Oración por unidad

Que el Dios que infunde aliento y perseverancia les conceda vivir juntos en armonía, conforme al ejemplo de Cristo Jesús. Romanos 15:5 (NVI)

Padre de nuestro Señor Jesucristo, da paciencia y ánimo a mi familia. Ayúdanos a vivir en plena armonía, como corresponde a los que te seguimos. Permite que nos aceptemos unos a otros, reconociendo que somos diferentes y que tenemos muchas veces ideas y opiniones distintas. Pero eso no implica que no nos debamos respetar o amarnos. En especial te pido por las ocasiones especiales en que nos juntamos, sean cumpleaños o días especiales como Navidad o Año Nuevo. Que la armonía reine, porque tú estás en medio de nosotros. Que busquemos apreciarnos, motivarnos y aprovechar la oportunidad de estar juntos dejando a un lado la tecnología, como el televisor o los celulares. Danos el deseo de estar presentes para los demás y fomentar la unidad.

Amén.

Tomado de 180 Oraciones poderosas para madres, editorial Origen

El mejor abuelo

¿Aún existen los hombres de fe como aquellos héroes que aparecen en Hebreos 11?  ¿Es posible parecernos a Jesús y seguir sus pisadas?  ¿Habrá quien experimente victorias en su diario andar como hijo de Dios?  Quizás el mundo se ha encargado de eclipsar las vidas de misioneros mostrándolos débiles, aburridos y sin mayor atractivo que el del auto sacrificio, algo pasado de moda, a comparación de los adinerados o talentosos que posan en revistas o ganan premios. Pero cuando uno de los hombres de Dios toca tu vida, cuando entras en contacto con uno que ha visto al Señor y cuyo corazón rebosa en su presencia, entonces percibes las cosas de modo distinto.

Cuesta trabajo escribir cuando las lágrimas te traicionan, cuando el sentimiento es tan intenso que no permite describir con claridad, pero intentaré proyectar un poco de un gran hombre que ya no está con nosotros, aunque su recuerdo difícilmente desaparecerá de los corazones de su familia y aquellos que lo rodearon.

Mi abuelo, Ronaldo Harris Milton, nació en la ciudad de Orizaba, hijo de misioneros ingleses que radicaron en dicho lugar desde inicios de siglo. Creció en un hogar estricto, manchando sus dedos en la tinta de la imprenta que repartía folletos llamados “El Sembrador”, distribuidos en México y otras partes del mundo.  Desde pequeño viajó hacia los Estados Unidos donde recibió su educación secundaria y universitaria, regresando en las vacaciones para trabajar en la imprenta.

En aquellos años, mi abuelo convivió con jóvenes que anhelaban servir al Señor. Entre sus compañeros de universidad se hallaba Jim Elliot, quien murió a mano de los Aucas cuando fue de misionero a Ecuador, mientras Ronaldo, o don Ron como lo llamarían después, regresaba a México para cumplir con el llamado de su Dios.  Su ministerio se centró en Tehuacán, Puebla, en donde formó su hogar.  Se casó con Dorita Howard, y tuvieron cinco hijos, Julia, Paty, Timo, Betty y Dani.  La Iglesia en la que sirvió aumentó en número, en conocimiento, y muchos recibieron de él consejos invaluables, ayuda económica, anímica, espiritual, instrucción bíblica y amistad. 

Sin embargo, es poco lo que puedo hablar de sus años de ministerio, los cuales no compartí, así que me referiré a mis recuerdos como su nieta, la mayor, haciendo eco de los sentimientos de mis demás primos quienes estoy segura comparten estas preciadas memorias como un tesoro.

Las Navidades gozaron de un toque mágico de las que él se encargó.  Cada año traía alguna novedad, algún momento especial que no sólo se capturaba en el rollo fotográfico, sino también en la conciencia.  Él y mi abuelita siempre se esmeraban por regalarnos algo, sin distinciones o preferencias.  Un año fueron cojines para las “niñas”, corbatas para los “niños”. En otra ocasión, las pequeñas recibimos muñecas de trapo que conservamos por años, constante recordatorio de Grandpa y Grandma, como los nombrábamos.

Resaltan las Navidades del trompo, del balero y de los zancos.  Sí, Grandpa  regaló a cada nieto un par de zancos que de primera impresión nos obligó a abrir la boca con un tanto de desilusión y sorpresa.  Pero cuando realizamos nuestros pininos, equilibrándonos en la madera y avanzando poco a poco, olvidamos otros juegos.  Se organizó un día de campo y nos lanzamos en nuestros vehículos prehistóricos para competencias, diversión y muchas risas.

