Morir de amor

Por Keila Ochoa Harris

—Lo amo —suspiró Lorena.  ¡Qué bien se sentía platicar con su mejor amigo!  Su cálida expresión la alentó a continuar—. Nunca había sentido algo así, como una llama de fuego que arde en mi corazón. Todo empezó hace seis meses. Esperaba con ansias recibir un mensaje suyo o una llamada telefónica.  Las horas se volvían eternas frente a la computadora rogando por tres o cuatro líneas, pues una cita era improbable.  Pero es porque tiene mucho que hacer —lo disculpó—. Para él es muy importante su carrera y sus sueños de recibir ese diploma que le dará la beca a Francia.

Sorbió su café.  No se sorprendió del silencio de su amigo, pues era normal.  Ya se había acostumbrado a que las pocas palabras que él decía eran concisas, directas y acertadas.

—Aún recuerdo su primera carta, tan vaga y sin detalles.  Típica de un hombre ocupado y poco romántico.  Creo que llegó a mencionar a su familia, uno o dos amigos, pero realmente habló de sí mismo.  La segunda carta no cambió de tono. ¿Sabes? Yo esperaba una referencia a mis mails, pero no encontré nada. 

Unos segundos y recuperó el aire.

—Una palabra de cariño me hubiese elevado a la gloria, una frase correspondida me hubiera bastado.  Pero sólo habló de él.  Decidí darle tiempo; después de todo, supuse que él aún no se enamoraba de mí como yo de él.  Tres, cuatro, cinco cartas; ya no me asombran sus monólogos egoístas. Sin embargo, yo le he sido fiel a mis sentimientos. En cada carta derramo mi amor, no con la abundancia que quiero, pero sí mostrándole que es especial y único.

Se acurrucó en el sofá y contempló a su amigo quien le daba vueltas a su té.  ¿Cuándo inició su amistad?  ¿Cinco, seis años?  Se conocieron en la prepa y nadie la comprendía como él.

—Al principio sólo pedí amistad, pero ni siquiera eso me supo dar.  A veces, cuando nuestras miradas se cruzaban y yo me sonrojaba, él sonreía.  Sus señales eran tan confusas que nunca adivinaba si yo le interesaba o estaba siendo cortés.  Por fin salimos.  Sentados en la sala del concierto, con nuestros codos casi rozándose, me hallé sola pues él estaba muy lejos de allí.  ¿Para qué fue si no le intereso?  ¿Me estaba haciendo un favor? A veces platicaba con otras muchachas. ¡Frente a mí!  ¿Qué fascinación le provoca dañarme?  Si sabe que muero de amor por él, ¿por qué me lastima de esa manera?

Su amigo meneó la cabeza cuando ella se mordió las uñas.

—Sí, un viejo hábito. Lo más curioso es que hace una semana me habló por teléfono.  ¡No sabes lo feliz que me puse! ¡Era él! Platicamos por una hora, más bien, él habló durante cincuenta minutos.  Nunca creí que estuviera tan solo.  ¿Y sabes cuál fue el tema? Él. Pero me sentí satisfecha. Era un comienzo, ¿no crees? Por lo menos al desahogarse me brindó su confianza.  Yo quería ofrecerle un consejo, por lo menos mi apoyo. Tenía tantas ganas de reiterarle mi amor, que estaba dispuesta a todo por él, mas no me dio oportunidad; cada vez que intentaba decirle algo, se acordaba de alguna anécdota.  ¿Qué debo hacer?  ¿Ignorarlo? ¿Declararle mi amor? ¿Seguir con esta incertidumbre de dolorosa espera?

Sus defensas se derrumbaron y se echó a llorar como una niña.

—Lo amo. . . —sollozaba—. Lo quiero tanto que me apuñala su indiferencia.  Hace dos días que no sé nada de él.  ¿Me habrá olvidado? ¿No sabrá cuánto sufro por él?  ¡Ya no puedo más!  Le he enviado cartas que ni siquiera hojea. ¿Qué le cuesta un “hola”?

Lorena se limpió la cara.

—¿Por qué me pasa esto a mí? Estaba mejor cuando no lo amaba. Aunque, por otro lado, me emociona amar.  Es dulce entregar cariño.  ¿Ves? Yo misma me contradigo. ¿Me ama o no me ama? ¿Algún día me corresponderá? ¿Es mucho pedir una carta o algo así?

Buscó la mirada de su amigo.  Se hundió en esos ojos tiernos, sufridos, sabios. 
Entonces sus labios temblaron, sus ojos se abrieron de par en par y sudó frío.

—¡Oh, no! ¡Eso es lo mismo que tú sientes por mí! —exclamó en un agonizante murmullo—. Tú me amas del mismo modo, ¿cierto?

Él asintió.

—Tú. . . es decir, hay semanas enteras en que no te busco, ni te hablo. Esta es una cucharada de mi propio chocolate.  Perdón, perdón. . .

Su amigo la abrazó fuertemente.  Lorena se estremeció con remordimiento. 

—Perdón. . . —volvió a decir. Pero la mano horadada de su amigo, la tranquilizó con un suave golpe en la espalda. 

—Ahora entiendes lo que es morir de amor —él le susurró al oído.

La historia de un burro

Por Keila Ochoa Harris

Los burros somos famosos por muchas cosas, entre ellas por falta de inteligencia, lo cual es una mentira, y por nuestra participación en eventos importantes. Si no me crees lo segundo, basta que abras tu Biblia y encuentres algunas de nuestras historias. Un pariente mío fue la montura de Cristo en la entrada triunfal a Jerusalén. ¡Hasta nos mencionan en villancicos navideños!

