Tranquila y compuesta

Cuando el esposo de mi amiga Grace fue diagnosticado con una extraña enfermedad, todos nos preocupamos. Ella también, pero siguió su rutina con una extraña compostura que llamó la atención. ¿Cómo podía estar tranquila ante la posible pérdida de su compañero?

Su placidez me recordó una historia bíblica.

Abraham e Isaac se detuvieron al ir subiendo la montaña. Isaac tenía una pregunta.

—Papá, si se supone que vamos a ofrecer un sacrificio, ¿dónde está el animal?

Abraham respondió: —Dios se proveerá de un cordero, mi hijo.

Abraham sabía la verdad: Isaac era el sacrificio. Isaac no dijo más, sino que siguió su camino e «iban juntos».

En una paráfrasis de las Escrituras Judías, la última expresión se explica como «andar con una mente compuesta y tranquila». ¿Será que Isaac comprendió que sería el sacrificio y estuvo de acuerdo con ello? ¿Acaso confiaba tanto en su padre que olvidó el animal ausente y se enfocó en el trayecto?

Si leemos Génesis 22, descubriremos que efectivamente Dios proveyó de un animal para el sacrificio. Sin embargo, muchas veces desconocemos el final de la historia. Solo sabemos que vamos ascendiendo un monte y nos preguntamos cómo Dios nos sacará de una complicada situación. Podemos, como Isaac, ¿andar con una mente compuesta y tranquila a su lado?

Grace lo hizo. Isaac también confió en su padre terrenal. Nosotros hoy podemos confiar en nuestro Padre celestial. Andemos con mentes compuestas y tranquilas, totalmente convencidos de que nuestro Señor proveerá aquello que haga falta.

Se solicitan custodios

Los custodios de museos resguardan las creaciones y testimonios más valiosos de la humanidad. Sin embargo, son una especie en extinción. Casi nadie piensa en ellos ni agradece su trabajo, como defender los jarrones de antaño de dedos grasientos o prohibir el nocivo flash de una selfie.  

En 2018, los custodios del Museo de Louvre se hartaron y decidieron detenerlo todo. Era un lunes de mayo cuando todos abandonaron sus puestos pues ya no podían controlar a la marejada de turistas que invadió su espacio. Ese año, recibieron más de diez millones de visitantes, 2.5 millones de franceses y 1.5 de estadounidenses, y el resto de todas las naciones de la tierra. 

Entonces, las personas se dieron cuenta de la importancia de la labor de un custodio y se apreció un poco más el respeto que debemos a las obras de arte, aunque los custodios todavía se quejan de los grupos de adolescentes que llegan y se paran ante la Mona Lisa, la miran un segundo, y luego buscan dónde sentarse y mandar textos a sus amigos ¡que están en la misma sala!  

Sin embargo, la labor de los custodios me hace pensar en la necesidad que tenemos hoy, más que nunca, de personas que cuiden y resguarden la belleza, la verdad y la pureza. Si tuviera que hacer una novela gráfica o una película de superhéroes quizá la llamaría: «Los custodios de lo bueno». La historia giraría alrededor de personas dispuestas a caminar una milla extra por resguardar la belleza de la naturaleza, la verdad bíblica y la pureza que aún puede existir en las mentes y en los corazones de quienes aman a Dios. 

Como custodio, quizá no serías alabado, sino censurado, como cuando le lanzamos una mirada de odio al guardia que nos pide no cruzar la raya amarilla que nos impide acercarnos a la armadura romana del siglo III. Tampoco tendríamos un sueldo envidiable. Pero no solo estaríamos conservando, para las futuras generaciones, lo bueno y bello de este mundo, sino que tendríamos una oportunidad única.  

¿Has visto la película «Una noche en el museo»? Vemos a un velador paseando por los pasillos del museo, ya sin turbas ni amenazas, disfrutando plenamente de pinturas y esculturas que lo conectan con la herencia de la humanidad. Del mismo modo, si te unes a mi propuesta de ser un custodio de lo bueno, aunque no seas valorada por los «temibles turistas», tendrás la rara y preciada oportunidad de contemplar lo bello y admirarte, de ingerir la verdad y vitalizarte, de experimentar la pureza y regocijarte.  

