Queremos ventanas

¿Por qué escribo ficción? Porque quiero reproducir el efecto que las novelas han tenido en mí. Yo he visto por medio de los ojos de otros y eso ha ampliado mi visión. En palabras de C.S. Lewis: «Queremos ver también por otros ojos, imaginar con otras imaginaciones, sentir con otros corazones… Queremos ventanas».

Para Lewis, la literatura es una serie de ventanas o puertas que nos ayudan a salir o entrar, según como lo queramos ver. Tengo una enorme deuda con los autores que me han formado, y espero tener ese mismo efecto en otros. 

Henry Ward Beecher dijo: «Los libros son las ventanas por las que el alma mira afuera. Un hogar sin libros es como una habitación sin ventanas». Uno de mis poetas favoritos, George Herbert, escribió:

            Señor, ¿cómo puede el hombre predicar tu palabra eterna?

Es un cristal frágil y enloquecido:

sin embargo, en tu templo le concedes

este glorioso y trascendente lugar,

para que sea una ventana, por tu gracia.

Mi oración es que mi vida sea una ventana de su gracia, pero mis libros también. Te comparto rápidamente algunos libros que han sido ventanas de gracia para mí. Pudiera hacer una lista muy grande de esos libros de ficción, pero hoy solo menciono algunos, en ningún orden en particular: 

  1. Crimen y castigo, Fiódor Dostoyevski
  2. La guerra y la paz, Leo Tolstói
  3. Los miserables, Victor Hugo
  4. El señor de los anillos, J. R. R. Tolkien
  5. Mujercitas, Louis May Alcott
  6. Cristy, Catherine Marshall
  7. La cabaña del tío Tom, Harriet Beecher Stowe
  8. I Capture the Castle, Dodie Smith
  9. The Scent of Water, Elizabeth Goudge
  10. Cry, the Beloved country, Alan Paton
  11. Pendragon, Stephen Lawhead
  12. My Name is Asher Lev, Chaim Potok
  13. Cumbres borrascosas, Emily Brontë
  14. Orgullo y prejuicio, Jane Austen
  15. El corazón de piedra verde, Salvador de Madariaga
  16. Una voz en el viento, Francine Rivers
  17. Las crónicas de Sión, Bodie Thoene
  18. Médico de almas y cuerpos, Taylor Caldwell
  19. La señora Mike, Benedict y Nancy Freedman
  20. Emily of New Moon, Lucy Maud Montgomery

Y estas son mis obras de ficción:

  1. Los Guerreros de la luz
  2. Retratos de la familia de Jesús
  3. Palomas
  4. Donají
  5. El bargueño
  6. 250 A.D.
  7. Nunca sabré
  8. Peregrina
  9. Grietas
  10. Bon Voyage, una aventura en Francia
  11. La sobrina del peregrino
  12. Confesiones de una hija de pastor

Me voy a casar (2009)

Algo que escribí en el 2009 cuando Abraham me propuso matrimonio. 

Estoy Innamorata, y me voy a casar. Hace unos meses pensé renunciar a las campanas de boda; incluso creí que no había nadie para mí en este mundo. Hoy puedo compartir que mi futura boda es un sueño, pero también una realidad. Y me preguntó: ¿qué es una boda?

¿Es la fiesta o la firma de un contrato? ¿Es el pronunciamiento de un voto o la preparación de un banquete? ¿Es el inicio de un matrimonio o el fin de la soltería? ¿Es algo religioso o civil? ¿Es algo personal o comunitario? ¿Es un evento social o una ceremonia espiritual?

Supongo que es todo lo anterior, y mucho más. A veces nos concentramos tanto en “el” día que perdemos de vista “los” días: los días de preparativo, los días de noviazgo, los días de casados, los días difíciles, los días alegres, y de ese modo, se nos va la vida.

La vida, creo yo, está formada por cada segundo, cada minuto, cada hora de nuestra existencia, y en ocasiones la malgastamos al centrar todas nuestras fuerzas en un futuro evento. El hecho de que “me voy a casar”, por muy increíble que parezca o muy emocionante que resulte, empieza hoy, en este segundo y minuto de mi vida.

¿Cómo prepararme para la boda? Dando cada segundo y cada minuto a ser mejor; puliendo mi carácter; aprendiendo a conciliar; haciendo sacrificios; buscando la felicidad de mi pareja; esforzándome por servir a los demás; conociendo más a mi Creador; analizando más mi interior; invirtiendo más en el hombre de mi vida.

Me voy a casar, y estoy feliz, pero hay mucho por hacer.

Planes para el futuro

El Señor llevará a cabo los planes que tiene para mi vida, pues tu fiel amor, oh Señor, permanece para siempre. No me abandones, porque tú me creaste. (Salmo 138:8) NTV

Esperaba con ansias el año 2000. Desde los 18 años hice toda una lista de planes que cumpliría para dicha fecha. Según yo, estaría casada, con uno o dos hijos. Tendría una carrera y trabajaría medio tiempo de secretaria bilingüe. Viviría en una casa bonita y poseería un auto. Tendría la familia ideal. A vísperas del 2000 contemplé mi vida. Veinticinco años. Soltera. Sin hijos. Daba clases en una primaria. Soñaba con escribir, pero nadie me tomaba en cuenta. No tenía casa propia, mucho menos auto.

