El retroceso del peregino

Por Keila Ochoa Harris

Hubo un hombre que siempre supo que había algo más y que no había sido creado para ir cargando ese pesado bulto a cuestas. Así que salió de la Ciudad Destructora y abandonó su carga a los pies de la cruz. Allí comenzó su peregrinaje, con la firme convicción que viajaba rumbo a la Ciudad Celestial. Pasó por el Valle de la Humillación y descansó en el Palacio Hermoso. Visitó la Feria de las Vanidades y las Montañas de las Delicias. Al final, cruzó el río de la muerte y fue recibido en la Ciudad de Dios.

Tristemente, sus descendientes han errado el camino.

Algunos piensan que no existe la Ciudad Celestial y que todo termina aquí, así que viven cómodamente en la Ciudad Destructora. Y al decir cómodamente, me refiero a que cuentan con casas hermosas y vehículos de lujo. Lo triste es que van por la vida con ese pesado bulto a cuestas. Lo maquillan, lo ocultan, lo ignoran, pero la carga está allí, cada vez más pesada.

Otros han dejado su carga a los pies de la cruz, pero se han quedado en el Valle de la Superficialidad. Les da miedo continuar pues sigue el Collado de la Dificultad. ¿Una pendiente complicada? Mejor disfrutar que ya no andan con un bulto a cuestas creando hogares tranquilos y exitosos, al estilo de la Ciudad Destructora.

Unos han querido permanecer en el Palacio Hermoso, pero descubren que no es un lugar para acampar sino solo una posada en el camino. De cualquier modo, se niegan a abandonar sus asientos y viven en la periferia de lo santo, sin ser transformados, o pasean por los jardines sin realmente lograr algo.

En el Valle de la Humillación se han quedado muchos que han caído. De los que cruzan este paraje habrá quien venza al gigante y quien sea vencido, pero habrá quienes decidan edificar allí una morada para vivir el resto de sus días lamentando la derrota.

Todo peregrino pasa tarde o temprano por el Valle de Sombra de Muerte. Pero algunos pierden allí la brújula y olvidan su destino: la Ciudad Celestial, y heridos por la pérdida regresan a la Ciudad Destructora o compran una casa en algún otro sitio donde abandonan el peregrinaje.

¡Cuántos no han hecho su hogar en la Feria de las Vanidades! Deciden que ser peregrino no está de moda, y se integran al circo de vestidos, lenguaje y conducta. Muy pronto los peregrinos se confunden con los cirqueros de la Feria, y aunque la única diferencia parece radicar en que unos traen bultos a cuestas y otros no, hasta eso comienza a lucir “sospechoso”.

El Camino de la Negligencia es bien transitado. Ahí se ven principalmente peregrinos mayores de cincuenta años que viven de glorias pasadas, de oraciones de juventud y de conocimiento arcaico. Creen que ya no necesitan las disciplinas del inicio del peregrinaje, por lo que serán presa fácil de los gigantes de la tentación y la desesperación.

En la Tierra Encantada se han fundado muchas congregaciones de peregrinos. ¿Para qué seguir un sendero de dolor y trabajo? El destino final se convierte en esta tierra donde hay sermones y predicaciones, pero también descanso, un poco de sueño y un poco de tolerancia.

El Castillo de la Duda también hospeda a muchos peregrinos que han optado por no avanzar. Se sienten bien en ese lugar donde todo es un “quizá” sí haya Ciudad Celestial; “quizá” no. Donde las creencias son relativas, donde el Pastor no es más que un maestro común, donde no hay bien ni mal.

¡Cuánto hemos errado el camino! Cuánto nos hemos desviado del peregrinaje. Pues el propósito de la vida no es vivir bien, ni ser felices, ni tener una casa, una familia y un perro. El propósito no es hacer buenas obras o cosechar triunfos. La vida es un peregrinaje donde el destino final es la Ciudad Celestial, pero donde el viaje se hace significativo pues ya podemos ir caminando con el Peregrino por excelencia, el Pastor de nuestras almas, el Rey glorioso al que abrazaremos en la Ciudad Celestial, pero que hoy con humildes ropas de campesino avanza a nuestro lado.

