Los gansos

Pienso en una formación de gansos en “V”. No es un misterio que la creación de Dios es perfecta, y además, útil para instruirnos a nosotros, los seres humanos, sobre lecciones que el Señor ha plasmado en su Palabra y que ha dejado retratadas en sus criaturas.  Y no es de sorprenderse que una formación “V” nos enseñe grandes principios sobre liderazgo..

1. La parvada, al estar unida en formación “V”, incrementa en un 71% su rapidez comparada con el vuelo de un solo ganso.

En la Biblia hallamos ilustraciones de la iglesia como un cuerpo humano, un ejército, o un edificio, en el que formamos parte de un todo. El plan de Cristo fue comprar una novia, no varias, de cuidar un rebaño, no tres o cuatro.  ¡Qué pena que el denominacionalismo nos haya dividido de modo que las personas que no creen en Jesús ven varias formaciones en “V”, unas contra otras, en lugar de una sola!

Si los creyentes uniéramos fuerzas, ¿incrementaríamos un 71% nuestra eficacia? Yo creo que sí, y tal vez a un 100%.  Y la lección empieza en nuestras congregaciones. Como líderes, debemos impulsar a los demás a convivir con otros creyentes, a orar por los problemas de nuestros hermanos en todo el mundo y a ser uno, en nuestras iglesias locales. 

¿Y qué mejor manera de elevar el vuelo que por medio de la oración? La eficacia de las plegarias colectivas no tiene límite pues hace temblar al enemigo.  Dios responde la oración y los presos salen de la cárcel, los fenómenos naturales se alteran a favor del pueblo escogido y la burocracia se quiebra para lograr los designios divinos. Los grupos de mujeres intercesoras están brotando en toda América Latina. ¡Y deben aumentar!  ¿Existe una cadena de oración en tu iglesia?  ¿Un plan detallado de quién ora por quién? ¿Una lista de peticiones contestadas con fechas y detalles?

2. Cuando el ganso que va en la punta se fatiga, vuelve atrás y otro toma su lugar para dirigir el vuelo.

Uno de los problemas más grandes de un líder es pasar la estafeta. Aún más, conozco muchas mujeres que están al frente de su iglesia, y cuando llega la enfermedad, los hijos o una cuestión familiar, no sueltan el mando por temor. Yo misma he sufrido la crisis de “sin mí esto se caerá en pedazos”. Pero seamos realistas y a la luz de la Palabra, reflexionemos en que somos parte del cuerpo, mas no indispensables.

Sin embargo, nos enfrentamos con un dilema que los gansos no padecen. Tal vez cualquier ganso está preparado para tomar la punta, pero en cuanto a servicio, no todas las mujeres se hallan dispuestas o capaces para afrontar una responsabilidad. Así que, analiza, ¿cuántas “Timoteos” tienes?  ¿Estás entrenando a alguien para ocupar tu lugar en caso de que faltes?

¡Cuántos ministerios han desaparecido porque sólo el encargado sentía la visión o sabía el funcionamiento del proyecto! Aprendí de un amigo pastor, que todo ser humano necesita un Pablo, alguien a quién admirar e imitar, uno o varios Bernabés, amigos y compañeros de milicia, y uno o dos Timoteos, a quienes con oración y consejos vamos forjando para el futuro. ¿Tienes a estos tres pilares en tu vida? 

3. Si un ganso trata de volar solo, súbitamente siente la resistencia y rápidamente vuelve a la formación para aprovecharse del poder elevador de la parvada.

Los siervos de Dios sufren de una enfermedad común: el agotamiento. Queman sus energías, gastan sus fuerzas y al final de una gran campaña necesitan estar en cama dos o tres días.  Me identifico con Elías el profeta, quien después de grandes victorias pasaba por días oscuros de depresión y duda, solicitando una señal de su Dios y creyendo hallarse solo. Pero Dios lo reprendió en cierta ocasión.  ¿Acaso ignoraba que otras siete mil rodillas no adoraban a Baal?

