Carta a mí misma

Querida Keila:

Un año más. ¿Lo puedes creer? Ya estamos viejas, o podríamos decir que estamos en la flor de la juventud. ¿Tú cómo te sientes? Porque yo me encuentro bien. Ahora conocemos nuestro cuerpo y nuestras limitantes, aunque continuamos dándonos de topes en la pared cada vez que nos sobrepasamos o abusamos de nuestras fuerzas.

Cuando miro hacia atrás, recuerdo los juegos de la infancia, los sueños de la adolescencia, los desafíos de la juventud, las heridas de los treintas, los cambios de los cuarentas y solo puedo decir: «Hasta aquí nos ha ayudado el Señor».

Hemos pasado muchas tormentas emocionales: la pérdida de seres queridos, el túnel oscuro de la depresión, las noches en vela de una soltería prolongada, los valles oscuros de la inseguridad y la violencia en la ciudad que amábamos, las aventuras en una tierra desconocida y el regreso imprevisto y doloroso.

Pero Dios ha sido bueno. Muy bueno. Nos ha concedido los deseos de nuestro corazón. Tantos, que resulta imposible enumerarlos. Quizá el más importante lo conocemos bien: una salvación perfecta, grande e insuperable.

Y la cereza del pastel ha sido una familia. Un esposo paciente que ama a Dios y con el que compartimos la vida, y con quien soñamos, disfrutamos y gozamos. Dos hijos preciosos, maravillosos y asombrosos, que día con día conocemos un poquito más.

Un año más. Un año menos. Pero aún anhelamos aquel día en que le veremos a Él. En ocasiones se nos olvida ese gran encuentro, pero cuando lo tenemos presente todo adquiere perspectiva. ¿Te imaginas cómo será? Lo defino como el momento cumbre de nuestra existencia, el instante trascendental que dará sentido a cada minuto sobre esta tierra. Verlo a Él y postrarnos… tocarlo… admirarlo…

Un año más. Un año menos. Depende cómo lo veamos. Lo importante es que en cada momento ha estado Él y, cuando la vida aquí se acabe, Él seguirá estando ahí.

Atentamente,

Yo

Una carta al Tiempo

Señor Tiempo:

Así me han dicho que debo referirme a usted, pues no es usted un señor cualquiera, sino uno que merece nuestro respeto. ¿Por qué? Porque usted controla nuestros días y nuestras horas. Sin usted, nada comienza ni termina.

No sé muy bien cómo expresar mis pensamientos. Me siento privilegiada de poder dirigirme a usted, pero ignoro cómo presentar delante de usted mi petición. Verá, temo que si lo hago, usted me muestre mis muchos defectos y mi mucha culpa de la situación que hoy me aqueja.

En pocas palabras, diría yo que me falta más de usted. Si usted me regalara una hora más al día, le estaría muy agradecida. ¿Para qué la utilizaría? Para dormir, por supuesto. Me parece que no descanso lo suficiente. O quizá la aprovecharía para hacer mis pendientes, todas aquellas cosas que quedan inconclusas por falta de usted. Lavar trastes, limpiar ciertos rincones de la casa, escribir correos.

A veces quisiera, por ejemplo, enviar correspondencia a mis amigas, pero como carezco de usted, solo respondo lo urgente y me limito a lo esencial. Así que una hora extra, podría convenirme. Sí, sí, ya sé lo que usted dirá, que no es que necesite más de usted, sino que necesito usarlo con más inteligencia.

Me dirá que todos cuentan con la misma cantidad de su presencia y logran sus objetivos. Entonces ¿qué hago mal yo? Supongo que me falta mucho qué aprender. Pero aún así, si le placiera considerarlo, ¿me regala una hora más al día?

Su atenta servidora,

Una mujer ocupada

Morir de amor

Por Keila Ochoa Harris

—Lo amo —suspiró Lorena.  ¡Qué bien se sentía platicar con su mejor amigo!  Su cálida expresión la alentó a continuar—. Nunca había sentido algo así, como una llama de fuego que arde en mi corazón. Todo empezó hace seis meses. Esperaba con ansias recibir un mensaje suyo o una llamada telefónica.  Las horas se volvían eternas frente a la computadora rogando por tres o cuatro líneas, pues una cita era improbable.  Pero es porque tiene mucho que hacer —lo disculpó—. Para él es muy importante su carrera y sus sueños de recibir ese diploma que le dará la beca a Francia.

