¿Cómo sé que él es el indicado? (2009)

Sigo rescatando escritos de mis tiempos de cortejo y antes de la boda. 

Muchas personas me lo advirtieron, pero pensé que exageraban: “Cuando lo conozcas, sabrás que es él”. Como me equivoqué en ocasiones anteriores, e incluso perdí la fe de encontrar a ese alguien especial, hice caso omiso de sus predicciones.

Sin embargo, hoy puedo decir que Abraham es el hombre para mí. ¿Por qué o cómo lo sé? Siempre habrá un porcentaje de duda, quizá un 1 o 2%, cosa natural, pero cuando uno embona con ese otro ser, cuando el sentimiento va más allá de un gusto físico, cuando existe esa química espiritual que uno no ha experimentado antes, sabes que es él.

Este “saber” no ignora los defectos ni minimiza las diferencias familiares o culturales, pero hay algo superior en el ambiente; uno percibe ese “estoy de acuerdo” celestial o trascendental que hace que uno suspire: “Fuiste creado para mí. Eres mi media naranja”.

Fuera de filosofías, esa realidad surge, precisamente, cuando uno deja de buscar. Cuando uno está a la “caza”, las cosas no se dan con soltura, se fuerzan y se lastima al otro o a uno mismo. Pero cuando uno descansa en Dios, algo sucede y al conocer y tratar al amado, en ese diario convivir, te das cuenta que es él.

¿Sé que mi Ragazzo es para mí? Sí, lo sé. ¿Cómo lo sé? Solo puedo decir que antes era ciega, y ahora veo. Que antes no me veía con nadie en una boda, y ahora lo veo a él, y que esto me trae gozo, dicha y paz.

¿Qué es un maestro?

Parte 2

Hemos dicho que un maestro es un arquero, pero es algo más. La palabra hebrea moreh , que también se traduce como maestro, abarca dos imágenes mentales. La primera proviene de la descomposición de sus letras. La primera letra de esta palabra y la última forman el concepto de un vientre.

Podemos pensar que el proceso de enseñanza hace que la mente del alumno se impregne de la verdad, conceptos e ideas con la expectativa de que incubarán y se desarrollarán hasta producir un «bebé», algo útil, significativo y productivo.

Esta imagen mental nos ayuda a pensar en la enseñanza como una promesa. Sembramos la semilla hoy con la esperanza de que un día la cosecha abundará. También nos recuerda que quizá no nos toque ver el resultado final. Tal vez solo seremos una parte en el desarrollo, pero confiamos que a su tiempo producirá buenos resultados.

La segunda traducción de la palabra moreh nos habla de regar o de lluvia temprana. La lluvia al principio del año caía sobre las semillas y las plántulas que aún no daban fruto. Gota tras gota regaban los campos, y el agricultor era incapaz de predecir si la planta maduraría. Del mismo modo, nuestro rol a veces pareciera frustrante pues rara vez produce resultados inmediatos.

Por esa razón, no olvidemos que la educación es un trabajo en equipo. Tu labor en primer grado ayudará al profesor de segundo grado. El maestro de cada asignatura, de cada nivel, necesita del apoyo de padres, directivos y el resto del profesorado para regar con amor y constancia esas pequeñas plántulas, que tarde o temprano, producirán una cosecha.

Qué alegría produce encontrarte con un alumno al que enseñaste muchos años atrás y verlo convertido en un profesionista capaz. Qué gozo observar el fruto de muchos años escolares para ver hoy a padres comprometidos con sus pequeños hijos, parejas que se aman y siervos de Dios que le siguen con todo su ser. Alabemos a Dios porque fuimos unas cuantas gotas que aportaron algo en el crecimiento de ese árbol frondoso que dio su fruto a su tiempo.

¿Qué es un maestro?

Parte 1

Según el diccionario, un profesor enseña una ciencia o un arte, y tiene un título universitario. Los padres, los directivos y los alumnos tienen expectativas de nuestro rol: ayudar a que otros aprendan.

En el contexto hebreo, la palabra maestro es mucho más rica. La palabra yara se traduce como enseñar o disparar, y uno de sus usos aparece en el contexto de la arquería. De hecho, literalmente significa arquero.

Uno de los objetivos principales de la enseñanza es dar al blanco para que los estudiantes aprendan algo específico. Por eso, instruimos al niño en «su» camino y no en el nuestro. Por eso, Salomón dice que los hijos son como flechas. Tienen un objetivo para cumplir.

Si bien los padres tendrán una gran influencia y responsabilidad en este aspecto, nosotros, los maestros, por medio del ejemplo y el conocimiento individual de sus alumnos, podemos ayudarles a dar en el blanco.

Si recuerdas, una de las definiciones de pecado es precisamente no dar en el blanco; errar. ¿Y qué erramos? La palabra hebrea para Torá (los primeros cinco libros de la Biblia) tiene la misma raíz. La Torá es el centro, la diana, el blanco. En otras palabras, la ley es el blanco perfecto al que debemos apuntar, pero el pecado nos hace errar constantemente. Por eso, necesitamos un maestro que dispare con nosotros y nos encamine a dar en el blanco.

