La Gran Historia

Historia, con mayúscula. Uno de mis momentos magisteriales más motivantes se ha dado cuando he podido enseñar historia. En primaria pude recorrer la historia de México con mis alumnos de tercero y cuarto grado. Cuando enseñé una segunda lengua, traté de introducir pequeñas viñetas históricas de la cultura para que mis alumnos comprendieran más el contexto de muchas palabras y frases. Después, cuando enseñé preparatoria y fui maestra de la materia: Historia de la Iglesia, mis sueños se cristalizaron. 

Hoy extraño enseñar historia, pero sobre todo la que lleva letra mayúscula, es decir, la gran Historia. ¿Por qué? Porque la historia importa. Lo que sucedió antes ha marcado una diferencia. De hecho, el cristianismo no es tanto una serie de doctrinas o una teoría, sino algo que pasó, que pasa y que pasará. 

El cristianismo, más que una filosofía, es una forma de vida, y no hay vida sin historias. De hecho, el pináculo de toda época se llevó a cabo en el primer siglo de nuestra era cuando Dios, hecho carne, habitó en la antigua Palestina y el tiempo y la eternidad se fusionaron. Él vino a habitar en el tiempo para salvarnos. 

Por lo tanto, cuando uno cree en Jesús, cuando uno se «convierte» en cristiano, uno entra a esta historia, uno se vuelve parte de la gran Historia. No sólo cambia nuestra manera de pensar, sino de ver la vida y de actuar. Nuestras creencias se vuelven práctica y marcan la historia de nuestras familias, nuestras comunidades y nuestros países. 

Por eso, disfruta tu parte en la gran Historia; medita en lo que ha ido mal; pide que Dios dirija tus pasos, pero en ese mismo sentir, aprende del pasado, camina junto los que se han adelantado y escucha sus consejos, sumérgete en los Evangelios aprender de la vida del Señor de la Historia, y recuerda que eres parte de algo vivo que está dejando huella. 

En el balance de mi vida

Mañana cumplo 50 años, y este poema que escribí hace mucho, resume bien mi vida.

En el balance de mi vida
Son más mis desaciertos que mis aciertos
Son más mis fracasos que mis victorias
Son más mis penas que mis alegrías

En el balance de mi vida
Le quedo debiendo a mi familia
Le quedo debiendo a la sociedad
Y sobre todo a ti, Dador de la Vida

En el balance de mi vida
De nada me enorgullezco
De nada me aferro
Porque todo lo he perdido

En el balance de mi vida
¿Me quieres mostrar tu libro?
¿Quieres que lo vea ahora?
¿En medio de tanto suplicio?


Sí, ya veo… este es el balance de mi vida

¿Pero de dónde salen estos aciertos?
¿De dónde provienen estas alegrías?

Señor, ¿cómo pudiste
borrar mi pasado vergonzoso?
¿Olvidarte de mi egoísmo?

La sangre cubre mis transgresiones
La sangre me libra de la sentencia
La sangre de Cristo me regenera

Ya no hay sombra
Ya no hay muerte
Solo una cruz de madera

No estoy yo, sino Él
No tengo nada, sino a Él
No soy nada, sin Él

Pero Él es suficiente
Y siendo un Dios de amor
Me da un saldo a favor

Sucedió en el año 250 A.D.

Esta es la historia de un padre y sus dos hijas; sus luchas, secretos, dudas y amenazas en 250 AD, la época de San Cipriano. Esta es la historia de Timoteo, un padre dispuesto a dar su vida por su fe pero que jamás perderá el amor por sus hijas; de Irene, una hija mayor, responsable y obediente que enfrentará la realidad de morir, vivir o sobrevivir por su Dios; y de Juliana, una hija menor que después de perderlo todo, volverá en sí. Esta es la historia del ágape de los griegos, la caridad de los romanos, el ahava de los judíos: el amor incondicional que se entrega y todo lo soporta. Esta es la historia de un hogar, en el que hay lugar más que suficiente.

Un extracto:

Esa noche Irene soñó con la abuela Perpetua y la historia de su familia.

Al morir Perpetua, el bisabuelo Primus se encargó de la educación de Timoteo. Pero una vez que Timoteo alcanzó la juventud, no impidió lo que tanto temía. Timoteo leyó el diario de su madre y creyó en Cristo. El bisabuelo lo desheredó. Murió del coraje y dejó todo en manos de la tía. La tía no dudó en adueñarse de todo.

Timoteo crió a sus hijas con el diario de Perpetua como lectura obligada. Irene lo podía recitar de memoria, y durante esas horas de ensueño, pues no logró dormir con profundidad, aterrada por lo desconocido, repasó algunos fragmentos.