Las fotografías siempre muestran a Grandpa en la cabeza de la mesa presidiendo las comidas, compartiendo anécdotas y adivinanzas en las que debías usar tu cerebro al máximo, entonando villancicos con pasión y preparando el pavo, su labor exclusiva para la comida del veinticinco de Diciembre.

De niños nos encantaba la chimenea a la que lanzábamos papel o alimentábamos con varas.  Él tenía su sillón en el que se sentaba a contemplar el fuego o a platicar con los mayores, mientras los nietos preparábamos obras de teatro que presentábamos para deleite de nuestro incondicional auditorio. 

También las vacaciones de verano en casa de los abuelos resultaban emocionantes.  En cierta ocasión mis hermanas y yo nos quedamos sin papás con Grandpa y Grandma.  Cada noche, Grandpa sacaba un juego de mesa o nos  daba una lección de Geografía o Inglés, pero lo que no esquivábamos era el tiempo devocional después de la comida.  Leíamos el pasaje bíblico, el comentario y orábamos por los misioneros, un país distinto cada día.  Si bien no saltábamos de gusto por timidez o porque precisamente esa semana estudiaban un libro del Antiguo Testamento que nos pareció complicado, no olvidaremos esos instantes alrededor de la mesa en comunión con Dios.

Grandpa tenía un cuadro en la cocina, un anciano barbado en posición de oración, sentado frente a una mesa en la que posaban una Biblia, un pan y jalea.  Una Navidad, mi hermana que tendría unos ocho o nueve años preguntó quién era.  Grandpa dijo que se trataba de su Grandpa.  “¿Y por qué tu Grandpa ora todo el día?”  La respuesta fue que anhelaba un poco más de comida, pues sólo tenía ese trozo de pan.  La idea de que el Grandpa de Grandpa no recibiera contestación a su petición nos embargó. 

A la siguiente mañana, cuando Grandpa entró a la cocina, encontró su cuadró plagado de recortes de revista que mostraban pavo, ensaladas, sopas, papas fritas, Coca Cola y una serie de suculentos manjares. ¡Oración contestada!  Un año después, cada familia recibió de regalo un cuadro en donde “nuestro” Grandpa aparecía en posición de oración, sentado frente a una mesa en la que posaban una Biblia, pan Bimbo y crema de cacahuate, y en el fondo se veía el cuadro de la cocina.

Sin embargo, él no querría que las páginas se llenaran con datos de su vida, sino con los de su Señor.  Él siempre insistió que no lo viéramos a él, sino a Aquel de quien predicaba.  Tiernos detalles lo colocaron en un sitio privilegiado en nuestros corazones, pero su mayor legado hacia nosotros se resume en una palabra: ejemplo.

Él nos enseñó a servir al Señor desde nuestra juventud.  Él nos mostró que una vida victoriosa es posible si Cristo ocupa la prioridad en nuestras decisiones.  Él nos contagió la pasión por estudiar la Palabra de Dios con profundidad. 

Sus últimos meses fueron duros.  Quimoterapia, radiaciones, medicamento, cáncer.  ¿Se quejaba?  No, enfrentaba el dolor en silencio.  “No se preocupen por su Grandpa”, nos decía mientras nosotros nos derretíamos de pena por dentro.  ¿Su tema de conversación en esos oscuros días?  Su Señor Jesucristo, a quien cada día amaba más. Leía la Biblia con nuevos ojos, repetía sus versos preferidos, y anhelaba el cielo.

Confesó que a pesar de sus muchos años de creyente, conocía muy poco a su Salvador.  ¡Qué palabras para un hombre que llevaba tanto tiempo a su servicio!  Pero reconocía su necesidad de él, en la enfermedad y en la salud.   En especial un texto se grabó en nuestros corazones:  “Me mostrarás la senda de la vida; En tu presencia hay plenitud de gozo; Delicias a tu diestra para siempre” (Salmo 16:11).

Ronaldo Harris Milton experimentó ese gozo aquí en la tierra, pero ahora disfruta de las delicias del Padre en su presencia, aunque permanecerá por mucho tiempo en el recuerdo de sus nietos.  Quizás no le dijimos muchas veces que le amábamos, tal vez lamentamos no haber pasado más horas a su lado, pero una cosa es cierta, él nos amó y nosotros también.  El amor se demuestra de mil formas y él usó cerca de novecientas noventa y nueve.  ¿Exagero?  Probablemente, pues existen muchos abuelos que como él siguen al Señor y aman a sus familias.  Pero yo doy gracias a Dios en humildad por haberme dado a quien fue para mí, el mejor abuelo.