Sorbió su café.  No se sorprendió del silencio de su amigo, pues era normal.  Ya se había acostumbrado a que las pocas palabras que él decía eran concisas, directas y acertadas.

—Aún recuerdo su primera carta, tan vaga y sin detalles.  Típica de un hombre ocupado y poco romántico.  Creo que llegó a mencionar a su familia, uno o dos amigos, pero realmente habló de sí mismo.  La segunda carta no cambió de tono. ¿Sabes? Yo esperaba una referencia a mis mails, pero no encontré nada. 

Unos segundos y recuperó el aire.

—Una palabra de cariño me hubiese elevado a la gloria, una frase correspondida me hubiera bastado.  Pero sólo habló de él.  Decidí darle tiempo; después de todo, supuse que él aún no se enamoraba de mí como yo de él.  Tres, cuatro, cinco cartas; ya no me asombran sus monólogos egoístas. Sin embargo, yo le he sido fiel a mis sentimientos. En cada carta derramo mi amor, no con la abundancia que quiero, pero sí mostrándole que es especial y único.

Se acurrucó en el sofá y contempló a su amigo quien le daba vueltas a su té.  ¿Cuándo inició su amistad?  ¿Cinco, seis años?  Se conocieron en la prepa y nadie la comprendía como él.

—Al principio sólo pedí amistad, pero ni siquiera eso me supo dar.  A veces, cuando nuestras miradas se cruzaban y yo me sonrojaba, él sonreía.  Sus señales eran tan confusas que nunca adivinaba si yo le interesaba o estaba siendo cortés.  Por fin salimos.  Sentados en la sala del concierto, con nuestros codos casi rozándose, me hallé sola pues él estaba muy lejos de allí.  ¿Para qué fue si no le intereso?  ¿Me estaba haciendo un favor? A veces platicaba con otras muchachas. ¡Frente a mí!  ¿Qué fascinación le provoca dañarme?  Si sabe que muero de amor por él, ¿por qué me lastima de esa manera?

Su amigo meneó la cabeza cuando ella se mordió las uñas.

—Sí, un viejo hábito. Lo más curioso es que hace una semana me habló por teléfono.  ¡No sabes lo feliz que me puse! ¡Era él! Platicamos por una hora, más bien, él habló durante cincuenta minutos.  Nunca creí que estuviera tan solo.  ¿Y sabes cuál fue el tema? Él. Pero me sentí satisfecha. Era un comienzo, ¿no crees? Por lo menos al desahogarse me brindó su confianza.  Yo quería ofrecerle un consejo, por lo menos mi apoyo. Tenía tantas ganas de reiterarle mi amor, que estaba dispuesta a todo por él, mas no me dio oportunidad; cada vez que intentaba decirle algo, se acordaba de alguna anécdota.  ¿Qué debo hacer?  ¿Ignorarlo? ¿Declararle mi amor? ¿Seguir con esta incertidumbre de dolorosa espera?

Sus defensas se derrumbaron y se echó a llorar como una niña.

—Lo amo. . . —sollozaba—. Lo quiero tanto que me apuñala su indiferencia.  Hace dos días que no sé nada de él.  ¿Me habrá olvidado? ¿No sabrá cuánto sufro por él?  ¡Ya no puedo más!  Le he enviado cartas que ni siquiera hojea. ¿Qué le cuesta un “hola”?

Lorena se limpió la cara.

—¿Por qué me pasa esto a mí? Estaba mejor cuando no lo amaba. Aunque, por otro lado, me emociona amar.  Es dulce entregar cariño.  ¿Ves? Yo misma me contradigo. ¿Me ama o no me ama? ¿Algún día me corresponderá? ¿Es mucho pedir una carta o algo así?

Buscó la mirada de su amigo.  Se hundió en esos ojos tiernos, sufridos, sabios. 
Entonces sus labios temblaron, sus ojos se abrieron de par en par y sudó frío.

—¡Oh, no! ¡Eso es lo mismo que tú sientes por mí! —exclamó en un agonizante murmullo—. Tú me amas del mismo modo, ¿cierto?

Él asintió.

—Tú. . . es decir, hay semanas enteras en que no te busco, ni te hablo. Esta es una cucharada de mi propio chocolate.  Perdón, perdón. . .