“Nos echaron a la cárcel y yo quedé consternada porque nunca había estado en un sitio tan oscuro. El calor era insoportable y estábamos demasiadas personas en un subterráneo muy estrecho. Me parecía morir de calor y de asfixia y sufría por no poder tener junto a mí al niño que era tan de pocos meses y que me necesitaba mucho. Yo lo que más le pedía a Dios era que nos concediera un gran valor para ser capaces de sufrir y luchar por nuestra santa religión”.

“Desde que tuve a mi pequeñín junto a mí, y a aquello no me parecía una cárcel sino un palacio, y me sentía llena de alegría. Y el niño también recobró su alegría y su vigor”.

¿Qué haría falta para que Irene obtuviera un palacio? A Horacio a su lado, pero solo si estuviera segura de su amor. ¿Amor? Él quería a Juliana.

Repasó uno de los sueños de su abuela. Una voz le informó que tendría que subir por una escalera llena de sufrimientos, pero que al final de tan dolorosa pendiente, estaba un Paraíso Eterno.

Más tarde el juicio. Luego su conversación con su padre.

—No persistas en llamarte cristiana, hija mía.

—¿Padre, cómo se llama esa vasija que hay ahí en frente?

—Es nada más que una vasija.

—A esa vasija no se le llama pocillo ni cuchara, porque es una vasija. Y yo que soy cristiana, no me puedo llamar pagana, ni de ninguna otra religión, porque soy cristiana y lo quiero ser para siempre.

Cristiana para siempre. Más que hija o hermana, posible esposa o madre. La abuela Perpetua lo entendió. ¿Y ella?

—Abuela, ayúdame —rogó Irene—. Quiero ser valiente como tú, pero no puedo.

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La motivación de un comandante japonés

¿Qué te motiva a ti?

Por Keila Ochoa Harris

Diligencia: cuidado, atención, solicitud, eficiencia, eficacia, esmero, interés y celo. Estas palabras nos hacen temblar un poco. ¿Cómo lograr esa prontitud, agilidad, prisa, presteza, celeridad y premura en nuestras labores diarias? 

Al pensar en esta palabra me vino a la mente la imagen de un ejército, donde hay disciplina y control. Y al pensar en distintas milicias me vino a la mente la de Japón, siempre estructurada y combativa. 

En 1941, el comandante Mitsuo Fuchida dirigió el ataque aéreo a la base naval de Pearl Harbor. ¿Qué lo motivaba? ¿Luchar por su país? ¿Cumplir con las órdenes que le habían dado? Ese siete de diciembre, a las 7:40 de la mañana, ordenó el ataque y luego envió el mensaje: «¡Tora! ¡Tora!», para señalar que había logrado su objetivo: tomar a los americanos por sorpresa. 

Esa mañana murieron 2403 americanos y 64 japoneses. Al otro día, los Estados Unidos de América declararon la guerra contra Japón. Fuchida participó en otros ataques y evadió la muerte.

Tampoco practicó el suicido con el ritual japonés para morir con honor, (hará-kiri) en lugar de caer en manos del enemigo. 

Cuando terminó la guerra y regresó a su granja, tristemente, se sintió sin propósito y perdido. Sus primeras victorias se desvanecieron con el peso de la derrota. Pearl Harbor palideció frente a Hiroshima y Nagasaki. Sus éxitos militares se desvanecieron ante la realidad de un país destruido y derrotado. No tenía ninguna motivación para seguir adelante.

Entonces, en 1947, participó en los juicios por crímenes de guerra. Ahí se reencontró con un amigo, Kazuo Kanegasaki, quien había sido capturado por los americanos. 

«Seguramente te maltrataron», le dijo Fuchida. En sus campamentos de prisioneros, los japoneses habían sido bastante crueles. Fuchida no esperaba menos de los americanos. Sin embargo, Kanegasaki le contó una historia diferente. Una mujer llamada Peggy Covell les había mostrado gran amabilidad. A pesar de que los japoneses habían matado a sus padres misioneros en una prisión en Filipinas. Fuchida se quedó perplejo. No podía ser posible. La ética militar permitía la venganza. Ojo por ojo, diente por diente. 

Más tarde, en 1948, Fuchida recibió un folleto de la vida de Jacob DeShazer. En este relataba que mientras fue prisionero en Japón, «conoció a Dios». Fuchida entonces comenzó a interesarse en el cristianismo. Compró un Nuevo Testamento y leyó Lucas 23 por primera vez. 