Su presencia nos da gozo. Sus consejos nos guían por el camino correcto. Su mano nos conforta en el dolor. Sus pies nos muestran el camino. Sus ojos nos siguen a todas partes. Su conversación hace ligero el camino. Y al ir con él, todo lo demás adquiere perspectiva. Pues entonces vivimos bien, somos felices, vamos de la mano de un cónyuge peregrino y unos peregrinitos que un día crecerán y harán su propio andar; hacemos lo bueno y cosechamos victorias.

Pero qué fácil es desviarnos del camino. ¡Tan común el hacer largas paradas en los sitios equivocados! Entre más tiempo nos quedamos estáticos más complicado resulta levantarnos y seguir, pero siempre hay una segunda oportunidad.

Si aún traemos un bulto a cuestas, vayamos al pie de la cruz y dejemos de andar doblados por el pecado. Si comenzamos el peregrinaje pero nos hemos detenido en el sitio incorrecto, sujetemos su mano que nos levanta del fango, limpiemos nuestras ropas del polvo de la negligencia y la indiferencia, y volvamos al sendero antiguo.

Ahí delante van ellos, hombres y mujeres leales que lo dieron todo; hombres y mujeres que nos precedieron. Allí veo la cabeza calva del hombre que marcó mi vida con su fidelidad, ahí va la mujer sonriente que luchó contra el cáncer siempre con la mirada en la Ciudad Celestial. Ahí van tantos que son prueba viviente de que hay un destino y un Amigo a nuestro lado.

Como escribió Bunyan: “Lo que Dios dice es mejor, lo mejor, aún cuando todos los hombres estén en contra.”

Ser padres es ser vulnerables

Por Keila Ochoa Harris

La vulnerabilidad no es algo que busquemos. De hecho, la consideramos una característica negativa. ¿Qué es ser vulnerable? La definición literal nos dice que es «la cualidad que tiene alguien para poder ser herido».

Sin importar nuestra religión, encontramos en María, la madre de Jesús, un ejemplo certero de la vulnerabilidad. A ella se le dice a los ocho días de nacido su hijo: «Este niño está destinado a provocar la caída de muchos en Israel, pero también será la alegría de muchos otros. Fue enviado como señal de Dios, pero muchos se le opondrán. Como resultado, saldrán a la luz los pensamientos más profundos de muchos corazones, y una espada atravesará tu propia alma» (Evangelio de Lucas, capítulo 2, versos 34 al 35, Nueva Traducción Viviente).

Una espada atraviesa el alma de cualquier padre cuando ve a su hijo en una cama de hospital, cuando el hijo se marcha cargado de rebeldía, cuando el hijo toma una mala decisión, cuando el hijo decide algo que va en contra de nuestros principios, cuando el hijo es acusado e incluso asesinado injustamente. Pero el antídoto está en el amor. El hecho de amar abre a la posibilidad del rechazo, del no ser correspondido y de correr el riesgo de ser herido. Pero el amor también es ese parche que sana las heridas, pues nunca se da por vencido, jamás pierde la fe, siempre tiene esperanzas y se mantiene firme en toda circunstancia.

La vulnerabilidad también se aplica en la sociedad. Por ejemplo, un individuo analfabeta se encuentra en una situación de vulnerabilidad ya que puede ser timado por cláusulas injustas al pedir un trabajo o se le dificulta acceder al mercado laboral. Los padres jóvenes e inexpertos somos más vulnerables que los padres que llevan más tiempo en el camino.

Los que recién comenzamos esta carrera nos sentimos en desventaja. Carecemos de aquello que hace a otros padres más resistentes. Nuevamente observemos a María, la madre de Jesús, una adolescente embarazada, temerosa de la presión social y su condición física. Acude a su prima, muchos años mayor. Ella también estaba encinta y esperaba a su primer hijo, pero su experiencia de vida le daba mayor estabilidad y aseguro que el tiempo que pasaron juntas fortaleció a María para lo que vendría después. Encontremos la salida en la esperanza. Escuchar el consejo de los padres que ya transitaron el camino por el que hoy andamos nos hará entender que «esto también pasará» y «que hay una luz al final del túnel».

