Ansiedad

«La ansiedad es la marca de la inseguridad espiritual». Thomas Merton

¿Lo estoy haciendo bien? ¿Soy buena mamá? ¿Mis hijos crecerán sanos y con sueños e ilusiones?

Ansiedad: preocupación constante; según Merton, inseguridad espiritual. Supongo que tiene razón. Leo las promesas de Dios, pero ¿las creo? Él está conmigo en este quehacer llamado maternidad. Él cuida de mis hijos, incluso cuando yo no puedo estar con ellos todo el tiempo o cada segundo. A Él le interesa más que mis hijos tengan éxito porque ¡Él los hizo!

Entonces, ¿por qué tantas preguntas sin respuesta? Quizá porque, en primer lugar, no las formulo. Tal vez ni siquiera son las preguntas correctas, pues no son sinceras. ¿O tengo miedo de que no tengan respuesta? ¿O quizá temo que no me gustarán las repuestas?

Ansiedad: preocupación constante. ¿Lo contrario?

«No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo». Filipenses 4:6

El significado de la vida

«Sin importar cuán arruinado el hombre o su mundo parezcan estar, y sin importar cuán terrible el desánimo pueda ser, mientras el hombre siga siendo un hombre, su misma humanidad le seguirá diciendo que la vida tiene sentido». Thomas Merton

Hoy divago sobre el significado de la vida. ¿Quién sabe realmente cuál es el propósito de la misma? Supongo que todos luchamos con esa pregunta tarde o temprano. Sin embargo, Merton nos recuerda que, tristemente, solemos recibir las soluciones incorrectas de todo el mundo para los problemas de esta existencia.

Temo que mis hijos, por la época que viven, acuden a un Youtuber o un influencer, a un video de TikTok o a una solución simplista, pues, por naturaleza, siempre buscamos lo más sencillo, sobre todo si eso implica la aceptación de nuestros pares.

Así que, ¿dónde saber cuál es el propósito de la vida? No hay otra opción, por lo menos para mí, que acudir al Manual del Creador. La pregunta es: ¿cómo invitar a mis hijos a considerar este texto como la base de nuestra existencia?

Si bien ellos tendrán que tomar una decisión al respecto, por ahora puedo modelar lo que para mí implica este Libro Santo. Quiero que me vean leerlo. Quiero leérselos por las noches también. Quiero citarlo en los días buenos y malos, y quiero memorizarlo para tenerlo listo cuando se necesite.

Como dice Merton, todos, mientras estemos en nuestra humanidad, seguiremos buscando. La buena noticia es que hay un lugar donde podemos encontrar que la vida tiene un significado.

«Para gloria mía los he creado». Isaías 43:7

Por Keila Ochoa Harris

Un Stradivarius

Imagen de Wikipedia.

Por Keila Ochoa Harris

Un Stradivarius es un instrumento de cuerda creado por un miembro de la familia italiana de Antonio Stradivari. Son valorados por los intérpretes del mundo y los coleccionistas de antigüedades porque las características sonoras de estos instrumentos son únicas. A menudo estos instrumentos se identifican por el nombre del músico famoso que lo utilizó en algún momento para sus interpretaciones.

¿Pero qué hace a un Stradivarius especial? Lo mismo que nos hace especiales a nosotros, los hijos de Dios.

En primer lugar, está la edad. Un Stradivarius antiguo es ampliamente valorado pues la experiencia y el tiempo le dan mayor resonancia. Nosotros somos tan antiguos como los pensamientos de Dios sobre nuestra existencia. Es verdad que apenas estamos en este mundo, pero en la mente de Dios ya existíamos desde antes de la fundación de la Tierra, cuando él planeó salvarnos y elegirnos para buenas obras.

Un Stradivarius está creado por un maestro. Del mismo modo, los seres humanos hemos sido hechos por un experto en la materia. Dios no se equivocó al darnos piernas largas o mucho cabello. Su destreza como artesano es superior a la de cualquier miembro de la familia Stradivari.

Tercero, a diferencia de los que no creen en Jesús, nos volvemos un instrumento virtuoso ya que un violín tocado con exquisitez durante mucho tiempo guarda los sonidos exquisitos que escucha. Se dice que “la madera recuerda”. En otras palabras, un virtuoso del violín educa a su instrumento. Somos especiales pues el Maestro nos toca día a día, y al producir sonidos perfectos nos va moldeando para ser perfectos.

Finalmente, somos un Stradivarius pues en estudios recientes se ha encontrado que algo especial que usaba la familia Stradivari provenía de la materia prima de la región en la que aún quedaban cenizas volcánicas. El fuego de esa tierra quedó en la memoria de las cenizas que hoy bañan a estos famosos violines. Esto nos recuerda que nosotros también hemos sido cubiertos por las cenizas, es decir, por la sangre preciosa de Cristo, y su sufrimiento nos da hoy vida.

Quizá en una subasta nadie daría más de dos pesos por nosotros. Tal vez ante el mundo no lucimos como un Stradivarius. Pero a final de cuentas, un instrumento en manos de un Maestro se vuelve un Stradivarius. ¿Estamos en las manos del Maestro?

Una caja más grande

Por Keila Ochoa Harris

En el libro infantil: ¡No es una caja! de Antoniette Portis, la autora habla de una caja, una sencilla caja, pero que en la imaginación del personaje principal se convierte en un barco o un cohete especial.

