones, pero una segunda inspección nos mostrará que están repletas de frutos. Las torres son, en cierta manera, canastos de fruta. ¿Qué representan? ¿La belleza de la creación? ¿Una buena cosecha?

Algunos interpretan las nueve torres como el fruto del Espíritu. En Gálatas 5:19 leemos que «la clase de fruto que el Espíritu Santo produce en nuestra vida es: amor, alegría, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad, humildad y control propio».

El apóstol Pablo habló de nueve virtudes que solo Dios puede lograr en medio de un corazón hostil y egoísta por naturaleza. ¿Pudo acaso añadir uno más? Quizá. Pero, si bien estas características no son las únicas, ni son exclusivas de este pasaje, nos dan una amplia gama de cualidades que distinguen a un seguidor de Jesús.

Cuando el Espíritu Santo mora en nuestros corazones, nos ayuda a amar a nuestros enemigos, a gozarnos en medio de las pruebas, a sentir paz en medio de la tormenta, a mostrar paciencia con los que son más lentos, a ser gentiles con los débiles, a tratar con bondad a los ancianos, a cumplir con fidelidad nuestros votos matrimoniales, a humillarnos en vez de pavonearnos, y a controlar nuestra ira.

Cuando enseñamos esto a los niños, a veces dibujamos un canasto con nueve frutos. Sin embargo, me encanta la creatividad de Gaudí. No puso un fruto por torre, sino racimos de uvas, de granadas, de plátanos sobre cada torre. Mostró de ese modo, la abundancia que caracteriza al Dios Trino.

En mi vida no solo hay una manzana de amor para compartir con mis hijos. ¡Al contrario! Cuando tomo una manzana de amor y se la doy a mi hija, me doy cuenta que tengo otra para mi hijo, y una más para mi esposo, y una más para mi vecina, y una más para mi jefe, y una más para mi alumno más distraído.

En otras palabras, el fruto es tan abundante que rinde y sobra en cada situación, en cada evento y en cada minuto. Disfrutemos esta clase de fruto, compartamos esta clase de fruto, usemos esta clase de fruto. ¡Es abundante!

Evita la envidia y a Bach imita

Descubre cómo lograrlo

Por Keila Ochoa Harris

«Cuando intentes un buen trabajo, encontrarás a otro haciéndolo también, incluso mejor que tú. No los envidies… El humor más indigno y despreciable es una nube al alma cristiana y nos espera en cada empresa, a menos que nos fortalezcamos con la gracia de la magnanimidad». Esto escribió Henry Drummond, un evangelista escocés del siglo XIX. 

¿No te parece que tiene razón? Siempre que hagamos algo, veremos que alguien resulta más exitoso que nosotros, pero si nos medimos por la opinión popular, quizá nunca logremos nada realmente importante. Por ejemplo, en una especie de encuesta que hizo el escritor Anthony Tommasini del New York Times en el año 2011, concluyó que Bach es el compositor más grande de todos los tiempos, después de recopilar una interesante cantidad de respuestas.  

Sin embargo, durante su vida Bach probablemente jamás imaginó tal distinción. De hecho, se le consideró anticuado, ya que en esa época sólo se reverenciaba lo «nuevo» y cuando algo pasaba de los cuarenta años se desechaba. Al morir en 1750, su música prácticamente quedó en el olvido. 

El nombre Bach, sin embargo, siguió circulando debido a cuatro de sus hijos. De hecho, se le recordaba nada más como un buen organista, no como un compositor fascinante. Fueron otros músicos posteriores, como Mendelssohn, Chopin, Schumann y Liszt, quienes empezaron a interesarse en Bach nuevamente y admiraron su genialidad.  

De hecho, el trabajo en el que más duró se empeñó, en la ciudad de Leipzig sólo le trajo dolores de cabeza. Constantemente se encontró bajo los ataques del rector quien hizo hasta lo imposible por humillarlo ante los oficiales de la iglesia, y aunque un sinfín de actividades banales absorbieron su tiempo y su energía, logró producir música majestuosa y una cantidad impresionante de obras.