Su amigo la abrazó fuertemente.  Lorena se estremeció con remordimiento. 

—Perdón. . . —volvió a decir. Pero la mano horadada de su amigo, la tranquilizó con un suave golpe en la espalda. 

—Ahora entiendes lo que es morir de amor —él le susurró al oído.

La historia de un burro

Por Keila Ochoa Harris

Los burros somos famosos por muchas cosas, entre ellas por falta de inteligencia, lo cual es una mentira, y por nuestra participación en eventos importantes. Si no me crees lo segundo, basta que abras tu Biblia y encuentres algunas de nuestras historias. Un pariente mío fue la montura de Cristo en la entrada triunfal a Jerusalén. ¡Hasta nos mencionan en villancicos navideños!

Mi historia no es espectacular, pero creo que debo compartirla. Era 24 de diciembre. Ya habían pasado muchos años desde que el Señor Jesucristo había nacido en aquel portal de Belén, donde otros de mis antepasados se congregaron para recibirlo. Los automóviles habían sustituido a las monturas, así que no éramos muy solicitados.

Sin embargo, extrañamente, me encontraba en una ciudad. Mi dueño, don Emiliano, me había traído para cargar trozos de madera que según él vendería en las casas de los ricachones que encendían sus chimeneas para presumir, no por frío, ya que en nuestro país no caía la nieve como en otros.

Como no me ofreció alternativa, anduvimos sobre el concreto, lo que lastimó mis pies. Pero el dolor no impidió que me deleitara en las novedades de aquella gran metrópoli que jamás había visitado. Me mareaban un poco los cientos de luces que despedía el alumbrado público, los carteles de promoción, las series en muchos árboles navideños, y en cada cuarto de las casas.

También me sorprendió el espantoso tráfico. Los autos no se movían, y algunos conductores me miraban con cierta añoranza, quizá envidia, pues yo transitaba por la acera a un paso más veloz. Los que no me veían con buenos ojos eran los transeúntes, pues, según le gritaron a don Emiliano, no dejaba libre el paso. ¿Y a quién se le ocurría andar con un burro en media avenida?

Por fin llegamos a la colonia que don Emiliano había seleccionado para ofrecer su mercancía. Tocaba los timbres casa por casa, solo para recibir insultos, azotes de puertas y respuestas malhumoradas. Por lo visto, no muchos tenían chimeneas, o no planeaban encenderlas esa Navidad.

Yo me entristecí pues sabía que si don Emiliano no juntaba unos cuantos pesos, no habría cena para su familia. Doña Jimena esperaba un billete para comprar un pollo, y los cinco niños deseaban regalos de un tal Santa Claus. Me parece que ningún burro estuvo presente en esa historia.

El caso es que comenzó a anochecerse. Don Emiliano vendió unas cuantas tablas, lo que según él sería suficiente para un poco de fruta extra que doña Jimena prepararía en un rico ponche. Dispuestos a volver al pueblo, avanzábamos por una solitaria calle cuando un auto negro se detuvo después de un ruido estremecedor.

Don Emiliano y yo nos paramos en seco. Un hombre de traje se bajó y abrió el cofre del vehículo. Una bocanada de humo salió del motor. El hombre dijo unas palabras en voz baja, luego se arrancó un poco de cabello en su desesperación.

—¿Por qué a mí? Primero se me hizo tarde por tanto tráfico y ahora esto. No llegaré a tiempo para la fiesta.

Sacó su celular y marcó un número. Pidió una grúa, se peleó con un “incompetente” y exigió que su seguro lo sacara del apuro. Pobre Seguro, me dije. Según el hombre debía pagarle todas las composturas.

El hombre cerró el cofre, sacó un cigarro y empezó a fumar. Don Emiliano, quizá aburrido de la escena, tiró de mi rienda. El hombre no le hizo caso. Habíamos recorrido casi veinte metros, cuando el hombre nos alcanzó jadeando.

—Oiga, ¡deténgase!

Don Emiliano lo hizo.

—A usted no le importa, pero el caso es que me acaban de llamar los del seguro y tardarán más de una hora por el tráfico. ¡No puedo llegar tarde! Soy el anfitrión de la reunión, ¿sabe? Es una cena exclusiva, puros diplomáticos y gente importante.

Hasta ese momento capté que tenía acento extranjero.

