Carta abierta

Querido tú,

Aunque no quiero tocar el tema más, porque ya lo discutimos hace poco que estuvimos juntos, no puedo dejar de pensar en ti. A veces siento que soy torpe con las palabras, y he encontrado algo que quiero compartir contigo para explicarme mejor. Tomo las palabras de mi querido Henri Nouwen:

«Es posible llevar una vida muy sana, emocionalmente rica y “sensible” sin ser una persona espiritual, es decir, sin un conocimiento o una experiencia personal del terreno en el que se ocultan el significado y la finalidad de nuestra humana existencia».

Quizá tú seas de estas personas. O tal vez has comenzado a buscar las respuestas. Lo cierto es que te rodeas de este tipo de individuos, lo que no está mal. Sin embargo, ¿acaso no nos ves a nosotros como un par de chiflados por buscar algo más?
¿Y qué es la vida espiritual? Nouwen la define: «La vida espiritual conduce a una nueva forma de vivir, más que a una forma de pensar. La vida espiritual es una búsqueda, y en cada fase de mi búsqueda he descubierto también que Jesucristo permanece en el centro de mi búsqueda. Para mí, por lo tanto, vivir espiritualmente significa vivir con Jesús en el centro».

Y ahí está la razón de mi insistencia. Verás, toda esa gente sana en sus emociones, incluso rica y sensible, pero que no tienen a Jesús en el centro, se haya presa de una condena, aún cuando se le intente negar. ¿Y tú?

No descuides esa parte espiritual, te lo ruego. Que Jesús sea tu centro. Busca las respuestas, y darás con él, te lo aseguro. ¿Y por qué mi prisa y mi volver al mismo punto? Tú también nos aconsejas, y quizá no hemos hecho caso de todo lo que nos cuentas. Pero si bien aún nos falta camino por recorrer, aquello que tú nos apremias no implica la vida y la muerte, pero este punto que late en nuestros pechos, sí.

Te amamos, te queremos ver a nuestro lado hoy y en la eternidad. Perdona la insistencia. O más bien, no la perdones. Enójate si quieres, táchanos de locos, pero recuerda que hay una parte espiritual, y que descuidarla, resulta mortal.

Atentamente,

Yo

Saborear a Jane Austen

Le quitas la envoltura al caramelo, lo insertas en tu boca y extraes su sabor. Tu lengua repasa el elemento macizo que se deshace poco a poco, gota a gota, permitiendo que lo disfrutes hasta el último momento. Lo mismo hace un libro. Lo mismo hace un autor. Lo mismo hace Jane Austen.  

¿Qué me atrajo de ella? En un ejercicio memorístico, diría que mi primer contacto con ella llegó a través de su libro, Orgullo y Prejuicio. Recuerdo que la portada no me atrajo. Una mujer vestida de modo antiguo, en una especie de pintura al estilo Velásquez, mirando al frente con altanería.  

Pero bastaron unos párrafos para engancharme, y hacerme una fan total de Jane Austen. ¿Qué atrae de sus novelas? Propongo algunas ideas propias, pero sé que cada lector (y fan) tendrá sus propias razones.  

1. Sus personajes. Elizabeth Bennet y Mark Darcy son irresistibles. ¿Qué mujer no se identifica con Elizabeth? Deseosa de casarse, pero al mismo tiempo rebelde ante las normas de la sociedad o más bien poniéndose una armadura que la defienda por si acaso no se casa (aunque ni Elizabeth ni la misma Jane Austen aceptarían tal postura). ¿Y Mark? ¿No es el sueño de toda mujer? Enigmático, atractivo, ¿millonario? Mis amigos dirían que el último atributo lo vuelve aún más especial. Jane Austen no se equivoca, conoce el corazón humano.  

2. La ambientación. Jane Austen no escribió una novela histórica. Ella vivió en la época que escribe. Pero al lector moderno resulta fascinante la Inglaterra de la Regencia. Quizá nos asombra una vida en la que nadie se preocupa por ir a la oficina, o preparar el menú del siguiente día, o viajar en transporte público al trabajo. La vida gira alrededor de bailes, la hora del té y paseos por la campiña. ¿Quién no anhelaría una existencia tan placentera? 