En el ámbito de la tecnología también se nos habla de vulnerabilidad. Se usa para designar a todos los puntos débiles que tiene un programa determinado y que le hace víctima de un virus. Al hablar de un archivo, se apunta a la poca seguridad que permite que piratas o intrusos pongan en peligro su confidencialidad o integridad.

Todo hogar está en peligro de ser infiltrado por el alcohol, las drogas o la pornografía. Algunos hogares son más vulnerables cuando los muros del amor, la comunicación o la comprensión se han debilitado. Desconocemos muchas partes sobre la historia de María, pero todo indica que enviudó joven. Tuvo que criar a sus hijos sola, y por eso cuando Jesús muere, ella está sola frente a la cruz. ¡Qué vulnerabilidad! La espada ciertamente estaba atravesando su alma.

Pero si bien para las computadoras tenemos programas especiales llamados anti-virus que buscan proteger, reforzar y cuidar un programa de los enemigos, en la vida tenemos la fe. Quizá no le veamos mucha utilidad, pero si somos padres y hemos experimentado esa espada que traspasa el alma, sabemos que lo único que nos sostiene en la angustia es creer que hay sentido en el dolor.

Ser padres es ser vulnerables. Muchas preguntas quedarán sin respuesta durante largas temporadas, o quizá jamás conoceremos los porqués en esta vida. Pero si bien el amor nos pone en riesgo, el amor también nos sostiene en los embates de esta vida, la esperanza nos trae consuelo y la fe nos dice que hay un propósito detrás de todo sufrimiento.

El perfumista

Por Keila Ochoa Harris

Trabajan en secreto, y bajo estricta confidencialidad. No pueden revelar para quién están creando una nueva fragancia, y deben hacer cientos de pruebas hasta lograr el efecto deseado. Combinan aromas animales, florales y sintéticos. Realizan las combinaciones que después nos venden las marcas comerciales a precios elevados.

Estos perfumistas trabajan con su nariz. Como un músico, combinan las notas musicales del olfato para crear una armonía. Al ser pocos, se conocen entre sí. Reconocen que ciertas combinaciones son favorecidas por Jenny o por Susana, así que al oler una nueva fragancia pueden decir: «Ah, ésta viene de Sofía». Si bien entre ellos pueden hablar así, entre los mortales se oirá: «Ah, está usando Coco Channel».

Nada es más memorable que un aroma. El sentido del olfato es quizá el más poderoso pues nos trae recuerdos y nostalgias, nos evita peligros y nos atrae a la comida. También es el sentido mudo pues nos cuesta trabajo definirlo. ¿A qué huele una persona a la que amamos? Torpemente tratamos de usar las palabras. «Huele a talco con miel».

Por algo Dios usa una potente referencia a los aromas en 2 Corintios 2. Relata que Dios nos usa para difundir el conocimiento de Cristo por todas partes como un fragrante perfume. Como el Perfumista por excelencia, Dios ha creado el aroma más perfecto del universo que comparte con nosotros. La pregunta es, ¿reconocen esta fragancia los que nos huelen al pasar?

«Nuestras vidas son la fragancia de Cristo que sube hasta Dios». Pero al igual que un perfume, cumple dos funciones. Un perfume debe conmocionar y fascinar. Del mismo modo la fragancia de Cristo “se percibe de una manera diferente por los que se salvan y los que se pierden. Para los que se pierden, somos un espantoso olor de muerte y condenación, pero para aquellos que salvan, somos un perfume que da vida”.

Cuenta una perfumista que cierta tarde salió del trabajo rumbo a su departamento. Al ir avanzando, se dio cuenta que un hombre la seguía y comenzó a sentirse preocupada. Si aceleraba, él lo hacía también. Consciente sobre los peligros de Nueva York, pensó en cientos de posibilidades: un violador, un ladrón, un secuestrador. Finalmente, decidió detenerse y miró al vagabundo.

«¿Qué se le ofrece?» El hombre la miró avergonzado: «Es que huele muy bien. Venía siguiendo el perfume».

