Sucedió en el año 250 A.D.

Esta es la historia de un padre y sus dos hijas; sus luchas, secretos, dudas y amenazas en 250 AD, la época de San Cipriano. Esta es la historia de Timoteo, un padre dispuesto a dar su vida por su fe pero que jamás perderá el amor por sus hijas; de Irene, una hija mayor, responsable y obediente que enfrentará la realidad de morir, vivir o sobrevivir por su Dios; y de Juliana, una hija menor que después de perderlo todo, volverá en sí. Esta es la historia del ágape de los griegos, la caridad de los romanos, el ahava de los judíos: el amor incondicional que se entrega y todo lo soporta. Esta es la historia de un hogar, en el que hay lugar más que suficiente.

Un extracto:

Esa noche Irene soñó con la abuela Perpetua y la historia de su familia.

Al morir Perpetua, el bisabuelo Primus se encargó de la educación de Timoteo. Pero una vez que Timoteo alcanzó la juventud, no impidió lo que tanto temía. Timoteo leyó el diario de su madre y creyó en Cristo. El bisabuelo lo desheredó. Murió del coraje y dejó todo en manos de la tía. La tía no dudó en adueñarse de todo.

Timoteo crió a sus hijas con el diario de Perpetua como lectura obligada. Irene lo podía recitar de memoria, y durante esas horas de ensueño, pues no logró dormir con profundidad, aterrada por lo desconocido, repasó algunos fragmentos.

“Nos echaron a la cárcel y yo quedé consternada porque nunca había estado en un sitio tan oscuro. El calor era insoportable y estábamos demasiadas personas en un subterráneo muy estrecho. Me parecía morir de calor y de asfixia y sufría por no poder tener junto a mí al niño que era tan de pocos meses y que me necesitaba mucho. Yo lo que más le pedía a Dios era que nos concediera un gran valor para ser capaces de sufrir y luchar por nuestra santa religión”.

“Desde que tuve a mi pequeñín junto a mí, y a aquello no me parecía una cárcel sino un palacio, y me sentía llena de alegría. Y el niño también recobró su alegría y su vigor”.

¿Qué haría falta para que Irene obtuviera un palacio? A Horacio a su lado, pero solo si estuviera segura de su amor. ¿Amor? Él quería a Juliana.

Repasó uno de los sueños de su abuela. Una voz le informó que tendría que subir por una escalera llena de sufrimientos, pero que al final de tan dolorosa pendiente, estaba un Paraíso Eterno.

Más tarde el juicio. Luego su conversación con su padre.

—No persistas en llamarte cristiana, hija mía.

—¿Padre, cómo se llama esa vasija que hay ahí en frente?

—Es nada más que una vasija.

—A esa vasija no se le llama pocillo ni cuchara, porque es una vasija. Y yo que soy cristiana, no me puedo llamar pagana, ni de ninguna otra religión, porque soy cristiana y lo quiero ser para siempre.

Cristiana para siempre. Más que hija o hermana, posible esposa o madre. La abuela Perpetua lo entendió. ¿Y ella?

—Abuela, ayúdame —rogó Irene—. Quiero ser valiente como tú, pero no puedo.

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La motivación de un comandante japonés

¿Qué te motiva a ti?

Por Keila Ochoa Harris

Diligencia: cuidado, atención, solicitud, eficiencia, eficacia, esmero, interés y celo. Estas palabras nos hacen temblar un poco. ¿Cómo lograr esa prontitud, agilidad, prisa, presteza, celeridad y premura en nuestras labores diarias? 

Al pensar en esta palabra me vino a la mente la imagen de un ejército, donde hay disciplina y control. Y al pensar en distintas milicias me vino a la mente la de Japón, siempre estructurada y combativa. 

En 1941, el comandante Mitsuo Fuchida dirigió el ataque aéreo a la base naval de Pearl Harbor. ¿Qué lo motivaba? ¿Luchar por su país? ¿Cumplir con las órdenes que le habían dado? Ese siete de diciembre, a las 7:40 de la mañana, ordenó el ataque y luego envió el mensaje: «¡Tora! ¡Tora!», para señalar que había logrado su objetivo: tomar a los americanos por sorpresa. 

Esa mañana murieron 2403 americanos y 64 japoneses. Al otro día, los Estados Unidos de América declararon la guerra contra Japón. Fuchida participó en otros ataques y evadió la muerte.

Tampoco practicó el suicido con el ritual japonés para morir con honor, (hará-kiri) en lugar de caer en manos del enemigo. 

Cuando terminó la guerra y regresó a su granja, tristemente, se sintió sin propósito y perdido. Sus primeras victorias se desvanecieron con el peso de la derrota. Pearl Harbor palideció frente a Hiroshima y Nagasaki. Sus éxitos militares se desvanecieron ante la realidad de un país destruido y derrotado. No tenía ninguna motivación para seguir adelante.

Entonces, en 1947, participó en los juicios por crímenes de guerra. Ahí se reencontró con un amigo, Kazuo Kanegasaki, quien había sido capturado por los americanos. 