—Si pasara un taxi, obviamente lo tomaría, pero mire, la casa queda a unas cuadras de aquí, y bueno, si camino me fatigo.

Estaba un poco pasado de peso.

—Además… bueno… ¡cómo detesto este país! En fin… ¿me presta su burro?

Don Emiliano y yo abrimos los ojos de par en par. ¿Había perdido la razón?

—¿Y yo cómo le hago? —preguntó mi amo con el ceño fruncido.

—Obviamente nos acompaña. No es tan lejos, hombre.

¡Pues que caminara!, me dije yo. Luego recordé a mis amables antepasados que a pesar de las burlas y los maltrataos habían ayudado al ser humano en diversas ocasiones. No le fallaría a mi raza.

Don Emiliano, quizá en espera de una compensación económica, aceptó. El hombre, realmente pesado, se trepó sobre mí. Nos mostró el camino y los tres recorrimos la primera calle empedrada bajo la oscuridad de la noche.

—Espero no me vea nadie —rio el hombre sacando otro cigarro—. ¡Somos una visión deprimente!

Yo más bien le llamaría cómica. ¡Qué vergüenza! En lugar de cargar sobre mí a la dulce María, traía a ese bobalicón. En vez de dirigirnos a Belén, íbamos a una casona de ricos que seguramente no amaban a Dios. Y para colmo, ¡no se veía ni una estrella debido a la contaminación, ni se escuchaban cantos angelicales, sino bocinas en la lejanía!

—De todos modos, yo no sé ni para qué celebramos la Navidad. Es una excusa más para crear problemas —refunfuñaba el hombre aquel.

Adiviné que no tenía una familia feliz, ni disfrutaba la vida.

Por fin llegamos. El hombre nos obligó a dejarlo unos metros antes de la puerta. Se sacudió el pantalón, se acomodó la corbata y se marchó. Don Emiliano y yo palidecimos. ¡Qué ingratitud!

Sacó una llave, pero a punto de insertarla, pareció recordarnos.

—¡Ah! Gracias. Feliz Navidad.

Se metió a la casa y no supimos más de él. Por un momento lo detesté. Él comería pavo relleno, bebería sidra importada y abriría costosos regalos. Don Emiliano, ya de por sí retrasado, se conformaría con un pollo, ponche y un nuevo reloj. Yo mismo había visto cuando doña Jimena lo había comprado con el dinero de sus lavadas de ropa ajena.

Sin embargo, esa noche, recostado sobre mi paja, escuchando en la distancia las risas de la familia de don Emiliano, sentí paz. Don Emiliano y los suyos no eran más felices por ser pobres, sino porque le habían abierto la puerta a Jesús meses atrás. El portugués no era más feliz por ser rico. Sin Jesús, solo se volvía más tacaño, más avaro, y finalmente, más desdichado.

Entonces recordé una historia más. La de un hombre más duro y recio que también había montado un burro. El profeta Balaam había optado por las riquezas a la integridad.

Yo solo sé una cosa, a pesar de ser un burro. La verdadera felicidad proviene de estar contentos con lo que el Creador nos ha dado, sirviéndole de acuerdo a nuestras posibilidades, y reconociendo que Jesús es el Rey, no solo en Navidad, sino todos los días. Los burros seremos poca cosa o animales de segunda clase, pero ¿por qué será que siempre estamos en los eventos importantes?

Quizá te preguntes cuál fue mi evento importante esa noche. Olvidé mencionarlo. Cuando el hombre entró a la casona, don Emiliano y yo nos dimos la media vuelta. Entonces lo vimos. No sé cómo describirlo. Era un niño de unos cinco años que se bajó del auto con sus padres.

Al verme, sus ojitos se llenaron de emoción.

—¡Un burro! ¡Papi, un burro! ¿Puedo montarlo?

Su padre le rogó a don Emiliano le hiciera el gran favor de prestarme. A pesar de también contar con un acento extranjero y ropa de lujo, conmovió a mi amo. El padre montó a su hijo en mi espalda. El niño gritó de alegría.

—Verá —le explicaba la madre a don Emiliano—, Edson siempre ha querido montar un burro. Es su animal preferido en el nacimiento, y no sé porqué le gustan tanto.

—Esta es mi mejor Navidad —dijo el niño.

Yo me contuve las ganas de llorar. ¡Lo había hecho feliz por ser un burro!