¿Te unes? 

El retroceso del peregino

Por Keila Ochoa Harris

Hubo un hombre que siempre supo que había algo más y que no había sido creado para ir cargando ese pesado bulto a cuestas. Así que salió de la Ciudad Destructora y abandonó su carga a los pies de la cruz. Allí comenzó su peregrinaje, con la firme convicción que viajaba rumbo a la Ciudad Celestial. Pasó por el Valle de la Humillación y descansó en el Palacio Hermoso. Visitó la Feria de las Vanidades y las Montañas de las Delicias. Al final, cruzó el río de la muerte y fue recibido en la Ciudad de Dios.

Tristemente, sus descendientes han errado el camino.

Algunos piensan que no existe la Ciudad Celestial y que todo termina aquí, así que viven cómodamente en la Ciudad Destructora. Y al decir cómodamente, me refiero a que cuentan con casas hermosas y vehículos de lujo. Lo triste es que van por la vida con ese pesado bulto a cuestas. Lo maquillan, lo ocultan, lo ignoran, pero la carga está allí, cada vez más pesada.

Otros han dejado su carga a los pies de la cruz, pero se han quedado en el Valle de la Superficialidad. Les da miedo continuar pues sigue el Collado de la Dificultad. ¿Una pendiente complicada? Mejor disfrutar que ya no andan con un bulto a cuestas creando hogares tranquilos y exitosos, al estilo de la Ciudad Destructora.

Unos han querido permanecer en el Palacio Hermoso, pero descubren que no es un lugar para acampar sino solo una posada en el camino. De cualquier modo, se niegan a abandonar sus asientos y viven en la periferia de lo santo, sin ser transformados, o pasean por los jardines sin realmente lograr algo.

En el Valle de la Humillación se han quedado muchos que han caído. De los que cruzan este paraje habrá quien venza al gigante y quien sea vencido, pero habrá quienes decidan edificar allí una morada para vivir el resto de sus días lamentando la derrota.

Todo peregrino pasa tarde o temprano por el Valle de Sombra de Muerte. Pero algunos pierden allí la brújula y olvidan su destino: la Ciudad Celestial, y heridos por la pérdida regresan a la Ciudad Destructora o compran una casa en algún otro sitio donde abandonan el peregrinaje.

¡Cuántos no han hecho su hogar en la Feria de las Vanidades! Deciden que ser peregrino no está de moda, y se integran al circo de vestidos, lenguaje y conducta. Muy pronto los peregrinos se confunden con los cirqueros de la Feria, y aunque la única diferencia parece radicar en que unos traen bultos a cuestas y otros no, hasta eso comienza a lucir “sospechoso”.

El Camino de la Negligencia es bien transitado. Ahí se ven principalmente peregrinos mayores de cincuenta años que viven de glorias pasadas, de oraciones de juventud y de conocimiento arcaico. Creen que ya no necesitan las disciplinas del inicio del peregrinaje, por lo que serán presa fácil de los gigantes de la tentación y la desesperación.

En la Tierra Encantada se han fundado muchas congregaciones de peregrinos. ¿Para qué seguir un sendero de dolor y trabajo? El destino final se convierte en esta tierra donde hay sermones y predicaciones, pero también descanso, un poco de sueño y un poco de tolerancia.

El Castillo de la Duda también hospeda a muchos peregrinos que han optado por no avanzar. Se sienten bien en ese lugar donde todo es un “quizá” sí haya Ciudad Celestial; “quizá” no. Donde las creencias son relativas, donde el Pastor no es más que un maestro común, donde no hay bien ni mal.

¡Cuánto hemos errado el camino! Cuánto nos hemos desviado del peregrinaje. Pues el propósito de la vida no es vivir bien, ni ser felices, ni tener una casa, una familia y un perro. El propósito no es hacer buenas obras o cosechar triunfos. La vida es un peregrinaje donde el destino final es la Ciudad Celestial, pero donde el viaje se hace significativo pues ya podemos ir caminando con el Peregrino por excelencia, el Pastor de nuestras almas, el Rey glorioso al que abrazaremos en la Ciudad Celestial, pero que hoy con humildes ropas de campesino avanza a nuestro lado.