3. La trama. En suma honestidad, Jane Austen maneja la historia más básica y atractiva para el género humano. Un hombre conoce a una mujer, y después de muchas peripecias, se unen en matrimonio. De esto se componen los cuentos de hadas, las películas de comedia y románticas, y muchas canciones. Queremos saber: ¿Cómo se enamoraron? ¿Por qué no se pueden casar? ¿Cómo vencerán los obstáculos?  

Finalmente, agrego que, si bien mi lista es breve y sencilla, Jane Austen también me parece un caramelo fresco y natural, no contaminado por lo que hoy ofrecen otros libros. Historias sencillas, sin escenas que ruboricen a nadie. Diálogos inteligentes, que incluso nos roban unas cuantas carcajadas. Una prosa dinámica, que nos hace dormir hasta la madrugada para acabar el libro.

Por cierto, Jane Austen no se casó, pero sus biógrafos concuerdan en que fue una mujer alegre y con propósito, no amargada ni frustrada. Jane, a pesar de haber vivido en una época donde el estado civil definía a la mujer, decidió estar contenta con su situación actual, lo que transpira por sus libros. 

Escribió una oración que resume esto: «Danos un sentido de gratitud por las bendiciones en las que vivimos, de las muchas comodidades que nos han tocado».  

¿Otra prueba más de su magia? Sigo leyendo sus libros, sigo viendo las películas adaptadas de sus libros, sigo admirando a Jane Austen. (Por cierto, algún día soñé con una boda al estilo Austeniano, y creo que lo logré. Pero esa es otra historia).

Caminos perfectos y no tan perfectos

Los romanos inventaron las primeras carreteras. Hasta hoy el Camino Romano es valorado y apreciado ya que logró conectar todo un Imperio. Bien decían: “Todos los caminos llevan a Roma”. Sin embargo, una vez que aparecieron los vehículos a motor las autopistas y carreteras asfaltadas se hicieron imprescindibles para el funcionamiento de la vida.

Hoy nos quejamos cuando algún tramo de la carretera está en reparación. También lamentamos que a veces las vías estén bloqueadas o en malas condiciones. Cuando transitamos por carreteras más elementales, echamos de menos las de cuota. Pero en pocas palabras, nos hemos acostumbrado a buenos caminos.

Sin embargo, no conocemos un camino perfecto. No hay carretera perfecta, salvo la que menciona el Salmo 18: “El camino de Dios es perfecto” (30). ¿Se imagina usted un camino perfecto sin hoyos ni baches, sin desviaciones ni falsas señales? El camino de Dios es perfecto. Entonces cabe la pregunta, ¿por qué pocos transitan por él? ¿Por qué muchos prefieren los atajos repletos de peligros y obstáculos?

Pero el salmo nos hace pensar aún más. “Dios me arma de fuerza y hace perfecto mi camino” (32, NTV). Mi camino no es perfecto. Mi camino es como esas antiguas sendas con baches y piedras, con callejones sin salida y desviaciones interminables. Pero él hace perfecto mi camino. Él hace que mi camino sea como su camino. Más bien, él implanta mi camino en su camino que es perfecto.

¡Qué alegría pensar que existe una carretera perfecta! ¡Qué tranquilidad da saber que Dios se encarga de enderezar mis sendas! Su camino es perfecto; mi camino no es perfecto; pero él lo hace perfecto.

Templos, cultos y liturgia

Eran los ochentas cuando unos bien intencionados creyentes comenzaron a pensar cómo ser más hospitalarios con los que buscaban respuestas a las grandes interrogantes de la vida. Querían que estos buscadores no se sintieran amenazados por los ambientes religiosos que tal vez les traían malos recuerdos, así que combinaron una serie de elementos para formar una nueva «experiencia» lejos del templo protestante tradicional.