Mi historia no es espectacular, pero creo que debo compartirla. Era 24 de diciembre. Ya habían pasado muchos años desde que el Señor Jesucristo había nacido en aquel portal de Belén, donde otros de mis antepasados se congregaron para recibirlo. Los automóviles habían sustituido a las monturas, así que no éramos muy solicitados.

Sin embargo, extrañamente, me encontraba en una ciudad. Mi dueño, don Emiliano, me había traído para cargar trozos de madera que según él vendería en las casas de los ricachones que encendían sus chimeneas para presumir, no por frío, ya que en nuestro país no caía la nieve como en otros.

Como no me ofreció alternativa, anduvimos sobre el concreto, lo que lastimó mis pies. Pero el dolor no impidió que me deleitara en las novedades de aquella gran metrópoli que jamás había visitado. Me mareaban un poco los cientos de luces que despedía el alumbrado público, los carteles de promoción, las series en muchos árboles navideños, y en cada cuarto de las casas.

También me sorprendió el espantoso tráfico. Los autos no se movían, y algunos conductores me miraban con cierta añoranza, quizá envidia, pues yo transitaba por la acera a un paso más veloz. Los que no me veían con buenos ojos eran los transeúntes, pues, según le gritaron a don Emiliano, no dejaba libre el paso. ¿Y a quién se le ocurría andar con un burro en media avenida?

Por fin llegamos a la colonia que don Emiliano había seleccionado para ofrecer su mercancía. Tocaba los timbres casa por casa, solo para recibir insultos, azotes de puertas y respuestas malhumoradas. Por lo visto, no muchos tenían chimeneas, o no planeaban encenderlas esa Navidad.

Yo me entristecí pues sabía que si don Emiliano no juntaba unos cuantos pesos, no habría cena para su familia. Doña Jimena esperaba un billete para comprar un pollo, y los cinco niños deseaban regalos de un tal Santa Claus. Me parece que ningún burro estuvo presente en esa historia.

El caso es que comenzó a anochecerse. Don Emiliano vendió unas cuantas tablas, lo que según él sería suficiente para un poco de fruta extra que doña Jimena prepararía en un rico ponche. Dispuestos a volver al pueblo, avanzábamos por una solitaria calle cuando un auto negro se detuvo después de un ruido estremecedor.

Don Emiliano y yo nos paramos en seco. Un hombre de traje se bajó y abrió el cofre del vehículo. Una bocanada de humo salió del motor. El hombre dijo unas palabras en voz baja, luego se arrancó un poco de cabello en su desesperación.

—¿Por qué a mí? Primero se me hizo tarde por tanto tráfico y ahora esto. No llegaré a tiempo para la fiesta.

Sacó su celular y marcó un número. Pidió una grúa, se peleó con un “incompetente” y exigió que su seguro lo sacara del apuro. Pobre Seguro, me dije. Según el hombre debía pagarle todas las composturas.

El hombre cerró el cofre, sacó un cigarro y empezó a fumar. Don Emiliano, quizá aburrido de la escena, tiró de mi rienda. El hombre no le hizo caso. Habíamos recorrido casi veinte metros, cuando el hombre nos alcanzó jadeando.

—Oiga, ¡deténgase!

Don Emiliano lo hizo.

—A usted no le importa, pero el caso es que me acaban de llamar los del seguro y tardarán más de una hora por el tráfico. ¡No puedo llegar tarde! Soy el anfitrión de la reunión, ¿sabe? Es una cena exclusiva, puros diplomáticos y gente importante.

Hasta ese momento capté que tenía acento extranjero.

—Si pasara un taxi, obviamente lo tomaría, pero mire, la casa queda a unas cuadras de aquí, y bueno, si camino me fatigo.

Estaba un poco pasado de peso.

—Además… bueno… ¡cómo detesto este país! En fin… ¿me presta su burro?

Don Emiliano y yo abrimos los ojos de par en par. ¿Había perdido la razón?

—¿Y yo cómo le hago? —preguntó mi amo con el ceño fruncido.

—Obviamente nos acompaña. No es tan lejos, hombre.

¡Pues que caminara!, me dije yo. Luego recordé a mis amables antepasados que a pesar de las burlas y los maltrataos habían ayudado al ser humano en diversas ocasiones. No le fallaría a mi raza.

Don Emiliano, quizá en espera de una compensación económica, aceptó. El hombre, realmente pesado, se trepó sobre mí. Nos mostró el camino y los tres recorrimos la primera calle empedrada bajo la oscuridad de la noche.

—Espero no me vea nadie —rio el hombre sacando otro cigarro—. ¡Somos una visión deprimente!

Yo más bien le llamaría cómica. ¡Qué vergüenza! En lugar de cargar sobre mí a la dulce María, traía a ese bobalicón. En vez de dirigirnos a Belén, íbamos a una casona de ricos que seguramente no amaban a Dios. Y para colmo, ¡no se veía ni una estrella debido a la contaminación, ni se escuchaban cantos angelicales, sino bocinas en la lejanía!

—De todos modos, yo no sé ni para qué celebramos la Navidad. Es una excusa más para crear problemas —refunfuñaba el hombre aquel.

Adiviné que no tenía una familia feliz, ni disfrutaba la vida.

Por fin llegamos. El hombre nos obligó a dejarlo unos metros antes de la puerta. Se sacudió el pantalón, se acomodó la corbata y se marchó. Don Emiliano y yo palidecimos. ¡Qué ingratitud!