Todas soñamos y tenemos planes para el futuro. A veces luchamos con todas nuestras fuerzas para conseguirlos, pero olvidamos que si no incluimos a Dios, las cosas van mal. Solo él sabe lo que es mejor para nosotras.

El propósito de Dios tiene una finalidad específica: cumplir el plan divino en nuestras vidas. Dios hará lo que sea necesario para manifestar su voluntad en nosotros. ¿Y cuál es su voluntad? Principalmente que seamos como su hijo Jesús. Cuando Jesús nos salvó, se comprometió a darnos vida eterna pero también a perfeccionarnos, y no se cansará hasta lograrlo. Pablo dijo en Filipenses 1:6: “Estoy convencido de esto: el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús”. (NVI)

Dios puso en nosotras talentos, capacidades y circunstancias que nos hacen únicas. Además nos compró con la sangre de Jesús, por lo tanto cumplirá sus planes en nosotras. Aquel año 2000 me desilusioné. Pensé que a Dios no le importaba, pero estaba muy equivocada. Era yo quien no lo tomaba en cuenta, así que volví a consagrarme a su servicio

El Señor ha trabajado en mi corazón; ha pulido mis actitudes; ha purificado mis intenciones. Muchos años han pasado. Pero estoy tranquila y cada plan lo entrego en sus manos (aún cuando es una lucha diaria con mi “yo”).  ¿Por qué? Porque cumplirá su propósito en mí. 

Tomado de mi participación en el devocional Isha, por Verbo Vivo.

Mirar fijo

«No te le quedes mirando». ¿Te lo dijeron alguna vez? Mirar fijo se considera una falta de respeto, de buenos modales. Sin embargo, según algunos expertos, esto es precisamente lo que debe hacer un buen escritor. 

Nathan Scott dijo que «mirar fijo, mirar el mundo creado, y llevar a los otros en un acto similar de contemplación» es el trabajo de todo artista. Joseph Conrad añadió: «Mi labor…. es, que mediante el poder de la palabra escrita, te haga escuchar, te haga sentir, y ante todo, hacerte ver». Flannery O’Connor dijo: «Al escritor nunca debe avergonzarle mirar fijo». 

Así que, eso hacemos los escritores, miramos hasta que nos cansamos de mirar, y luego plasmamos eso que vimos para que otros miren con nosotros. 

Sin embargo, los que me conocen, saben que no me fijo mucho en la ropa que la gente trae puesta, o en sus estilos de peinados, o en los detalles de su apariencia. ¿Qué miro? Miro lo que no es obvio. Observo lo que no se dice; me detengo en el cómo se dijo más que en lo que se dijo; contemplo las sensaciones de un lugar; me empapo de los sonidos y los aromas. Sobre todo, miro fijo mi propia vida, mis recuerdos y experiencias, hasta mis pensamientos, incluidos los más oscuros. 

Y cuando miro fijo, no lo hago por invadir, sino porque me interesa, me importa, me produce una carga que quiero aliviar. Si me quedo mirando es porque quiero entender, quiero ayudar, quiero aliviar. Así que, gracias por permitirme mirar, porque como dijo Baudelaire: «el significado más profundo de la vida se revela» en las historias.

Decisiones de este lado del río

Implicaciones en la eternidad

Por Keila Ochoa Harris

Cinco misioneros murieron el 8 de enero de 1956, a manos de los Huaroni, una tribu en la selva de Ecuador. Uno de los misioneros, Jim Elliot, sólo tenía 28 años. Los cinco deseaban hacer contacto con los Huaroni y realizaron una operación que les permitió aterrizar cerca de una aldea y esperar que ellos se acercaran. Sin embargo, después de algunos encuentros amistosos, un grupo de guerreros los asesinaron. La noticia sacudió al mundo

En lo particular, la muerte de algunos de ellos tocó las fibras del corazón de mi familia. Mi abuelo estudió con Jim Elliot, e incluso Jim visitó la iglesia en Orizaba que fundaron mis tatarabuelos. El hermano de Pete Fleming, llamado Ken, fue mi maestro de misiones en mis años universitarios. Los diversos libros que leí sobre sus vidas me inspiraron e influyeron para participar en las misiones. 

Sin embargo, uno se pregunta: ¿Hicieron bien en realizar esta operación? ¿No hubiera sido mejor otro plan? 

Historias así nos recuerdan que somos frágiles. Aunque también, quizá, impiden que tomemos decisiones firmes y avancemos hacia el peligro. Preferimos una vida cómoda para no errar, quedarnos en casa para no sufrir, elegir lo conocido por lo desconocido. 

