Siempre Mujercitas

Por Keila Ochoa Harris

Uno de los primeros libros que leí de niña fue Mujercitas. Desde entonces las cuatro hermanas March me han acompañado. Lo he vuelto a leer en diferentes fases de mi vida: como adolescente, joven y madre. Cada vez he encontrado nuevos detalles que me recuerdan lo hermoso que es ser mujer.

Esta historia nos relata la vida de cuatro mujercitas. La narración inicia con un regalo especial para cada una. Un libro que las guiará por el camino de la fe y la vida: El progreso del peregrino. 

Meg es la hermana mayor. Personifica a una chica laboriosa y que conoce su lugar. Aunque no por eso carece de luchas. Entre otras cosas, detesta ser pobre y usar vestidos de segunda mano. 

El encanto de Meg está en ser la primera en casarse. Su boda marcará la pauta para las demás hermanas. Ellas, por supuesto, son sus más grandes porristas, pero también las más celosas. 

Meg es ama de casa por excelencia. Pareciera que no aspira a más. Cuando se le presenta la oportunidad de convertirse en una persona rica e importante, como su amiga Sally, ella desecha esa idea y decide que prefiere dedicarse al hogar. 

Después de eso leemos que Meg termina viviendo en una pequeña pero pintoresca casita, atendiendo a su esposo y más tarde criando a unos gemelos y a una niña. Es lo que ella deseaba pero aún así, Meg de repente estalla por cosas pequeñas como un guante perdido o una cena quemada. ¿Nos suenan familiares sus problemas domésticos?

Jo es la segunda y la que más parece destacar. Su carácter es fuerte y es intrépida y voluntariosa. Se comporta como un «niño», pero a pesar de sus travesuras, Jo es la que más defiende su hogar. 

Se sacrifica por su padre y se duele al ver que el casamiento de Meg romperá con la burbuja de amor filial. Jo se da a los demás, como a su hermana Beth, y en su corazón encontramos vez tras vez el perdón. 

Jo es también una ávida lectora y una escritora que sueña con crear nuevos mundos y personajes. En algún momento pareciera ser la futura solterona de la familia, pero a su tiempo encuentra el amor, no en el chico guapo y rico de un cuento de hadas, sino en un humilde profesor de alemán que es mayor que ella. 

En Jo se refleja ese deseo de alcanzar nuestros sueños. Al principio quiere escribir para ganar dinero, pero entiende que no necesita rebajar su arte con cosas góticas y de terror tan solo para ganarse algunos adeptos y unos cuantos dólares, sino que aprende a usar su pluma por amor.

Beth es la tercera hija. Para muchos Beth es un personaje menor, pero para mí, Beth es una heroína. Su timidez se percibe entre los capítulos, pues poco se deja ver. Sabemos que es callada y la mayor admiradora de Jo. 

La encontramos sumida en su música, practicando el piano y deleitando a los demás. La vida le regala la dicha de un piano y de ver a su padre en casa, pero su interés por los demás le trae, a final de cuentas, la enfermedad que la lleva a la tumba. 

Sin embargo, vemos en Beth una profundidad que no encontramos en las otras tres. Lo que en un momento podría juzgarse como falta de personalidad, ¿no será más bien fortaleza interior? 

Meg no hubiera querido morir sin antes casarse, ni Jo antes de publicar su primer libro, ni Amy antes de crecer. Beth, sin embargo, parece estar lista. ¿Por falta de ideales? ¿Por falta de sueños? ¿No era su música suficiente motivo para soñar con la fama? 

Para Beth hay algo que siempre será más importante: el hogar. Ella vive en el presente y está completa, y quizá por eso,  se le concede primero el privilegio de ir al hogar eterno a descansar.

Amy es la más pequeña. Quizá es la menos favorita porque es la que más se parece a la mayoría de nosotras. Ella es bonita, vanidosa y egoísta. Quizá ha sido muy consentida por los mayores en casa. Pero también está su arte, por medio del cual se desea expresar. 

A Amy la arrancan de su hogar al enviarla lejos de casa cuando Beth se enferma. Tal vez no imaginamos lo mucho que padeció al no estar ahí en esos momentos. Amy se casa con el chico que roba cámara durante la novela. 

Algunos pensaríamos que la autora decide juntar a sus dos personajes consentidos en un arranque, pero más bien creo que Amy, quien debió tener muchos admiradores en Europa, elige lo más cercano a su corazón y a su familia. Más tarde, Amy se establece en un bello lugar donde otros pueden ir y venir para crear y disfrutar del arte. Allí tiene a su pequeña hijita, Bess, quien trabaja junto a ella con una gran sonrisa.

Me he preguntado si la mujer perfecta tendría un poco de cada una de las mujercitas: la practicidad de Meg, la creatividad de Jo, la sensibilidad de Beth y la vivacidad de Amy. ¿O acaso sería mejor la historia sin una de ellas? 