Sacó una llave, pero a punto de insertarla, pareció recordarnos.

—¡Ah! Gracias. Feliz Navidad.

Se metió a la casa y no supimos más de él. Por un momento lo detesté. Él comería pavo relleno, bebería sidra importada y abriría costosos regalos. Don Emiliano, ya de por sí retrasado, se conformaría con un pollo, ponche y un nuevo reloj. Yo mismo había visto cuando doña Jimena lo había comprado con el dinero de sus lavadas de ropa ajena.

Sin embargo, esa noche, recostado sobre mi paja, escuchando en la distancia las risas de la familia de don Emiliano, sentí paz. Don Emiliano y los suyos no eran más felices por ser pobres, sino porque le habían abierto la puerta a Jesús meses atrás. El portugués no era más feliz por ser rico. Sin Jesús, solo se volvía más tacaño, más avaro, y finalmente, más desdichado.

Entonces recordé una historia más. La de un hombre más duro y recio que también había montado un burro. El profeta Balaam había optado por las riquezas a la integridad.

Yo solo sé una cosa, a pesar de ser un burro. La verdadera felicidad proviene de estar contentos con lo que el Creador nos ha dado, sirviéndole de acuerdo a nuestras posibilidades, y reconociendo que Jesús es el Rey, no solo en Navidad, sino todos los días. Los burros seremos poca cosa o animales de segunda clase, pero ¿por qué será que siempre estamos en los eventos importantes?

Quizá te preguntes cuál fue mi evento importante esa noche. Olvidé mencionarlo. Cuando el hombre entró a la casona, don Emiliano y yo nos dimos la media vuelta. Entonces lo vimos. No sé cómo describirlo. Era un niño de unos cinco años que se bajó del auto con sus padres.

Al verme, sus ojitos se llenaron de emoción.

—¡Un burro! ¡Papi, un burro! ¿Puedo montarlo?

Su padre le rogó a don Emiliano le hiciera el gran favor de prestarme. A pesar de también contar con un acento extranjero y ropa de lujo, conmovió a mi amo. El padre montó a su hijo en mi espalda. El niño gritó de alegría.

—Verá —le explicaba la madre a don Emiliano—, Edson siempre ha querido montar un burro. Es su animal preferido en el nacimiento, y no sé porqué le gustan tanto.

—Esta es mi mejor Navidad —dijo el niño.

Yo me contuve las ganas de llorar. ¡Lo había hecho feliz por ser un burro!

—Dios le bendiga, buen hombre —le dijo el padre a don Emiliano dándole un abrazo y depositando en su bolsillo un obsequio, un billete de muchos ceros.

Los ojos de los hombres se cruzaron y comprendí una cosa. Ambos sabían el significado de la Navidad. Y así, don Emiliano tuvo una rica cena, yo un poco más de alfalfa, y Edson recibió un extraño, pero preciado regalo. ¿Quién lo fuera a imaginar?

No puedo salvarlos

Por Keila Ochoa Harris

Madonna Badger lo tenía todo: tres hermosas hijas, sus padres, un novio, una casa hermosa a las orillas de Nueva York y un trabajo envidiable: realizaba campañas publicitarias para Calvin Klein. Pero el día de Navidad todo se vino abajo. Por la noche, removieron brasas de la chimenea para que San Nicolás no se quemara al descender la chimenea. Pusieron dichas brasas en un bote de basura, pero estas comenzaron a arder durante la madrugada y la casa se incendió. Todos salieron corriendo, y trataron de salvar a las niñas, pero las tres murieron, así como los padres de Madonna. No pudo salvarlos. 

En otra noticia, una madre escuchó también que el incendio se apropiaba del primer piso de la casa. Corrió y reunió a sus hijos en una habitación. Decidió lanzarse al patio y así ir atrapando a los niños, uno por uno, mientras estos saltaban. Lo hizo así, pero los niños no quisieron brincar. Tuvieron miedo. No pudo salvarlos.

Como madre, hago todo lo posible por proteger a mi hijo del peligro. Cuido su alimentación, lavo su ropa, lo baño todos los días. Lo llevo a sus vacunas y vigilo que no pierda sus revisiones médicas. Incluso he llegado a pensar que daría mi vida por él. Cuando ha estado enfermo he clamado a Dios que lo salve, que lo sane, que lo libre de todo peligro, y si eso implica que yo sufra su enfermedad, lo acepto. Sin embargo, al final del día, como las dos madres del principio, debo reconocer que no puedo salvarlo.

Un accidente de auto. Una enfermedad terminal. Un descuido. Un incendio. Un huracán. Un terremoto. ¿Quién soy yo contra todas esas cosas?

Puedo enseñarle a nadar para que no se ahogue. Puedo enseñarle a marcar el número de emergencias para que pida ayuda. Pero puedo hacer algo mejor. Puedo mostrarle el camino de quien puede salvarlo: Jesús.

¿Y cómo se hace esto? Siendo yo un ejemplo de amistad con Jesús. Enseñarle una religión es sencillo. Haz esto. Di esto. Repite esto. Enseñarle una relación con Dios es más complicado. Requiere constancia, perseverancia, transparencia. Los niños que crecen en hogares religiosos pronto resienten las reglas y la hipocresía. Los niños que crecen en hogares donde Jesús reina, se sienten protegidos y buscan al mismo Señor que sus padres aman, adoran y siguen.

Que nuestros hijos vean en nosotros verdaderos seguidores de Cristo. Que podamos hablar con ellos para mostrarles que con Jesús en sus corazones, no importa lo que pase, ellos estarán libres de la perdición eterna. Si la muerte llega, en cualquiera de sus formas, ellos estarán a salvo.