¿Podremos nosotros atraer del mismo modo a los vagabundos, a los desamparados, a los que buscan propósito en la vida? ¿Podremos atraerlos y llevarlos al Perfumista por excelencia?

¿A qué hueles? Vale la pena meditar en ello.

Una nueva canción

Por Keila Ochoa Harris

El otro día me descubrí cantando mientras lavaba los trastes. Dos cosas me resultaron peculiares. En primer lugar estaba el simple hecho de cantar pues no lo hago con frecuencia. Supongo que paso más tiempo preocupándome y pensando en mis pendientes. Segundo, se trataba de un canto totalmente inventado por mí donde unía frases con una melodía «desconocida».

Seguramente estaba plagiando un poquito de muchas canciones, himnos o tonadas favoritas, pero me hizo meditar en los nuevos cantos. Me ha asombrado que muchos artistas modernos solo están haciendo covers de canciones antiguas. ¿Acaso ya no es posible hacer música original?

Entonces me topé con el dato siguiente: «Si tomamos en consideración una sola medida y una sola octava de la escala musical, incluyendo semitonos y duraciones de notas (redondas, blancas, negras), se ha calculado que el número de melodías o combinaciones posibles es de 123 más 33 ceros». 

Pero esto me hace pensar en que las 28 millones de canciones que alberga iTunes aún no terminan de mostrar las muchas posibilidades que existen para que surjan nuevas canciones. Entonces me acordé del salmo 40.

«Me dio un canto nuevo para entonar, un himno de alabanza a nuestro Dios» NTV, v. 3.

¡Por supuesto que es posible que alguien como yo, sin ser un músico experto, componga un canto improvisado que alabe a Dios! ¿Por qué? Porque es Dios quien lo pone. Es Dios quien lo da. Y para él, el número 123 más 33 ceros no es sino una pequeñez. Si añadimos las posibles combinaciones con otras medidas (tres cuartos, seis octavos) y más escalas, concluimos que el Creador de la música ha hecho posible que surjan nuevos cantos durante siglos.

No se ha repetido ese momento sublime, como le llamo. Si hoy me preguntan, no me acuerdo de la tonada ni de la letra. Pero estoy procurando cantar un poquito más todos los días, aún sean las tonadas que ya conozco y compuestas por otra persona. El día menos pensado, Dios volverá a poner en mi boca un nuevo canto.

Anteriormente publicado en Prisma.

Criar hijos santos

Quizá como padres tomemos un tiempo para imaginar el futuro de nuestros hijos.¿Serán arquitectos como su abuelo o médicos como su tío? ¿Serán buenos padres? Aún así, difícilmente comprenderemos para qué los ha llamado Dios. Seguramente no vislumbramos ni siquiera un atisbo de la vida adulta que llevarán. Lo digo al meditar en dos mujeres que a edad avanzada tuvieron un hijo. Ambas creían que morirían estériles, pero Dios les reservó una promesa, un hijo.

La esposa de Manoa y la esposa de Zacarías recibieron un mensaje especial. Darían a luz un hijo, un hombre especial con una misión. El simple hecho de que serían madres cuando ellas ya habían enterrado sus sueños de concebir resultaría en una gran fiesta. Pero aún más, Dios especificó que ambos niños deberían ser apartados desde su nacimiento para servirle. Ambos serían nazareos. No beberían vino, no cortarían su cabello, no se contaminarían con muerto.

De ese modo, ambas mujeres dieron a luz. En su vejez cambiaron pañales y arrullaron a un bebé en brazos. Luego los criaron para vivir en santidad. Santidad, en pocas palabras, significa estar separado para un propósito específico. En este caso, ambos niños crecerían bajo tres estrictas leyes que marcarían su destino.

El hijo de la esposa de Manoa fue Sansón. El hijo de Elisabet fue Juan, al que apodaron el que bautiza. Los dos vencieron a sus enemigos; los dos lucharon por su fe. Sin embargo, los dos vivieron de maneras diametralmente opuestas. Y al divagar como madre, me pregunto si la esposa de Manoa y Elisabet tuvieron cierta influencia para lo que ocurriría después.

