Un Dios muy grande

Malaquías 1:11

En todo el mundo ofrecen incienso dulce y ofrendas puras en honor de mi nombre. Pues mi nombre es grande entre las naciones. —NTV

Imagina por un momento que eres una niña otra vez. ¿Qué sentirías si en Navidad recibes una muñeca rota? Ahora piensa que eres la dueña de una empresa trasnacional y un empleado llega en tu cumpleaños y te obsequia un caramelo del tamaño de una canica.

Los israelitas habían olvidado quién era su Dios, por lo tanto, Malaquías aparece con indignación y transmite el mensaje de Dios. Entre otras cosas, el Señor estaba molesto porque los judíos llegaban con sacrificios contaminados. ¿Sabes qué hacían? Ofrecían animales lisiados y enfermos. Dios declara que ni siquiera al gobernador le darían algo dañado.

El fondo del problema estaba en que los israelitas habían olvidado quién era su Dios, pero Él se los recuerda. “Mi nombre es honrado desde la mañana hasta la noche por gente de otras naciones”. En otros lugares tenían más temor que en Judá. ¿Debía Dios aceptar sus sacrificios? Por supuesto que no.

Pero quizá nosotros también olvidamos con frecuencia quién es nuestro Dios. Le ofrecemos las sobras de nuestro tiempo, nuestra atención a medias y lo que nos sobró del cambio para las tortillas en ofrenda. No olvidemos que nuestro Dios es grande. ¿Qué clase de sacrificios merece? ¡Lo mejor y lo primero!

Lo mejor de nuestro día debe ser para Dios.

Tomado de Un año con Dios, editorial Lifeway

Tiempo de reconstruir

Por Keila Ochoa Harris

Tiempo de reconstruir

¡Reconstruyamos la muralla de Jerusalén y pongamos fin a esta desgracia! Nehemías 2:17 (NTV)

El Adviento marca una serie de domingos en que muchas iglesias cristianas recuerdan la venida del Redentor. Cada semana se enciende una vela que representa una virtud: el amor, la paz, la esperanza y la fe. Culmina, obviamente, el día de Navidad en que la espera termina y recordamos que el Salvador del mundo ha llegado.

Nehemías había experimentado un tipo de aviento, o tiempo de espera. El pueblo de Israel había vuelto a Jerusalén, pero las murallas seguían derribadas. En otras palabras, continuaban indefensos. Nehemías se preocupa y ora al Señor. No solo se angustia, sino que está dispuesto a ser parte de la solución.

Regresa así a Jerusalén, con la venia del rey Artajerjes, e inspecciona la muralla. Entonces propone al pueblo a unirse y reconstruir la muralla. De ellos depende que la ciudad se encuentre nuevamente a salvo de los enemigos, y esto nos puede sonar a que la obra no se lleva a cabo sin manos humanas, pero más bien se refiere al libre albedrío que todos tenemos.

Podemos celebrar la Navidad, pero realmente no comprender su importancia. No se trata de que nosotras reconstruyamos el muro de nuestras vidas, sino que acudamos en humildad ante el pesebre en Belén y le confiemos nuestra vida a Dios. Entonces, y solo entonces, podremos ser parte de la obra de Dios en el mundo y ser útiles a los demás. Como Nehemías dijo: «El Dios del cielo nos ayudará a tener éxito» (Nehemías 2:20, NTV). A nosotros solo nos toca decir sí.

Señor, gracias porque por medio de tu nacimiento comenzaste la obra de reconstrucción en mi vida.

Tomado de: Un año en el Antiguo Testamento, editorial Origen.

Los descubrimientos de Susana Wesley

Los nombres de Piaget y Freud resuenan en nuestros oídos y se identifican con los grandes pedagogos del siglo que a través de sus escritos señalan el camino para educar a los niños.  Sin embargo, una mujer del siglo XVII descubrió, mucho antes, principios fundamentales sobre la crianza de los hijos.  Y no sólo eso, sino que su vida es un mapa de experiencias que nos revelan mucho más.

Susana Wesley nació en enero de 1669, la última hija de los veinticinco hijos del Dr. Samuel Annesley. Desde pequeña mostró un carácter enérgico y convicciones firmes.  Su constancia la llevó a mantener correspondencia durante dos años con Samuel Wesley, su futuro esposo, con quien tuvo diecinueve hijos, nueve que murieron durante la infancia.  Leamos algunos de sus descubrimientos.