En humildad, es importante reconocer que muchas veces nos desgastamos porque no trabajamos en equipo. Queremos hacerlo todo en nuestras fuerzas, pues “los demás son malhechos”, “no cumplen”, “no saben cómo hacerlo bien”, “son muy jóvenes o inexpertos”, y la lista sigue.  O puede ser que no pedimos ayuda de otros grupos porque “la alabanza es diferente”, “no compartimos prácticas”, “conocen menos de la Biblia”, “son muy cerrados y tradicionales”. ¡Con razón no subimos del suelo! 

Una causa común de divorcio se resume en: diferencias irreconciliables.  ¿Así nos sentimos respecto a los demás? ¿Qué nos hace o no parte del pueblo de Dios?  ¡La sangre de Cristo! Jesús es el unificador, el eslabón que junta y no separa. La música, la liturgia, la tradición, la historia, son el colorido que define unas células de otras, pero no excluyen del cuerpo. C. S. Lewis comparaba las denominaciones con las habitaciones de una casa. Algunos preferimos la tranquilidad de la biblioteca, otros la acción de la cocina, unos más la acogedora recámara, pero todos vivimos en la misma casa.

¿Estás cansada porque quieres hacer el trabajo de dos o tres personas?  ¡Delega! Al hacerlo, estarás también preparando Timoteos.

4. Los gansos graznan para animar a aquellos que van adelante, y así mantener la velocidad.

“Me llamaron los líderes”, me dijo una vez un joven con una mueca. ¿Por qué la expresión?, pregunté.  “Porque sólo me hablan para regañarme”. ¿Qué tipos de sonidos producimos? Generalmente ladramos órdenes, croamos quejas o maullamos por atención. ¿Pero acaso graznamos ánimo? 

No cabe duda que un líder optimista y que alienta a los suyos, resulta más efectivo que el dictador que ruge con terror.  Encontramos ejemplos en la historia como la cruzada humanitaria de Gandhi, la simpatía de lady Diana o la sonrisa de la madre Teresa. Por otra parte, nos escandalizamos ante la altanería de Hitler, el rostro congelado de Stalin, y la frente fruncida de Fidel Castro. ¿Quién nos atrae más? ¿Un candidato accesible o uno inalcanzable?

¿Qué clase de líderes somos? ¿Hitler o Gandhi? No olvidemos agradecer un servicio, aún mínimo, como el de recoger los himnarios o sacudir las bancas.  Seamos bondadosas en nuestro trato y no pasemos por alto el contacto físico. Un apretón de manos, una palmadita en la espalda, una caricia, dicen más que mil palabras, así como una sonrisa sincera, una mirada de respeto, y un rostro que irradia el amor de Cristo.

5. Cuando un ganso se enferma, está herido o agotado, otros dos lo retiran de la parvada y lo llevan a un sitio tranquilo para ayudarlo y protegerlo. Permanecen con él hasta que se recupera o muere. Posteriormente, renuevan el vuelo y alcanzan a la parvada.

¿Dejar la punta para atender un enfermo? Sólo si es mi familiar, podíamos alegar. Pero en el lecho del dolor nace el aprendizaje, y nosotras continuamos en la escuela de la vida cristiana. El testimonio de un capitán que no huye de su barco a sabiendas de un pronto hundimiento nos conmueve, pero ¿lo practicamos?

Uno de los sectores más abandonados de la sociedad es la tercera edad.  Y en la iglesia el olvido se repite. ¿No haríamos bien en acompañar al enfermo y luego renovar el vuelo? Finalmente, alcanzaremos la parvada. Son sólo unas horas, días, meses que no se pierden, sino se ganan.

Las coronas que se otorgarán en el cielo no se basan en la cantidad de obras realizadas, sino en la calidad de ellas. A Dios no le importa si organizamos veinte escuelas bíblicas de vacaciones, sino nuestra motivación para llevarlas a cabo. Del mismo modo, glorificar Su nombre a través de cuidar a un enfermo o acompañar a una familia en las últimas horas de vida de su ser amado, fortalecen las relaciones afectivas del cuerpo y demuestran al mundo no creyente el deseo más profundo del corazón del Salvador:  que sean uno.

