El día del Señor

Éfeso, primer siglo

«Te espero mañana para vender, Calista», le dijo su patrona. 

Ella agachó la cabeza. Dionisia había enfermado y por esa razón su patrona le pedía algo fuera de lo común, pero Calista titubeó. Las ventas de aceite se daban por la mañana, pero por la tarde se encontraría libre para acudir a casa de Aquila y Priscila. 

«¿Qué pasa? Ah, ya sé. Esas ideas te han enloquecido», suspiró su patrona. 

Para Calista más bien la habían rescatado de la locura. La habían librado de creer que su mejor opción era servir en el templo de Diana o aceptar la esclavitud, buscar riquezas ilícitas o corromper su carácter. 

«El único señor es el emperador Domiciano», le recordó la señora Julia. «Y mañana es su día, uno para ofrecer libaciones y sacrificios». 

Julia, sin embargo, no era tan intolerante como otros. Apreciaba a Calista, porque conoció a su madre antes de que muriera. Pero no comprendía por qué Calista debía reunirse para romper un pan y dar gracias a un rabino judío que murió crucificado como un crimial. 

Tristemente, Julia no vio los milagros, como la sanidad del tío de Calista, ni había querido escuchar las palabras de vida que un judió llamado Marcos había escrito unos años atrás. 

«Dime, ¿qué tanto hacen ahí?»

¿Cómo explicar los cantos y las lecturas? Además, la abundancia en la mesa siempre la conmovía. Ella, que apenas y probaba manjares durante la semana debido a su condición social, se maravillaba ante los platillos que las mujeres más acaudaladas proporcionaban para las fiestas de amor. 

«En fin, no voy a cambiar tu forma de ser, ni lo que crees. Y debo aceptar que has mejorado; eres más ordenada y honesta, y atraes clientes. Ya, ya, no me miras así. Le pediré a otra que venga y te daré el día, si tanto insistes».

Calista ni siquiera había abierto la boca. 

«Anda y celebra el kyriakós (día del señor)». 

«Más bien, kyriakén dé kyríou (el día del Señor del Señor)», susurró y los ojos de Julia se abrieron de par en par. 

¿Eres venenoso?

¿Sabes en qué país del mundo hay más especies venenosas? Correcto. En México, seguido por Brasil y Australia.  

Los animales producen veneno por dos razones: defenderse contra depredadores y cazar su alimento.  

Los seres humanos también creamos mecanismos de defensa para proteger nuestro corazón. ¿Has usado alguno de estos? 

Quizá, como la rana dardo, usas colores en tu piel muy vivos para advertir a los otros de no acercarse. Por medio de tu forma de vestir y conducirte haces que las personas mejor se den la vuelta y ¡ni se atrevan a mirarte! Por cierto, la rana dardo dorado puede matar a diez humanos adultos con su veneno. ¿Usas tú el veneno del recelo? 

Tal vez eres más como una víbora Gariba, que mata entre el 10 y el 20% de las personas a las que muerde. Es agresiva y busca los lugares con alta población humana. En otras palabras, tú también puedes ser sociable, pero ¡cuidado! Que nadie te moleste o que se atenga a la consecuencia de tu enojo.  

La Taipán del interior, por otro lado, es una serpiente que tiene suficiente veneno para acabar con 125 humanos adultos en 45 minutos, pero es muy tímida y solo muerde si uno la acosa mucho. Puede ser que tú no te metas con nadie, pero si te lastiman, ¡no respondes! El veneno del rencor es muy peligroso. 

Finalmente, el mosquito es el que más muertes produce. Son ligeramente venenosos, pero si nos pican pueden contagiarnos de enfermedades como el dengue o la fiebre amarilla. Cada año, 700 millones de personas contraen una enfermedad mediante la picadura de un mosquito. Cada año, también el chisme provoca más divisiones y pleitos que una guerra. 

Estos venenos que hemos mencionado son altamente peligrosos, pero existe una solución. Dios es el único antídoto contra ellos y cuando forma parte de nuestra vida puede producir en nosotros el perdón, el amor y la bondad que tanto necesitamos.  

Sea que te enojes o insultes para atacar, o que manipules y mientas para defenderte, no seas una persona tóxica. «¿Y dejarme golpear por la vida y por otros?», te preguntarás. Mejor deja que Dios te proteja:  

«Con tu poder, Dios mío, me siento protegido; ¡tú, Dios mío, eres mi defensa!» (Salmo 59:9).

La vida: regalo de Dios

Mucho se ha escrito y se escribirá de Roberto Gómez Bolaños, conocido como Chespirito, pero quisiera aportar mi pequeño recuerdo. No tendría más de diez años, pues he verificado que la obra “Títere” se presentó hasta 1985, cuando el terremoto destruyó los teatros donde se montaba.

