Te veo desde el Génesis

En el primer día, pues tú eres la luz del mundo.

En el segundo día, pues tú eres el camino al cielo.

En el tercer día, pues tú eres la vid verdadera.

En el cuarto día, pues tú eres la estrella de la mañana.

En el quinto día, pues tú eres manso como paloma.

En el sexto día, pues tú eres el cordero de Dios, el león de Judá, el Hijo del hombre.

En el séptimo día, pues tú eres el reposo de mi alma.

Te veo desde el principio; desde el Génesis te veo, Jesús.

Casas y recuerdos

He tenido demasiadas casas. La casa de mi niñez, con mi recámara propia de paredes verde selva, donde lloré, soñé y escribí por primera vez. La casa de mi primer año de matrimonio, grande y espaciosa, pero que duró poco. La casa cerca de las vías del tren, donde aprendí a ser mamá. La casa de la esquina, diseñada por mi esposo y construida con amor. El departamento en Turquía, mi refugio y altar. La nueva casa, con un tragaluz de esperanza. La casa rentada, donde crecen mis adolescentes. 

«Todas las casas tienen memoria», escribió David Farrier. Podemos trazar los planos de una casa, pero habitamos una historia, nuestra historia, la historia de nuestra familia, porque cada casa implica personas: mis padres y mis hermanas, mi esposo y mis hijos, los amigos, los miembros de mi comunidad de fe, los compañeros de equipo, los caminantes de vida que nos acompañan. 

Los lugares físicos, como una casa, se pueden cartografiar y ubicar en un mapa, pero para descubrir los tesoros de un hogar se requiere ser un arqueólogo para investigar las fotografías antiguas, para excavar —capa por capa— las heridas y las alegrías, para analizar los patrones y conductas, para interpretar las creencias y tradiciones, para conservar los tesoros espirituales. 

Muchas veces no reconocemos que somos productos del pasado. Las casas nuevas a veces carecen de historia, pero empezamos a construir una en el momento en que ponemos un pie dentro. Si bien somos arqueólogos al mirar atrás, somos arquitectos al habitar el presente. Y más que modernizar la cocina o remodelar la sala, debemos, en mi humilde opinión, trazar los planos para reproducir fidelidad. 

Que las memorias de nuestra casa se puedan trasladar a la fidelidad en la abundancia, a la fidelidad en la escasez, a la fidelidad en el gozo y la fidelidad en el sufrimiento. Todas las casas tienen memoria. Quisiera que, en cada casa en la que he estado y las que me faltan por habitar, se pueda correr la voz de que Jesús estuvo, está y estará en casa (Marcos 2:1).

Un anillo

Un anillo, un pequeño objeto circular, pero ¡qué codicia provocó en los corazones de los que lo hallaban! Causó guerras, muertes, traiciones y ceguera. Un pequeño anillo propició tres libros, unas fantásticas películas en las que la Tierra Media se debatía por obtener o rechazar el poder que esa miniatura ofrecía. En “El Señor de los Anillos” admiramos la honestidad de unos, la avaricia de otros y la lucha por el poder.

Hitler anhelaba el poder al igual que Stalin, Nerón, y tantos otros políticos, soldados, artistas y criminales.  Su ilusión:  dominar al mundo.  He-man, el hombre fuerte de las caricaturas, gritaba:  “¡Yo tengo el poder!” En otra tira cómica, Mumra, enemigo de los Thunder Cats declaraba: “¡Soy inmortal!”  Un día Lucifer, un hermoso ángel, quiso ser igual a Dios y fue echado del paraíso. Eva y Adán desearon conocer el bien y el mal y perdieron la comunión con Dios; salieron del huerto.

Sin embargo, Satanás y el hombre no comprenden qué es el poder. Curioso que la definición que más me agrada provenga de una película y de la boca de un personaje controversial que vivió durante la Segunda Guerra Mundial. Su nombre:  Schindler, su logro: rescatar judíos de la muerte dándoles trabajo en su fábrica.

Cierta noche, platica con Goethe, el general lunático encargado del campo de concentración. Entre copa y copa, Goethe bastante ebrio, habla del poder y declara:  “El control es poder”. Schindler, en sus cinco sentidos, pregunta:  “¿Por eso nos temen?” Goethe sonríe y le dice: “Nos temen porque tenemos el poder de matarlos.  Por eso nos temen”. 

Schindler agrega: “Nos temen porque tenemos el poder de matar arbitrariamente. Un hombre comete un crimen, debería conocer el resultado. Lo mandamos matar y nos sentimos bien. O lo matamos nosotros mismos y nos sentimos mejor, pero eso no es poder, es justicia.  Es muy distinto al poder. Poder es cuando tenemos toda justificación para matar — y no lo hacemos. ¡Eso es poder!  Es lo que tenían los emperadores. Un hombre robaba, lo llevaban frente al emperador, el criminal se tiraba al suelo y suplica piedad, sabía que iba a morir. . . y el emperador lo perdonaba. A ese hombre insignificante lo deja ir. Eso es poder”.

