El dialecto del amor

La rata topo es un animal increíble. Entre sus curiosidades, está que tienen un complejo vocabulario que transmiten con chillidos, gorjeos y gruñidos.  

Además, los científicos de la Universidad de Pretoria han descubierto que cada grupo tiene su propio dialecto. Es decir, cada grupo se reconoce porque los miembros «hablan igual». Además, las crías no nacen hablando este dialecto, sino que lo aprenden al ir creciendo.  

Tú has aprendido un idioma particular, probablemente castellano o español. Quizá en la escuela has aprendido inglés o francés.  

Sin embargo, hay un idioma muy importante que te abrirá puertas en todas circunstancias y es el idioma del amor. Este idioma no tiene una gramática complicada, ni sonidos extraños. Solo se requieren tus manos y una sonrisa.  

El idioma del amor se habla así: «Haz a los demás todo lo que quieras que te hagan a ti». ¿Lo usamos hoy?

Entrevista sobre La Belleza de la Cruz

«Recordar es volver a vivir», afirma el dicho popular que aplica tanto para las experiencias buenas como para las que resultan desagradables. Algunos recuerdan una enfermedad que les dejó secuelas, un período traumático de sus vidas o una relación nociva como una «cruz» que tuvieron que cargar durante algún tiempo. Al librarse de una situación como estas, muchos no tienen el deseo de volver a recordarla y menos de volver a vivirla.

Pero Cristo cargó una cruz real y vino para mostrarnos cómo vivir según Su voluntad. Los cristianos no recordamos la cruz de Cristo con dolor, sino con esperanza, agradecimiento y reverencia ante el poder de nuestro Salvador sobre la muerte. Por Su obra, Cristo cambió el significado de la cruz y lo que representaba: pasó de significar vergüenza y muerte a ser la expresión palpable del amor de Dios por Su pueblo. Por eso, cuando Cristo nos llama a cargar nuestra cruz cada día, quiere que tomemos conciencia de lo que esto significa. No estaremos dispuestos a hacerlo si no comprendemos el significado de lo que Cristo hizo en la cruz.

No solo nosotros nos sentimos atraídos por el significado de este símbolo. A lo largo de la historia del cristianismo, muchos artistas plasmaron en sus obras la muerte de Cristo en la cruz. Esto puede resultar enriquecedor para comprender cómo muchas personas han interpretado ese sacrificio en diferentes épocas y lugares.

Sobre todo esto habla el libro La belleza de la cruz (B&H Español, 2022), escrito por Keila Ochoa Harris, con quien tuve la oportunidad de conversar hace poco. Comparto contigo la entrevista.


¿Cómo se originó la idea de escribir este libro?

Este libro surgió por un estudio bíblico que mi mamá realizó sobre las menciones de la cruz en el Antiguo y Nuevo Testamento. Su investigación sirvió como la base para cada capítulo y se convirtió en un lindo proyecto familiar donde ambas aprendimos mucho sobre la cruz de nuestro Señor.

Desde tu perspectiva, ¿qué relación encuentras entre el arte y la espiritualidad bíblica, manteniendo la Biblia en primer lugar?

Al estar escribiendo el contenido bíblico del estudio, vino a mi mente el arte que aparece en tantas iglesias y los poemas que se han basado en la cruz, por lo que me pareció interesante complementar el texto con poemas inspirados en el sufrimiento de Cristo y con pinturas famosas que también nos aportan una visión diferente. Creo que el arte nos puede ayudar a expresar lo que muchas veces las palabras no nos permiten definir, y también la belleza de la poesía nos inspira para alabar.

Me sorprende mucho cómo Dios mandó que se confeccionaran para los sacerdotes «túnicas, fajas y gorros especiales que irradien belleza y esplendor» (Éxodo 28:40, NTV). Basta con observar un amanecer que baña con sus rayos dorados los cerros de un lugar desértico para comprender que Dios nos rodea de hermosura, incluso en los lugares más inhóspitos. Y la cruz fue ciertamente un sitio de dolor y sufrimiento, donde todo parecía haber perdido belleza y esplendor. Sin embargo, si vemos la obra completa de la redención, encontramos en esas llagas y en ese madero una hermosura incomprensible, que poetas y artistas de siglos pasados nos invitan a considerar.