¿Somos uno?  ¿Volamos en “V” o individualmente?  Busquemos efectividad y el poder de elevación de la parvada al trabajar como los gansos, creación de Dios para embellecer el mundo y abrir los ojos de los seres humanos al trabajo en equipo.

¿Ya leíste Donají?

Te comparto una reseña de Donají, una de las novelas que escribí hace años, pero que tiene un lugar muy especial en mi corazón.

Tomado de la Revista Expansión.

La historia de Donají se desarrolla en la ciudad de Oaxaca, en donde dos jóvenes, Leo y Margarita se enfrentan a la sociedad en pro de salvar su amor.

Leo es un joven que llega a Oaxaca acompañando a su amigo Javier para participar en la famosa y tradicional fiesta de La Guelaguetza, mientras que Margarita es una mujer sumamente arraigada a sus tradiciones indígenas.

Leo es un pintor frustrado que vive en la ciudad de México atado a su familia durante veintiocho años, Margarita oaxaqueña, de ascendencia indígena, a sus veintidós años dirige el restaurante familiar que se ha vuelto una tradición por su gran sazón.  

Keila Ochoa Harris busca a través de esta novela relatar una historia de amor que al mismo tiempo haga presente las barreras sociales y raciales que aún se ven en México.

Con un sentido de fe y esperanza los protagonistas se enfrentan a las personas, instuticiones y tradiciones que los limitan.

La política inestable, las corrientes de la mitología indígena y la religión contemporánea entrelazan el trasfondo de esta historia a partir de la que Margarita y Leo tienen que decidir si ceder o forjar su propio destino.

Donají, su nueva novela que transcurre en la ciudad de Oaxaca, donde los aromas, los sabores y los colores se entremezclan con las pasiones y los conflictos desatados en las personas por las instituciones y las tradiciones que las limitan.

¿Ya la leíste? ¿Qué te pareció? Disponible en formato digital.

Peligro: mujeres leyendo

Artículo publicado en Soy Mujer, revista digital de Milamex.  

Siempre me ha llamado la atención que tantos artistas hubieran plasmado a mujeres leyendo para crear pinturas que nos trasmiten paz. Pintores como Claude Monet, Renoir, Sir Thomas Lawrence, Matisse y Rembrandt se inspiraron en una mujer, joven o anciana, rica o pobre, con un libro en la mano. Sin embargo, años atrás, una mujer que leía en silencio resultaba una amenaza, tenía una connotación negativa.

Quizá para darnos una idea de lo que esto presuponía podemos pensar en lo que muchos padres experimentan hoy cuando sus hijos pasan horas en los videojuegos. ¿Pero por qué leer simbolizaba algo tan malo? Analicemos algunas razones.

Leer siempre se ha considerado como una actividad ociosa.

—¿Qué hace, Rosalía?

—Nada. Está leyendo.

¿Nada? Leer implica usar diferentes partes del cerebro y más neuronas que ver televisión. Cuando leemos usamos distintos circuitos neuronales, esto involucra cambio y crecimiento. Además, la lectura mejora la conectividad entre varios circuitos de nuestro cerebro y leer una novela puede mantener esta «conectividad» aun después de terminado el libro. Leer no es ocio, es trabajo.

Se puede leer en cualquier lugar, y al leer podemos identificarnos con ser un hombre o un caballo, una liebre o un hobbit y estar en pleno siglo XX o en el XII. Cuando uno lee, uno es transformado. Leer trae cambios a nuestra vida. 

Si uno tiene un cónyuge o un padre celoso, leer puede ser amenazante. No comprenden esas sonrisas a medias, esos suspiros, esas lágrimas repentinas que surgen mientras estamos leyendo. 

Por otro lado, la lectura es una actividad independiente y eso también puede ser preocupante. 

Propongo que hay una mujer que es indispensable en nuestro mundo actual: la mujer que lee para cambiar.