Samuel Wesley, otro padre de la antigüedad, vio su casa en llamas. Corrió escaleras abajo con casi todos sus hijos. Mientras salían escuchó el grito de ayuda de uno de sus hijos más pequeños. Volvió a la casa, pero resultó imposible entrar. Con lágrimas en los ojos, buscó a su esposa. Ella estaba a salvo. Entonces, apareció el pequeño John y todos alabaron a Dios.

¿Cómo escapó del fuego? Un hombre apareció en su ventana y le tendió los brazos. John tuvo miedo del extraño y buscó a su madre en su habitación, pero cuando reconoció que todo estaba en llamas, regresó con el hombre extraño y aceptó su abrazo. Este pequeño, John Wesley, llegaría a ser un gran teólogo y predicador, fundador de la iglesia metodista.

Su padre casi no logra rescatarlo del fuego, pero hubo alguien que sí lo hizo. Del mismo modo, Jesús está en la ventana de nuestras vidas con brazos abiertos. Corramos a él, y luego llevemos a nuestros hijos a sus brazos. Solo así podremos salvarlos. 

Oye, oye

Por Keila Ochoa Harris

En árabe la palabra absurdo significa incapaz de oír. Se dice que el mundo será lógico para alguien que es ciego o sin un brazo, pero el oído es crucial para encontrar el sentido del mundo en el que vivimos. Ser sordo, en otras palabras, te corta del diario vivir y te aísla del resto de la humanidad.

Estos datos deberían hacernos más compasivos con las personas que han perdido el oído de modo parcial o total, pero también nos hacen comprender un poco más sobre la vida espiritual.

Siempre me ha sorprendido la cantidad de veces que Dios usa el verbo “oír” cuando va a decir algo importante. Jesús advertía a su auditorio: “El que tiene oídos para oír, oiga”. ¿Por qué insistía en ello? Porque muchos tenemos oídos pero no oímos. Somos sordos, por así decirlo.

Antes de la gran verdad que los judíos hasta hoy recitan, Dios insiste: “Oye, Israel, el Señor tu Dios es uno”. Oye, oye. Cuando no lo hacemos, pensamos que la vida es absurda. ¡Y por supuesto que la encontraremos absurda pues actuamos con sordera!

Cuando oímos, el mundo adquiere lógica y perspectiva. Pero en el sentido espiritual, no se trata de oír por oír, sino de oír la voz de Dios y prestar atención cuando Él así lo requiere. Por algo Jesús comparó al que no oye con un hombre necio que construye sobre la arena.

Casi todo en esta tierra hace un sonido. En este instante escucho el tic tic de mis dedos sobre el teclado; escucho un autobús pasando cerca; oigo el silbido del tren en la distancia. Nunca estamos verdaderamente en silencio; es cuestión de escuchar. Sin embargo, la voz que le da sentido a nuestra existencia se encuentra en las páginas del libro llamado Biblia. No seamos sordos, y leámosla todos los días.

Cuando la vida parezca absurda o no hallemos lógica en lo que vivimos, quizá es porque hemos dejado de escuchar. “El que tiene oídos para oír, oiga”.

Corte de cabello

(cuento ganador del PREMIO DE RELATO GONZÁLEZ-WARIS 2018)

Por Keila Ochoa Harris

Cortarse el cabello debería ser algo sencillo, pero para Freya resultaba una odisea.

—Lo que no entiendo, es porqué debes cruzar media ciudad para hacerlo —le decía Gustavo.

El “plan A” fracasó cuando Gustavo llamó para decir que había surgido una junta de último momento en la empresa y saldría hasta las seis de la tarde. Freya leyó el mensaje dos veces antes de convencerse que Martín, de seis años, y Sonia, de cuatro, no se quedarían toda la tarde comiendo palomitas y viendo su película favorita. No llegaría para alistarlos a la cama y luego sentarse en el sofá con Gustavo para ver el siguiente capítulo de su serie favorita sobre los dueños de una casona inglesa y su servidumbre. Debía recurrir al “plan B”.

El “plan B” comenzó con el pie izquierdo. Sonia le armó una rabieta porque no quería ponerse las medias, y por lo tanto, tampoco los zapatos. Desde que Freya anunció el “plan A” Sonia había corrido a su recámara para ponerse el mameluco. Igual que a ella, los cambios de último momento, lejos de excitarla, la alteraban. Así que Freya debió recurrir a la fuerza para vestirla, lo que provocó lágrimas incontrolables, acusaciones hirientes y un añadido más a su sentimiento de culpa.

Cortarse el cabello no era un lujo ni un escape. Cada miembro de la familia recurría a la peluquería para lucir bien. Gustavo acudía a la barbería cada mes. Los niños recibían dulces por su buen comportamiento. ¿Por qué ella debía sentirse culpable? En pocas palabras, no quería sentirse mal por embellecerse. ¿O acaso era porque la peluquería se encontraba lejos?

—A veinte metros está la estética de doña Queta; en la siguiente esquina acaban de abrir un salón de belleza bastante moderno. ¿Por qué no los pruebas?