«Se me humedecieron los ojos, y pronto sentí cómo rodaban por mis mejillas grandes lágrimas. Pude contemplar la cruz del Gólgota, y volví mis ojos hacia Cristo». 

En 1949, Fuchida creyó en Cristo. El arquitecto del ataque a Pearl Harbor encontró el perdón de Dios. Supo que lo necesitaba y lo recibió con los brazos abiertos. No es extraño que su versículo preferido fuera: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34).

A partir de esto, estableció una asociación evangelística. Empezó a viajar a muchas partes para compartir su historia de conversión. Publicó varios libros y murió a los 73 años. 

Fuchida dibujó un mapa a mano que mostraba la destrucción del ataque a Pearl Harbor. Se vendió en $425 000 dólares en una subasta en Nueva York en 2013. La fundación Jay I. Kislak compró el mapa. Más tarde lo donó a la biblioteca de Miami-Dade, que a su vez lo vendió a la Biblioteca del Congreso Americano en 2018. 

Sin embargo, el mapa más importante que dejó Fuchida se resume en el título de su autobiografía: «De Pearl Harbor al Calvario». Fuchida, como buen capitán japonés, fue un soldado disciplinado y obediente a sus generales. Sin embargo, el amor de Dios le dio más motivación y una nueva meta: compartir con otros sobre el perdón de Dios. 

Su educación militar lo transformó en un evangelista que no se rindió hasta que Dios lo llamó a su presencia. Perfecto no fue. Seguramente tuvo que vivir con los errores de su pasado y la guerra marcó su vida de muchas maneras. 

Del mismo modo, quizá traemos remordimientos a cuestas. Algunas cosas que nos avergüenzan de nuestro pasado. Otros hemos sido diligentes en eventos, situaciones y objetivos poco valiosos. Unos más atravesamos la guerra de relaciones fallidas. Tal vez adicciones peligrosas o ataques ideológicos. 

Durante la Segunda Guerra Mundial algunos encontraron la fe y otros la perdieron. La guerra forzó a muchos a preguntarse sobre la existencia de Dios. Su opinión de la humanidad y el porqué del sufrimiento. No hubo respuestas sencillas. Algunos se acercaron al Calvario, como Fuchida, otros se alejaron. 

Pero aquellos que encontraron a Jesús hallaron también sentido a sus vidas y la motivación de hablar a otros de Él. Muchos escribieron sus testimonios. Hoy podemos leer las historias de Corrie ten Boom, Dietrich Bonhoeffer, Louis Zamperini, Harry y Miriam Taylor, Darlene Deibler Rose y Esther Ahn Kim, entre otros. 

¿Qué tipo de motivación nos rige hoy? ¿La que guio a Fuchida para atacar Pearl Harbor en busca de gloria, venganza o cumplimiento del deber? ¿O nos guía el amor de Dios y la gratitud por su inmenso perdón?

Diligencia: cuidado, atención, solicitud, eficiencia, eficacia, esmero, interés y celo. Palabras que describieron a Fuchida y a otros que aprendieron a pedir perdón y perdonar. Al igual que ellos, reflejemos esa prontitud, agilidad, prisa, presteza, celeridad y premura en compartir con otros que el perdón de Dios es total, perfecto, eterno y suficiente. 

Mamá de Instagram

Imagino que si Sara, la esposa de Abraham, hubiera tenido Instagram, lo habría plagado de las fotos del bebé Isaac. Después de tantos años en espera, habría capturado cada sonrisa, cada gesto y cada logro. 

Sin embargo, el texto bíblico resume la infancia de Isaac de este modo: nació, luego cuando ya era grande… Por el contrario, las escenas que la Biblia menciona de Sara, seguramente no pasarían la prueba de las redes sociales. Dudo que la misma Sara las hubiera elegido para su perfil: su duro trato contra Agar, sus quejas ante Abraham, la risa incrédula cuando el visitante dijo que sería madre.

Reflexiono al examinar mi propia vida y mi relación con las redes sociales. Por una parte, yo también registro los pequeños detalles que quizá en mi currículo vitae no importen tanto. Pero no ventilo mis peleas domésticas, ni mis días malos, ni mis pecados. 

No estoy proponiendo que agreguemos los sinsabores de la vida en nuestras redes. Sino que, cuando seamos tentados a envidiar a los otros o comparar nuestras vidas con las de los demás, recordemos que no nos están contando «toda» la historia, así como nosotros tampoco lo hacemos. 

Y me invito a no perder la costumbre de llevar un diario personal donde pueda compartir mis luchas, mis desaciertos y mis derrotas, porque quizá un día, así como la vida de Sara me inspira —precisamente por sus fallas y su fe—, pueda yo ser de ánimo a otros.