El misterio de la nochebuena

Publicado en Milamex

Una de mis flores favoritas es la nochebuena. Existen más de cien variedades de nochebuenas hoy día, y vienen en colores como rojo, blanco, rosado y morado. Sin embargo, ¿sabías que lo que consideramos la flor es en realidad una hoja? 

Cuando miramos el capullo de una flor, notamos hojas verdes que la protegen. Estas hojas son llamadas brácteas. Las plantas, para subsistir, necesitan ser polinizadas. En otras palabras, atraen insectos que trasladan el polen de una a otra flor. Para atraer a estos insectos, las brácteas de la nochebuena se tornan rojizas. De ese modo, los insectos llegan a las pequeñas flores en el centro, sí, esas minúsculas flores amarillas que por lo general pasan desapercibidas.  

Hoy día relacionamos la nochebuena con la Navidad. ¿Y no son parecidas? Las brácteas rojas de las decoraciones, las tradiciones y la actividad no son la flor en sí misma de la temporada. La parte reproductora, la pequeña flor en medio, es un diminuto bebé recién nacido.  

En medio de esta maravillosa temporada, disfrutemos de la belleza de las brillantes brácteas, pero no olvidemos que la Navidad trata del hijo de María y José quien, de acuerdo a los Evangelios, vino a «salvar a su pueblo de sus pecados».  

Sin la pequeña flor en el centro, una nochebuena no podría sobrevivir. La vida nueva también viene en Navidad, no a través de las brácteas rojas de «cosas qué hacer o celebrar», sino a través de un bebé llamado Jesús, y a través de la pequeña semilla de fe que puede ser plantada en nuestros corazones si decidimos creer en Él.  

Regocijémonos en esta temporada al disfrutar de las nochebuenas alrededor. ¡Regocijémonos!

El pudín de Navidad (parte 2)

Por Keila Ochoa Harris

Gillian colocó el platón en medio de la mesa. Los niños miraron el pudín con ojos hambrientos. Roberto había cerrado la panadería temprano y, para no levantar sospechas, decidieron celebrar el nacimiento de Cristo el 29 de diciembre. Ambos dudaban que Dios se los tomara a mal.

A punto de probar un bocado, alguien llamó a la puerta con violencia. Roberta y ella intercambiaron miradas. ¿Quién sería? Vivían en el segundo piso del edificio. Habían sido cuidadosos de cubrir las ventanas y solo encendieron una vela. Roberto les pidió a todos que se ocultaran. Gillian cubrió el pudín con un trapo como habían acordado. Roberto avanzó a la puerta y todos aguardaron. Los murmullos le pusieron los pelos de punta.

Pero a los pocos minutos, Roberto volvió.

—Es Jacobo. Su madre te necesita.

Los dos se miraron largo y tendido. La decisión que debían tomar ahora pesaba más que una infracción por cocinar pudín. Gillian asintió ligeramente y Roberto se encogió de hombros. Le estaba dejando a ella la decisión. Roberto metió a los niños en la recámara del fondo y les prometió que comerían el pudín cuando mamá volviera. ¿A qué hora sería?

Gillian encontró al niño de ocho años en el pasillo. Lo siguió en silencio. Seguramente nadie había querido ir a ayudar a Agnes por temor a represalia. Apenas en agosto se condenó a unas brujas en el condado de Essex.

—¿Y tu padre? —le preguntó Gillian a Jacobo cuando entraron al departamento del tercer piso, descuidado y maloliente.

—No lo sé.

Seguramente se había ido a emborrachar. Los católicos no censuraban la bebida tanto como los protestantes. Jacobo se puso a jugar con su hermano menor y Gillian entró a la recámara. Agnes jadeaba en la cama. Sobre el pecho sostenía una estatuilla, la de santa Margarita.

Gillian miró alrededor en busca de algún rastro de un sacerdote, pero no había nadie, salvo los niños. Giillian se acercó de inmediato.

—Ya viene —le dijo a su amiga cuando notó el estado de su vientre.

Agnes lanzó un grito agotador. Su rostro estaba bañado en sudor, y apenas podía abrir los ojos.