La respuesta es ¡no! Cada personaje hace posible la historia. Todos los integrantes de una familia somos especiales, diferentes y únicos, aún con nuestros defectos, ¡y esto nos da un motivo para celebrar!

Para las que somos madres, hay buenas noticias. El libro Mujercitas estaría incompleto sin la figura central de esta historia, y no es Jo. Es una persona tras bambalinas, que aparece y desaparece de la trama, pero que en realidad funciona como el pegamento que une ese hogar: Marmee, la madre.

Marmee es el modelo que sigue Meg para ser un ama de casa, es la que anima a Jo a luchar por sus sueños, es la que aquieta el corazón de Beth y la que disciplina a Amy con ternura. 

Marmee es el ideal que las cuatro persiguen, la madre que las cobija por las noches, aquella que ha creado ese hogar que las cuatro, a su modo, protegen y añoran. Sin embargo, Marmee no es una mujer perfecta. 

Pero, ¿qué es lo hace Marmee para que su hogar sea un refugio?

Marmee acepta a sus cuatro hijas como son. Conoce sus debilidades y fortalezas, provee un espacio de libertad para crear e inventar. Tiene principios bíblicos inalterables y establece límites que no se pueden traspasar. Marmee ama intensamente a su esposo y a sus hijas. Marmee llora y ríe. Marmee es simplemente mamá.

Así que como madres tenemos todo en nuestras manos para hacer de nuestros hogares un refugio y un lugar de amor. Leamos Mujercitas, y al hacerlo notemos las palabras y actitudes de Marmee, así como su presencia invisible. Aprendamos de ella esas sutiles pero poderosas lecciones sobre el valor de ser mujer. 

El siguiente paso

Por Keila Ochoa Harris

¿Y ahora qué sigue? Me he preguntado esto en diversas ocasiones, cuando termino de llenar un formulario con mis datos para algún trámite oficial y miro alrededor. ¿Ahora qué? ¿Dónde lo llevo? ¿Qué hago?

Sucede lo mismo con el camino de la vida. He elegido a Jesús. ¿Ahora qué? 

El momento de elección es mágico, tanto así que los que transitan por él siempre regresan a ese punto cuando se extravían, y lo relatan con una sonrisa en los labios y lágrimas en los ojos, pues se trata de un momento trascendental, un cambio de dirección, una nueva aventura. 

Pero ¿y después? El apóstol Pablo lo explica en el libro de Colosenses: «De la manera que recibieron a Cristo Jesús como Señor, ahora deben seguir sus pasos» (2:6).

En un campo verde o en un terreno pedregoso no se vislumbran senderos claros. Solo se ve el pasto, y en algunas partes éste luce más seco debido a las pisadas. La vida cristiana, en mi opinión, no se traduce como una carretera moderna, con señalamientos claros, asfalto y ayuda en el camino. Simula más bien un viaje donde las estrellas dirigen y uno encuentra posadas en el camino para refrescarse y proseguir. 

Pero también comprendo que la vida no es al cien por ciento una caminata, como cuando salgo a practicar senderismo; sino que incluye despertarme, tomar una ducha, salir a la escuela o al trabajo, lidiar con las pequeñas tribulaciones diarias, llamar por teléfono, escribir correos, contar el dinero para hacerlo rendir y relacionarme con otros. 

¿Cuáles son los pasos de Jesús que debo seguir? 

Una interpretación errónea sería vestir como en el primer siglo en Palestina y hacer exactamente lo que hizo Jesús. ¿Multiplicar panes? ¿Conseguir doce discípulos? ¿Hablar a multitudes? ¿Andar sobre el mar?

Cuando interpretamos la Biblia, lo más lógico siempre resulta lo más acertado. Seguir los pasos de Jesús implica vivir como él vivió. ¿A qué me refiero? A cambiar mi mentalidad y ver las cosas como Él las vio. A realizar ciertas acciones concretas como el perdón, el amor y la constancia. 

Un paso a la vez. 

¿Y si fallo? Soy una mujer de orden. Decenas de papelitos decoran mi escritorio y mi refrigerador. En ellos anoto mis pendientes, mis listas y mis objetivos. Cuando en un día puedo palomear cada artículo en la lista, me felicito.

A veces hago trampa. Borro una anotación de uno de los papelitos y lo copio en otro. Lo pospongo, pero me repito que se llevará a cabo en su momento. Sin embargo, cuando la lista queda con pendientes, cuando por la noche me doy cuenta de que mis proyectos no se cumplieron, me entristezco y me castigo. 

Comencé la vida cristiana de la misma manera. Papelitos con pendientes: orar por la mañana, hacer el devocional matutino, realizar una buena obra, compartir con alguien de Jesús, orar por la noche, leer la Biblia otra vez. 