Tristemente, las connotaciones culturales de los espacios han afectado las prácticas cristianas que en Hechos 2:42 se enlistan como: las enseñanzas de los apóstoles, la comunión, el partimiento del pan y la oración.

Por ejemplo, las cafeterías se integraron para ofrecer un tipo Starbucks para que la gente se sintiera cómoda. ¿Lo malo? Starbucks nos hace pensar en amigos afines con los que tomamos un buen café, pero la iglesia es el lugar donde el pescador Pedro convive con el cobrador de impuestos llamado Mateo, donde Evodia y Síntique tienen que aprender a tener un mismo sentir, y donde los romanos como Cornelio se rozan con los judíos como Simón. 

Por otro lado, los precios de las bebidas en Starbucks apuntan a cierta clase social a la que no pueden acceder los que no ganan en una hora lo que cuesta un café. A diferencia de eso, en las primeras comunidades cristianas se servían las mesas y se distribuía diariamente para las necesidades de personas con grandes carencias, como las viudas. 

¿Cómo pueden las cafeterías de nuestras iglesias transformarse en esos centros de encuentro entre personas muy distintas donde todos tengan sus necesidades cubiertas?

La música, por su parte, tomó rasgos de un concierto dominical: luces, instrumentos de banda contemporánea y cantantes expertos. Esto quizá ha colocado a los asistentes en el lugar de público más que en el de adoradores. Por esa razón, solo cantamos si nos sabemos o nos gusta la canción; a veces nos damos por vencidos cuando el volumen de la banda es tan alto que no nos escuchamos; quizá sentimos que nuestro rol es el de todo espectador: formar parte del ambiente. Aunque desconocemos las tonadas y acompañamientos de los himnos del primer siglo, sabemos un poco de su contenido y estilo: salmos, himnos y cánticos espirituales. ¿Componen estos nuestros repertorios?

Aún más, ¿estamos colocando —sin pretenderlo— una carga muy pesada sobre los que se paran sobre el escenario? ¿Sentirán que, como los artistas que tanto admiramos y seguimos, deben inventarse un personaje para estar al frente? ¿Experimentarán la misma dualidad que siente el cantante cuando, esté contento o no, debe subir noche tras noche al escenario y cantarle al amor romántico mientras que en su camerino firma los papeles de divorcio? ¿Vivirán algunos con el peso de una doble vida? Los llamamos líderes de alabanza, ¿pero no los hemos empujado a —de algún modo— ser parte del mundo del espectáculo? 

¿Cómo podemos lograr una distribución más equitativa de la alabanza donde haya espacio para el talento, pero también para la espontaneidad y, sobre todo, un corazón agradecido?

Finalmente, el sermón se convirtió en una conferencia, un tipo de charla TED. Cuenta con un guion o bosquejo, impartido por un experto, limitado a cierto número de minutos, enfocado a una idea principal y salpicado con historias personales. ¿Puede un no-experto participar en el púlpito? ¿Influye la fama del personaje para el éxito del contenido? ¿Permite este modelo predicar a tiempo y fuera de tiempo, con corrección, reprensión y ánimo? 

Los mensajes no tienen que ser innovadores para ser ideales. En los Hechos se nos cuenta tres veces el mismo testimonio, el de Pablo, casi sin grandes cambios. Tanto Pedro como Esteban trazan en un sermón la historia del pueblo de Israel, desde Abraham hasta Jesús.

¿Será que nos estamos perdiendo de diversas voces porque la enseñanza solo se ofrece por unos cuantos? 

Quizá la solución no sea volver a cambiar toda la estructura, sino meditar en cómo crear espacios de comunión que no excluyan a nadie, cómo volver a cantar sin que sea yo parte del público sino parte de la adoración, y cómo dar oportunidad a que Dios use los dones y talentos de todos en la enseñanza.

Por último, añado dos prácticas históricas que echo de menos cada domingo.