Mis abuelos, mi mamá, mis dos hermanas menores y yo nos sentamos en las butacas del Televiteatro para ver lo que sería —para mis hermanas y yo— nuestra segunda obra de teatro musical. (La primera fue Peter Pan con Lolita Cortés como Peter Pan y el Loco Valdés como el Capitán Garfio).

La historia de “Títere” se basa en el cuento de Pinocho, y si bien conocía la trama, me enganché desde el principio. Me costó de momento olvidar que Florinda Meza no era la Chimoltrufia, sino Betel, un hada buena. Y que Chespirito era Pepe Grillo, la conciencia de Pinocho, y no el Chapulín Colorado. Pero gracias al profesionalismo de los actores, pronto me sumergí en un mundo de canciones, coreografía y magia.

Mi hermana menor se involucró tanto en la historia (solo tenía tres o cuatro años) que lloró amargamente cuando Pinocho es enjaulado por el Gato. Me parece que mi mamá la tuvo que sacar del teatro.

Pero unas semanas después, quizá meses, mi madre nos compró el disco LP de la obra musical. Me parece que lo escuchamos dos o tres veces al día durante una buena temporada. Mis hermanas y yo lo escuchábamos, bailábamos y escenificábamos cada escena. Memorizamos las canciones y hasta hoy podemos entonar: “¡Qué niño tan torpe! Es torpe de verdad; pues entre los torpes, jamás tendrá igual…” (hablando del muñeco de madera cuando trata de caminar).

¿Y qué tal ésta? “Como actor tengo muchísima madera, eso lo nota cualquiera” (Pinocho debutando en el teatro). “Debo ser un actorazo de abolengo, por las tablas que yo tengo”.

Sin embargo, algo que aplaudo y estimo de la obra de teatro de Roberto Gómez Bolaños está en el mensaje central de la canción lema: “La vida es el regalo mayor…. No existe nada mejor… es tan hermoso saber que vivimos… tan fascinante tener este don. La vida es un regalo de Dios”.

De niña no tenía mucho dinero para ir al teatro, sin embargo, esta obra marcó mi infancia y desde entonces el teatro musical me ha cautivado. Por otra parte, ciertamente reflexiono en que la vida es un regalo de Dios, y hoy que la tengo, debo usarla sabiamente pues el tiempo es corto.

Chespirito murió a los 85 años. ¿Quién sabe a cuántos llegue yo? Pero ciertamente es fascinante tener este don.

Rebuznos

Uno de mis autores favoritos es Luis D. Salem o Aristómeno Porras; quizá porque lo conocí, tal vez porque tomé café en su casa. Entrado en años, seguía amando las letras e impulsando a escritores. 

En uno de sus libros dice: «Esperamos que estas páginas digan algo al lector. Si no, recomendamos lanzarlas al fuego ya que mal hace quien guarda cosas donde no haya una enseñanza o una chispa de amor que ilumine el alma». 

Ahora que toca guardar cosas de invierno y revisar que todo esté en orden en casa, reviso los libros también. La mayoría ha aportado una lección o una brisa fresca de amor para el alma. Algunos, muy pocos, se han ido, no a las llamas, sino quizá al reciclaje. 

Sin embargo, la frase de mi mentor me hace pensar en la seriedad del oficio de escribir. Qué fácil es escribir y no decir nada, o escribir sin amor, o rebuznar, como hacía Sancho Panza. 

Luis D. Salem explica que las personas que rebuznan son las que, con «frases imprudentes echan a perder cosas de valor como la armonía en la familia, en la comunidad, etcétera». Y qué fácil es, en las redes sociales, rebuznar. 

Como Sancho Panza, decidamos poner silencio a nuestros rebuznos, y escribir y hablar cosas que enseñen y que incluyan un chispa de fe, esperanza y amor.

(Diez burritos, Luis D. Salem)

El óbolo

Por Keila Ochoa Harris

La pesadilla comenzó como tantas otras. Artemia, quien realmente era una versión joven de su abuela, se acercaba a la orilla con manos titubeantes. Caronte, el barquero de Hades, el encargado de guiar a los difuntos al otro lado del Aqueronte exigía un óbolo, una moneda, para pagar el viaje.

Entonces Artemia abría la mano. Vacía. El anciano flaco y de ropajes oscuros arrugaba la frente con tal fuerza que los pliegues le daban un aspecto feroz, luego la echaba fuera con palabras petulantes y groseras. Sin moneda, no había cruce. Ahora Artemia debería vagar cien años antes de que le permitieran cruzar el río.

Despertó con el corazón palpitante, pero de inmediato se dio cuenta que la abuela tosía y se acercó a su lado.