No hubo un sólo día en que lograra cumplir todos mis buenos propósitos. De hecho, generalmente fallaba en tres o más. Así que me taché de mala cristiana y de alguien que no merecía gracia ni vida eterna. 

Si bien en mi juventud por lo menos abarcaba dos o tres actividades de mi impuesta lista, a la hora de tener una familia el sueño se desvaneció por completo. Imposible mantener un horario. 

Pero en el camino de la vida cristiana andamos un paso a la vez. Y Jesús no está a nuestro lado con una libreta en mano para marcar cada vez que erramos. De hecho, me parece que tiene tanto amor y misericordia, que nos anima a acertar, pero nos da un campo con un abundante margen de error. 

Me explico mejor. Al hacer mis listas, es como si delante de mí viera una pisada del tamaño del pie de mi padre. Debo complacerlo al acertar, pero aún más, debo «caber» dentro de ese espacio. 

Sin embargo, Dios no es mi padre. Su pisada no es la de un ser humano. Dios es Dios. ¿No será que su pisada es diez, veinte, cien veces más grande, y que, por eso, al avanzar por fe, al levantar mi pie para dar un paso, forzosamente caeré dentro de la pisada? Quizá no le atine a la mitad, pero sí en la periferia. ¿Y no será suficiente?

Mis listas no sirven salvo para frustrarme y derrotarme. Pero en Jesús hallo gracia. La gracia suficiente para dar el siguiente paso de fe. El único modo de no errar es si Él me toma de la mano, apunta al piso y a su pisada, y me ayuda a atinarle. Así de fácil, así de difícil. 

Así que me abrazo a Él y me aferro, como mi hija se cuelga de su papá para que él no se vaya al trabajo. Él es el camino, Él ha hecho las pisadas, Él me guiará. Éste no es un viaje donde Jesús se sienta como espectador para ver qué hago. Más bien es su modo de recordarme que Él hace todo: me da la vida, me da las opciones, me muestra el camino. Él va a mi lado, y de ese modo, puedo dar el siguiente paso.

Mi abuelo contaba la anécdota de un niño que se extravió. Se acercó a un señor de traje gris y le pidió indicaciones sobre cómo ir a su casa. «¿Sabes tu dirección?», le preguntó el hombre. 

El niño la recitó de memoria. Entonces el señor contestó: «Camina dos cuadras hacia arriba, luego giras a la derecha. Tres calles después, te toparás con un crucero. Gira a tu izquierda para más tarde…»

Esto hacen las religiones, las que creen conocer el camino y hacen listas y listas que jamás se cumplen. Pero el niño encontró a un segundo hombre. Le hizo la misma petición, luego recitó su dirección. El hombre entonces lo tomó de la mano y le dijo: «Yo te llevo».

Eso hace Jesús. Él es el camino. Él es el guía. Él es la pisada siguiente. Sólo me debo dejar conducir.

Chocolate amargo

Por Keila Ochoa Harris

El chocolate amargo no es menos chocolate. Contiene las mismas propiedades; de hecho, diríamos que se encuentra en su forma más elemental, sin la añadidura de azúcar, leche y otras sustancias que componen el chocolate que es más conocido.

Supongo que en la vida las relaciones de pareja son así también. La sociedad nos vende un chocolate más comercial (con azúcar y leche), donde el novio nos abre la puerta del auto, nos recita palabras románticas, nos sorprende con regalos costosos y nos conquista.

Sin embargo, cuando llegamos al matrimonio, la diaria convivencia nos muestra, en muchas ocasiones, el chocolate en su forma más elemental, con un sabor semiamargo. Entonces nos quejamos. ¿Dónde ha quedado el romance? ¿Qué de las flores? ¿Cuándo volverán las canciones románticas?

Quizá es cuestión de enfoque. ¿Qué es lo que nos gusta del chocolate? No solo es su dulzura, pues en ese caso compraríamos miel. No es tampoco su consistencia, pues podríamos optar por goma de mascar o algo crujiente como unos cacahuates. Son las propiedades mismas del chocolate las que conquistaron a los aztecas, luego a los españoles y hoy, a las mujeres.

El chocolate es nutritivo pues contiene fibra, hierro y magnesio, entre otros. Es un poderoso antioxidante y ayuda con enfermedades del corazón. Buscamos el chocolate por los neurotransmisores que estimula, entre ellos la dopamina, que nos hace sentir bien. Nos gusta el chocolate porque podemos hornearlo, cocinarlo y beberlo. Está en postres, aperitivos, sopas, ensaladas y algunos platillos principales.

El chocolate amargo, entonces, no es menos chocolate. Al igual que una relación de matrimonio del día a día, con los roces naturales de la convivencia no es menos romántica, especial ni real. 

