De películas y caballos

Hace unos meses, mi esposo y yo fuimos al cine para ver una película ganadora del Óscar. Por la sinópsis, supusimos que sería una cinta con temática para adultos. Estaba calificada como apta para mayores de 15 años, pero aun así, fue demasiado gráfica y violenta, y desviamos la mirada en algunas escenas.

Pero lo que más nos preocupó fue que frente a nosotros estaba una familia con dos niños entre los 8 y 10 años de edad. ¿Qué hacían ahí?

Podríamos culpar a los padres o a los encargados del cine por dejarlos pasar, pero quizá los padres digan: «Yo dejo que mis hijos vean todo tipo de películas para que estén preparados para el mundo real». Entonces, ¿para qué existe la clasificación en las películas?

Se ha reportado que los niños que ven muchas películas violentas tienen miedos nocturnos, pesadillas recurrentes y falta de concentración en sus estudios. Por otro lado, los psicólogos comienzan a temer que la exposición continua de los niños a la violencia provoque que se vuelvan insensibles al sufrimiento humano.

Pensémoslo así: las películas contienen cada vez más horror e imágenes gráficas de violencia y sexo. Los cineastas se han vuelto expertos en mostrar cuerpos mutilados y los efectos especiales logran aun más detalles de los que necesitamos.

Los niños no tienen los mecanismos de defensa de un adulto, que logran separar la realidad de la ficción. Debido a que ellos piensan de manera concreta, perciben lo que ven en la pantalla como real.

La pregunta entonces es: ¿por qué permitimos que vean películas que no deberían? Tal vez porque es cómodo. Como nosotros queremos ver la película, permitimos que ellos lo hagan también. Quizá sea la presión de grupo. Los primos o hermanos mayores tachan de miedosos a los más pequeños. No queremos quedar mal con la familia extendida.

Lo cierto es que cada padre es responsable de lo que ven sus hijos. La siguiente anécdota me sirvió para formar una postura familiar.

Una mujer vivía cerca de una granja donde tenían varios caballos. En las mañanas le encantaba asomarse y observar a los corceles correr por el campo. Pero en ciertas épocas del año, les colocaban máscaras o antifaces y eso a ella le enfadaba, así que acudió al encargado y le reclamó:

—Pobres caballos, no pueden ver. ¿Por qué los maltratan de esa manera?

Él le mostró que los antifaces estaban hechos de una malla que permitía que los animales vieran.

—Entonces ¿para qué se los ponen?

—Para evitar que las moscas les causen enfermedades, algo muy común en esta época del año.

La mujer se quedó callada. Ella había pensado que los dueños les hacían un mal, pero más bien estaban protegiendo a los caballos para que no quedaran ciegos.

En ocasiones, la sociedad nos tilda de “padres exagerados y anticuados” porque no permitimos que nuestros hijos vean ciertas películas. Creen que los traemos con una máscara o un antifaz, pero en realidad es una malla protectora con la que los protegemos de las «moscas» que pueden contaminar su mente, corazón y espíritu.

Una imagen habla más que mil palabras. ¿Cómo puede un pequeño procesar lo que nosotros ni siquiera logramos explicar? 

Por amor a nuestros hijos, tomemos en cuenta la temática y clasificación del contenido, antes de exponerlos a mentiras disfrazadas de verdad y a realidades que no están listos para procesar.

Los nuevos héroes de la traducción bíblica

Por Keila Ochoa Harris

Mi abuelo solía predicar que solo dos cosas son eternas: la Palabra de Dios y las almas de los hombres. Por esa razón, hace unos veranos nuestra familia visitó San Juan Atzingo, en el estado de Puebla, México, pues queríamos que nuestros hijos vieran que no todos los traductores bíblicos son rubios y altos, sino que hay una nueva generación de héroes: los traductores indígenas.

A 1,462 metros de altitud, San Juan Atzingo tiene apenas unos 3,000 habitantes, pero su letrero de bienvenida nos recuerda que orgullosamente hablan el ngiva, de la familia de lenguas popolocas.