Su presencia nos da gozo. Sus consejos nos guían por el camino correcto. Su mano nos conforta en el dolor. Sus pies nos muestran el camino. Sus ojos nos siguen a todas partes. Su conversación hace ligero el camino. Y al ir con él, todo lo demás adquiere perspectiva. Pues entonces vivimos bien, somos felices, vamos de la mano de un cónyuge peregrino y unos peregrinitos que un día crecerán y harán su propio andar; hacemos lo bueno y cosechamos victorias.

Pero qué fácil es desviarnos del camino. ¡Tan común el hacer largas paradas en los sitios equivocados! Entre más tiempo nos quedamos estáticos más complicado resulta levantarnos y seguir, pero siempre hay una segunda oportunidad.

Si aún traemos un bulto a cuestas, vayamos al pie de la cruz y dejemos de andar doblados por el pecado. Si comenzamos el peregrinaje pero nos hemos detenido en el sitio incorrecto, sujetemos su mano que nos levanta del fango, limpiemos nuestras ropas del polvo de la negligencia y la indiferencia, y volvamos al sendero antiguo.

Ahí delante van ellos, hombres y mujeres leales que lo dieron todo; hombres y mujeres que nos precedieron. Allí veo la cabeza calva del hombre que marcó mi vida con su fidelidad, ahí va la mujer sonriente que luchó contra el cáncer siempre con la mirada en la Ciudad Celestial. Ahí van tantos que son prueba viviente de que hay un destino y un Amigo a nuestro lado.

Como escribió Bunyan: “Lo que Dios dice es mejor, lo mejor, aún cuando todos los hombres estén en contra.”

Ser padres es ser vulnerables

Por Keila Ochoa Harris

La vulnerabilidad no es algo que busquemos. De hecho, la consideramos una característica negativa. ¿Qué es ser vulnerable? La definición literal nos dice que es «la cualidad que tiene alguien para poder ser herido».

Sin importar nuestra religión, encontramos en María, la madre de Jesús, un ejemplo certero de la vulnerabilidad. A ella se le dice a los ocho días de nacido su hijo: «Este niño está destinado a provocar la caída de muchos en Israel, pero también será la alegría de muchos otros. Fue enviado como señal de Dios, pero muchos se le opondrán. Como resultado, saldrán a la luz los pensamientos más profundos de muchos corazones, y una espada atravesará tu propia alma» (Evangelio de Lucas, capítulo 2, versos 34 al 35, Nueva Traducción Viviente).

Una espada atraviesa el alma de cualquier padre cuando ve a su hijo en una cama de hospital, cuando el hijo se marcha cargado de rebeldía, cuando el hijo toma una mala decisión, cuando el hijo decide algo que va en contra de nuestros principios, cuando el hijo es acusado e incluso asesinado injustamente. Pero el antídoto está en el amor. El hecho de amar abre a la posibilidad del rechazo, del no ser correspondido y de correr el riesgo de ser herido. Pero el amor también es ese parche que sana las heridas, pues nunca se da por vencido, jamás pierde la fe, siempre tiene esperanzas y se mantiene firme en toda circunstancia.

La vulnerabilidad también se aplica en la sociedad. Por ejemplo, un individuo analfabeta se encuentra en una situación de vulnerabilidad ya que puede ser timado por cláusulas injustas al pedir un trabajo o se le dificulta acceder al mercado laboral. Los padres jóvenes e inexpertos somos más vulnerables que los padres que llevan más tiempo en el camino.

Los que recién comenzamos esta carrera nos sentimos en desventaja. Carecemos de aquello que hace a otros padres más resistentes. Nuevamente observemos a María, la madre de Jesús, una adolescente embarazada, temerosa de la presión social y su condición física. Acude a su prima, muchos años mayor. Ella también estaba encinta y esperaba a su primer hijo, pero su experiencia de vida le daba mayor estabilidad y aseguro que el tiempo que pasaron juntas fortaleció a María para lo que vendría después. Encontremos la salida en la esperanza. Escuchar el consejo de los padres que ya transitaron el camino por el que hoy andamos nos hará entender que «esto también pasará» y «que hay una luz al final del túnel».