Gustavo jamás entendería, y como no quería pensar en eso, con una Sonia lloriqueante, los trepó al auto, les abrochó los cinturones de seguridad y se colocó en el asiento del conductor. La aplicación en su teléfono pronosticaba un poco de tráfico. Treinta minutos de recorrido. Freya lanzó un suave suspiro. Entonces, mientras arrancaba, tocó el turno de Martín para anunciar su disconformidad. ¿Cuánto tiempo estarían en casa de la abuela? ¿Dónde estaría mamá? ¿Cuándo regresaría? ¿Por qué no los llevaba con ella? La sicóloga escolar decía que todos los niños pasaban por épocas de ansiedad, pero un pequeño porcentaje manifestaba sus miedos de maneras más intensas. Martín era uno de ellos.

No podía desprenderse de Freya, ni siquiera por las noches. Cuando despertaba de madrugada, la llamaba y no descansaba hasta saberla a su lado. En el centro comercial, en el área de comida rápida, pedía que se ubicaran en las mesas más cercanas a los sanitarios por si Freya deseaba usar el tocador. De ese modo, no la perdería de vista salvo unos segundos. Así que Freya hizo lo que los expertos recomendaban. Armándose de paciencia, explicó cada paso del plan. Manejaría hasta casa de la abuela. Martín y Sonia se quedarían haciendo algo divertido, luego mamá los recogería y volverían a casa para cenar con papá. Freya sabía que su bien organizado plan podría sufrir una serie de alteraciones espontaneas, como que la abuela decidiera cocinar para todos, o que el abuelo regresara temprano de su viaje a Puebla y propusiera ir por unos tacos al pastor, o que Gustavo llamara para avisar que la junta se había alargado, cosa probable con el jefe que tenía. Para su fortuna, Martín se quedó tranquilo y Freya accedió a que encendieran el IPAD y miraran una película.

El tráfico resultó más lento de lo que esperaba, y Freya aprovechó para enviarle un mensaje de voz a su madre. Prefería ese método más impersonal a una llamada donde surgirían las preguntas. “Mamá, voy en camino a tu casa. Voy a ir a cortarme el pelo. Te dejo a los niños solo un rato y paso por ellos cuando termine”. Su mamá contestó con un monosílabo: “Ok”. Difícil predecir el humor de su madre con una respuesta tan concreta.

Cuando pensó que nada más podía agriar el viaje, la aplicación anunció que había un accidente un kilómetro más adelante y le pedía desviarse. Freya se mordió el labio. Detestaba usar rutas alternas. Por eso amaba el Periférico, porque era directo, sin semáforos ni topes. Mientras esperaba que los autos avanzaran para tomar la salida, le llegó un mensaje. Era de Mariana, su hermana menor. Le contaba de su día y preguntaba cuándo se verían. Freya cambió de carril. ¿Qué contestarle a Mariana? No tenía que hacerlo en ese instante, pero tampoco deseaba hacerlo en una hora. No saltaba de gusto por sentarse frente a ella y confesar que estaba agotada. Mariana era su única hermana, pero no presumían una relación profunda, y no porque no quisiera, sino porque…

No sabía el porqué. Comenzaron a distanciarse por razones obvias. Ambas se casaron el mismo año, Freya cuatro años mayor. Freya consiguió un trabajo, y ahí comenzaron las diferencias. Mariana era la perfecta ama de casa que se dedicaba a decorar su departamento y cocinar banquetes para Carlos. Luego llegaron los hijos. Freya balanceaba el trabajo con la crianza. Mariana era la madre perfecta. Cuidaba de los niños y los acompañaba a cada clase, cada evento, cada nimiedad. Freya y Gustavo tomaban turnos. Una gélida tarde, en casa de su madre, Mariana se atrevió a sugerir que Freya trabajaba porque anhelaba ascender en la escalera social. Freya se ofendió. El silencio de su madre solo añadió a su cólera, pues eso implicaba que Mariana y ella lo habían comentado, e incluso la habían juzgado sin una audiencia previa. Freya trabajaba porque amaba hacerlo. Gustavo y ella habían acordado que era lo mejor para ambos. Se dividían las labores del hogar, y cierto, a veces Freya terminaba cansada, pero la satisfacción de ver un libro publicado valía la pena.

Freya editaba libros educativos de segunda lengua. Dos veces por semana acudía a las oficinas de la editorial donde tenía juntas sobre contenidos, proyecciones y finanzas. El resto del tiempo trabajaba desde casa, lidiando con autores y fechas de entrega; puliendo textos y comentando propuestas con los diseñadores. Su trabajo tomaba más de ocho horas al día que interrumpía para recoger a los niños, cocinar o bañarlos. Sin embargo, el producto final siempre hacía que su pecho se inflara, sobre todo si descubría que algún conocido utilizaba uno de sus libros para aprender inglés. Ciertamente también padecía las exigencias de un trabajo estresante que dependía de que muchas personas cumplieran con sus obligaciones, desde autores hasta vendedores, pero le apasionaba leer sobre nuevas tendencias educativas e incluso escuchaba podcasts sobre diseños de textos para demostrar profesionalismo.

¿Por qué compararse con su hermana? Porque Mariana y su madre eran muy parecidas. Hogareñas, buenas cocineras, dedicadas a sus hijos. A Freya la perseguía la sombra de la duda. ¿Les robaba tiempo y atención a sus hijos? ¿Era buena madre y esposa? En los peores días, cuando su jefe no la felicitaba, incluso se preguntaba si funcionaba como editora.

Restaban cinco minutos para casa de su madre, así que se concentró en el camino. La estética se encontraba en la colonia donde Freya había vivido de soltera, antes de casarse y mudarse al sur de la ciudad, pero se desvió rumbo a casa de su madre, la cual no había cambiado en años. Fachada blanca, portón negro, dos pisos. Los cuartos de Mariana y Freya se reservaban para visitas o nietos. Ya no había perros ni gatos, solo los canarios que su madre aún conservaba y mimaba.