Llegamos durante la Escuela Bíblica de Verano y vimos a más de cuarenta niños que no solo aprendían sobre la vida de José en Génesis, sino que ocupaban treinta minutos diarios para aprender a leer en su lengua.

Como en muchos otros pueblos, los niños aprenden a leer y escribir en español, pero a riesgo de perder sus raíces, y a pesar de que se comunican principalmente en ngiva, no saben cómo decodificar su idioma atonal. Por esa razón, el equipo de traductores de la región se preocupa por enseñarles a leer las historias bíblicas en su propia lengua.

¿Y por qué es tan importante que esto suceda? Si hablan español, ¿no basta la Reina Valera 1960? Recuerdo el día que mi hijo preguntó: «¿Qué idioma habla Dios?». ¿Por qué tantos idiomas? ¿Se remonta todo a la Torre de Babel?

Los expertos le han llamado el «idioma materno» o del corazón, el idioma del vientre con el que pensamos y soñamos, y que para cada ser humano es distinto y único. Puede ser el francés o el portugués, el náhuatl o el tagalo. Y cuando gente como Cameron Townsend comprendió la importancia de que la Biblia, la Santa Palabra, estuviera en la lengua de de cada etnia, muchos salieron de sus universidades para dedicar sus vidas para aprender nuevos idiomas y traducir las Escrituras.

Emmanuel Martínez, sin embargo, no cursó una licenciatura. Y quizá por eso muchas veces se ha preguntado si es el indicado para esta sagrada misión. La familia de Emmanuel es originaria de San Juan Atzingo. A los once años, Emmanuel vivía en Coapa, cerca de Tehuacán, la ciudad más grande cerca de su pueblo, pero dos tragedias sacudieron su vida. La primera fue el alcoholismo de su padre, quien con violencia regía a su familia y cuyo vicio los mantenía en la pobreza. La segunda era su analfabetismo. No sabía leer ni escribir.

Veía como otros niños se detenían delante de los letreros y comprendían lo que esos símbolos negros transmitían, pero él no podía hacerlo. En una de sus visitas al pueblo, se sentó en una de las bancas del templo evangélico y contempló al hombre que estaba de pie al frente sosteniendo un libro de pasta verde. «Dios, si aprendo a leer y a escribir, un día estaré ahí al frente, leyendo de ese libro».

Luego otro hombre se puso de pie, esta vez con un libro de tapa negra, y habló en su lengua de las maravillas de ese volumen que decía era la Palabra de Dios. «Señor», repitió en su interior, «si me enseñas a leer y a escribir, un día seré yo quien esté ahí predicando de ese libro negro».

Para su sorpresa, su madre accedió a que Emmanuel intentara ingresar a la escuela y así lo hizo. Pero lo colocaron en el nivel pre-escolar, ¡siendo él de once años! Sin embargo, las muchas burlas y problemas no lo detuvieron. Avanzó por la primaria, la secundaria y alcanzó la preparatoria. ¡Dios había escuchado!

Sin embargo, hubo un milagro más: su padre conoció a Jesús y abandonó el alcohol. La vida de su familia comenzó una lenta, pero certera transformación. Su padre empezó a ayudar a las lingüistas del pueblo, dos mujeres norteamericanas que merecen otra historia, y cuando su padre murió, Emmanuel sintió que debía continuar la labor que había comenzado.

Al equipo se unió su hermano Carmelo quien solo terminó la primaria y se fue a vivir a Estados Unidos en busca de dinero para que su madre tuviera la atención médica que necesitaba para mejorar su salud. Pero estando en Estados Unidos, escuchó la voz de Dios. Allá se bautizó y se convenció que su lugar no estaba ahí, sino en San Juan, donde hoy se dedica a redactar los primeros borradores del Antiguo Testamento.

Muchas veces al día se pregunta si es el indicado para esa labor por su falta de estudios, pero Dios le recuerda que lo es porque conoce a su gente y su cultura, porque Dios lo ha capacitado de manera sobrenatural para la tarea a la que ahora se dedica a pesar de los problemas económicos, de sus labores como padre y esposo y de las dificultades en el camino.