El libro por excelencia es la Biblia y no debe faltar en ningún hogar. Pero no es suficiente tenerla en el librero, es crucial leerla ya que la Palabra de Dios nos transforma desde lo más profundo. 

Muchas leemos por el simple gusto de hacerlo. También podemos leer para escapar, para olvidar, para pasar el tiempo. Algunas leemos para empatizar con otros, para aprender de otros y para entender mejor a los demás. ¿Y qué de aquellas que leemos para mejorar nuestro carácter, para ser mejores madres, para ir más allá de las fronteras?

En conclusión, una mujer que lee es alguien que se caracteriza porque su cerebro funciona bastante bien, adquiere opinión, almacena conocimiento, amplía sus horizontes y está mejor preparada para seguir adelante. 

¡Leamos entonces!  

SUGERENCIAS DE BUENOS LIBROS

Cada país tiene su lista de libros icónicos que se deben leer. Aquí presentamos algunos libros favoritos del equipo editorial de Milamex, la lista puede ser interminable. 

El progreso del peregrino, John Bunyan 

Cristianismo básico, John Stott 

Mero cristianismo, C.S. Lewis

Cartas de un diablo a su sobrino, C.S. Lewis

Lo pequeño es hermoso, Dietrich Bonhoeffer

Llegando a ser yo misma, Stasi Eldredge 

Mentiras que las mujeres creen, Nancy De Moss 

Pasión y pureza, Elisabeth Elliot 

Peregrina, Keila Ochoa

Palomas, Keila Ochoa

El Señor de los anillos, JRR Tolkien.   

Las crónicas de Narnia, CS Lewis 

Amor Redentor, Francine Rivers

La Biblia que Jesús leyó, Philip Yancey

Espiritualidad emocionalmente sana, Peter Scazzero

La ladrona de libros, Marcus Zusak

Orgullo y prejuicio,  Jane Austen  

Mujercitas, Louisa M. Alcott 

Hombrecitos, Louisa M. Alcott

Fahrenheit 451, Ray Bradbury

1984, George Orwell

El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes Saavedra

Los hijos del capitán Grant, Trilogía de Julio Verne 

Guerra y paz,  Leo Tolstoy

Cumbres borrascosas, Emily Brontë

Jane Eyre, Charlotte Brontë

Los Miserables, Victor Hugo

Ben Hur, Lewis Wallace

La isla del tesoro, Robert Louise Stevenson

De películas y caballos

Hace unos meses, mi esposo y yo fuimos al cine para ver una película ganadora del Óscar. Por la sinópsis, supusimos que sería una cinta con temática para adultos. Estaba calificada como apta para mayores de 15 años, pero aun así, fue demasiado gráfica y violenta, y desviamos la mirada en algunas escenas.

Pero lo que más nos preocupó fue que frente a nosotros estaba una familia con dos niños entre los 8 y 10 años de edad. ¿Qué hacían ahí?

Podríamos culpar a los padres o a los encargados del cine por dejarlos pasar, pero quizá los padres digan: «Yo dejo que mis hijos vean todo tipo de películas para que estén preparados para el mundo real». Entonces, ¿para qué existe la clasificación en las películas?

Se ha reportado que los niños que ven muchas películas violentas tienen miedos nocturnos, pesadillas recurrentes y falta de concentración en sus estudios. Por otro lado, los psicólogos comienzan a temer que la exposición continua de los niños a la violencia provoque que se vuelvan insensibles al sufrimiento humano.

Pensémoslo así: las películas contienen cada vez más horror e imágenes gráficas de violencia y sexo. Los cineastas se han vuelto expertos en mostrar cuerpos mutilados y los efectos especiales logran aun más detalles de los que necesitamos.

Los niños no tienen los mecanismos de defensa de un adulto, que logran separar la realidad de la ficción. Debido a que ellos piensan de manera concreta, perciben lo que ven en la pantalla como real.

La pregunta entonces es: ¿por qué permitimos que vean películas que no deberían? Tal vez porque es cómodo. Como nosotros queremos ver la película, permitimos que ellos lo hagan también. Quizá sea la presión de grupo. Los primos o hermanos mayores tachan de miedosos a los más pequeños. No queremos quedar mal con la familia extendida.