«Seguramente te maltrataron», le dijo Fuchida. En sus campamentos de prisioneros, los japoneses habían sido bastante crueles. Fuchida no esperaba menos de los americanos. Sin embargo, Kanegasaki le contó una historia diferente. Una mujer llamada Peggy Covell les había mostrado gran amabilidad. A pesar de que los japoneses habían matado a sus padres misioneros en una prisión en Filipinas. Fuchida se quedó perplejo. No podía ser posible. La ética militar permitía la venganza. Ojo por ojo, diente por diente. 

Más tarde, en 1948, Fuchida recibió un folleto de la vida de Jacob DeShazer. En este relataba que mientras fue prisionero en Japón, «conoció a Dios». Fuchida entonces comenzó a interesarse en el cristianismo. Compró un Nuevo Testamento y leyó Lucas 23 por primera vez. 

«Se me humedecieron los ojos, y pronto sentí cómo rodaban por mis mejillas grandes lágrimas. Pude contemplar la cruz del Gólgota, y volví mis ojos hacia Cristo». 

En 1949, Fuchida creyó en Cristo. El arquitecto del ataque a Pearl Harbor encontró el perdón de Dios. Supo que lo necesitaba y lo recibió con los brazos abiertos. No es extraño que su versículo preferido fuera: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34).

A partir de esto, estableció una asociación evangelística. Empezó a viajar a muchas partes para compartir su historia de conversión. Publicó varios libros y murió a los 73 años. 

Fuchida dibujó un mapa a mano que mostraba la destrucción del ataque a Pearl Harbor. Se vendió en $425 000 dólares en una subasta en Nueva York en 2013. La fundación Jay I. Kislak compró el mapa. Más tarde lo donó a la biblioteca de Miami-Dade, que a su vez lo vendió a la Biblioteca del Congreso Americano en 2018. 

Sin embargo, el mapa más importante que dejó Fuchida se resume en el título de su autobiografía: «De Pearl Harbor al Calvario». Fuchida, como buen capitán japonés, fue un soldado disciplinado y obediente a sus generales. Sin embargo, el amor de Dios le dio más motivación y una nueva meta: compartir con otros sobre el perdón de Dios. 

Su educación militar lo transformó en un evangelista que no se rindió hasta que Dios lo llamó a su presencia. Perfecto no fue. Seguramente tuvo que vivir con los errores de su pasado y la guerra marcó su vida de muchas maneras. 

Del mismo modo, quizá traemos remordimientos a cuestas. Algunas cosas que nos avergüenzan de nuestro pasado. Otros hemos sido diligentes en eventos, situaciones y objetivos poco valiosos. Unos más atravesamos la guerra de relaciones fallidas. Tal vez adicciones peligrosas o ataques ideológicos. 

Durante la Segunda Guerra Mundial algunos encontraron la fe y otros la perdieron. La guerra forzó a muchos a preguntarse sobre la existencia de Dios. Su opinión de la humanidad y el porqué del sufrimiento. No hubo respuestas sencillas. Algunos se acercaron al Calvario, como Fuchida, otros se alejaron. 

Pero aquellos que encontraron a Jesús hallaron también sentido a sus vidas y la motivación de hablar a otros de Él. Muchos escribieron sus testimonios. Hoy podemos leer las historias de Corrie ten Boom, Dietrich Bonhoeffer, Louis Zamperini, Harry y Miriam Taylor, Darlene Deibler Rose y Esther Ahn Kim, entre otros. 

¿Qué tipo de motivación nos rige hoy? ¿La que guio a Fuchida para atacar Pearl Harbor en busca de gloria, venganza o cumplimiento del deber? ¿O nos guía el amor de Dios y la gratitud por su inmenso perdón?

Diligencia: cuidado, atención, solicitud, eficiencia, eficacia, esmero, interés y celo. Palabras que describieron a Fuchida y a otros que aprendieron a pedir perdón y perdonar. Al igual que ellos, reflejemos esa prontitud, agilidad, prisa, presteza, celeridad y premura en compartir con otros que el perdón de Dios es total, perfecto, eterno y suficiente. 

Mamá de Instagram

Imagino que si Sara, la esposa de Abraham, hubiera tenido Instagram, lo habría plagado de las fotos del bebé Isaac. Después de tantos años en espera, habría capturado cada sonrisa, cada gesto y cada logro. 

Sin embargo, el texto bíblico resume la infancia de Isaac de este modo: nació, luego cuando ya era grande… Por el contrario, las escenas que la Biblia menciona de Sara, seguramente no pasarían la prueba de las redes sociales. Dudo que la misma Sara las hubiera elegido para su perfil: su duro trato contra Agar, sus quejas ante Abraham, la risa incrédula cuando el visitante dijo que sería madre.

Reflexiono al examinar mi propia vida y mi relación con las redes sociales. Por una parte, yo también registro los pequeños detalles que quizá en mi currículo vitae no importen tanto. Pero no ventilo mis peleas domésticas, ni mis días malos, ni mis pecados. 