El Nuevo Testamento, los Salmos y los Proverbios ya se han publicado. La Biblia que se distribuye en ngiva tiene una hermosa presentación con ilustraciones. Actualmente han finalizado hasta 2 Samuel, pero falta camino por recorrer.

Quizá es fácil distraernos por los temas que ocupan las primeras planas y las agendas ministeriales, pero se queda en el olvido de la iglesia la labor silenciosa y ardua de los traductores bíblicos.

Los traductores bíblicos por lo general son personas que no ocupan los escenarios ni se paran delante de los reflectores, pues su trabajo requiere diligencia y atención. Son meses y años de labor los que producen apenas unas páginas del canon. Y si a duras penas oímos de la labor de traductores de primer mundo, ¿qué sabemos de los traductores indígenas?

Nosotros también podemos animarlos. Hay cerca de cien traductores indígenas solo en México. Tal vez debamos reconsiderar como pueblo de Dios el dirigir nuestros recursos para que la gente conozca el texto bíblico. Nuestras ofrendas pueden sostener a los traductores que todavía tienen mucho trabajo por delante. Nuestras visitas los pueden animar a seguir adelante. Todos necesitamos recordar que no estamos solos. Podemos ser esa nube de testigos que nos apoyamos mutuamente.

Hay dos cosas eternas: la Palabra de Dios y las almas. Todo lo demás —edificios, proyectos, plataformas digitales, números— pasará por el fuego y muy poco quedará de pie. Pero la Palabra de Dios no. Gracias a Dios por los valientes que dedican su tiempo a traducir las Escrituras al idioma del corazón de cada pueblo y nación.

El dialecto del amor

La rata topo es un animal increíble. Entre sus curiosidades, está que tienen un complejo vocabulario que transmiten con chillidos, gorjeos y gruñidos.  

Además, los científicos de la Universidad de Pretoria han descubierto que cada grupo tiene su propio dialecto. Es decir, cada grupo se reconoce porque los miembros «hablan igual». Además, las crías no nacen hablando este dialecto, sino que lo aprenden al ir creciendo.  

Tú has aprendido un idioma particular, probablemente castellano o español. Quizá en la escuela has aprendido inglés o francés.  

Sin embargo, hay un idioma muy importante que te abrirá puertas en todas circunstancias y es el idioma del amor. Este idioma no tiene una gramática complicada, ni sonidos extraños. Solo se requieren tus manos y una sonrisa.  

El idioma del amor se habla así: «Haz a los demás todo lo que quieras que te hagan a ti». ¿Lo usamos hoy?

Entrevista sobre La Belleza de la Cruz

«Recordar es volver a vivir», afirma el dicho popular que aplica tanto para las experiencias buenas como para las que resultan desagradables. Algunos recuerdan una enfermedad que les dejó secuelas, un período traumático de sus vidas o una relación nociva como una «cruz» que tuvieron que cargar durante algún tiempo. Al librarse de una situación como estas, muchos no tienen el deseo de volver a recordarla y menos de volver a vivirla.

Pero Cristo cargó una cruz real y vino para mostrarnos cómo vivir según Su voluntad. Los cristianos no recordamos la cruz de Cristo con dolor, sino con esperanza, agradecimiento y reverencia ante el poder de nuestro Salvador sobre la muerte. Por Su obra, Cristo cambió el significado de la cruz y lo que representaba: pasó de significar vergüenza muerte a ser la expresión palpable del amor de Dios por Su pueblo. Por eso, cuando Cristo nos llama a cargar nuestra cruz cada día, quiere que tomemos conciencia de lo que esto significa. No estaremos dispuestos a hacerlo si no comprendemos el significado de lo que Cristo hizo en la cruz.

No solo nosotros nos sentimos atraídos por el significado de este símbolo. A lo largo de la historia del cristianismo, muchos artistas plasmaron en sus obras la muerte de Cristo en la cruz. Esto puede resultar enriquecedor para comprender cómo muchas personas han interpretado ese sacrificio en diferentes épocas y lugares.

Sobre todo esto habla el libro La belleza de la cruz (B&H Español, 2022), escrito por Keila Ochoa Harris, con quien tuve la oportunidad de conversar hace poco. Comparto contigo la entrevista.