¿Y si volvemos a la práctica de la confesión comunal? ¿Qué tal si al llegar tenemos minutos de silencio y meditación personal donde se nos ofrezca el espacio de ponernos a cuentas con Dios? Este espacio quizá nos prepare para la alabanza y para que juntos, como un cuerpo, podamos decir: «Señor, hemos pecado, pero tu perdón nos hace partícipes de la historia preciosa del Evangelio». 

Y el segundo es la comunión a través del partimiento del pan. A diferencia de lo que algunos piensan, creo que, hacer esto cada domingo, en lugar de hacernos ajenos o inmunes a su importancia, realmente nos invita a no olvidar por qué estamos ahí, junto con esas otras personas tan diferentes a nosotros, en una igualdad de importancia y servicio. Las muchas facetas del sacrificio de Jesús, representadas en un trozo de pan y el fruto de la vid nos ayudan a recordar que no estamos en un concierto, ni una cafetería, ni una conferencia, sino en un lugar donde podemos juntos alabar a un Dios inmortal, invisible, único y temible, que mostró su amor por nosotros al darnos el privilegio de ser parte de su iglesia.

Los miedos de Lutero

Conoce estos cinco temores

Por Keila Ochoa Harris

Las personas más valientes no son las que no sienten miedo, sino las que lo enfrentan. Todos sentimos miedo pues es el mecanismo de defensa que Dios nos ha dado para huir de los peligros. ¡Y hay tantos peligros alrededor! Así lo comprueba la vida del hombre que escribió un himno de batalla. Martín Lutero experimentó muchos tipos de temores, pero de algún modo, todos lo empujaron a acercarse a Dios. 

Miedo a las tormentas

Lutero nació en Eisleben, Alemania, bajo la estricta vigilancia y control de un padre que quiso que fuera abogado. Tanto su padre como su madre lo disciplinaron físicamente con dureza y vivieron bajo las supersticiones de la época, las que obviamente le heredaron a Lutero. Cuando el padre de Lutero lo envió desde temprano a estudiar, el joven resultó tan inteligente que a los 19 años ya había terminado sus primeros estudios universitarios. 

Tenía grandes dotes para debatir y su padre acariciaba los sueños de éxito para su familia, una vez que su hijo fuera un brillante abogado. Sin embargo, durante una severa tormenta, cuando un rayo cayó a unos pasos de Lutero, él prometió volverse un monje y renunció a todo. Su miedo a morir le hizo tomar una decisión, quizá impetuosa al principio, pero que marcaría su destino. 

¿Has tenido miedo de los desastres naturales? ¿Has clamado a Dios y prometido algo, durante una noche de tormenta, una nevada, un temblor o un huracán? No cabe duda de que cuando vemos la magnitud de la naturaleza reconocemos, como Lutero, que Alguien superior la domina. Así que, como Lutro escribió al principio de su famoso himno: «Castillo fuerte es nuestro Dios. Defensa y buen escudo; con su poder nos librará en todo trance agudo».

Miedo a la ira de Dios

La vida monástica no terminó con los temores en Lutero, sino todo lo contrario. Vivía constantemente temeroso del castigo eterno por sus pecados. Odiaba el término «Justitia Dei», quizá porque pensaba en el padre terrenal que solía castigarlo y reprenderlo, y a quien nunca logró agradar. Tal vez pensó que Dios era igual, y las prácticas religiosas de entonces sólo cimentaron su razonamiento: resultaba imposible ser perfecto. 

«Sin importar qué tan irreprensible viviera como monje», escribió, «me sentía un pecador ante la presencia de Dios». Entonces, leyendo el libro de Romanos comprendió la frase que dice que somos justificados por la fe. Comprendió que Jesús es la justicia que nosotros no somos ni tenemos, pero que recibimos por fe. Desde ese momento, su vida se alteró para siempre. Saber que la gracia y el perdón son regalos que recibimos por abrazar a Cristo, lo hizo una nueva criatura. 