Supongo que ninguna de estas dos mujeres soñó con que sus hijos morirían de modo violento a causa de sus enemigos. Ciertamente yo no crío a mi hijo con la esperanza de que muera como mártir, pues aún cuando reconozco que Dios está en control de la vida de mi hijo, me aferro a que él simplemente viva lo mejor que se pueda.

Sospecho, sin embargo, que una de estas mujeres supo desde el principio que la vida de su hijo no sería fácil, y dio lo mejor de sí para prepararlo. ¿A qué me refiero? Si bien la Biblia nos oculta cómo fue la infancia de estos dos hombres, en su vida adulta vemos rasgos de carácter que se formaron desde niños. Y este análisis me hace preguntarme: ¿estoy criando a un Sansón o a un Juan el Bautista?

En primer lugar, estas mujeres supieron que tenían un hijo especial. Tristemente, como no se me apareció un ángel antes de su nacimiento, ni concebí a mi hijo en la vejez, tal vez pienso que mi hijo no es especial o que no ha sido apartado desde su concepción. ¡Qué gran error! En esta época en que tenemos la Biblia a la mano y la oración como el medio más eficaz de comunicación con Dios, decir que mi hijo no crecerá con una misión es falta de fe. Si creo que mi hijo no será un futuro esclavo de Cristo, entonces no conozco al Padre, ni he comprendido el amor del Hijo, ni transito por los caminos del Espíritu Santo. Si yo he entregado a mi hijo a Dios, si el día que me supe embarazada o si el día que él nació o si el día que lo presenté en la iglesia o si hoy mismo lo pongo en manos en Dios, él ya es apartado. Y Dios puede hacer grandes cosas con él.

El problema es que – a diferencia de la esposa de Manoa y de Elisabet – quizá minimizo el poder de Dios o veo a mi hijo como un simple ser humano que no será especial. ¡Lejos esté de mí etiquetar a mi hijo al fracaso desde tan temprana edad! Debo creer y criar a este niño para ser un varón de Dios. ¡No concibo que veamos a nuestros hijos como parte del montón! Cambiemos desde hoy nuestra perspectiva. Mirémoslos como lo que son: apartados para Dios.

En segundo lugar, tanto la esposa de Manoa como Elisabet hicieron bien su trabajo. Sus niños no cortaron su cabello, ni se contaminaron con muerto ni bebieron vino. En cierto sentido, transportándolo a la vida moderna, diríamos que fueron niños criados en la iglesia: asistencia puntual, conocimiento bíblico, oración antes de los alimentos.

Pero ¿entonces por qué los dos vivieron de modo tan opuesto en su juventud? Me inclino a pensar – y quiero aclarar que esto solo hago a nivel de meditación personal – en que una de las madres no comprendió la santidad, pues la santidad no se trata de reglas o un modo de vida. La santidad es una relación con Dios.

Ninguna de estas dos mujeres vivió en una época ideal. La esposa de Manoa enfrentó una sociedad corrompida y lejana a Dios donde cada uno hacía lo que bien le parecía. Convivió con paganos y con judíos que habían olvidado a su Dios. Su comunidad no distaba de las muchas en las que hoy habitamos.

Elisabet, por su parte, vivió un momento terrible para el pueblo de Israel. Si bien la religión existía, ésta se regía por normas y costumbres hechas por el hombre. La religión no tenía nada que ver con el Dios vivo al que los patriarcas habían seguido. La oscuridad moraba en el mismo templo y en los mismos que decían servir a Dios.

Por lo tanto, ambas debieron luchar en contra de un sistema opuesto a Dios. Ambas debieron insistir para que sus hijos no imitaran a los vecinos, por lo que imagino esta conversación.

—¿Y por qué no puedo cortar mi cabello?

—Porque así lo ha dicho Dios.

—¿Y por qué no puedo tomar jugo de uva? Todos lo hacen.

—Porque eres especial.