¿Qué hago cuando recibo un trozo de chocolate amargo? Me lo como. Lo disfruto. Lo combino con otros sabores. Del mismo modo, en aquellos días de fricción con mi pareja debo hacer lo mismo. Seguir adelante. Poner de mi parte. Combinarlo con mis recuerdos.

La vida tiene días buenos y malos, altos y bajos, dulces y amargos, pero sigue siendo vida. No nos quedemos solo con las ideas que nos ha vendido la cultura comercial como el romance hollywoodense, sino aprendamos a encontrar el valor y la belleza de las cosas reales, desde un chocolate amargo, hasta una relación de pareja que madura con el paso de los años.

La razón de su cansancio

Por Keila Ochoa Harris

«Jean estaba cansada». Así comienza el cuento/parábola de la pluma del sacerdote James J. Kavanaugh; historia que me hizo pensar y reflexionar sobre mi propia vida.

Jean y Bill comenzaron el viaje para seguir la estrella y llegar al Niño a través del desierto, que al principio se veía vasto e inmenso en su grandeza. Sus hijos, sin embargo, con sus quejas y demandas podían hacer que olvidaras todo sobre la estrella. Además, esta brillaba solo de noche, así que durante el día, la locura de las actividades confundía.

Por otro lado, cada vez que llegaban a un oasis, añoraban lo que habían dejado: unas vidas aparentemente placenteras y tranquilas como las del resto. Muchas veces pensaron que lo mejor sería dejar de seguir la estrella, sobre todo cuando había tantas otras luces alrededor.

Finalmente, un día decidieron quedarse en un oasis y vivir como los demás. Por las noches, alrededor de la fogata, escucharon historias que se burlaban del matrimonio y se envolvieron por las palabras que anunciaban que el impulso suplantaba la razón.

El día que Jean se dio cuenta que ella y Bill ya no tenían nada importante que susurrar por las noches antes dormir, o que lo mismo daba chismear de sus amigas que reír con ellas, cuando palpó que el trabajo la dejaba exhausta y que no lograba relajarse, cuando las canas y las arrugas ya no eran las marcas del desierto, sino algo de qué avergonzarse, cuando miró de reojo la estrella titilante, lloró.

Al otro día, Jean y Bill se cubrieron con sus ropas beduinas y montaron los camellos. Y salieron, como tiempo atrás, para seguir la ruta de la estrella, pues ahí encontrarían al Niño infante que esperaba para decirles la razón de su cansancio.

Yo también estoy cansada. Muchos días siento que no puedo más. ¿Será que estoy desviándome de la ruta del desierto? «Niño Rey, dime la razón de mi cansancio».

Confesiones de una hija de pastor

¿Quieres comenzar el año leyendo una novela?

Aquí están los capítulos, uno por uno.

Da clic y conoce a Pris, la hija de un pastor, y síguela por unos meses en su vida.

Apresúrate pues pronto ya no estará en plataformas, sino como un ebook.

Capítulo 1: https://esencia.milamex.com/blog/confesiones-de-una-hija-de-pastor-capitulo-1?rq=keila%20ochoa

Capítulo 2: https://esencia.milamex.com/blog/confesiones-de-una-hija-de-pastor-capitulo-2?rq=confesiones

Capítulo 3: https://esencia.milamex.com/blog/confesiones-de-una-hija-de-pastor-capitulo-3?rq=confesiones

Capítulo 4: https://esencia.milamex.com/blog/confesiones-de-una-hija-de-pastor-capitulo-4?rq=confesiones

Capítulo 5: https://esencia.milamex.com/blog/confesiones-de-una-hija-de-pastor-capitulo-5?rq=confesiones

Capítulo 6: https://esencia.milamex.com/blog/confesiones-de-una-hija-de-pastor-capitulo-6?rq=confesiones

Capítulo 7: https://esencia.milamex.com/blog/confesiones-de-una-hija-de-pastor-capitulo-7?rq=confesiones

Capítulo 8: https://esencia.milamex.com/blog/confesiones-de-una-hija-de-pastor-capitulo-8?rq=confesiones

Capítulo 9: https://esencia.milamex.com/blog/confesiones-de-una-hija-de-pastor-capitulo-9?rq=confesiones

Capítulo 10: https://esencia.milamex.com/blog/confesiones-de-una-hija-de-pastor-capitulo-10?rq=confesiones

Capítulo 11: https://esencia.milamex.com/blog/confesiones-de-una-hija-de-pastor-capitulo-11?rq=confesiones

Capítulo 12: https://esencia.milamex.com/blog/confesiones-de-una-hija-de-pastor-capitulo-12?rq=confesiones

Capítulo 13: https://esencia.milamex.com/blog/confesiones-de-una-hija-de-pastor-capitulo-13?rq=confesiones