Si supiera

Por Keila Ochoa Harris

“Si supiéramos cuánto nos ama el Señor, estaríamos listos para enfrentar la vida constantemente, con sus altas y bajas” (Hermano Lawrence).

¡Ah, si supiera! Si supiera que la presente aflicción es por mi bien, si supiera que la presente alegría es por mi bien, si supiera que la presente preocupación es infructuosa porque Dios ya tiene todo bajo control, si supiera que él me ama tanto…

Pero el problema es que lo sé, pero no lo creo.

Lo sé, pero no me esfuerzo por practicarlo.

O quizá no siempre lo sé. Armo mi teología de unas horas de Biblia a la semana, o quizá menos que eso. Me conformo con escuchar un sermón que yo no preparé, que yo no estudié.

Entonces no veo el panorama general y lo mucho que Dios ama.

Por eso, cuando llegan los problemas, me asusto, me repliego, me enfado. Y me quejo. Me comparo. Me lamento.

Si supiera cuánto me ama el Señor, podría enfrentar la vida de una manera distinta.

Frágil y pequeño

Por Keila Ochoa Harris

Un día, las manos que formaron al mundo se encerraron en dos puñitos que ardían por cólico.

Un día, los pies que pisaron los montes, se ocultaron detrás de una cobija que lo protegía del frío.

Un día, los ojos que miraban todo y en todo lugar, se cerraron para dormir.

Un día, los labios que pronunciaron que se hiciera la luz, clamaron en llanto por alimento.

Un día, la inmensidad se guardó en un cuerpecito pequeño que María pegó contra su pecho y arrulló para ayudarlo a dormir.

Increíble, pero cierto. Un día, lo eterno y poderoso, fue frágil y pequeño.

Una mirada perfecta

Por Keila Ochoa Harris

Susurro porque podrías despertar, y no quiero, por lo menos, que lo hagas aún. Pero tengo tanto qué decirte.

Una de mis canciones favoritas dice: “Simplicity speaks in the innocent upward trusting glance of a child”. (La sencillez habla en la mirada hacia arriba, inocente y confiada, de un niño).

Y así me miras hoy.

Con tu mirada inocente, en la que no existe malicia ni doblez. Una inocencia que no excluye el pecado, sino que más bien acepta su debilidad y dependencia. Así debo mirar a Dios.

Con tu mirada hacia arriba, buscándome, a mí, quien ha prometido protegerte. Siempre miras arriba, no abajo donde no encontrarás ayuda. ¿Y yo? ¿Dónde encontraré auxilio? Arriba. Así debo mirar a Dios.

Con tu mirada confiada, pues cuando me observas, pones en mis manos tu vida. Por tu mente no cruza siquiera la posibilidad de que yo quiera tu mal o te vaya a fallar. Confías en que te daré lo que necesitas. Así debo mirar a Dios.

Gracias por enseñarme lo que significa una mirada perfecta.

¿Cómo caminas con alguien?

Por Keila Ochoa Harris

Recuerdo ser niña y tratar de caminar al paso de un adulto, fuera mi mama, mi papá o mi abuelo. En general había tres escenarios.  

1.     Emocionada por el lugar al que llegaríamos, me adelantaba y corría, mirando hacia atrás con impaciencia porque el adulto parecía no tener prisa. 

2.     Me atrasaba por falta de interés en el destino o la misma actividad de andar. Tú sabes, estaba «cansada, aburrida, molesta». 

3.     Caminaba al lado del adulto, probablemente porque deseaba conversar con él. El destino me inspiraba, pero también la travesía.  

En la Biblia leemos que Enoc caminó con Dios. Noé también caminó con Dios. Abraham e Isaac anduvieron con Dios. ¿Y nosotras? 

Quizás, emocionadas por el futuro, vamos corriendo delante de Dios, mostrando impaciencia por la aparente «lentitud» de nuestro Padre en responder nuestras preguntas o conceder nuestras peticiones. Me acuerdo mucho de mi constante interrogante: ¿con quién me casaré? La espera se me figuró interminable. (Pero qué bueno que esperé. Aunque esa es otra historia).  

Tal vez vamos arrastrando los pies. Nuestros actos muestran que no nos interesa el destino (el cielo), quizá porque no entendemos su magnitud. Tampoco nos mostramos muy emocionadas por la compañía, Dios mismo. Damos un paso tras otro con una actitud de enojo, disconformidad y hastío. 

Mi oración es que caminemos a la par de Dios, tomadas de su mano como cuando éramos niñas y andábamos contentas con mamá y papá. Que disfrutemos la conversación con nuestro Padre y veamos las bellezas del paisaje. Que en las tormentas o las dificultades del camino, dejemos que nos cargue o nos sujete para no resbalar. Que ciertamente nos haga palpitar el corazón nuestro destino, sin olvidar que el recorrido es igual de importante.  

¿Caminamos con Dios? 

Publicado en Esencia.

Dios y las montañas

Por Keila Ochoa Harris

¿Te imaginas qué pasaría si no hubiera montañas? Entre otras cosas, muchas personas perderían su lugar de residencia y los animales su hábitat. Las montañas son esenciales para la vida, y aprendemos de ellas tres cosas que podemos aplicar a Dios: nuestro refugio, nuestro lugar seguro, nuestra roca. Él es nuestra montaña.  

Seis de los veinte cultivos de alimentos más importantes para los seres humanos se dan en las montañas, como las papas, los tomates, las manzanas, la cebada, el sorgo y el maíz.

Del mismo modo, Dios nos provee del alimento físico y espiritual. De Él proviene lo que necesitamos para subsistir y nuestra mejor comida es la que mencionó Jesús:  

«Mi alimento consiste en hacer la voluntad de Dios, quien me envió, y en terminar su obra» (Juan 4:34).

Las montañas también nos dan entre el 60 y 80% de agua dulce del planeta. El agua que se acumula en forma de nieve y hielo se escurre en las laderas para formar ríos. Por algo se les llama las «torres de aguas del mundo». Del mismo modo, nuestro Dios es el agua dulce que nos refresca. Jesús dijo:  

«Cualquiera que beba de esta agua pronto volverá a tener sed, pero todos los que beban del agua que yo doy no tendrán sed jamás. Esa agua se convierte en un manantial que brota con frescura dentro de ellos y les da vida eterna» (Juan 4:13-14). 

Finalmente, las montañas ayudan a regular el clima. Son escudos contra las tormentas, las inundaciones y las sequías. ¿No hace Dios lo mismo por nosotros? 

 «El Señor es mi roca, mi fortaleza y mi salvador;

    mi Dios es mi roca, en quien encuentro protección.

Él es mi escudo, el poder que me salva

    y mi lugar seguro» (Salmo 18:2). 

¡Gracias a Dios por las montañas! 

Publicado en Esencia.