Lo cierto es que cada padre es responsable de lo que ven sus hijos. La siguiente anécdota me sirvió para formar una postura familiar.

Una mujer vivía cerca de una granja donde tenían varios caballos. En las mañanas le encantaba asomarse y observar a los corceles correr por el campo. Pero en ciertas épocas del año, les colocaban máscaras o antifaces y eso a ella le enfadaba, así que acudió al encargado y le reclamó:

—Pobres caballos, no pueden ver. ¿Por qué los maltratan de esa manera?

Él le mostró que los antifaces estaban hechos de una malla que permitía que los animales vieran.

—Entonces ¿para qué se los ponen?

—Para evitar que las moscas les causen enfermedades, algo muy común en esta época del año.

La mujer se quedó callada. Ella había pensado que los dueños les hacían un mal, pero más bien estaban protegiendo a los caballos para que no quedaran ciegos.

En ocasiones, la sociedad nos tilda de “padres exagerados y anticuados” porque no permitimos que nuestros hijos vean ciertas películas. Creen que los traemos con una máscara o un antifaz, pero en realidad es una malla protectora con la que los protegemos de las «moscas» que pueden contaminar su mente, corazón y espíritu.

Una imagen habla más que mil palabras. ¿Cómo puede un pequeño procesar lo que nosotros ni siquiera logramos explicar? 

Por amor a nuestros hijos, tomemos en cuenta la temática y clasificación del contenido, antes de exponerlos a mentiras disfrazadas de verdad y a realidades que no están listos para procesar.

Los nuevos héroes de la traducción bíblica

Por Keila Ochoa Harris

Mi abuelo solía predicar que solo dos cosas son eternas: la Palabra de Dios y las almas de los hombres. Por esa razón, hace unos veranos nuestra familia visitó San Juan Atzingo, en el estado de Puebla, México, pues queríamos que nuestros hijos vieran que no todos los traductores bíblicos son rubios y altos, sino que hay una nueva generación de héroes: los traductores indígenas.

A 1,462 metros de altitud, San Juan Atzingo tiene apenas unos 3,000 habitantes, pero su letrero de bienvenida nos recuerda que orgullosamente hablan el ngiva, de la familia de lenguas popolocas.

Llegamos durante la Escuela Bíblica de Verano y vimos a más de cuarenta niños que no solo aprendían sobre la vida de José en Génesis, sino que ocupaban treinta minutos diarios para aprender a leer en su lengua.

Como en muchos otros pueblos, los niños aprenden a leer y escribir en español, pero a riesgo de perder sus raíces, y a pesar de que se comunican principalmente en ngiva, no saben cómo decodificar su idioma atonal. Por esa razón, el equipo de traductores de la región se preocupa por enseñarles a leer las historias bíblicas en su propia lengua.

¿Y por qué es tan importante que esto suceda? Si hablan español, ¿no basta la Reina Valera 1960? Recuerdo el día que mi hijo preguntó: «¿Qué idioma habla Dios?». ¿Por qué tantos idiomas? ¿Se remonta todo a la Torre de Babel?

Los expertos le han llamado el «idioma materno» o del corazón, el idioma del vientre con el que pensamos y soñamos, y que para cada ser humano es distinto y único. Puede ser el francés o el portugués, el náhuatl o el tagalo. Y cuando gente como Cameron Townsend comprendió la importancia de que la Biblia, la Santa Palabra, estuviera en la lengua de de cada etnia, muchos salieron de sus universidades para dedicar sus vidas para aprender nuevos idiomas y traducir las Escrituras.

Emmanuel Martínez, sin embargo, no cursó una licenciatura. Y quizá por eso muchas veces se ha preguntado si es el indicado para esta sagrada misión. La familia de Emmanuel es originaria de San Juan Atzingo. A los once años, Emmanuel vivía en Coapa, cerca de Tehuacán, la ciudad más grande cerca de su pueblo, pero dos tragedias sacudieron su vida. La primera fue el alcoholismo de su padre, quien con violencia regía a su familia y cuyo vicio los mantenía en la pobreza. La segunda era su analfabetismo. No sabía leer ni escribir.