Ambas hicieron un buen trabajo. Sus hijos cumplieron las reglas. Sin embargo, Sansón nos resulta un personaje enigmático. Dice la Escritura claramente que Dios lo usó para castigar a los enemigos de Israel. La epístola de Hebreos resalta su fe. Y aún así, al leer su historia, una cortina de tristeza me invade, porque Sansón sucumbió al placer. Se entregó a mujeres paganas, se contaminó con el cadáver de un león, participó en fiestas y banquetes. Sansón cumplió el propósito de Dios – a pesar de sí mismo – pero ¿caminó con paz en su corazón? ¿Experimentó el gozo del Señor?

Juan el Bautista, por otro lado, fue un paria de la sociedad. Era el loco del desierto. No quebró las tres órdenes establecidas para el nazareo. De hecho, la Biblia lo describe como el profeta más grande de todos los tiempos. La Biblia nos habla muy poco de él. Toma más páginas para describir a David, a Daniel, a Elías. De Juan solo leemos unos capítulos, pero si Dios lo indica, debe ser verdad. Juan fue el más grande de los profetas. El más entregado. El más consagrado. El más entero.

Entonces analizo mi corazón de madre y me quedo helada al comprender mis intenciones. En el fondo, me gustaría criar a un Sansón: un hombre fuerte, atractivo, luchador. Sansón se nos presenta como el súper héroe de todos los tiempos. Un hombre incomprendido, pero exitoso. Un hombre a quien nadie le veía la cara. Un hombre al que todos los demás temían. Un hombre pasional y apasionado. Un hombre extraordinario.

¿Entonces por qué al leer su historia me siento tan decepcionada? Porque lo que para el mundo podría ser un súper héroe, para Dios fue un hombre que no tomó en serio la santidad de Dios.

Por otro lado, muchas veces me aparto y escapo de la posibilidad de criar a un Juan el Bautista. ¿Criar a un loco? Juan era un esenio, un hombre del desierto que vivía en soledad y ayunaba, que vestía como un pordiosero y comía langostas, lo que los pobres consumían. Su apariencia física se había deteriorado por la agresión del clima del desierto. Juan no ganaría en un concurso de fama o simpatía.

¿Entonces por qué al leer su historia suspiro y lo admiro? Porque para Dios, Juan fue el mayor de los profetas. Juan fue elegido para la misión que muchos anhelaron: preparar el camino del Señor.

¿Estoy preparada para criar a un Juan el Bautista? ¿O me interesa más criar a un Sansón al que aplaudan las multitudes? Ambos morirán tarde o temprano. Ambos cumplirán con el plan del Señor, aún a pesar de sí mismos. Pero uno vivirá en santidad y el otro no.

¿Y qué puede una madre hacer al respecto? ¿No deciden ellos a cierta edad su camino? ¿No son responsables? Sí. Ellos, a final de cuentas, decidirán cómo vivir en santidad delante de Dios. Pero me pregunto si como madres podemos influir en fortalecer sus espíritus para el momento de la prueba.

Y aquí me detengo en los padres de Sansón. Vemos en la juventud de éste, a unos padres complacientes. Unos padres que consienten los caprichos de su hijo, y esto no creo que haya sido un momento de debilidad, sino tal vez una práctica diaria. Me veo a mí misma y veo a muchas madres modernas y me paralizo. ¡Estamos criando Sansones!

Los llevamos a la iglesia y les leemos la Biblia, oramos con ellos y los exhortamos con versículos bíblicos, pero alimentamos sus pasiones. Al igual que a Sansón, al primer berrinche cedemos ante sus deseos. No nos gusta verlos llorar, así que los callamos como podemos, dándoles lo que piden. ¿Qué estamos propiciando? Niños que quieren en este instante un capricho, y que nada los detendrá para obtenerlo. Hoy es un dulce, mañana es Dalila. Hoy es ganar sobre sus padres, mañana es destruir a los invitados de una fiesta.

Criamos a Sansón al ceder ante sus deseos. Al premiar su gula y su avaricia con cosas, no con lo eterno. Criamos a Sansón al tomar la santidad con ligereza. Al acariciar más su fuerza que su corazón. Criamos a Sansón al no ponerle límites. Y sí, quizá la esposa de Manoa estaba cansada, era una mujer de edad avanzada. Tal vez tenía otras responsabilidades. Resulta agotador andar tras un niño vigilando sus pasos. Siempre será más fácil ceder. Pero nunca será más beneficioso a la larga.