¿Cómo se originó la idea de escribir este libro?

Este libro surgió por un estudio bíblico que mi mamá realizó sobre las menciones de la cruz en el Antiguo y Nuevo Testamento. Su investigación sirvió como la base para cada capítulo y se convirtió en un lindo proyecto familiar donde ambas aprendimos mucho sobre la cruz de nuestro Señor.

Desde tu perspectiva, ¿qué relación encuentras entre el arte y la espiritualidad bíblica, manteniendo la Biblia en primer lugar?

Al estar escribiendo el contenido bíblico del estudio, vino a mi mente el arte que aparece en tantas iglesias y los poemas que se han basado en la cruz, por lo que me pareció interesante complementar el texto con poemas inspirados en el sufrimiento de Cristo y con pinturas famosas que también nos aportan una visión diferente. Creo que el arte nos puede ayudar a expresar lo que muchas veces las palabras no nos permiten definir, y también la belleza de la poesía nos inspira para alabar.

Me sorprende mucho cómo Dios mandó que se confeccionaran para los sacerdotes «túnicas, fajas y gorros especiales que irradien belleza y esplendor» (Éxodo 28:40, NTV). Basta con observar un amanecer que baña con sus rayos dorados los cerros de un lugar desértico para comprender que Dios nos rodea de hermosura, incluso en los lugares más inhóspitos. Y la cruz fue ciertamente un sitio de dolor y sufrimiento, donde todo parecía haber perdido belleza y esplendor. Sin embargo, si vemos la obra completa de la redención, encontramos en esas llagas y en ese madero una hermosura incomprensible, que poetas y artistas de siglos pasados nos invitan a considerar.

Nada puede tomar el lugar de la Biblia en la vida del creyente. En ella tenemos todo lo que necesitamos para nuestro diario sostén. Sin embargo, podemos hacer uso de las artes y de todo lo que es verdadero, bello y puro para tener más hambre y sed de las Escrituras. 

Con eso en mente, ¿cuál es la obra de arte más significativa que conoces y cómo se relaciona con el mensaje de la Biblia?

Las artes son particulares porque nos tocan en distintas épocas de nuestra vida. Por ejemplo, ¿cuál es tu libro favorito? ¿El que abrió tu mente con curiosidad o el primero que te introdujo a la ficción? ¿El que te ayudó en tus días de luto o el que te dio fuerzas en una nueva empresa? 

Mi historia con el arte es semejante. Sin embargo, jamás olvidaré cuando entendí, por primera vez, que las pinturas transmiten un mensaje y comunican profundos sentimientos. Quien me enseñó esto fue Marc Chagall y una de sus exposiciones en México que vi durante mi adolescencia. Cada cuadro contaba una historia de sus raíces judías durante su infancia en Rusia, donde también abundaban los símbolos del cristianismo que representaban a la Iglesia ortodoxa de sus tiempos. Jamás olvidaré la carga de emociones que experimenté al encontrar detalles aquí y allá, y las pinceladas de color que transmitían una profunda alegría o dolor.

¡Qué hermoso vehículo es el arte para recordar, experimentar y comunicar! Por eso, invito a los artistas cristianos y latinoamericanos a que plasmen en los lienzos las historias de lo que Cristo hace en nuestras vidas y cómo nos transforma. Narren el día a día en la campiña latinoamericana y las pequeñas aldeas en la sierra, donde los pastores itinerantes predican, donde los traductores bíblicos laboran, donde los cristianos sufren persecución.

El arte puede contar un mensaje con una fuerza que otros medios no poseen.

¿Qué aprendiste sobre la cruz al escribir este libro? 

Aprendí que no debo tener miedo de acercarme a la cruz. De niña no me gustaba visitar ciertas iglesias donde un crucifijo me hacía temblar y desviar la mirada. No me agradaba contemplar el dolor ajeno, pero hoy comprendo que, como dice Isaías, Jesús llevó mis pecados, mis enfermedades, mis cargas, mis dolores, para que hoy pueda vivir libre y en paz con Dios (Is 53).

