En alguna época de mi vida me sentí doña-perfecta-todo-bajo-control. Pero ahora, como madre y esposa, he perdido el control y me he visto a mí misma de un modo más objetivo. En otras palabras, soy una gotera.
Un proverbio dice que una esposa que se queja y busca pleitos es tan molesta como una gotera continua en un día de lluvia. Tengo una gotera en casa. Se encuentra fuera, en el cuarto de lavado, lo que me tranquiliza pues no escucho su drip drip noche y día.
Pero, como antes dije, en algún tiempo leí este proverbio y sentí pena por los esposos que debían soportar este tipo de mujeres. Tristemente, hoy veo que, como esposa, tengo todo el potencial para ser una gotera continua.
De hecho, confieso que ya lo soy pues en ocasiones me pongo a enumerar todo lo que hago en el día como para que mi esposo tenga compasión de mí y me felicite, siendo que lo debo hacer solo por amor y obediencia a mi Dios. Me resulta tan fácil enlistar todo lo que se debe componer en casa o que me falta para mejorar mi calidad de vida.
En fin, ya soy una gotera. Y el único que la puede parchar es Dios. Mi oración es que no me vuelva “continua”, pero en el proceso, comienzo reconociendo mi imperfección y rogando a Dios que selle mis labios, que cambie mi corazón y que me enseñe contentamiento.
No soy doña-perfecta, ni tengo todo-bajo-control. Gracias a Dios, pues así puedo ver su gracia transformando mi vida en cada momento. Y que Dios me ayude con el impermeabilizante de su amor y su Palabra, y repare mis averías.