1.     Descubrió a Cristo

La historia de Susana siempre me ha parecido impactante, ya que esta mujer que dedicó su vida entera a servir en la iglesia como esposa de ministro, madre de dos grandes cristianos (Juan y Carlos Wesley), y una mujer por demás piadosa, realizó su mayor descubrimiento poco antes de morir.  Cuando andaba por los setentas, comenzó a escuchar los rumores del avivamiento.  Pecadores, a los que la iglesia había tratado de reformar por años, eran transformados y guardaban los mandamientos por el gozo de servir a su Dios.

Dos de sus hijos experimentaron algo similar.  Carlos le contó que en su lecho de dolor, “había tocado el borde del vestido”, y Juan también confesó creer en Cristo para salvación. Cierta mañana, Susana asistió a la iglesia con su hija Marta, y mientras pasaban la copa de la comunión, repitió las palabras: “La sangre de Jesucristo que por ti fue dada”. Sintió descanso y después le escribió a Carlos que por años había batallado con confusión y duda sobre su salvación, pero que por fin había alcanzado la paz.  “Cuando había olvidado a Dios, encontré que Él no me había olvidado a mí.  Aún entonces Él, por su Espíritu, aplicó los méritos de salvación a mi alma, diciéndome que Cristo había muerto por mí”.

Susana había sido la más fiel seguidora de las Escrituras, sin embargo, carecía de un encuentro personal con el Salvador.  En su misericordia, Dios la utilizó y finalmente la atrajo a Sí, pero ¡cuántos no viven bajo el mismo engaño!  ¿Cuántos en el ministerio activo de sus iglesias aún no creen en Cristo como Salvador? Nunca es tarde para rectificar; haríamos bien en no cesar de repetir las Buenas Nuevas y en platicar de temas importantes.  En vez de pasar horas discutiendo sobre el color de las togas del coro, excavemos más profundo para ayudar a aquellos que continúan en la oscuridad, y analicemos nuestras propias vidas: ¿Podemos precisar el momento exacto en que nuestra alma halló reposo al depositar nuestra confianza en la obra de la cruz de Cristo?

2. Descubrió el dolor

Parece que entre los siervos del Señor no existe biografía que se libre de sufrimiento.  Susana tuvo su propia ración: nueve hijos murieron pequeños, su casa se incendió dos veces y en la última perdió todo, su vida de casada se caracterizó por endeudamiento y debido a una diferencia conyugal su esposo la abandonó durante seis meses, y no podemos olvidar el agotamiento espiritual y físico de criar a diez niños. 

Sus biógrafos marcan el abandonamiento de Samuel Wesley como uno de los capítulos más dolorosos de su vida.  La separación se debió a la negativa de Susana por decir “Amén”, cuando Samuel oraba por su rey, Guillermo de Orange.  Ella, una jacobita empedernida, consideraba al Príncipe de Orange como un usurpador.  Samuel concluyó que si tenían dos reyes, debían tener dos camas y separarse.  La reconciliación se debió en parte al incendio que consumió una sección de la rectoría, y de esta unión nació Juan Wesley.  Poco después, Samuel terminó en prisión por deudas, y entre otras cosas, uno de los problemas más duros en su matrimonio giró en torno al dinero.  Samuel no resultó buen administrador y Susana debió arreglárselas día a día, con más de diez bocas que alimentar.

Ella sufrió, quizá no más que otras mujeres de antes y hoy, pero me pregunto cómo hubiera reaccionado de vivir en esta época.  ¿Habría demandado a su esposo por abandono de hogar?  ¿Hubiera acudido a las cortes para separarse por diferencias “irreconciliables”?  En esos tiempos el divorcio era impensable, ni siquiera se consideraba una opción, pero hoy día ante el primer roce, las jóvenes esposas corren a los tribunales, o cuando los hijos se casan, muchas dicen estar cansadas de fingir y destruyen matrimonios. 