Sonia se bajó de inmediato y tocó el timbre. Tenía una debilidad por la abuela que Freya no lograba entender. Su madre abrió la puerta y abrazó a la pequeña.

—Estuviste llorando —susurró.

—No quería ponerse las calcetas —le explicó Martín.

Los dos entraron con confianza y se dirigieron a la puerta sin una despedida.

—Haremos galletas —le dijo su madre.

Que hicieran lo que quisieran, se dijo Freya con un nudo en la garganta. Solo Martín se quedó unos minutos en la puerta con los ojos bien abiertos. Freya asintió asegurándole con un gesto que volvería por él recién terminara.

—Debo irme. Mi cita era a las cinco.

—Relájate y disfruta.

Su madre cerró el portón, y Freya se preguntó si su madre había dicho eso por costumbre o por haber visto en su interior. Freya no sabía relajarse, ni disfrutar. Manejó las dos cuadras a la estética y se estacionó frente a la panadería. Se le antojó un poco de pan dulce. Quizá pasaría por unas piezas antes de volver por los niños. La entrada a la estética era una pequeña puerta que conducía a un salón amplio e iluminado, dividido en dos, pero cuyos ventanales no daban a la calle como otros lugares, sino hacia un patio trasero donde un French Poodle dormía la siesta. Karina, la dueña y peluquera, no deseaba que sus clientas fueran vistas por extraños y curiosos pues había querido crear un rincón femenino y privado, así que solo se anunciaba con un letrero sobre la puerta de entrada. No recurría al Facebook ni a la Sección Amarilla, pero las clientas llegaban por recomendación de otras.

Freya saludó a Maru, la chica que ayudaba a Karina. Estaba sentada frente a otra chica, pintándole las uñas en el primer saloncito donde había un pequeño escritorio para el teléfono, la mesa de trabajo para el arte de decorar uñas, y dos pequeños sillones y un sofá, para las clientas en espera. En la segunda sección estaba el taller de Karina, con espejos y tijeras, peines y secadoras, tintes y productos. Freya torció la boca cuando detectó que Karina le aplicaba un tinte marrón a una mujer en sus sesentas. Miró su reloj de pulsera. La manecilla de los minutos marcaba el número cuatro. Había llegado tarde. Detrás del vidrio, Karina le sonrió y apuntó con la barbilla un sillón vacío. Freya se tragó su frustración. No le gustaba desperdiciar ni un segundo.

Delante de ella, en la mesita, había una pila de revistas con chismes de la farándula y la nobleza. Prefirió sacar su teléfono. Quizá le preguntaría a Gustavo si compraba pan para cenar. En su bandeja de correo había cinco mensajes que no habían estado allí cuando dejó a sus hijos en casa de sus padres. Revisó los remitentes. Dos mensajes comerciales sobre productos en línea. Un mensaje del diseñador diciendo que nuevamente se había atrasado por enfermedad; últimamente se resfriaba con frecuencia, ¿o sería que había aceptado otro proyecto y se estaba retrasando con sus fechas de entrega? Los freelancers solían hacerlo. El cuarto mensaje era de una de las autoras del proyecto en turno. La había contratado por referencia de una compañera, pero no lograban compaginar en metodología. Le echó un vistazo al texto y sintió un retortijón en el estómago. Tendría que enviarle muchas correcciones, o editar el texto ella misma. Adiós fin de semana. El quinto provenía de una amiga en España. Le había copiado unas recetas para los niños.

—¿Freya?

La voz de Karina la interrumpió. La señora mayor ocupó el sillón a su lado y se puso a hojear una revista. Freya entró al salón de corte y se dejó caer sobre la silla giratoria. Colocó su bolso y el teléfono en una mesita cercana mientras Karina le colocaba una bata de plástico para proteger su ropa.

—¿Lo de siempre?

—Tinte y corte —dijo Freya tratando de serenarse.

Karina se dio la vuelta y buscó en un gabinete tubos con tinte. Eligió uno y lo exprimió un tazón de plástico al que agregó otros productos para después revolverlos con un pincel. Sus suaves manos comenzaron a separar mechones al tiempo que embadurnaba el cuero cabelludo con el compuesto.

—¿Y cómo pinta tu fin de semana?

Terrible. Tendría que reescribir el capítulo cinco. El cesto de la ropa sucia estaba hasta el tope. Martín tenía cita con el dentista el sábado a mediodía. El hermano de Gustavo cumplía años y su suegra haría una pequeña reunión, que se convertiría en una fiesta, así que probablemente regresarían hasta pasadas las diez. El domingo en la iglesia debía llevar unas galletas para una venta especial a favor de los niños de una casa hogar que apoyaban. Por la tarde, Martín tenía que terminar una tarea y Freya debía planchar ropa.

—Pinta bien —respondió sintiéndose miserable por mentir—. ¿Qué tal el tuyo?

—Los sábados siempre trabajo. Mañana peino a dos novias. —Karina decía que no había nada como sacar la belleza natural de una mujer enamorada con un poco de maquillaje y un peinado que resaltara su alegría—. El domingo lo de siempre. Estoy enseñando a los niños pequeños en la clase bíblica.

Karina asistía a la misma iglesia que sus padres y Mariana. Freya, por cuestiones geográficas, iba con Gustavo a una iglesia muy parecida en el sur de la ciudad.

—Tu hermana va a cantar —le confió Karina con un guiño.