Criamos a Sansón al tratar de evitar las lágrimas y el dolor. Criamos a Sansón al centrar nuestra educación en lo que no debe hacer, y no en una relación con Dios. Criamos a Sansón al ser nosotras mismas un Sansón. Pues Sansón está dentro de nosotras. Nosotras también buscamos alimentar nuestro yo. Nosotras también deseamos satisfacer nuestros anhelos.

En nosotras hay un Sansón. Pues Sansón, a final de cuentas, cumplió su cometido. Sansón hizo lo que Dios estipuló y destruyó a sus enemigos filisteos. Sansón sirvió a Dios. Pero en su vida no hubo gozo ni paz, no hubo comunión constante con Dios. En Sansón vemos altos y bajos, vemos relaciones personales insatisfechas y tóxicas; encontramos a un hombre solitario y frustrado. Pues al final, Sansón quedó solo.

Juan, por el contrario, cosechó amigos y discípulos que se mantuvieron fieles hasta el final. Juan tuvo un lugar muy especial en el corazón de su primo, Jesús. Juan obtuvo los elogios del mismo Padre, y hasta hoy su ejemplo persiste. Aunque vivió solo, sufrió mucho, lloró aún más, ante los ojos de Dios, valió la pena.

¿Y cómo se cría a un Juan? No lo sé. Pero sugiero que se hace lo opuesto que hicieron los padres de Sansón. No se premia su carne; no se alimentan sus deseos. Se mata de hambre al «yo» para dar lugar a «Él». Pues solo Juan pudo haber dicho: “Es necesario que yo mengüe, pero que él crezca”.

Y la única manera de criar a un Juan, es siendo una Elisabet. Más allá de apartar a nuestros hijos por medio de reglas, está apartar el corazón de nuestros hijos para Dios. Propongo que Elisabet oró largas horas por su hijo. Propongo que Elisabet lloró muchas noches en busca de la dirección de Dios. Propongo que Elisabet muchas veces dijo “no”, por el bien de su hijo. Propongo que Elisabet habló de Dios con Juan en muchas ocasiones. Aún más, propongo que Elisabet habló con Dios de Juan en muchas ocasiones.

Quizá la esposa de Manoa decía: «Eres especial, Sansón. Serás un campeón». Quizá Elisabet decía: «Eres apartado, Juan. Sufrirás por él».

No estoy proponiendo una vida de castigo. No digo que los niños deben llorar a todas horas. Solo sugiero que en este mundo moderno nos encanta premiar a la naturaleza pecaminosa. ¿Cuándo premiamos la fidelidad con un tiempo a solas con Dios? ¿Cuánto alentamos la lectura?

Pero no podemos criar lo que no somos. Ser madres al estilo de la mujer de Manoa nos da lo mejor de dos mundos. Cumplimos con Dios, pero no nos fatigamos tanto. Ser madres como Elisabet implica morir. Morir a nuestros deseos, morir a nuestro yo. Requiere creer que nuestros hijos han sido apartados, y conlleva el luchar contra viento y marea para mantenerlos santos.

Los primeros cinco años de vida son cruciales. Así lo demuestra otra mujer que crió a un nazareo, Ana. Pero si los primeros cinco años han pasado, aún hay esperanza. Pues tenemos a un Dios de milagros; tenemos a un Dios de lo imposible. Un Sansón aún puede tornarse en un Juan el Bausita. Solo se necesita que la madre ponga a su hijo en manos de Dios y siga el camino de Elisabet.

¿Estamos criando a Sansón? ¿Alimentamos más sus placeres que su espíritu? ¿Creemos con firmeza que nuestro hijo puede llegar a ser un siervo de Dios? ¿Estamos dispuestos a hacer nuestra parte? Entonces se necesita tiempo para orar, esfuerzo para entrenar, amor para disciplinar.

Jesús se despide de Juan con estas palabras: «Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí». Y podemos orar: «No hay tropiezo en ti, Señor. No hay contradicción. Toma a este hijo mío para tu obra. Hazme el padre o la madre que él necesita. No hay tropiezo en ti…»

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