—Yiayia, ¿estás bien?

—Ya se me pasará. —Artemia se acurrucó a su lado. Hacía días que la abuela no se levantaba, se fatigaba a cada instante y sentía un dolor insistente en lo más profundo de sus entrañas—. ¿Te he contado mi mayor anhelo? Ver a Jesús en las nubes tal como se fue. Cada mañana despierto y le digo: «Ven hoy, Señor Jesús».

Artemia contempló el techo pintado de blanco, luego miró la vasija de cerámica en la que reposaban las cenizas del abuelo quien había muerto antes que su familia decidiera seguir a Jesús.

Aún podía recodar el llanto de la abuela y la histeria de las plañideras. Jamás olvidaría lo que la abuela le susurró cuando los ritos funerarios terminaron: —Es un viaje sin retorno. No hay solución para la muerte.

Sin embargo, no olvidaron colocar el viático de Caronte en la boca del abuelo asegurando la protección del alma del difunto.

Al día siguiente, la abuela murió. Hombres y mujeres de la iglesia se presentaron para consolar a la familia, pero el corazón de Artemia parecía haberse detenido a la par del de su abuela. Habían cambiado de religión por sugerencia de la abuela, pero ni su padre ni ella se encontraban plenamente convencidos del nuevo credo.

—No tengas miedo, Artemia —le dijo su amiga Sixta, una esclava huérfana de su edad que conocía bien las pérdidas.

—Ella no quería morir. Deseaba ver a Jesús en las nubes. Quizá todo esto es falso. No ha valido la pena. Mi abuela dio casi todo su dinero para pagar la fianza del hermano Jasón. Y ¿para qué?

Sin embargo, un pensamiento más inquietante la perturbaba. Debía colocar un óbolo en la boca de su abuela antes que la cremaran. Desafortunadamente, los ritos se sucedieron con una lentitud impresionante. La música funeraria con los instrumentos de viento se evitó. Su padre accedió a que se entonaron los salmos hebreos que algunos de los cristianos conocían. Artemia no comprendía la letra, pero el ritmo la tranquilizó medianamente.

Su padre decidió entonces que aguardarían la visita de Timoteo para el elogio por la finada abuela. Todo esto inquietaba a Artemia quien solo tenía una idea en mente: salvar a su abuela de cien años de vagar por el mundo.

Nada, ni siquiera la ligera lluvia que apaciguó el calor veraniego de Tesalónica, tranquilizó a Artemia, y Sixta percibió su inquietud.

—Si tan solo estuviera Pablo, él te animaría —le susurró.

Pero no estaba ahí. Unos años atrás había anunciado el mensaje más sencillo del universo: fe para salvación, y Yiaiyia no dudó en aceptarlo. Le siguió su padre y luego ella misma, pero ahora el recuerdo no la consolaba. ¿Quién trenzaría su cabello? ¿Quién dirigiría la casa? ¿Quién la abrazaría por las noches?

Su padre ni siquiera había mencionado el óbolo. No creía más en esa práctica, pero Artemia buscó dos monedas y las ocultó entre sus ropas. Seguramente dos monedas harían que Carento y Hades pasaran por alto su afiliación al cristianismo.

¿Pero si los romanos estaban mal? ¿Si los cristianos tenían razón? ¿A qué deidad ofendería?

Así pasaron tres días de tormento, hasta que llegó Timoteo. La pequeña comunidad cristiana se reunió alrededor del cuerpo inerte y Timoteo alabó la fe de la abuela quien no había dudado en seguir las pisadas del Maestro.

Entonces sacó un pergamino y lo abrió lentamente. Se trataba de una carta para los miembros de la iglesia, pero, aunque prometió que la leería en su totalidad más tarde, Timoteo decidió enfocarse en una parte.

«Hermanos, no queremos que ignoren lo que va a pasar con los que ya han muerto, para que no se entristezcan como esos otros que no tienen esperanza. ¿Acaso no creemos que Jesús murió y resucitó? Así también Dios resucitará con Jesús a los que han muerto en unión con él».

Artemia apretó las monedas contra la piel hasta provocarse dolor. ¿Qué debía hacer? Su padre asintió con la cabeza y unos esclavos entraron para cargar el cuerpo hacia el cementerio. Mientras todos abandonaban el salón hacia la calle, Artemia supo que tendría segundos para colocar las monedas.

Se aproximó al cuerpo y alzó la mano, pero recordó las palabras de Pablo. «No se entristezcan como esos otros que no tienen esperanza». La abuela había depositado su total confianza en Jesús. Ella había creído, y Artemia debía hacer lo mismo. Así que, dejando escapar el aire lentamente, dejó caer las monedas al piso de mosaicos y se despidió de Yiayia.