El misterio de la nochebuena

Publicado en Milamex

Una de mis flores favoritas es la nochebuena. Existen más de cien variedades de nochebuenas hoy día, y vienen en colores como rojo, blanco, rosado y morado. Sin embargo, ¿sabías que lo que consideramos la flor es en realidad una hoja? 

Cuando miramos el capullo de una flor, notamos hojas verdes que la protegen. Estas hojas son llamadas brácteas. Las plantas, para subsistir, necesitan ser polinizadas. En otras palabras, atraen insectos que trasladan el polen de una a otra flor. Para atraer a estos insectos, las brácteas de la nochebuena se tornan rojizas. De ese modo, los insectos llegan a las pequeñas flores en el centro, sí, esas minúsculas flores amarillas que por lo general pasan desapercibidas.  

Hoy día relacionamos la nochebuena con la Navidad. ¿Y no son parecidas? Las brácteas rojas de las decoraciones, las tradiciones y la actividad no son la flor en sí misma de la temporada. La parte reproductora, la pequeña flor en medio, es un diminuto bebé recién nacido.  

En medio de esta maravillosa temporada, disfrutemos de la belleza de las brillantes brácteas, pero no olvidemos que la Navidad trata del hijo de María y José quien, de acuerdo a los Evangelios, vino a «salvar a su pueblo de sus pecados».  

Sin la pequeña flor en el centro, una nochebuena no podría sobrevivir. La vida nueva también viene en Navidad, no a través de las brácteas rojas de «cosas qué hacer o celebrar», sino a través de un bebé llamado Jesús, y a través de la pequeña semilla de fe que puede ser plantada en nuestros corazones si decidimos creer en Él.  

Regocijémonos en esta temporada al disfrutar de las nochebuenas alrededor. ¡Regocijémonos!

El pudín de Navidad (parte 2)

Por Keila Ochoa Harris

Gillian colocó el platón en medio de la mesa. Los niños miraron el pudín con ojos hambrientos. Roberto había cerrado la panadería temprano y, para no levantar sospechas, decidieron celebrar el nacimiento de Cristo el 29 de diciembre. Ambos dudaban que Dios se los tomara a mal.

A punto de probar un bocado, alguien llamó a la puerta con violencia. Roberta y ella intercambiaron miradas. ¿Quién sería? Vivían en el segundo piso del edificio. Habían sido cuidadosos de cubrir las ventanas y solo encendieron una vela. Roberto les pidió a todos que se ocultaran. Gillian cubrió el pudín con un trapo como habían acordado. Roberto avanzó a la puerta y todos aguardaron. Los murmullos le pusieron los pelos de punta.

Pero a los pocos minutos, Roberto volvió.

—Es Jacobo. Su madre te necesita.

Los dos se miraron largo y tendido. La decisión que debían tomar ahora pesaba más que una infracción por cocinar pudín. Gillian asintió ligeramente y Roberto se encogió de hombros. Le estaba dejando a ella la decisión. Roberto metió a los niños en la recámara del fondo y les prometió que comerían el pudín cuando mamá volviera. ¿A qué hora sería?

Gillian encontró al niño de ocho años en el pasillo. Lo siguió en silencio. Seguramente nadie había querido ir a ayudar a Agnes por temor a represalia. Apenas en agosto se condenó a unas brujas en el condado de Essex.

—¿Y tu padre? —le preguntó Gillian a Jacobo cuando entraron al departamento del tercer piso, descuidado y maloliente.

—No lo sé.

Seguramente se había ido a emborrachar. Los católicos no censuraban la bebida tanto como los protestantes. Jacobo se puso a jugar con su hermano menor y Gillian entró a la recámara. Agnes jadeaba en la cama. Sobre el pecho sostenía una estatuilla, la de santa Margarita.

Gillian miró alrededor en busca de algún rastro de un sacerdote, pero no había nadie, salvo los niños. Giillian se acercó de inmediato.

—Ya viene —le dijo a su amiga cuando notó el estado de su vientre.

Agnes lanzó un grito agotador. Su rostro estaba bañado en sudor, y apenas podía abrir los ojos.