Nada puede tomar el lugar de la Biblia en la vida del creyente. En ella tenemos todo lo que necesitamos para nuestro diario sostén. Sin embargo, podemos hacer uso de las artes y de todo lo que es verdadero, bello y puro para tener más hambre y sed de las Escrituras. 

Con eso en mente, ¿cuál es la obra de arte más significativa que conoces y cómo se relaciona con el mensaje de la Biblia?

Las artes son particulares porque nos tocan en distintas épocas de nuestra vida. Por ejemplo, ¿cuál es tu libro favorito? ¿El que abrió tu mente con curiosidad o el primero que te introdujo a la ficción? ¿El que te ayudó en tus días de luto o el que te dio fuerzas en una nueva empresa? 

Mi historia con el arte es semejante. Sin embargo, jamás olvidaré cuando entendí, por primera vez, que las pinturas transmiten un mensaje y comunican profundos sentimientos. Quien me enseñó esto fue Marc Chagall y una de sus exposiciones en México que vi durante mi adolescencia. Cada cuadro contaba una historia de sus raíces judías durante su infancia en Rusia, donde también abundaban los símbolos del cristianismo que representaban a la Iglesia ortodoxa de sus tiempos. Jamás olvidaré la carga de emociones que experimenté al encontrar detalles aquí y allá, y las pinceladas de color que transmitían una profunda alegría o dolor.

¡Qué hermoso vehículo es el arte para recordar, experimentar y comunicar! Por eso, invito a los artistas cristianos y latinoamericanos a que plasmen en los lienzos las historias de lo que Cristo hace en nuestras vidas y cómo nos transforma. Narren el día a día en la campiña latinoamericana y las pequeñas aldeas en la sierra, donde los pastores itinerantes predican, donde los traductores bíblicos laboran, donde los cristianos sufren persecución.

El arte puede contar un mensaje con una fuerza que otros medios no poseen.

¿Qué aprendiste sobre la cruz al escribir este libro? 

Aprendí que no debo tener miedo de acercarme a la cruz. De niña no me gustaba visitar ciertas iglesias donde un crucifijo me hacía temblar y desviar la mirada. No me agradaba contemplar el dolor ajeno, pero hoy comprendo que, como dice Isaías, Jesús llevó mis pecados, mis enfermedades, mis cargas, mis dolores, para que hoy pueda vivir libre y en paz con Dios (Is 53).

Todavía desvío los ojos de ciertas obras de arte, pero mi corazón me recuerda que no creo en un Dios ajeno al dolor, sino en uno que entiende bien lo que es sufrir y dar Su vida por los demás.

Por último, ¿cómo evidencia un creyente en su diario vivir que ve y valora la belleza de la cruz?

Cumpliendo lo que Jesús nos pidió: «Si alguno de ustedes quiere ser mi seguidor, tiene que abandonar su propia manera de vivir, tomar su cruz y seguirme» (Mr 8:34, NTV). ¿Estamos dispuestos a vivir para Él? ¿Y a morir por Él? Y quizá el siguiente versículo nos ayude a reflexionar en cómo vivimos esta verdad: «Si te niegas a tomar tu cruz y a seguirme, no eres digno de ser mío» (Mt 10:38, NTV). ¡Qué fuertes palabras de nuestro Señor! Pero creo que en todos los siglos ha habido muchos creyentes, como hoy también, dispuestos a seguir a su Maestro sin importar el costo.

Apreciemos la belleza de la cruz.

Publicado en: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/belleza-cruz-entrevista-keila-ochoa-harris/

¿Y si vivimos sin tecnología?

Cuando me mudé a Chihuahua, conocí de primera mano a los menonitas. Resulta curioso andar por la ciudad de Cuauhtémoc y entrar a un Walmart donde ves hombres vestidos con pantalón de mezclilla y camisa, mujeres con vestidos largos y pañoletas en la cabeza, pero sobre todo ¡rubios y de ojos claros que hablan una variante del alemán! ¿Cuál es la historia detrás de este y otros grupos similares?

Los grupos anabaptistas, compuestos por los amish, los huteritas, los menonitas y los hermanos, surgieron de un grupo que descartó el bautismo infantil que se practicó en la iglesia católica, luego en algunas divisiones del protestantismo de la Reforma. Para ellos, el bautismo debía realizarse en personas adultas. 