Mariana tenía una voz dulce que había afinado con el paso de los años. Todos se maravillaban de su talento, incluso Freya. No siempre lograba disfrutar sus conciertos pues vivían lejos, pero cada Navidad, Mariana formaba parte de un coro donde conseguía los mejores solos. Su madre siempre lloraba al oírla cantar. Freya, aún conmovida, no lograba derramar muchas lágrimas, pero no porque no quisiera, sino porque ella era así.

—Listo. Esperaremos cuarenta minutos.

Freya regresó al sillón de la sala de estar. Maru, la chica de las uñas, salió a comer. La señora en sus sesentas volvió al banquillo para que le enjuagaran el tinte. Freya trató de leer algo. Ninguna revista la atrapó, así que abrió la aplicación de Kindle de su teléfono e intentó engancharse en una novela, pero su mente divagaba sin lograr posarse en algo concreto. Por curiosidad, se interesó en la conversación entre Karina y la otra mujer.

—Es de admirar lo que hace por su madre, doña Jose.

—Ni tanto, Karinita. La demencia senil es una locura. Me siento como cuando cuidaba de mis hijos pequeños pues tengo que ir detrás de ella para que no haga travesuras. El otro día se salió de la casa y la encontré en el parque tomando un helado por el que no pagó. El heladero terminó regalándose por frustración más que por compasión…

La historia continuó, pero Freya se distrajo con un mensaje de Gustavo. La junta había terminado temprano, e iría a casa. Freya cerró los ojos unos segundos. Imaginó la felicidad de Gustavo. Llegando a casa, se quitaría la camisa y la corbata y se pondría una sudadera. Luego se acostaría en el sillón y encendería la televisión. Al paso que iba la tarde de Freya, él descansaría dos o tres horas, en completa soledad, antes que ella pudiera llegar con el pan dulce. ¿Y quién prepararía el chocolate caliente para acompañar los bizcochos? ¿Quién bañaría a los niños? ¿Quién les pondría el pijama? ¿Quién vigilaría que se lavaran los dientes? ¿Quién les leería el cuento de las Buenas Noches? ¿Quién oraría con ellos? ¿Quién se quedaría inmóvil en una silla hasta que los dos roncaran? ¿Quién, en pocas palabras, no podría adelantar su trabajo del capítulo 5, ni vería el capítulo siguiente de la serie de televisión sobre la nobleza inglesa? ¿Quién terminaría cansada y frustrada como de costumbre?

—Gracias, Karina —dijo doña Jose mientras se despedía—. Siempre es un deleite venir, y no solo porque me dejas sintiéndome diez años más joven.

La mujer ciertamente lucía más sonriente. Se despidió de Freya con un ademán de cabeza, y cruzó la puerta. Karina miró el reloj.

—Aún faltan diez minutos. No tardo.

Karina caminó hacia el escritorio y escribió una pequeña nota. Dobló el papel y lo depositó en una cajita en el cuarto de corte. Luego se dirigió al baño, un cuartito que estaba en una esquina. Aburrida, Freya contempló la variedad de colores en los barnices de uñas que poblaban la mesita de la manicure. Contó once tones de rosado desde un pálido blanquecino, hasta uno más mexicano que el sombrero.

Karina salió del cuartito y le indicó que pasara para el enjuague. Le colocó una toalla alrededor de los hombros y Freya echó la cabeza para atrás hasta descansarla contra el plástico de la silla. Karina hizo correr el agua tibia de una pequeña manguera con la que repasó el cabello de Freya una y otra vez. El agua tibia la tranquilizó lo suficiente para cerrar los ojos, y cuando Karina la masajeó con un poco de shampoo, Freya logró exhalar con más soltura.

Entonces pensó en Karina. Siempre la veía tranquila. Diría que la estilista ignoraba lo que era la palabra “estrés”. En primer lugar, era soltera. No tenía que lidiar con alguien del sexo opuesto. Tampoco tenía hijos, así que no despertaba a media noche porque alguien tuviera pesadillas. Vivía con su madre y su hermana, ambas viudas. Su madre perdió a su esposo de un ataque cardíaco; el cuñado murió electrocutado en horas de trabajo. Había trabajado para la Compañía de Luz. Sus dos sobrinas, de quince y trece años, adoraban a su tía. Por lo general la visitaban cuando no tenían clases o poca tarea. La mayor también decoraba uñas. La más pequeña barría y sacudía a cambio de unas monedas para sus gastos personales.

¿Qué podría nublar el día de Karina? ¿Una clienta molesta? ¿Dolor de pies por las largas horas de peinado? ¿Un achaque de su madre? ¿El aumento en las cuotas de renta o agua? Karina le pidió que se trasladara al banco donde secó su cabello con una toalla. Luego produjo unas tijeras y comenzó con el corte.

Desde el espejo, Freya la admiró trabajar. No era delgada, ni robusta, sino de medidas justas, como diría Gustavo. El cabello largo lo traía alaciado y en forma de V, con rayos color maple que destacaban de un castaño más intenso. Cada dos meses que venía, Karina lucía un nuevo estilo. Su piel era lisa y humectada; sus ojos grandes y vivaces. Freya la consideraba bonita. Pero había algo más. Mientras, Karina separaba mechones y despuntaba, Freya pensó en las muchas veces que había visitado la estética. La amistad comenzó en la universidad cuando Karina abrió su negocio. Aunque joven, un solo despunte convenció a Freya que Karina tenía algo especial. Karina la maquilló y peinó para su boda. Karina le dio su primer tinte después que nació Martín. Karina la visitó en el hospital cuando nació Sonia. Su madre y Mariana también eran sus clientas, pero Karina jamás hablaría con otros de los demás. De hecho, una de las razones por las que Freya apreciaba su trabajo se resumía en que Karina hablaba si la clienta lo requería, pero también respetaba el silencio, si uno deseaba meditar.