—Gillian, Gillian… qué consuelo saberte cerca…

Apretó sus manos y secó su sudor con su pañuelo.

—Huele a lavanda… —ella le dijo con una sonrisa.

Otra contracción la dobló de dolor. Hundió sus uñas en su carne, pero Gillian supo que se acercaba la parte más complicada, en la que a tantas se les había ido la vida. Sus palabras brotaron de modo imprevisto.

—Oh Padre de misericordia, y Dios de toda consolación, nuestra única ayuda en tiempo de necesidad, humildemente te suplicamos que contemples, visites y alivies a… —En la liturgia se decía “a tu sierva enferma”. Pero ¿era Agnes sierva de Dios?— …alivies a Agnes Mason, por quien se desean nuestras oraciones.

—Si me muero… cuida de mis hijos…

Lo mismo le pidió en los otros dos partos.

—Prométemelo.

No se podía negar nada a una moribunda, así que Gillian asintió con la cabeza y besó su frente.

Sin embargo, Dios la escuchó. El suave llanto de un bebé reveló que la criatura había nacido. Gillian se ocupó de atener a la criatura, y hasta que la colocó sobre una manta se dio cuenta de que la piel de Agnes se había puesto amarillenta..

—¡Agnes! ¡Agnes!

Encontró un manojo de hierbas y las puso bajo su nariz. De pronto, Agnes estornudó y un golpe en la puerta la sorprendió. Era Roberto, con un poco de pudín de Navidad para los niños de Agnes.

El pudín de Navidad (parte 1)

Por Keila Ochoa Harris

«Ya sé, ya sé lo que dice el decreto y no me importa. Tendremos pudín de Navidad, quiera Oliverio Cromwell o no».

Con esas palabras, Gillian regresó su atención a la mesa frente a ellas y combinó los trece ingredientes; por alguna razón su madre le enseñó que debían ser trece, ni uno más ni uno menos, quizá por los doce apóstoles y Jesús. De ese modo mezcló el zumo de limón, la harina, el pan rallado, el sebo de riñón de vaca, unos huevos, unas cuantas frutas secas, la melaza, las almendras, las manzanas, las especias, la cáscara confitada y el azúcar.

Pero mientras se ocupaba en sus labores su mente volvió a Agnes. Se la había encontrado unos meses atrás en las calles adoquinadas de Londres, tan agostas y tan torcidas como el dedo meñique que se lastimó de niña.

—¡Gillian!

—¡Agnes!

Las dos se miraron largo y tendido. Gillian deseaba reclamar su falta de atención. Las amigas de la infancia no se debían evitar, pero una mirada al vientre de la mujer más menuda en estatura la hizo detenerse.

—Estás embarazada. Lo siento tanto.

Sería el tercero de Agnes y después de dos buenos partos y tres veces que perdió al bebé, no se pronosticaban buenas noticias. Además, entre revueltas y sospechas políticas, no eran los mejores tiempos para pensar en criar hijos.

Gillian y Agnes se conocieron mientras ambas servían a Lady Howard y remendaban ropa y limpiaban la casona donde vivieron cuatro años. Su amistad se forjó a pesar de sus opuestas creencias religiosas. Y por esa razón, Agnes la evadía y Gillian se aguantaba sus ganas de buscarla. Agnes practicaba el catolicismo, religión penada en esos momentos, pero no siempre había sido así. Los bisabuelos de Gillian perdieron la vida bajo el mandato de María, la reina sangrienta.

—Pediré a Dios por ti.

—Hazlo si quieres, pero recuerda que tengo mi propia fe. Debo irme, pero….

—Agnes, si me necesitas, solo dilo —le dijo Gillian.

Agnes se ruborizó de pies a cabeza y se marchó sin decir más. Aunque juraron ayudarse siempre, y si bien Gillian estuvo presente cuando nació Jacobo, el primogénito de Agnes, su amiga jamás acudió a su llamado cuando Gillian parió. Dio a luz dos varones y en el tercer parto perdió a la niña unas horas después.

No quería pensar en eso, así que continuó con el budín. No había mejores fiestas que las navideñas. Cuando sus padres vivían, comenzaban los festejos el 25 de diciembre y duraban doce días hasta el 6 de enero. Se organizaban bailes y convites, y su madre siempre preparaba el más delicioso pudín de ciruela. Pero mientras el rey Carlos y Oliver Cromwell pelearon por el trono, no habría budín.

«Pero nadie se dará cuenta, y así como los dos años pasados, ninguno en mi familia me delatará».