—Dios le bendiga, buen hombre —le dijo el padre a don Emiliano dándole un abrazo y depositando en su bolsillo un obsequio, un billete de muchos ceros.

Los ojos de los hombres se cruzaron y comprendí una cosa. Ambos sabían el significado de la Navidad. Y así, don Emiliano tuvo una rica cena, yo un poco más de alfalfa, y Edson recibió un extraño, pero preciado regalo. ¿Quién lo fuera a imaginar?

No puedo salvarlos

Por Keila Ochoa Harris

Madonna Badger lo tenía todo: tres hermosas hijas, sus padres, un novio, una casa hermosa a las orillas de Nueva York y un trabajo envidiable: realizaba campañas publicitarias para Calvin Klein. Pero el día de Navidad todo se vino abajo. Por la noche, removieron brasas de la chimenea para que San Nicolás no se quemara al descender la chimenea. Pusieron dichas brasas en un bote de basura, pero estas comenzaron a arder durante la madrugada y la casa se incendió. Todos salieron corriendo, y trataron de salvar a las niñas, pero las tres murieron, así como los padres de Madonna. No pudo salvarlos. 

En otra noticia, una madre escuchó también que el incendio se apropiaba del primer piso de la casa. Corrió y reunió a sus hijos en una habitación. Decidió lanzarse al patio y así ir atrapando a los niños, uno por uno, mientras estos saltaban. Lo hizo así, pero los niños no quisieron brincar. Tuvieron miedo. No pudo salvarlos.

Como madre, hago todo lo posible por proteger a mi hijo del peligro. Cuido su alimentación, lavo su ropa, lo baño todos los días. Lo llevo a sus vacunas y vigilo que no pierda sus revisiones médicas. Incluso he llegado a pensar que daría mi vida por él. Cuando ha estado enfermo he clamado a Dios que lo salve, que lo sane, que lo libre de todo peligro, y si eso implica que yo sufra su enfermedad, lo acepto. Sin embargo, al final del día, como las dos madres del principio, debo reconocer que no puedo salvarlo.

Un accidente de auto. Una enfermedad terminal. Un descuido. Un incendio. Un huracán. Un terremoto. ¿Quién soy yo contra todas esas cosas?

Puedo enseñarle a nadar para que no se ahogue. Puedo enseñarle a marcar el número de emergencias para que pida ayuda. Pero puedo hacer algo mejor. Puedo mostrarle el camino de quien puede salvarlo: Jesús.

¿Y cómo se hace esto? Siendo yo un ejemplo de amistad con Jesús. Enseñarle una religión es sencillo. Haz esto. Di esto. Repite esto. Enseñarle una relación con Dios es más complicado. Requiere constancia, perseverancia, transparencia. Los niños que crecen en hogares religiosos pronto resienten las reglas y la hipocresía. Los niños que crecen en hogares donde Jesús reina, se sienten protegidos y buscan al mismo Señor que sus padres aman, adoran y siguen.

Que nuestros hijos vean en nosotros verdaderos seguidores de Cristo. Que podamos hablar con ellos para mostrarles que con Jesús en sus corazones, no importa lo que pase, ellos estarán libres de la perdición eterna. Si la muerte llega, en cualquiera de sus formas, ellos estarán a salvo.

Samuel Wesley, otro padre de la antigüedad, vio su casa en llamas. Corrió escaleras abajo con casi todos sus hijos. Mientras salían escuchó el grito de ayuda de uno de sus hijos más pequeños. Volvió a la casa, pero resultó imposible entrar. Con lágrimas en los ojos, buscó a su esposa. Ella estaba a salvo. Entonces, apareció el pequeño John y todos alabaron a Dios.

¿Cómo escapó del fuego? Un hombre apareció en su ventana y le tendió los brazos. John tuvo miedo del extraño y buscó a su madre en su habitación, pero cuando reconoció que todo estaba en llamas, regresó con el hombre extraño y aceptó su abrazo. Este pequeño, John Wesley, llegaría a ser un gran teólogo y predicador, fundador de la iglesia metodista.

Su padre casi no logra rescatarlo del fuego, pero hubo alguien que sí lo hizo. Del mismo modo, Jesús está en la ventana de nuestras vidas con brazos abiertos. Corramos a él, y luego llevemos a nuestros hijos a sus brazos. Solo así podremos salvarlos.