Los cinco misioneros fueron atravesados por lanzas en un río. Sus cuerpos se encontraron río abajo. Los ríos, por su parte, se han utilizado para simbolizar el paso de la vida a la muerte. Así que, basándome en esta figura, me gustaría comentar sobre las decisiones que tomamos de este lado del río, donde nuestra humanidad opera, y muchas veces, domina. 

Empecemos por decir que, de este lado del río, la vida es más desordenada, confusa y enmarañada de lo que quisiéramos. No parece una película bien trazada o una serie con un final feliz por episodio, sino más bien una sucesión de eventos desconectados donde muchas veces no hay resolución. 

En la vida misionera, por ejemplo, encontramos personas con diferentes personalidades e incluso convicciones teológicas. Esto puede provocar fricción. Y la fricción provoca desacuerdos y heridas. Las decisiones a veces se ven afectadas por nuestra percepción más que por la realidad. 

Por otro lado, los misioneros toman decisiones fuertes que ciertamente moldean su forma de responder a las diversas situaciones. 

En primer lugar, escogen una nueva cultura. Esto conlleva aprender un nuevo idioma, aprender a comprar de manera diferente, lucir físicamente distinto a los demás, cometer errores de cómo se hacen las cosas en el lugar y ser siempre los extranjeros. 

Se deciden también por una vida con incertidumbres. ¿Les renovarán la visa el siguiente año? ¿Dominarán la lengua algún día? ¿Se quejarán sus hijos por sus decisiones de salir? ¿Alcanzará el dinero para pagar la renta?

Eligen también la incomprensión. ¿Por qué ir al otro lado del mundo cuando pueden hacer lo mismo en su vecindario? ¿Para qué dar años de su vida a una traducción que no logran completar? ¿Vale la pena arriesgar a sus familias en países menos «civilizados»?

De este lado del río, estas decisiones muchas veces parecen incorrectas o descabelladas. ¿Qué empuja a esta gente a dejar su comodidad? Oigamos las palabras de Nate Saint, uno de los cinco misioneros que murieron en Ecuador: 

«Y la gente que no conoce al Señor nos pregunta por qué desperdiciamos nuestras vidas como misioneros. Ellos se olvidan de que también están consumiendo sus vidas… y que cuando la burbuja se rompa, ellos no tendrán nada que mostrar de significado eterno, por los años que desperdiciaron».

Estos cinco misioneros se hicieron famosos, tristemente, por la forma en que murieron. Quizá, si no hubieran perdido la vida, su trabajo entre los Huaroni hubiera pasado desapercibido como es el caso de las vidas de Catherine Peeke y Rosi Jung. Estas dos lingüistas tradujeron el Nuevo Testamento en Huaroni y, seguramente, jamás habías oído de ellas. 

En realidad, de este lado del río existen muchas historias poco conocidas de decenas, cientos y quizá miles de personas que se dedican a compartir con otros, de su fe en Jesús en selvas, ciudades, anexos y orfanatos. Muchos han caminado la milla extra y, en el proceso, han sufrido dolor, enfermedad y persecución. 

Si quieres leer algunas historias te recomendamos: Mártir de Sevilla y Perpetua, mártir de la fe

Sin embargo, del otro lado del río, nos daremos cuenta de que estas decisiones que al parecer fueron inútiles, insensatas e incluso triviales, adquieren un matiz eterno y crucial. ¿Valió la pena el sacrificio de los cinco mártires de Ecuador? ¿Necesitaban morir para que otros se salvaran y muchos despertáramos a las misiones? ¿Valió la pena lo que describe el libro de Hebreos? Leamos:

«Otros fueron torturados, porque rechazaron negar a Dios a cambio de la libertad. Ellos pusieron su esperanza en una vida mejor que viene después de la resurrección. Algunos fueron ridiculizados y sus espaldas fueron laceradas con látigos; otros fueron encadenados en prisiones. Algunos murieron apedreados, a otros los cortaron por la mitad con una sierra y a otros los mataron a espada. Algunos anduvieron vestidos con pieles de ovejas y cabras, desposeídos y oprimidos y maltratados. Este mundo no era digno de ellos. Vagaron por desiertos y montañas, se escondieron en cuevas y hoyos de la tierra. Debido a su fe, todas esas personas gozaron de una buena reputación, aunque ninguno recibió todo lo que Dios le había prometido» (Hebreos 11:35-39). 

Hemos estado hablando de los misioneros, los que salen directamente a otros países a predicar la Palabra, pero todos hemos sido llamados a compartir sobre nuestra fe. Así que, leamos la conclusión del escritor de Hebreos ante todas estas historias y preguntarnos si hicieron lo correcto: «Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos» (Hebreos 11:16). 

Nosotros tampoco lo hagamos. Apoyemos a los misioneros. Oremos por los misioneros. Seamos misioneros. Pero, sobre todo, recordemos que de este lado del río no entenderemos muchas cosas que sólo tendrán sentido cuando estemos del otro lado del río.