No es el propósito de este artículo defender a Susana, sino aprender de ella.  Le dijo a su esposo cuando volvió de la cárcel:  “Te amo, esposo mío.  Casi no sé qué decir o hacer”.  Él respondió:  “Pienso que sería perfectamente adecuado si me tomaras en tus brazos. . . y me besaras”. Las relaciones no se dan espontáneamente, sino que maduran con constancia y decisión.  Aprendamos de Susana a luchar por nuestros hogares, en vez de quejarnos; a dar lo mejor de nosotros mismas, en lugar de rendirnos. ¿Problemas de dinero? Acudamos a Aquel que lo dio todo y es dueño de todo.

3. Descubrió a los hijos

Susana supo mucho de hijos ya que tuvo diecinueve, diez que sobrevivieron la niñez.  En sus cartas se han encontrado algunas de sus opiniones en cuanto a la educación y de ellas podemos rescatar lecciones interesantes.

a. Para formar las mentes de los hijos, la primera cosa que hay que hacer es vencer su voluntad y traerlos a un carácter obediente. Lo más temprano en su vida es lo mejor.  En la estimación del mundo pasan por amables e indulgentes a quienes yo llamaría crueles como padres, porque permiten a sus hijos tener hábitos que saben que después tendrán que vencer.

Susana creía que la obediencia era primordial.  Como ejemplo, mencionaba que cuando un niño pequeño lloraba por un dulce, el padre se lo compraba.  Pero si el mismo niño, a la edad de once años, hacía lo mismo, el padre reaccionaba con ira.  ¿Por qué había cambiado la regla?  ¿Qué hacía bien a los dos años y no a los diez?  Las enseñanzas más importantes se aprenden en la infancia temprana, tales como el respeto a los mayores.  No fomentemos hábitos que en el futuro serán tachados como conductas erróneas.  ¿Estamos formando en nuestros niños caracteres obedientes?

b. Un niño puede llorar, pero suavemente.  No se tolerarán gritos, y no se le cederá una petición a uno que grite para obtenerla.

Uno de los problemas de la era moderna es que la madre no educa a sus hijos en los años tiernos, sino la nana, la abuela o la niñera escolar.  Haríamos bien en sacrificar unas cuantas monedas del sueldo de mamá o su progreso en el mundo financiero para que pasara más tiempo con su bebé.  Susana comenzaba el entrenamiento desde el primer año. Desde entonces, sus hijos aprendían a temer la vara. 

c. Cada notable acto de obediencia, especialmente cuando era su inclinación hacerlo, debe ser siempre alabado y frecuentemente recompensado según los méritos del caso.

Susana era estricta, pero no de piedra.  Amaba a sus hijos entrañablemente, y por ese motivo, los animaba a comportarse dignamente.  A veces creemos que el amor maternal excluye el castigo corporal.  No es así; el verdadero amor imita el modelo divino.  Dios nos ama, por eso envió a su Hijo, pero también nos disciplina para que llevemos fruto.  La vara es parte de la educación, pero también las recompensas y las palabras:  “Bien hecho”.  ¿No deseamos nosotras mismas agradar a nuestro Padre para escuchar algún día:  “Buena sierva y fiel”?

d. Los Diez Mandamientos serán memorizados por cada niño tan pronto como sea posible, y será enseñado tan pronto como pueda hablar, el Padre Nuestro que dirá al levantarse y acostarse.  Las cosas académicas nunca tendrán prioridad sobre la instrucción de la Palabra de Dios.

Muchas madres de hoy tienen sus prioridades al revés: primero la escuela, luego la educación religiosa.  Pero, ¿de quién es la responsabilidad de ambas?  Si dependemos del maestro para que enseñen a nuestros niños a contar, estamos perdidos.  Lo que recuerdo de mi época escolar, es que mi madre se sentaba a aclarar mis dudas; las buenas calificaciones que saqué, se las debo porque ella repasó conmigo.  Aún más, agradezco que haya puesto en un lugar primordial la memorización de pasajes bíblicos, el tiempo de oración y su ejemplo.  En algún momento del día la veía leyendo su Biblia.  Mi mente asoció sabiduría con la Palabra de Dios, tranquilidad con asistir a la iglesia, felicidad con la oración. ¿Qué ve tu hijo en ti:  una mujer de Dios o una esclava de su profesión o ministerio?  Existe una gran diferencia.

e. Habrá un horario especial para una cita privada con cada niño una vez por semana.