Todavía desvío los ojos de ciertas obras de arte, pero mi corazón me recuerda que no creo en un Dios ajeno al dolor, sino en uno que entiende bien lo que es sufrir y dar Su vida por los demás.

Por último, ¿cómo evidencia un creyente en su diario vivir que ve y valora la belleza de la cruz?

Cumpliendo lo que Jesús nos pidió: «Si alguno de ustedes quiere ser mi seguidor, tiene que abandonar su propia manera de vivir, tomar su cruz y seguirme» (Mr 8:34, NTV). ¿Estamos dispuestos a vivir para Él? ¿Y a morir por Él? Y quizá el siguiente versículo nos ayude a reflexionar en cómo vivimos esta verdad: «Si te niegas a tomar tu cruz y a seguirme, no eres digno de ser mío» (Mt 10:38, NTV). ¡Qué fuertes palabras de nuestro Señor! Pero creo que en todos los siglos ha habido muchos creyentes, como hoy también, dispuestos a seguir a su Maestro sin importar el costo.

Apreciemos la belleza de la cruz.

Publicado en: https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/belleza-cruz-entrevista-keila-ochoa-harris/

¿Y si vivimos sin tecnología?

Cuando me mudé a Chihuahua, conocí de primera mano a los menonitas. Resulta curioso andar por la ciudad de Cuauhtémoc y entrar a un Walmart donde ves hombres vestidos con pantalón de mezclilla y camisa, mujeres con vestidos largos y pañoletas en la cabeza, pero sobre todo ¡rubios y de ojos claros que hablan una variante del alemán! ¿Cuál es la historia detrás de este y otros grupos similares?

Los grupos anabaptistas, compuestos por los amish, los huteritas, los menonitas y los hermanos, surgieron de un grupo que descartó el bautismo infantil que se practicó en la iglesia católica, luego en algunas divisiones del protestantismo de la Reforma. Para ellos, el bautismo debía realizarse en personas adultas. 

Los anabaptistas, a diferencia de otros grupos protestantes, también se identificaron porque describían al cristianismo como un discipulado, veían a 

la iglesia como una fraternidad y se interesaron por la ayuda mutua. Para darnos una idea de cómo surgieron y viven hoy estos grupos, aprendamos un poco de los menonitas y su fundador. 

Menno Simons llegó a ser un sacerdote católico a los 28 años en 1524. Aunque tenía poca capacitación teológica, empezó a dudar de la doctrina de la transustanciación, una doctrina que dice que el pan y el vino se convierten, literalmente, en el cuerpo y la sangre de Cristo. 

Luego estudió sobre el bautismo y coincidió con otros en que el bautismo de infantes no los limpiaba del pecado original, sino que la salvación en Cristo, y creer en Él de una manera consciente, llevaba a la vida eterna. El bautismo para él era sólo un paso de obediencia una vez que se profesaba la fe. Así que se separó de la iglesia católica en 1536 y se unió a los anabaptistas pacifistas. Cuando murió, después de muchas persecuciones y sufrimientos, había fundado muchas iglesias y el movimiento se conoció en base a su nombre: los menonitas.

Sin embargo, en el siglo XVII, los menonitas se enfrentaron a otro problema. Muchos habían olvidado la pureza de la iglesia por la que algunos dieron sus vidas 150 años antes. En otras comunidades anhelaban las riquezas y fallaba la moral. Su solución, por lo tanto, fue el aislamiento: vivir de manera cerrada en comunidades donde se protegieran sus costumbres y doctrinas. 

Entre los siglos XVII y XVIII empezaron a emigrar. Un grupo grande se marchó a Rusia donde la emperatriz Catalina II les ofreció tierras. Cuando en Rusia las cosas no marcharon del todo bien, viajaron a Canadá y a Estados Unidos, donde ya existían muchas comunidades amish y de hermanos. 

Cuando llegaron al Nuevo Mundo, se dedicaron a labrar la tierra y hacer florecer a sus comunidades, y para enfatizar su identidad, crearon niveles de vestimenta que enfatizaran la sencillez, la modestia y la uniformidad. 