En el ámbito de la tecnología también se nos habla de vulnerabilidad. Se usa para designar a todos los puntos débiles que tiene un programa determinado y que le hace víctima de un virus. Al hablar de un archivo, se apunta a la poca seguridad que permite que piratas o intrusos pongan en peligro su confidencialidad o integridad.

Todo hogar está en peligro de ser infiltrado por el alcohol, las drogas o la pornografía. Algunos hogares son más vulnerables cuando los muros del amor, la comunicación o la comprensión se han debilitado. Desconocemos muchas partes sobre la historia de María, pero todo indica que enviudó joven. Tuvo que criar a sus hijos sola, y por eso cuando Jesús muere, ella está sola frente a la cruz. ¡Qué vulnerabilidad! La espada ciertamente estaba atravesando su alma.

Pero si bien para las computadoras tenemos programas especiales llamados anti-virus que buscan proteger, reforzar y cuidar un programa de los enemigos, en la vida tenemos la fe. Quizá no le veamos mucha utilidad, pero si somos padres y hemos experimentado esa espada que traspasa el alma, sabemos que lo único que nos sostiene en la angustia es creer que hay sentido en el dolor.

Ser padres es ser vulnerables. Muchas preguntas quedarán sin respuesta durante largas temporadas, o quizá jamás conoceremos los porqués en esta vida. Pero si bien el amor nos pone en riesgo, el amor también nos sostiene en los embates de esta vida, la esperanza nos trae consuelo y la fe nos dice que hay un propósito detrás de todo sufrimiento.

El perfumista

Por Keila Ochoa Harris

Trabajan en secreto, y bajo estricta confidencialidad. No pueden revelar para quién están creando una nueva fragancia, y deben hacer cientos de pruebas hasta lograr el efecto deseado. Combinan aromas animales, florales y sintéticos. Realizan las combinaciones que después nos venden las marcas comerciales a precios elevados.

Estos perfumistas trabajan con su nariz. Como un músico, combinan las notas musicales del olfato para crear una armonía. Al ser pocos, se conocen entre sí. Reconocen que ciertas combinaciones son favorecidas por Jenny o por Susana, así que al oler una nueva fragancia pueden decir: «Ah, ésta viene de Sofía». Si bien entre ellos pueden hablar así, entre los mortales se oirá: «Ah, está usando Coco Channel».

Nada es más memorable que un aroma. El sentido del olfato es quizá el más poderoso pues nos trae recuerdos y nostalgias, nos evita peligros y nos atrae a la comida. También es el sentido mudo pues nos cuesta trabajo definirlo. ¿A qué huele una persona a la que amamos? Torpemente tratamos de usar las palabras. «Huele a talco con miel».

Por algo Dios usa una potente referencia a los aromas en 2 Corintios 2. Relata que Dios nos usa para difundir el conocimiento de Cristo por todas partes como un fragrante perfume. Como el Perfumista por excelencia, Dios ha creado el aroma más perfecto del universo que comparte con nosotros. La pregunta es, ¿reconocen esta fragancia los que nos huelen al pasar?

«Nuestras vidas son la fragancia de Cristo que sube hasta Dios». Pero al igual que un perfume, cumple dos funciones. Un perfume debe conmocionar y fascinar. Del mismo modo la fragancia de Cristo “se percibe de una manera diferente por los que se salvan y los que se pierden. Para los que se pierden, somos un espantoso olor de muerte y condenación, pero para aquellos que salvan, somos un perfume que da vida”.

Cuenta una perfumista que cierta tarde salió del trabajo rumbo a su departamento. Al ir avanzando, se dio cuenta que un hombre la seguía y comenzó a sentirse preocupada. Si aceleraba, él lo hacía también. Consciente sobre los peligros de Nueva York, pensó en cientos de posibilidades: un violador, un ladrón, un secuestrador. Finalmente, decidió detenerse y miró al vagabundo.

«¿Qué se le ofrece?» El hombre la miró avergonzado: «Es que huele muy bien. Venía siguiendo el perfume».

¿Podremos nosotros atraer del mismo modo a los vagabundos, a los desamparados, a los que buscan propósito en la vida? ¿Podremos atraerlos y llevarlos al Perfumista por excelencia?

¿A qué hueles? Vale la pena meditar en ello.