“¡No tengo tiempo!”  ¿Y crees que Susana lo tenía con las enormes comidas que debía preparar sin microondas, el lavado de ropa a mano, el aseo de la casa sin aspiradora, y el atender a diez niños que no iban a la escuela sino que pasaban todo el día alrededor de sus faldas?  Examinemos los resultados de estos momentos:  Hasta su muerte, sus hijos proveyeron para su sustento, le escribieron fielmente para estar en contacto y pidieron su consejo.

No todos sus hijos fueron felices, pero no olvidemos que cada uno de ellos decidió su futuro.  Como ejemplos mencionemos a Samuel, el primogénito, quien fue un poeta y erudito maestro.  Mary creció lisiada debido a un accidente en su infancia, se casó con un buen hombre, pero murió durante el parto.  Hetty huyó de casa con un abogado al que amaba, su padre reprobó dicha acción y la desheredó; Susana mostró su desaprobación, pero cuando la chica se arrepintió y regresó a casa, un afecto especial surgió entre ellas.  Faltaría espacio para hablar de Juan Wesley y su impacto en el mundo evangélico.  Carlos encontró una esposa fiel, halló la salvación en 1738 y escribió más de nueve mil poemas e himnos.

Los descubrimientos de Susana se resumen en una palabra: amor.  Amó a su Salvador, a su esposo y a sus hijos, y sus frutos perduran hasta nuestros días.

Bibliografía

Williamson, Glen.  Susana.  Miami: Editorial Vida, 1987.

Confesión

Fue una de las experiencias más extrañas de mi vida. Estaba en el centro comercial, un verdadero hormiguero de sábado por la tarde. La gente iba y venía, mientras que yo, sentada en la banca, les observaba como una espectadora más. Parejas de la mano, familias discutiendo, grupos de adolescentes en busca de acción, personas solitarias pretendiendo no notarlo.

Y sin embargo, yo no estaba sola. Él se encontraba a mi lado contándome sobre su vida. Con orgullo, y una mezcla de amargura, presumía sus vivencias en el mundo oscuro llamado “underground”. Y aún cuando trataba de sonar emocionado, pintándome escenas de una existencia bohemia y libre, en sus versos se traslucía una profunda depresión, acompañada de la futilidad de las cosas.

Entonces, yo hablé. Pero no dije lo que debía. Yo misma he palpado las tinieblas del enemigo, he sido presa de sus mentiras, conozco lo que significa caminar sin sentido ni dirección, pero callé. Para auto defenderme, mencioné tu nombre, pero no tu propuesta; tu persona, pero no tu oferta.

Seguí caminando por aquel centro comercial hasta que mi corazón sangró al percibir las muchedumbres en esa búsqueda desfrenada de sentido y posición. En unas escaleras eléctricas, desde lo alto, me quedé paralizada ante la imagen de ese enjambre de seres humanos, y luego me vi a mi misma como una hija fracasada y titubeante, una obrera perezosa e indiferente.

En la iglesia soy distinta. Allí canto, enseño y participo. Muchas veces he querido ocupar el púlpito para mostrar mis conocimientos, convencida de que lo haría mucho mejor que otros. En otras he criticado a mis líderes por lo que hacen o no hacen. Y aún más, me envuelvo de activismo para sentirme útil.

¿Y qué?, reclamó mi corazón al abandonar el centro comercial rumbo a mi casa. ¿De qué me sirven las quejas o las murmuraciones cuando la realidad del espejo no miente? ¿Qué pasa cuando no puedo cumplir con lo esencial: el compartir tu Palabra?

Dentro de las cuatro paredes de la iglesia se me olvidan las huestes que transitan al infierno; en medio de los debates teológicos pierdo de vista que la oscuridad gobierna en muchos corazones; entre los chismes mis prioridades se desvían.

Esta es una guerra. Lo percibí ese sábado por la tarde. Hay una lucha encarnizada en que el diablo y sus secuaces ciegan el entendimiento a través del materialismo que predican las tiendas, la moda que anuncian los medios y los objetivos errados que indoctrinan las masas. Compra… vístete… come… bebe… baila… canta… diviértete… Ese es el fin y la meta.

Pero por otro lado está tu Palabra y el Espíritu Santo redarguyendo en susurros y en alta voz: Cree… niégate… carga… soporta… ama… predica… Yo pertenezco a este segundo ejército, pero me comporto más como del primero. Al caído lo pisoteo, al perdido lo ignoro, al triste lo desanimo.