Los anabaptistas, a diferencia de otros grupos protestantes, también se identificaron porque describían al cristianismo como un discipulado, veían a 

la iglesia como una fraternidad y se interesaron por la ayuda mutua. Para darnos una idea de cómo surgieron y viven hoy estos grupos, aprendamos un poco de los menonitas y su fundador. 

Menno Simons llegó a ser un sacerdote católico a los 28 años en 1524. Aunque tenía poca capacitación teológica, empezó a dudar de la doctrina de la transustanciación, una doctrina que dice que el pan y el vino se convierten, literalmente, en el cuerpo y la sangre de Cristo. 

Luego estudió sobre el bautismo y coincidió con otros en que el bautismo de infantes no los limpiaba del pecado original, sino que la salvación en Cristo, y creer en Él de una manera consciente, llevaba a la vida eterna. El bautismo para él era sólo un paso de obediencia una vez que se profesaba la fe. Así que se separó de la iglesia católica en 1536 y se unió a los anabaptistas pacifistas. Cuando murió, después de muchas persecuciones y sufrimientos, había fundado muchas iglesias y el movimiento se conoció en base a su nombre: los menonitas.

Sin embargo, en el siglo XVII, los menonitas se enfrentaron a otro problema. Muchos habían olvidado la pureza de la iglesia por la que algunos dieron sus vidas 150 años antes. En otras comunidades anhelaban las riquezas y fallaba la moral. Su solución, por lo tanto, fue el aislamiento: vivir de manera cerrada en comunidades donde se protegieran sus costumbres y doctrinas. 

Entre los siglos XVII y XVIII empezaron a emigrar. Un grupo grande se marchó a Rusia donde la emperatriz Catalina II les ofreció tierras. Cuando en Rusia las cosas no marcharon del todo bien, viajaron a Canadá y a Estados Unidos, donde ya existían muchas comunidades amish y de hermanos. 

Cuando llegaron al Nuevo Mundo, se dedicaron a labrar la tierra y hacer florecer a sus comunidades, y para enfatizar su identidad, crearon niveles de vestimenta que enfatizaran la sencillez, la modestia y la uniformidad. 

Los siglos más complicados llegaron en el XIX y XX. Las guerras probaron su resistencia, pues ellos se negaron a participar activamente. Entre ellos también surgieron divisiones, pues algunos tomaron un punto de vista más relajado y liberal. Los amish, por ejemplo, siguen restringiendo el vestido, el transporte y el uso de la tecnología de sus seguidores. Muchos menonitas siguen viviendo una vida sencilla, pero no rechazan la tecnología del todo. 

Hoy, tanto los menonitas, como otros grupos mencionados nos intrigan porque un pequeño porcentaje de ellos ha decidido vivir igual que cien años atrás, sin electricidad ni computadoras. 

Seguramente hemos visto programas o películas al respecto. ¿Y por qué lo hacen así? Porque, desde su inicio, los anabaptistas asumieron que la decisión de seguir a Cristo traía consecuencias que transformaban la vida. Para ellos, cualquier discípulo de Jesús debía dejar sus antiguos hábitos atrás y no «conformarse a este siglo». 

Al hablar de la adicción a las redes, quizá podríamos pensar que una solución sería imitar a los anabaptistas más conservadores y rechazar el uso total de aparatos y dispositivos. ¿Te imaginas vivir sin electricidad, redes sociales y el último grito de la moda? Seguramente aprenderíamos cosas muy importantes y valoraríamos el campo y el paso de las horas en compañía de los que amamos. Sin embargo, como estos mismos grupos han comprobado, surgirán otro tipo de adicciones y distractores. 

Separarnos del mundo de modo literal quizá no sea la solución. Más bien debemos regresar a la premisa central por la que tantos anabaptistas dieron su vida siglos atrás: la fe cristiana debe ser una expresión tangible de una relación con Dios en el diario vivir. En otras palabras, más que decir que somos de Cristo, nuestra forma de actuar, hablar y conducirnos debe reflejarlo. 