No es poderoso el que domina con miedo y amenazas, ni controlando mentes o actitudes. El poder reside en el perdón. Así que esta pequeña conversación me deja pasmada, con un silencioso respeto ante el único poderoso del universo entero: Dios. Tú y yo merecíamos morir, él tenía toda la justificación para aniquilarnos, ¿y qué hizo? ¡Nos perdonó! Envió a su Hijo, su propio Unigénito, quien pagó nuestra culpa, sufriendo en nuestro lugar, y logrando nuestra libertad.

Eso, mi querido amigo, es poder y ningún anillo competirá jamás contra estas dos palabras: “ Te perdono”.

El día del Señor

Éfeso, primer siglo

«Te espero mañana para vender, Calista», le dijo su patrona. 

Ella agachó la cabeza. Dionisia había enfermado y por esa razón su patrona le pedía algo fuera de lo común, pero Calista titubeó. Las ventas de aceite se daban por la mañana, pero por la tarde se encontraría libre para acudir a casa de Aquila y Priscila. 

«¿Qué pasa? Ah, ya sé. Esas ideas te han enloquecido», suspiró su patrona. 

Para Calista más bien la habían rescatado de la locura. La habían librado de creer que su mejor opción era servir en el templo de Diana o aceptar la esclavitud, buscar riquezas ilícitas o corromper su carácter. 

«El único señor es el emperador Domiciano», le recordó la señora Julia. «Y mañana es su día, uno para ofrecer libaciones y sacrificios». 

Julia, sin embargo, no era tan intolerante como otros. Apreciaba a Calista, porque conoció a su madre antes de que muriera. Pero no comprendía por qué Calista debía reunirse para romper un pan y dar gracias a un rabino judío que murió crucificado como un crimial. 

Tristemente, Julia no vio los milagros, como la sanidad del tío de Calista, ni había querido escuchar las palabras de vida que un judió llamado Marcos había escrito unos años atrás. 

«Dime, ¿qué tanto hacen ahí?»

¿Cómo explicar los cantos y las lecturas? Además, la abundancia en la mesa siempre la conmovía. Ella, que apenas y probaba manjares durante la semana debido a su condición social, se maravillaba ante los platillos que las mujeres más acaudaladas proporcionaban para las fiestas de amor. 

«En fin, no voy a cambiar tu forma de ser, ni lo que crees. Y debo aceptar que has mejorado; eres más ordenada y honesta, y atraes clientes. Ya, ya, no me miras así. Le pediré a otra que venga y te daré el día, si tanto insistes».

Calista ni siquiera había abierto la boca. 

«Anda y celebra el kyriakós (día del señor)». 

«Más bien, kyriakén dé kyríou (el día del Señor del Señor)», susurró y los ojos de Julia se abrieron de par en par. 

¿Eres venenoso?

¿Sabes en qué país del mundo hay más especies venenosas? Correcto. En México, seguido por Brasil y Australia.  

Los animales producen veneno por dos razones: defenderse contra depredadores y cazar su alimento.  

Los seres humanos también creamos mecanismos de defensa para proteger nuestro corazón. ¿Has usado alguno de estos? 

Quizá, como la rana dardo, usas colores en tu piel muy vivos para advertir a los otros de no acercarse. Por medio de tu forma de vestir y conducirte haces que las personas mejor se den la vuelta y ¡ni se atrevan a mirarte! Por cierto, la rana dardo dorado puede matar a diez humanos adultos con su veneno. ¿Usas tú el veneno del recelo

Tal vez eres más como una víbora Gariba, que mata entre el 10 y el 20% de las personas a las que muerde. Es agresiva y busca los lugares con alta población humana. En otras palabras, tú también puedes ser sociable, pero ¡cuidado! Que nadie te moleste o que se atenga a la consecuencia de tu enojo.  

La Taipán del interior, por otro lado, es una serpiente que tiene suficiente veneno para acabar con 125 humanos adultos en 45 minutos, pero es muy tímida y solo muerde si uno la acosa mucho. Puede ser que tú no te metas con nadie, pero si te lastiman, ¡no respondes! El veneno del rencor es muy peligroso. 

Finalmente, el mosquito es el que más muertes produce. Son ligeramente venenosos, pero si nos pican pueden contagiarnos de enfermedades como el dengue o la fiebre amarilla. Cada año, 700 millones de personas contraen una enfermedad mediante la picadura de un mosquito. Cada año, también el chisme provoca más divisiones y pleitos que una guerra. 

Estos venenos que hemos mencionado son altamente peligrosos, pero existe una solución. Dios es el único antídoto contra ellos y cuando forma parte de nuestra vida puede producir en nosotros el perdón, el amor y la bondad que tanto necesitamos.  

Sea que te enojes o insultes para atacar, o que manipules y mientas para defenderte, no seas una persona tóxica. «¿Y dejarme golpear por la vida y por otros?», te preguntarás. Mejor deja que Dios te proteja:  

«Con tu poder, Dios mío, me siento protegido; ¡tú, Dios mío, eres mi defensa!» (Salmo 59:9).