Perdóname, Jesús. Perdóname por no hablar de ti, pero sí hablar de los demás. Perdóname por no orar, pero sí quejarme. Perdóname por no hacer, pero sí señalar al que hace.

Mi misión es ser luz. Hazme brillar entre todos aquellos que se hunden en el vacío. Vengo como penitente, de rodillas y desnuda, sin nada que ofrecerte, salvo mi boca, mi mente y mi corazón. Hazme un soldado valiente, hazme un testigo fiel, hazme una sierva humilde, hazme una hija obediente. Y que así sea.

Cantidad y calidad

Se nos ha dicho que la calidad es más importante que la cantidad, pero esto no aplica en la maternidad. Hace tiempo leí sobre el tiempo que se dedica a diferentes actividades diarias y me entristeció lo que se habla en referencia a los hijos.

Convivencia con los niños:

Hombres, 12 minutos         Mujeres, 35 minutos

Cuidado e higiene de los niños:

Hombres, 7 minutos           Mujeres, 24 minutos

Juegos y enseñanza de los niños:

Hombres, 6 minutos           Mujeres, 10 minutos

Es triste que el padre es quien pasa menos tiempo con los hijos. Aunque esto es comprensible en los hogares donde el padre sale a trabajar y la madre permanece en casa. Sin embargo, el tiempo que la madre dedica a los niños también resulta preocupante. ¿Solo jugar y enseñar a los hijos durante 10 minutos? ¿Puede uno, en tan poquito tiempo, mostrar a los chicos cómo crear un mundo de fantasía o cómo memorizar las capitales de los estados?

Los padres nos quejamos cuando nuestro cónyuge no pasa tiempo con nosotros. Si durante el noviazgo se nos hubiera dicho que en el matrimonio solo pasaríamos 30 minutos efectivos con el ser amado al día, quizá no nos hubiéramos casado.

La realidad es que nuestra lucha entre lo urgente y lo importante nos hace perder de vista lo esencial. Puede que sea urgente hacer una llamada o mandar un correo. Tal vez parezca importante tener limpia la casa o hacer ejercicio. Pero estamos perdiendo de vista lo fundamental. Nuestros hijos crecen inevitablemente. Jamás volverán a tener la edad que hoy viven. No volverán a hacer ciertas cosas y nosotros nos lo estamos perdiendo.

La cantidad, en definitiva, es tan vital como la calidad. No podemos separar una de la otra. A final de cuentas, convivir con los niños sucede a lo largo del día. Cuando los despertamos con un beso. Cuando salimos a la tienda. Cuando los bañamos y cenamos en familia. Cuando vemos juntos una película, en vez de dejarlos pegados a la pantalla para que no nos molesten. Convivimos al ir por la despensa y al podar las flores juntos; al cocinar lado a lado y pasear en bicicleta.

El cuidado y la higiene de los niños resulta más demandante en sus primeros años. Pero, ¡cuánto disfrutamos el baño del recién nacido o cada cambio de pañal! No volveremos a tener esos minutos de mirarnos a los ojos y decirnos sin palabras que nos amamos. Todas las actividades como untarles crema o cortarles las uñas, proveen el contacto físico que tanto padres como niños necesitamos para profundizar el vínculo.

El juego y la enseñanza de los niños ocurre indirectamente todo el tiempo. Si nosotros usamos la creatividad al realizar nuestras labores, ellos aprenderán que no se necesita mucho para idear cosas divertidas.

Por otra parte, todo el tiempo somos un modelo de conducta. Quizá usamos esos 10 minutos de la encuesta para hablar con ellos sobre decir la verdad, pero las siguientes ocho o nueve horas ellos aprenden a mentir, pues nos ven hacerlo en diversas ocasiones. Así que la mejor enseñanza es el ejemplo.

En estos días recibí una gran lección. Cuando llamaba a mi hijo, él tardaba en responder o decía: «Ahorita». Lo que en realidad significaba: «Nunca o en una hora». Comprendí que yo hacía lo mismo con él, así que me propuse detenerme y prestarle atención cuando él me hablara aunque yo estuviera trabajando en la computadora. Él ahora ha comenzado a imitarme y cuando está en medio de sus juegos ya no me ignora, sino que me observa, escucha y responde.

Cantidad y calidad, hagamos de ambas nuestra meta.