¿Has experimentado el temor de un futuro incierto después de la muerte? ¿Ves a Dios como un padre autoritario al que nunca complacerás? Observa las Escrituras y recuerda que Jesús vino a tomar tu lugar para que puedas tener acceso a Dios. Porque, como enfatiza en su himno: «Es nuestro Rey Jesús, el que venció en la cruz, Señor y Salvador, y siendo Él solo Dios, Él triunfa en la batalla».

Miedo a equivocarse

La fe de Lutero tuvo un vuelco aquel día que comprendió que la justificación es por fe. Una serie de acontecimientos se desencadenaron en su vida y algunos incluso salieron de su control. Publicó sus 95 tesis, expuso la falsedad de lo predicado por el dominico Tetzel y terminó debatiendo frente a los poderosos de la época. A pesar de eso, en los momentos de más persecución y dureza, se preguntó si estaba en lo correcto. 

Seguramente más de un amigo cercano trató de convencerlo de que no agitara más las aguas. Su mente probablemente le susurró que no podía ir en contra de tantos siglos de prácticas religiosas y pretender que sabía más que los sabios de la época. A Lutero no se le permitió, sin embargo, seguir en la iglesia católica a menos que se retractara de sus críticas y opiniones. Entonces, a pesar del miedo, Lutero decidió no doblegarse y salir de la iglesia. 

¿Has tenido que enfrentar a los «más» debido a tus creencias? ¿Eres la única que todavía no tiene novio, o no ha tenido relaciones sexuales fuera del matrimonio, o no piensa que el aborto sea la solución a un embarazo no deseado? Lutero podía ver la realidad de su propia vida: el miedo antes de conocer a Dios y la paz que provenía de la justificación. Así que dio un paso de fe. Esto quedó expresado con claridad en otra estrofa de su himno: «Nuestro valor no es nada aquí, con él todo es perdido; mas con nosotros luchará de Dios, el escogido». 

Miedo a la enfermedad

Lutero sufrió de un cuerpo débil toda su vida. Hoy podemos decir que sufrió de depresión y de diversas enfermedades, algunas que acentuaban su situación emocional. En esos días oscuros, aunque ya era un predicador famoso que anunciaba la gracia y el amor de Dios, Lutero se sintió abandonado por Dios. Las oraciones de sus amigos realmente fueron las que lo levantaron. 

Y existía una amenaza más, real y temible en esos tiempos, la plaga. Lutero no fue de los que huyó para no enfermar, sino que ayudaba a los enfermos. Fue, durante una de esas épocas complicadas de salud, en las que Lutero escribió uno de sus himnos más famosos, cuyas líneas hemos estado citando a lo largo de este artículo. 

¿Has temblado ante una posible enfermedad? ¿Cómo viviste la pandemia del 2020? ¿Qué sientes cuando debes ir al doctor? Incluso entonces Dios está ahí, al control y prodigando el amor que tanto anhelamos. Como dice el himno: «Nos pueden despojar de bienes, nombre, hogar, el cuerpo destruir, mas siempre ha de existir de Dios el reino eterno».

Miedo a Satanás

Lutero vivió con miedos, pero sabía a quién recurrir. Su himno Castillo Fuerte nos recuerda que existe una lucha cósmica contra el enemigo de Dios. Nos dice que Satanás usa armas con astucia y gran poder; no hay nadie como él en la tierra. 

Aun así, Satanás y su furor, nos insiste Lutero, no nos pueden derrotar pues ha sido condenado por la Palabra Santa. Y aunque estén demonios mil prontos a devorarnos, no debemos temer. ¿A qué se refería Lutero? A que todo temor se puede vencer con la Palabra de Dios pues ahí están las promesas de Dios, el carácter de Dios, el poder de Dios, el amor de Dios. 

¿Has temido las fuerzas oscuras? ¿Has sentido las mentiras del enemigo tratando de vencerte a través de tus pensamientos y emociones? Aférrate a la Palabra de Dios, con la certeza que  Lutero nos comparte en este himno: «Esa palabra del Señor, que el mundo no apetece, por el Espíritu de Dios muy firme permanece». 

Si nunca has escuchado el himno de Lutero, te lo compartimos, escúchalo:

Castillo fuerte