—Gillian, Gillian… qué consuelo saberte cerca…

Apretó sus manos y secó su sudor con su pañuelo.

—Huele a lavanda… —ella le dijo con una sonrisa.

Otra contracción la dobló de dolor. Hundió sus uñas en su carne, pero Gillian supo que se acercaba la parte más complicada, en la que a tantas se les había ido la vida. Sus palabras brotaron de modo imprevisto.

—Oh Padre de misericordia, y Dios de toda consolación, nuestra única ayuda en tiempo de necesidad, humildemente te suplicamos que contemples, visites y alivies a… —En la liturgia se decía “a tu sierva enferma”. Pero ¿era Agnes sierva de Dios?— …alivies a Agnes Mason, por quien se desean nuestras oraciones.

—Si me muero… cuida de mis hijos…

Lo mismo le pidió en los otros dos partos.

—Prométemelo.

No se podía negar nada a una moribunda, así que Gillian asintió con la cabeza y besó su frente.

Sin embargo, Dios la escuchó. El suave llanto de un bebé reveló que la criatura había nacido. Gillian se ocupó de atener a la criatura, y hasta que la colocó sobre una manta se dio cuenta de que la piel de Agnes se había puesto amarillenta..

—¡Agnes! ¡Agnes!

Encontró un manojo de hierbas y las puso bajo su nariz. De pronto, Agnes estornudó y un golpe en la puerta la sorprendió. Era Roberto, con un poco de pudín de Navidad para los niños de Agnes.

El pudín de Navidad (parte 1)

Por Keila Ochoa Harris

«Ya sé, ya sé lo que dice el decreto y no me importa. Tendremos pudín de Navidad, quiera Oliverio Cromwell o no».

Con esas palabras, Gillian regresó su atención a la mesa frente a ellas y combinó los trece ingredientes; por alguna razón su madre le enseñó que debían ser trece, ni uno más ni uno menos, quizá por los doce apóstoles y Jesús. De ese modo mezcló el zumo de limón, la harina, el pan rallado, el sebo de riñón de vaca, unos huevos, unas cuantas frutas secas, la melaza, las almendras, las manzanas, las especias, la cáscara confitada y el azúcar.

Pero mientras se ocupaba en sus labores su mente volvió a Agnes. Se la había encontrado unos meses atrás en las calles adoquinadas de Londres, tan agostas y tan torcidas como el dedo meñique que se lastimó de niña.

—¡Gillian!

—¡Agnes!

Las dos se miraron largo y tendido. Gillian deseaba reclamar su falta de atención. Las amigas de la infancia no se debían evitar, pero una mirada al vientre de la mujer más menuda en estatura la hizo detenerse.

—Estás embarazada. Lo siento tanto.

Sería el tercero de Agnes y después de dos buenos partos y tres veces que perdió al bebé, no se pronosticaban buenas noticias. Además, entre revueltas y sospechas políticas, no eran los mejores tiempos para pensar en criar hijos.

Gillian y Agnes se conocieron mientras ambas servían a Lady Howard y remendaban ropa y limpiaban la casona donde vivieron cuatro años. Su amistad se forjó a pesar de sus opuestas creencias religiosas. Y por esa razón, Agnes la evadía y Gillian se aguantaba sus ganas de buscarla. Agnes practicaba el catolicismo, religión penada en esos momentos, pero no siempre había sido así. Los bisabuelos de Gillian perdieron la vida bajo el mandato de María, la reina sangrienta.

—Pediré a Dios por ti.

—Hazlo si quieres, pero recuerda que tengo mi propia fe. Debo irme, pero….

—Agnes, si me necesitas, solo dilo —le dijo Gillian.

Agnes se ruborizó de pies a cabeza y se marchó sin decir más. Aunque juraron ayudarse siempre, y si bien Gillian estuvo presente cuando nació Jacobo, el primogénito de Agnes, su amiga jamás acudió a su llamado cuando Gillian parió. Dio a luz dos varones y en el tercer parto perdió a la niña unas horas después.