No estoy proponiendo que agreguemos los sinsabores de la vida en nuestras redes. Sino que, cuando seamos tentados a envidiar a los otros o comparar nuestras vidas con las de los demás, recordemos que no nos están contando «toda» la historia, así como nosotros tampoco lo hacemos. 

Y me invito a no perder la costumbre de llevar un diario personal donde pueda compartir mis luchas, mis desaciertos y mis derrotas, porque quizá un día, así como la vida de Sara me inspira —precisamente por sus fallas y su fe—, pueda yo ser de ánimo a otros. 

Cuando la disciplina no cuaja

¿Alguna vez has hecho una gelatina que no cuaja? ¡Es frustrante! Cuando la consistencia es viscosa y líquida no parece gelatina. Es obvio que algo salió mal.  

Lo mismo me ha ocurrido en la disciplina con mis hijos. Estas semanas he tenido más derrotas que victorias. Siento que algo no está «cuajando». Así que me puse a analizar. Confesaré mis errores de estos días:

1. Muchas amenazas, pero poco cumplimiento.

2. Demasiadas reglas y consecuencias.

3. Mamá cansada, mamá que pasa por alto ciertos comportamientos.

En la disciplina, el ingrediente más importante es la consistencia. ¡Y ahí es donde he fallado más! Es claro por qué las cosas no están cuajando en casa.

Como no soy una experta, realicé una investigación sobre el tema. Encontré muchos consejos, que he resumido en cinco puntos principales:

1. Establecer reglas. 

Quizá en casa hay muchas reglas, pero como son demasiadas, es más difícil hacerlas cumplir. Para edad preescolar se recomienda de tres a cinco reglas esenciales, es decir, sobre las que no se admiten excepciones. 

Por ejemplo, no pegar, no hacer berrinches o no saltar en los sillones. Se pueden añadir reglas de tipo rutinario: hacer la tarea o tender la cama. Debemos elegir con cuidado qué reglas urgen más en casa y trabajar solo en ellas hasta que se dominen.

2. Tener un plan. 

¿Cuáles son las consecuencias si los niños fallan en alguna de las reglas? Existen varias posibilidades como el  tiempo fuera, la pérdida de privilegios o el castigo corporal. 

Cada regla debe tener su consecuencia específica, real y aplicable, no cosas imposibles de cumplir. Un plan nos ayudará a ser consistentes.

3. Llevar a cabo el programa. 

Si no le hacemos ver a nuestros hijos que las reglas están allí para cumplirse, harán lo que muchos en nuestra sociedad: romperlas y salirse con la suya. Aun cuando nos cueste trabajo, si el niño desobedeció una de las reglas, debemos aplicar las consecuencias advertidas.

4. Cuidado con los cambios de ánimo. 

Cuando estamos cansadas, es más fácil ser violentas o ignorar la conducta negativa. En medio del cansancio o del mal humor, debemos esforzarnos en controlarnos y llevar a cabo la sanción pertinente, con la actitud calmada y amorosa que nuestros hijos merecen.

5. Darle tiempo al tiempo. 

La disciplina en casa es un maratón, no una carrera de cien metros. Lleva tiempo. Cabe resaltar que cuando hablo de disciplina no solo me refiero a normas de conducta, sino a modelar un estilo de vida provechoso: disciplina para tocar un instrumento o practicar un deporte, hábitos de estudio y espirituales.

Necesito que las cosas vuelvan a cuajar en casa. Me siento esperanzada. Poco a poco son más los éxitos que los fracasos. Con consistencia y la ayuda de Dios, sé que la disciplina dará fruto a su tiempo.

Gentil domador

Dice Luis D. Salem que los burros, hace mucho tiempo, eran bravos y aguerridos, no como los conocemos hoy. Por eso, Cristo fue domador de burros, como del intrépido Saulo o el voluble Pedro. 

Un amigo de don Luis, don Modesto Montañés, llegó a decir: «Yo no soy más que un asno feliz en el cual cabalga Jesús». 

Supongo que todos tenemos una historia de cuando andábamos rebeldes y reacios a ser montados, y como asnos salvajes dábamos de patadas y mordidas al que se acercaba. O quizá caímos en las crueles manos de un ser violento que usó la vara golpeadora para obligarnos a hacer lo que no queríamos, no debíamos, no entendíamos. 

Pero un día llegó el Gentil domador, que no venía a domesticarnos, sino a darnos libertad para ser aquello para lo que fuimos creados. Nos abrió las puertas a la creatividad, al servicio y a la belleza. Nos ayudó a escalar montes y cruzar valles, y a entender que podíamos llevar sobre nosotros a los demás en amor y compañerismo. 

Pero, para eso, Él debió cabalgar sobre nosotros primero, como aquel Día de Ramos, pero no olvidemos lo que el profeta Zacarías enseñó: «Nos cabalga un Rey». Y eso hace toda la diferencia.