Veía como otros niños se detenían delante de los letreros y comprendían lo que esos símbolos negros transmitían, pero él no podía hacerlo. En una de sus visitas al pueblo, se sentó en una de las bancas del templo evangélico y contempló al hombre que estaba de pie al frente sosteniendo un libro de pasta verde. «Dios, si aprendo a leer y a escribir, un día estaré ahí al frente, leyendo de ese libro».

Luego otro hombre se puso de pie, esta vez con un libro de tapa negra, y habló en su lengua de las maravillas de ese volumen que decía era la Palabra de Dios. «Señor», repitió en su interior, «si me enseñas a leer y a escribir, un día seré yo quien esté ahí predicando de ese libro negro».

Para su sorpresa, su madre accedió a que Emmanuel intentara ingresar a la escuela y así lo hizo. Pero lo colocaron en el nivel pre-escolar, ¡siendo él de once años! Sin embargo, las muchas burlas y problemas no lo detuvieron. Avanzó por la primaria, la secundaria y alcanzó la preparatoria. ¡Dios había escuchado!

Sin embargo, hubo un milagro más: su padre conoció a Jesús y abandonó el alcohol. La vida de su familia comenzó una lenta, pero certera transformación. Su padre empezó a ayudar a las lingüistas del pueblo, dos mujeres norteamericanas que merecen otra historia, y cuando su padre murió, Emmanuel sintió que debía continuar la labor que había comenzado.

Al equipo se unió su hermano Carmelo quien solo terminó la primaria y se fue a vivir a Estados Unidos en busca de dinero para que su madre tuviera la atención médica que necesitaba para mejorar su salud. Pero estando en Estados Unidos, escuchó la voz de Dios. Allá se bautizó y se convenció que su lugar no estaba ahí, sino en San Juan, donde hoy se dedica a redactar los primeros borradores del Antiguo Testamento.

Muchas veces al día se pregunta si es el indicado para esa labor por su falta de estudios, pero Dios le recuerda que lo es porque conoce a su gente y su cultura, porque Dios lo ha capacitado de manera sobrenatural para la tarea a la que ahora se dedica a pesar de los problemas económicos, de sus labores como padre y esposo y de las dificultades en el camino.

El Nuevo Testamento, los Salmos y los Proverbios ya se han publicado. La Biblia que se distribuye en ngiva tiene una hermosa presentación con ilustraciones. Actualmente han finalizado hasta 2 Samuel, pero falta camino por recorrer.

Quizá es fácil distraernos por los temas que ocupan las primeras planas y las agendas ministeriales, pero se queda en el olvido de la iglesia la labor silenciosa y ardua de los traductores bíblicos.

Los traductores bíblicos por lo general son personas que no ocupan los escenarios ni se paran delante de los reflectores, pues su trabajo requiere diligencia y atención. Son meses y años de labor los que producen apenas unas páginas del canon. Y si a duras penas oímos de la labor de traductores de primer mundo, ¿qué sabemos de los traductores indígenas?

Nosotros también podemos animarlos. Hay cerca de cien traductores indígenas solo en México. Tal vez debamos reconsiderar como pueblo de Dios el dirigir nuestros recursos para que la gente conozca el texto bíblico. Nuestras ofrendas pueden sostener a los traductores que todavía tienen mucho trabajo por delante. Nuestras visitas los pueden animar a seguir adelante. Todos necesitamos recordar que no estamos solos. Podemos ser esa nube de testigos que nos apoyamos mutuamente.

Hay dos cosas eternas: la Palabra de Dios y las almas. Todo lo demás —edificios, proyectos, plataformas digitales, números— pasará por el fuego y muy poco quedará de pie. Pero la Palabra de Dios no. Gracias a Dios por los valientes que dedican su tiempo a traducir las Escrituras al idioma del corazón de cada pueblo y nación.