No quería pensar en eso, así que continuó con el budín. No había mejores fiestas que las navideñas. Cuando sus padres vivían, comenzaban los festejos el 25 de diciembre y duraban doce días hasta el 6 de enero. Se organizaban bailes y convites, y su madre siempre preparaba el más delicioso pudín de ciruela. Pero mientras el rey Carlos y Oliver Cromwell pelearon por el trono, no habría budín.

«Pero nadie se dará cuenta, y así como los dos años pasados, ninguno en mi familia me delatará».

El mejor regalo de todos

Así que si ustedes, gente pecadora, saben dar buenos regalos a sus hijos, cuánto más su Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes lo pidan. Lucas 11:13 (NTV)

¿Cuál fue el mejor regalo que recibiste de parte de tus padres? ¿Educación, techo y comida, o una muñeca que se movía? Si ya tienes hijos, ¿qué te esfuerzas por regalarles en sus cumpleaños o en Navidad? ¿Un buen juguete? ¿Una escuela de renombre o clases extracurriculares? ¿Aparatos electrónicos de la más nueva generación? Y a ti, ¿qué te ha regalado Dios?

Seguramente con la última pregunta contestaremos que nos ha dado la vida, una familia, la salud o un trabajo. Quizá seamos más creativas para enumerar las muchas bendiciones que poseemos como una casa, un auto, un buen empleo o tranquilidad. Sin embargo, Jesús nos aclara cuál es el mejor don que recibimos del cielo: ¡es el Espíritu Santo! Y difícilmente se cuela en las listas antes mencionadas. 

Sin embargo, el Espíritu Santo es Dios mismo morando en nosotras. ¿Qué puede superarlo? Absolutamente nada. Con Él de nuestra parte, estamos protegidas y selladas, apartadas para Dios y guiadas en esta vida. Él es el fuego que calienta, el viento que sopla, el aceite que unge, la nube que protege y la paloma que confirma que somos sus hijas. 

¿Lo más increíble? Dios quiere dar este regalo a todos los seres humanos. Solo basta hacer una cosa: pedirlo. En otras palabras, cuando creemos en Jesús como Salvador y Señor, recibimos al Espíritu Santo. No necesitamos más que la fe. Si no has creído en Dios, pide a tu Padre Celestial el mejor regalo de todos: a Él mismo. Si ya lo tienes, ¡da gracias en cada oportunidad!

Gracias, Señor, por el Espíritu Santo.

Tomado de Un año en el Nuevo Testamento, editorial Origen.

Una palabra de aliento

Por Keila Ochoa harris

La preocupación agobia a la persona;

    una palabra de aliento la anima. (Proverbios 12:25, NTV)

Muchas canciones de Navidad giran en torno a esa joven chica de Israel que se encontró de repente embarazada, probablemente rechazada por su familia y con miedos. Un ángel le había dicho que el Espíritu Santo vendría sobre ella y tendría un bebé. ¿Pero cómo? ¿Por qué ella? ¿Habrá sentido miedo, preocupaciones y ansiedad? Supongo que sí. Afortunadamente, recibió una palabra de aliento.

En su momento de más miedo, acudió a la única persona que podría comprenderla. Visitó a su prima Elisabet quien, por cierto, también estaba embarazada y había concebido en su vejez. Ella también estaba experimentado un milagro y al verla le dijo: «Eres bendita porque creíste que el Señor haría lo que te dijo» (Lucas 1:45, NTV). ¡Qué hermoso regalo recibió de su prima!

Ya sea que tengamos noticias tristes o alegres también necesitamos compañeros en el camino, personas que nos ofrezcan aliento. Nuestras cargas pueden aligerarse o compartirse cuando alguien sabio y en quien confiamos responden a ellas. ¿Tenemos amigos sabios?

¿Y dónde encontrarlos? Pide a Dios que abra tus ojos y te muestre personas sabias, obedientes, que teman al Señor. Cuando las preocupaciones te agobien, acude a un buen amigo que te aliente con la Palabra del Señor. Imagino qué dulces fueron esas semanas para María en compañía de Elisabet. Juntas oraron, cantaron y soñaron con sus bebés. ¡Que Dios te conceda hoy la bendición de un amigo que te aliente!

Dame, oh Dios, palabras de aliento hoy.

Tomado de “Un año con Dios”, de Editorial Origen.