Las cajas de cartón son objetos indispensables en los hogares donde se busque encender la imaginación de los chicos. Una caja, del tamaño que sea, puede convertirse en un juguete o una herramienta. Por eso, antes de tirar una caja de cartón, pensemos.

Una caja grande, como en las que se empacan los electrodomésticos o hasta una lavadora, se puede convertir en un tren, un cohete espacial o una casa de muñecas. Una caja pequeña (como de medicina) puede volverse: un teléfono celular o formar parte de una ciudad.

Sin embargo, cuando hablamos de cajas también viene a mi mente la frase: “Esa persona es una caja fuerte: gris, cuadrado y cerrado”. Cuando opinamos que alguien es “cuadrado” nos referimos a que su modo de ver la vida es muy conservador o limitado.

Supongo que en cierto modo todos pensamos en una referencia “cuadrada”, es decir, con los límites que la experiencia, el contexto social y el conocimiento nos brinda. Por ejemplo, antes de ser madre solía observar a los niños berrinchudos con el ceño fruncido y pensar que los padres no hacían bien su trabajo. Incluso llegué a “sugerir” cómo lograr el buen comportamiento de un niño. Mi caja era pequeña y cuadrada.

Hoy que tengo hijos mi caja sigue cuadrada, pero va aumentando en tamaño. Sé que hay buenos y malos días en esto de ser padres, y que los hijos suelen escoger el momento más inoportuno para lanzar sus rabietas, pero que eso no define una paternidad “exitosa” o “fracasada”. Mi caja ha crecido un poco.

Y reconozco que mi caja irá creciendo con el paso de los años al lado de mis hijos. Observo a mis amigas quienes ya tienen a sus hijos en la juventud y guardo en mi corazón las lecciones que aprendo, pues hoy que mi caja sigue de tamaño mediano me cuesta trabajo comprender algunas de sus reacciones y acciones. Pero sé que llegado el día, mi caja se agrandará y podré ver mejor las cosas.

La fe y los tres cerditos

Por Keila Ochoa Harris

El lobo toca a la puerta y demanda que lo dejen entrar. El cerdito se asoma por la ventana y tiembla de miedo. «No, no, no. No puedes entrar aquí». El lobo se enfada: «Entonces soplaré y soplaré y ¡tu casa derribaré!» ¿Suena familiar? 

Cuando todo parece ir bien, el lobo aparece sin previa invitación. Viene para robar, matar y destruir. Robar nuestra paz, matar la armonía, destruir nuestra fe.

Quizá como el primer cerdito hemos construido nuestra casa de paja. Pensamos que asistiendo a la iglesia —la que sea— una vez al año, acallamos la conciencia y cumplimos. Además, respetamos las creencias de los demás. Confiamos en nuestra fe de paja. Pero la paja es un material que si bien se construye fácilmente y deja tiempo de diversión, cae con un solo soplido. 

Un problema es suficiente para hundirnos en la depresión o hacernos sentir atrapadas. No hay raíces, no hay fundamentos, no hay en qué apoyarnos.

El segundo cerdito construyó su casa con madera. Tardó un poco más. De hecho, la casa quedó más presentable. Pero la madera se consume con el fuego, y a final de cuentas, el lobo también la logró derribar.

La madera puede representar el ir a una iglesia y añadir buenas obras. Somos gente moral y educada. No matamos ni robamos. No hablamos con groserías. Leemos la Biblia e incluso rezamos. Pero cuando los problemas surgen, nos encontramos, como el primer cerdito, desprovistos del cobijo de un techo. 

Pero miremos la casa del tercer cerdito. 

El tercer cerdito tardó más en edificar su casa. Mientras sus hermanos jugaban, él trabajaba. Pero más que el esfuerzo, el éxito de su casa radica en el material que utilizó. En términos concretos los tres cerditos debieron hacer lo mismo: reunir el material y construir. Pero el tercer cerdito depositó su confianza en el ladrillo, en algo duradero. 

La verdadera fe no hace por ganar puntos. La verdadera fe no cumple con requisitos. La verdadera fe simplemente cree que el material que ha elegido resistirá las tormentas. Y solo hay una roca en donde podemos depositar la fe: Jesús.

Uno va a la iglesia porque siente necesidad de reunirse con otros para adorar en conjunto. Uno hace buenas obras porque surgen de corazones agradecidos. Uno lee la Biblia porque desea conocer más a Dios. Uno ora porque es una necesidad el estar en comunicación con Dios. Pero en esencia uno no hace nada. 

El lobo sopla pero la casa no se cae. No porque el cerdito la detenga. No porque el cerdito así lo quiera. No porque el cerdito sea mejor que sus hermanos. Sencillamente, porque la roca lo protege.

Jesús es la Roca de los siglos. Si depositamos nuestra fe en Jesús cuando venga el lobo la casa resistirá. Tal vez trepe por el techo y trate de bajar por la chimenea, pero aún entonces estará el fuego del Espíritu Santo para defender al que ha puesto su fe en la Roca. 

¿Qué cerdito somos? ¿En qué hemos construido nuestra vida? Porque ciertamente el lobo es el mismo, y siempre buscará robar, matar y destruir.

Publicado en Esencia.