No tenía televisor ni radio encendido. Música instrumental, o a veces algunas alabanzas, llenaban los vacíos de la habitación a través de una bocina desde el escritorio. Frente al espejo, donde reinaban los botes con docenas de cepillos de todas formas y colores, descansaba la cajita metálica del miércoles. Freya la recordaba bien. De hecho, hacía unos minutos Karina había depositado un papel en ella.

—¿Sigues con la cajita? —le preguntó.

Karina sonrió antes de contestar.

—Sigo preocupándome.

Cada vez que una preocupación venía a su mente, Karina la apuntaba en un papel y la depositaba en la cajita del miércoles. Había elegido el miércoles como el día de sus preocupaciones. Los miércoles temprano abría la cajita y leía cada uno de sus afanes. La mayoría de las veces, según comentaba, las situaciones se habían resulto. Cuando no, oraba por ellas. ¿Por qué miércoles? Nunca lo dijo.

Freya trató de imitarla, pero su cajita de los jueves no duró mucho tiempo en la cocina. Por una parte, no tenía tiempo de escribir sus quejas en medio del ajetreo. Además, si escribía en viernes, se le figuraba una eternidad aguardar hasta el jueves y hasta entonces pensar en las angustias de la vida. Cuando pasaron tres semanas y la cajita resultó demasiado pequeña para sus muchas quejas, la tiró al bote de basura. No se procuró una nueva.

Karina comenzó a trabajar en la parte de arriba y Freya comenzó a sentirse soñolienta, efecto de los dedos de Karina. Sus ojos entonces se posaron en la pared donde Karina colgaba pequeños cuadros que una prima suya hacía. La prima ilustraba textos bíblicos que no solo alegraban la pared sino que hablaban al corazón. Había un nuevo texto. “El Señor es bueno, un refugio seguro cuando llegan dificultades”. La vez pasada había sido un salmo que hablaba de Dios como alguien compasivo, lento para enojarse y lleno de amor inagotable. Hacía seis meses se trató de un recordatorio en palabras de Jesús: “Los que el Padre me ha dado vendrán a mí, y jamás los rechazaré.”

Freya repasó el texto en turno. “El Señor es bueno”. ¿Lo era? No lo parecía cuando la cajita del jueves se llenaba con papeles que enumeraban sus preocupaciones, como cuentas sin pagar, bebés con cólico, discusiones maritales. “El Señor es un refugio seguro cuando llegan dificultades”. A veces Freya solo deseaba esconderse en un rincón hecha un ovillo y dormir veinticuatro horas seguidas. En otras ocasiones, quería hacerse pequeña y ocultarse en el hueco de una pared.  

Karina encendió la secadora y el aire caliente envolvió su rostro con suavidad. Su cabello bailaba al ritmo del motor del aparato, logrando que el corazón de Freya desacelerara. “El Señor es bueno”. Y lo era, porque Freya tenía una madre que no puso objeción en cuidar a sus nietos. Contaba con una hermana, que a pesar de sus diferencias, la buscaba y necesitaba. ¿Y qué de sus dos hermosos hijos? Fuera de las rabietas de Sonia, la pequeña estaba repleta de sonrisas y abrazos. Detrás de los miedos de Martín había una prodigiosa imaginación que ideaba mundos fantasiosos y relatos extraordinarios. Además, Freya tenía a Gustavo a su lado, un hombre amable y paciente, con un gran sentido del humor. Apenas el día anterior le había mandado una foto con una jirafa. “Para una mujer de altura”, añadió en el texto.

Siempre habría dificultades, desde una llanta ponchada hasta lluvias torrenciales. Cada día traería su propio afán, en forma de dolores de espalda o gastritis. Pero tan cierto como los problemas era la declaración bíblica: “un refugio seguro”. Ante cada problema, Freya podía hacerse pequeña en su mente y descansar en el hueco de la mano del Padre que era lo suficientemente grande para envolverla y protegerla de cualquier dificultad.

—¡Lista!

Freya contempló su reflejo. Al igual que doña Jose, lucía unos años más joven. Sacó su cartera y le pagó a Karina.

—Te espero en dos meses —sonrió la peluquera.

—Aquí estaré.

Freya se preguntó si debió haberle contado más detalles de su vida, como hacían tantas otras mujeres. Quizá debía mostrar más interés y preguntar por las sobrinas. Pero Maru, la chica de las uñas, regresó acompañada por una chica que quería colocarse unas extensiones, y el parloteo juvenil sobresalió por encima de la música de piano que salía de la bocina. Así que Freya se despidió de todas y se detuvo frente a la panadería. Al sur de la ciudad, no había pan tan rico, ni tan barato. Lamentablemente, el tinte había subido de precio y ya no traía cambio. No se angustiaría. El Señor era bueno. A estas alturas, su madre tendría una cena preparada, y Gustavo seguramente apreciaría unas quesadillas de frente a la casa.

Freya se subió al auto y se colocó el cinturón de seguridad. Antes de arrancar, contempló el letrero encima de la puerta del salón de belleza. “Estética Betania”. No había mejor nombre para el negocio de Karina. Uno entraba como una Marta, afanada y turbada por muchas cosas, y salía como María, más serena y ubicada. Por esa razón, no le importaba cruzar media ciudad por un corte de cabello.