Hoy sabemos que Jesús vino a dar en el blanco para que nosotros podamos ser transformados y perdonados por tantas veces que hemos fallado. Sin embargo, cuando Jesús se convierte en nuestro Señor y Salvador, nos capacita para ahora «dar en el blanco».

Si bien nosotros no podemos impartir la gracia salvadora, como maestros podemos ayudar a que los alumnos reconozcan que necesitan a Dios para dar en el blanco. A través de nuestro ejemplo y nuestra vida ellos pueden anhelar encontrar la paz con Dios, pero también su propio llamado y ser esas flechas apuntadas para dar fruto.

De hecho, todo el Pentateuco apunta a Jesús. En nuestro rol como profesores, nuestra enseñanza debe apuntar a la fuente de todo conocimiento y a ese amor y esa sed por conocerle mejor a Él por medio de su creación, una que contiene el lenguaje, las matemáticas, la ciencia, la historia, la geografía, el arte, el deporte y mucho más. ¡Qué privilegio tenemos!

Seamos buenos arqueros.

Corazón entendido

Da, pues, a tu siervo corazón entendido para juzgar a tu pueblo; y para discernir entre lo bueno y lo malo; porque ¿quién podrá gobernar este tu pueblo tan grande? 1 Reyes 3:9, RVR60

¿Sabes qué han estudiado las mujeres líderes más importantes del mundo? La alemana Ángela Merkel tiene un doctorado en química. Michelle Bachelet, chilena, cursó una carrera en medicina antes de ser la primera presidente en su país. La inglesa Theresa May se especializó en geografía. Tsai Ing-wen, taiwanesa, logró un doctorado en derecho.

¿Y Salomón? Cuando llegó al trono, a los veinte años, se presentó sin ningún título universitario. Traía solo una credencial. Dice la Biblia que «amó a Jehová» (1 Reyes 3:3, RVR60). Esto lo llevó a ofrecer sacrificios a Dios y Él se apareció al joven rey con una oferta: «Pide lo que quieras que yo te dé» (v. 5, RVR60). ¿Qué hubiera pedido un líder político hoy día? ¿Riquezas o poderío militar?

Salomón pidió un corazón entendido, quizá porque comprendió que podía ser muy competente en otras materias, pero nadie puede ser un experto en las cosas de Dios. Y esto, agradó al Señor. El Todopoderoso le dio un corazón sabio como el de nadie más en la historia. Y porque Salomón pidió sabiduría, más que riquezas y gloria, Dios quiso concederle eso también.

Quizá tú tienes un título universitario, o tal vez no. En realidad, lo que necesitamos es un corazón entendido. Necesitamos llegar ante Dios con nuestra ignorancia y manos abiertas y decirle: «Ayúdame. No sé nada». Amar a Dios y aceptar nuestra ignorancia nos llevará a conocerlo mejor y recibir lo que Salomón: «una mente dispuesta a aprender».

Señor, dame un corazón entendido.

Tomado de mi participación en el devocional Un año con Dios en el Antiguo Testamento, editorial Origen.

Mi primer retiro para escritores

En 2007, fui a mi primer retiro para escritores. El primero en mi vida. Había ido a cursos para escritores, conferencias para escritores y encuentros de escritores, pero ese fin se semana fue un espacio para aprender, pero también para escribir. 

Redacté en esos días: «Debo confesar que estoy intrigada. ¿Qué clase de personas irán a este retiro? Y concluyo: “Otros locos como yo”. Un escritor siempre tiene una historia que contar, así que supongo que no faltará tema de conversación en la mesa».

En esos días estaba a punto de tirar la toalla. Pensé que quizá la escritura no era para mí. No llegaba a los treinta años y tenía muy poco publicado, salvo en revistas. Pero no deseaba dejar mi pasión y amigos cercanos me animaron. 

De regreso, apunté en mi diario que lo más hermoso en ese retiro había sido conocer a la maestra Elisabeth F. de Isáis. Y escribí:

¿Qué se necesita para ser un buen maestro?

1. Paciencia. No cabe duda que algunos somos más tercos o más lentos o más habladores o más indisciplinados, y el buen maestro no explota ni pierde los estribos, sino que con amor espera y motiva. 

2. Pasión. El tema que tratan es apasionante para ellos y así lo transmiten. En nuestro caso, reconocimos la importancia de escribir correctamente.

3. Perseverancia. Nuestra maestra tiene una carrera y muchos años de servicio que la respaldan. Pero aún más, ha sido perseverante con nosotros, sus alumnos, algunos ya de varios años, siempre guiándonos y tendiéndonos la mano. 

4. Poder. Sí, en un buen maestro se transmite el poder de Dios. El Señor fortaleció a nuestra maestra, a pesar de que la enfermedad la ha tenido en cama varios meses. 

Gracias, querida maestra, porque eres para nosotros un ejemplo y una inspiración. 

Agradezco infinitamente la vida de esta mujer de Dios que me enseñó a escribir, que creyó en mí y en mis primeras novelas, pero que sobre todo, oró por mí y fue más que mi mentora, una madre espiritual.