Los siglos más complicados llegaron en el XIX y XX. Las guerras probaron su resistencia, pues ellos se negaron a participar activamente. Entre ellos también surgieron divisiones, pues algunos tomaron un punto de vista más relajado y liberal. Los amish, por ejemplo, siguen restringiendo el vestido, el transporte y el uso de la tecnología de sus seguidores. Muchos menonitas siguen viviendo una vida sencilla, pero no rechazan la tecnología del todo. 

Hoy, tanto los menonitas, como otros grupos mencionados nos intrigan porque un pequeño porcentaje de ellos ha decidido vivir igual que cien años atrás, sin electricidad ni computadoras. 

Seguramente hemos visto programas o películas al respecto. ¿Y por qué lo hacen así? Porque, desde su inicio, los anabaptistas asumieron que la decisión de seguir a Cristo traía consecuencias que transformaban la vida. Para ellos, cualquier discípulo de Jesús debía dejar sus antiguos hábitos atrás y no «conformarse a este siglo». 

Al hablar de la adicción a las redes, quizá podríamos pensar que una solución sería imitar a los anabaptistas más conservadores y rechazar el uso total de aparatos y dispositivos. ¿Te imaginas vivir sin electricidad, redes sociales y el último grito de la moda? Seguramente aprenderíamos cosas muy importantes y valoraríamos el campo y el paso de las horas en compañía de los que amamos. Sin embargo, como estos mismos grupos han comprobado, surgirán otro tipo de adicciones y distractores. 

Separarnos del mundo de modo literal quizá no sea la solución. Más bien debemos regresar a la premisa central por la que tantos anabaptistas dieron su vida siglos atrás: la fe cristiana debe ser una expresión tangible de una relación con Dios en el diario vivir. En otras palabras, más que decir que somos de Cristo, nuestra forma de actuar, hablar y conducirnos debe reflejarlo. 

Cuando visité el Museo Menonita en Cuauhtémoc, me admiré ante el amor y la honra que este grupo ha traído a la labor agrícola. Más que ver el campo como un trabajo inferior, los menonitas han transformado el desierto en áreas fértiles. Son también una comunidad bondadosa y persistente, que valora a las familias grandes y adora a Dios en sus distintas comunidades. 

Algunos siguen sin ver televisión. Otros cargan teléfonos celulares. Ambos extremos opinan que la tecnología se debe manejar con precaución y cuidado, pero concluyen en las mismas creencias que haríamos bien en recordar que: la fe es una decisión personal; los creyentes somos llamados a una vida de amor y pacificación; la felicidad está más allá de las cosas materiales; la sencillez nos ayuda a escuchar mejor a Dios; y el servicio a los demás es la expresión más alta de fidelidad a Cristo. 

Si no has probado productos menonitas, como el queso y las mermeladas, te las recomiendo ampliamente. Y podemos hacernos la pregunta del millón de dólares: ¿Cómo viviría Jesús en el siglo XXI? ¿Tendría una cuenta en Instagram? ¿Vería Tik Tok? Si bien ignoro si el Señor Jesús hoy tendría Facebook, de algo estoy segura: no habría dejado que nada lo distrajera del propósito para el que vino a esta tierra: salvarnos a ti y a mí. Así que, esto nos muestra que todo radica en las decisiones que tomamos día con día. ¿En qué gastamos nuestro tiempo? ¿Cómo cumplimos con el propósito para el que hemos sido creadas? 

Menno Simons dijo: «No puedo enseñar ni vivir la fe de otros. Debo vivir mi propia fe como el Espíritu del Señor me ha mostrado a través de su Palabra». Yo tampoco puedo vivir tu fe. Te he compartido un poco de los anabaptistas para mostrarte que no estamos solos en estos debates sobre la tecnología que, por cierto, tampoco son «nuevos». 

Y ciertamente, descartar tu teléfono no es la solución, porque probablemente estás leyendo o escuchando este artículo por medio de uno. Sólo te pido que reflexiones en algunas lecciones que estos grupos cristianos nos han dejado, y estemos dispuestas a aprender más de la Biblia para conocer mejor a Dios y seguirlo con fidelidad. 

Publicado en la revista Esencia Milamex.