¿Has escuchado su música? Si aún no lo haces, elige algunas de sus mejores piezas y presta atención. ¿Qué lo hace tan especial? Además de que nunca atrajo popularidad, se le consideró un hombre modesto y sencillo. Incluso le aconsejó a uno de sus estudiantes: «Solo practica con diligencia, y todo saldrá bien. Tienes cinco dedos en cada mano igual de saludables que los míos». 

En cierta ocasión, cuando alguien elogió su talento como organista, respondió: «No hay nada maravilloso en ello; sólo toca las notas correctas en el momento correcto y el instrumento hace el resto». 

¿Habrá sentido envidia de algún contemporáneo? Debemos pensar que sí. Tal vez lamentó que a otros les pagaran más, o quiso ofrecer mejores oportunidades a sus hijos. ¿Pensó que otros recibían los elogios que él merecía? En el ámbito artístico siempre existe una fiera competencia. La tentación siempre está en lucir mejor que otros o menospreciarlos cuando uno se siente herido. 

Sin embargo, Bach comprendió el meollo del asunto y por tal motivo, probablemente, hoy todos conocemos su nombre. Él declaró: «El único propósito de la música debe ser la gloria de Dios y la recreación del espíritu humano». 

Todo artista debería analizar esta frase una y otra vez. El arte, sea la literatura, la música, la pintura, la escultura, la fotografía o la cinematografía no deberían ser para ganar más dinero, o satisfacer nuestros egos, o elevar nuestros nombres, sino para honrar a Dios y bendecir a los demás. 

Bach nos da ejemplo de cómo vivir la integridad. Su vida concordaba con sus creencias. Aunque poseía un genio musical sin precedentes, su vida también giraba en torno a la Biblia y a su Dios. En sus manuscritos y partituras encontramos claves de su consagración. A veces escribía «J. J.» o «Jesu Juva» en latín que significa: Jesús ayúdame. Y al final ponía «S.D.G.» o «Soli Deo Gloria», que significa: Solo a Dios la Gloria. 

Quizá por estas prácticas, su música hoy toca las fibras sensibles de creyentes y no creyentes, y ha traído consuelo a muchos y paz en medio de las tormentas de la vida. Obviamente, él nunca se enteró en esta tierra del efecto que su música tuvo o tendría, pero dejó a un lado la envidia que paraliza y decidió hacer lo que más le gustaba para la gloria de Dios. 

Seguramente jamás imaginó que, en el siglo XX, una organista japonesa llamada Yuko Maruyama, una devota budista, conocería a Dios porque la música de Bach la introduciría a Jesús y al cristianismo. «Cuando toco una fuga, puedo sentir a Bach hablando con Dios», comentó. 

Si te gusta la música o cualquier forma de arte, experimentarás momentos de envidia y celos cuando tal vez otros ganen premios, o reciban más aplausos, o sus redes sociales cuenten con más seguidores. Recuerda que la envidia carcome los huesos y destruye el alma. Por otro lado, si escribes, compones, cantas, tocas, pintas, tomas fotografías, dibujas, diseñas o filmas para promoverte y ser más rico, tu recompensa será en el aquí y el ahora, lo mucho o poco que te paguen, lo mucho o poco que alaben tu trabajo. 

Si, por el contrario, lo haces por amor a Dios y para servir a los demás, si realizas tu arte porque es tu manera de adorar al Creador y expresarle tu amor, si buscas a través de cada párrafo, acorde y pincelada llevar a otros a los pies de Cristo, quizá como Bach nunca veas el fruto durante tu paso en esta tierra, pero tu arte quedará como un testigo de Aquel a quien amas, y tu mejor recompensa será un día escuchar de tu Señor: «Buen siervo. Usaste tus dones. Multiplicaste tus talentos, no por fama o diversión, sino por amor». 

Y por los siglos de los siglos cantaremos, quizá con música de Bach, una de sus más bellas composiciones: «Jesús, alegría de los hombres».