Cuando visité el Museo Menonita en Cuauhtémoc, me admiré ante el amor y la honra que este grupo ha traído a la labor agrícola. Más que ver el campo como un trabajo inferior, los menonitas han transformado el desierto en áreas fértiles. Son también una comunidad bondadosa y persistente, que valora a las familias grandes y adora a Dios en sus distintas comunidades. 

Algunos siguen sin ver televisión. Otros cargan teléfonos celulares. Ambos extremos opinan que la tecnología se debe manejar con precaución y cuidado, pero concluyen en las mismas creencias que haríamos bien en recordar que: la fe es una decisión personal; los creyentes somos llamados a una vida de amor y pacificación; la felicidad está más allá de las cosas materiales; la sencillez nos ayuda a escuchar mejor a Dios; y el servicio a los demás es la expresión más alta de fidelidad a Cristo. 

Si no has probado productos menonitas, como el queso y las mermeladas, te las recomiendo ampliamente. Y podemos hacernos la pregunta del millón de dólares: ¿Cómo viviría Jesús en el siglo XXI? ¿Tendría una cuenta en Instagram? ¿Vería Tik Tok? Si bien ignoro si el Señor Jesús hoy tendría Facebook, de algo estoy segura: no habría dejado que nada lo distrajera del propósito para el que vino a esta tierra: salvarnos a ti y a mí. Así que, esto nos muestra que todo radica en las decisiones que tomamos día con día. ¿En qué gastamos nuestro tiempo? ¿Cómo cumplimos con el propósito para el que hemos sido creadas? 

Menno Simons dijo: «No puedo enseñar ni vivir la fe de otros. Debo vivir mi propia fe como el Espíritu del Señor me ha mostrado a través de su Palabra». Yo tampoco puedo vivir tu fe. Te he compartido un poco de los anabaptistas para mostrarte que no estamos solos en estos debates sobre la tecnología que, por cierto, tampoco son «nuevos». 

Y ciertamente, descartar tu teléfono no es la solución, porque probablemente estás leyendo o escuchando este artículo por medio de uno. Sólo te pido que reflexiones en algunas lecciones que estos grupos cristianos nos han dejado, y estemos dispuestas a aprender más de la Biblia para conocer mejor a Dios y seguirlo con fidelidad. 

Publicado en la revista Esencia Milamex.

Sólo tomó un pincel

Solo tomó un pincel
y trazó la silueta de un hombre.
Colores brillantes,
figuras rodantes,
retazos de arte.

Colgada en un museo está
aquella sencilla pintura,
en que el autor simplemente
buscaba su identidad.

De aquella pintura
nacieron otras que formaron un mural.
Risas y llanto,
siluetas y trazos,
lamentos y cantos.

Colgadas en un cuarto están
todas esas pinturas,
en que el autor simplemente
encontró su libertad.

La gente no apreció
el arte de aquel artista frustrado.
Comentarios de maldad,
críticas sin piedad,
falta de bondad.

Colgada en su corazón está
aquella sencilla pintura,
en el que el autor simplemente
denuncia la falsedad.

Envejecer con gracia

Esto lo aprendí de alguien que hoy ya no está con nosotros, pero que dejó grandes lecciones:

1. Sonríe. Tu sonrisa puede decir con más claridad lo que las palabras no alcanzan a expresar. Aún en medio del dolor o la vejez, tu sonrisa anima a otros.

2. Sirve. Un maestro siempre se mantiene vivo a través de lo que transmite a sus alumnos y lo que aprende de ellos. Enseña, trabaja, visita. No te canses de hacer el bien.

3. Comparte. Tienes mucho para dar. Simplemente cuentas con un regalo especial: tu experiencia. Cuenta a otros tus vivencias, tus opiniones, tus aventuras. Comparte tu sabiduría, tus libros, tu música, tus recuerdos.

4. Recuerda. Mira hacia el pasado con gratitud, no con amargura. Cuenta tus bendiciones, aún en los problemas que te han fortalecido. Acepta lo que te tocó vivir; gózate en la heredad que Dios te ha dado.

5. Sé fiel. No hay mayor ejemplo que el de la fidelidad. El campesino que año tras año siembra y cosecha, deja más fruto que el aficionado que ya se cree mucho por tener una planta en casa.

En memoria de Phyllis Cox.