Sólo tomó un pincel

Solo tomó un pincel
y trazó la silueta de un hombre.
Colores brillantes,
figuras rodantes,
retazos de arte.

Colgada en un museo está
aquella sencilla pintura,
en que el autor simplemente
buscaba su identidad.

De aquella pintura
nacieron otras que formaron un mural.
Risas y llanto,
siluetas y trazos,
lamentos y cantos.

Colgadas en un cuarto están
todas esas pinturas,
en que el autor simplemente
encontró su libertad.

La gente no apreció
el arte de aquel artista frustrado.
Comentarios de maldad,
críticas sin piedad,
falta de bondad.

Colgada en su corazón está
aquella sencilla pintura,
en el que el autor simplemente
denuncia la falsedad.

Envejecer con gracia

Esto lo aprendí de alguien que hoy ya no está con nosotros, pero que dejó grandes lecciones:

1. Sonríe. Tu sonrisa puede decir con más claridad lo que las palabras no alcanzan a expresar. Aún en medio del dolor o la vejez, tu sonrisa anima a otros.

2. Sirve. Un maestro siempre se mantiene vivo a través de lo que transmite a sus alumnos y lo que aprende de ellos. Enseña, trabaja, visita. No te canses de hacer el bien.

3. Comparte. Tienes mucho para dar. Simplemente cuentas con un regalo especial: tu experiencia. Cuenta a otros tus vivencias, tus opiniones, tus aventuras. Comparte tu sabiduría, tus libros, tu música, tus recuerdos.

4. Recuerda. Mira hacia el pasado con gratitud, no con amargura. Cuenta tus bendiciones, aún en los problemas que te han fortalecido. Acepta lo que te tocó vivir; gózate en la heredad que Dios te ha dado.

5. Sé fiel. No hay mayor ejemplo que el de la fidelidad. El campesino que año tras año siembra y cosecha, deja más fruto que el aficionado que ya se cree mucho por tener una planta en casa.

En memoria de Phyllis Cox.

Abejas y dioses

Resulta fascinante investigar y conocer otras culturas. Las civilizaciones prehispánicas en México aún causan sorpresa, extrañeza e interés. Los mayas, en particular, asombran por su inteligencia y sagacidad.

Matemáticos, astrónomos, arquitectos, poetas. Hombres y mujeres que han heredado —pues aún los hay— fortaleza y sagacidad ante un mundo cambiante.

En Tulum, uno de los centros arqueológicos mayas que aún quedan, se levanta un templo pequeño, un tanto ladeado, que pertenecía al dios de la miel (o el dios abeja). ¿Quién era ese? Nos cuenta la historia que Tulum —cerca de Cancún— era un puerto de contacto. Se encuentra en una pendiente desde la que se observa el mar Caribe, con sus tonos azules y su arena blanca, en un sitio estratégico para detectar huracanas y embarcaciones enemigas.

Sin embargo, muchos navíos eran amigos, no enemigos, e intercambiaban productos. Hasta el día de hoy, la zona de Cancún, Playa del Carmen, la Riviera Maya, no se caracteriza por su producción agrícola o ganadera. Hoy se sostiene del turismo; ¿y en la época prehispánica?

¡Producían miel! El guía de turistas mencionó que las abejas por esa zona no pican. (Aún tengo mis reservas). Pero en vista de que la miel abundaba y les proporcionaba otros productos, los mayas erigieron un templo.

Las civilizaciones antiguas solían rendir tributo o inventar un dios para asegurar su futuro. Quizá para nosotros suene descabellado y bárbaro, pero no somos tan distintos a esos mayas. Tal vez en unos siglos más, los futuros moradores de la Tierra verán nuestras ciudades como ruinas y observarán unos arcos dorados. Se preguntarán si son nuestros dioses o nuestros altares. ¿Quién les explicará que se trata solo de un McDonalds?

¿Loción o crema?

Aprender un nuevo idioma toma tiempo, pero también es toda una aventura.

Una amiga me obsequió algo que parecía una crema o loción para el cuerpo. Por supuesto que no entendía las letras «chiquitas» en el nuevo idioma que estoy aprendiendo, pero la traducción al inglés decía Body Butter. Mantequilla, algo cremoso, así que deduje: una crema o loción para el cuerpo, que además olía muy bien.

De ese modo, comencé a embadurnarme con ella los brazos y las piernas para humectar mi piel. Lo hice durante dos semanas hasta que una mañana noté unas manchas rojas en mis piernas. Luego rocé mis brazos y la sensación fue rasposa. ¡Mi piel se estaba quemando!

Para entonces ya habían transcurrido dos semanas en el nuevo país. Las palabras ya no sonaban tan alienígenas como al principio sino que tenían sentido. Así que volví a leer las letras chiquitas. Decían: gel para la ducha. ¡Me estaba poniendo jabón y no lo estaba enjuagando! Con justa razón mi cuerpo protestó.

Pero esto me hizo pensar en dos cosas: Primero, ¡qué maravillosa obra de ingeniería tenemos en nuestros organismos! Mi cuerpo me alertó del peligro, y con el paso de los días, mi cuerpo se ha ido regenerando y renovando a pesar de mi torpeza. Segundo, nuestras deducciones no siempre son acertadas. A mis ojos parecía una crema, pero por dentro era otra cosa. Cuántas veces nos dejamos guiar por las apariencias y juzgamos a los demás sin conocerles.

Leamos las letras «chiquitas» y démosle a todos una oportunidad antes de juzgar. Y aún más, demos gracias por el maravilloso cuerpo, esta ingeniosa obra, que nadie ha logrado duplicar.

Lágrimas

Tú que viste las lágrimas de…

David cuando era perseguido por sus enemigos

Job cuando padeció una terrible enfermedad

Jeremías cuando miraba la destrucción de Jerusalén

Daniel cuando comprendía el futuro de su pueblo

Magdalena cuando halló la tumba vacía

Pablo cuando escribió sus epístolas

Jesús cuando contempló a María y a Marta endechar a Lázaro

Tú que viste esas lágrimas y los consolaste, ¿verás las mías también?