Dos palomas

Escribí Palomas hace muchos años, pero las historias de Jonás y Zuú todavía me conmueven.

Retraté a Jonás como un hombre con defectos, dilemas, miedo y compasión, destinado a cumplir una misión profética en la ciudad de Nínive. Paralelamente, aparece una mujer ninivita llamada Zuú que observa los eventos, el arrepentimiento del pueblo, la decadencia y el regreso a la crueldad. Las vidas de los judíos (representados por Jonás) y de los ninivitas (representados por Zuú y su entorno) se entrelazan para mostrar un panorama del plan de redención, del juicio, del arrepentimiento y de la misericordia.

Así que, la narrativa combina elementos históricos, bíblicos y de ficción para dar vida a personajes y conflictos que quizá no se detallan en el texto bíblico original, pero que buscan humanizar y ampliar la historia.

¿Qué busqué aportar?

  • Frescura al relato tradicional de Jonás, ofreciendo personajes más vívidos, motivaciones más profundas y escenarios emocionales intensos.
  • Ambientar bien la historia, presentando culturas antiguas, tensiones entre pueblos, el sufrimiento humano y la esperanza de cambio.
  • Una herramienta para reflexión: sobre el llamado, la obediencia, el perdón, tanto personal como comunitario.

Probablemente este libro no es para todos. A algunos no les gustarán mis libertades alrededor del texto y a otros no les gustan los temas en torno a la fe, pero para los que quieran buscarla, la pueden encontrar en versión Kindle.

Perlas

Cuando me invitó al salón del tesoro, no lo podía creer. ¿Qué hacía yo entre las joyas del Rey? Aun así, acepté y crucé la puerta con expectación. No me decepcioné. ¡El lugar brillaba!  Oro, plata, bronce, diamantes, esmeraldas, y perlas, muchas perlas.

En primer lugar, me llamó la atención una fuente de perlas. Las delicadas esferas, más pequeñas que una gota, brotaban con armonía. El Rey se acercó y tomó unas cuantas en su mano.  “Son lágrimas de mis hijos”, me explicó.  “En esta fuente guardo todas aquellas lágrimas que he enjugado; perlas de dolor por la muerte de un ser querido, enfermedad o decepción”.

Entonces vi unos collares de perlas que colgaban del techo formando una cortina de luz. ¿Y éstas? El Rey contestó:  “Son lágrimas de alegría que he compartido con los míos.  Así como estoy presente en su dolor, también lo estoy en su gozo”.

Noté que también en las coronas había perlas, mayores a las de la fuente y más luminosas. ¿Serían especiales?  “Son las lágrimas que mis siervos han derramado al ofrecerme su vida y su tiempo. Ellas simbolizan la frustración de verse perseguidos o malinterpretados; muestran la batalla terrenal que será recompensada en el futuro”. ¡En todo el mundo no hallaría perlas así! 

De pronto, el Rey me sonrió: “Y aún no has visto las más perfectas”.  Entonces sacó un cofre. Al abrirlo, perdí el habla.  ¡Eran. . . indescriptibles!  ¿También eran lágrimas?  “Sí, pequeña. Estas ocupan un lugar único en mi corazón. Las más grandes que iniciaron la colección son las de mi Hijo, y todas las demás son las de aquellos que simplemente derraman lágrimas al decirme: TE AMO”.

Vi la imagen de hombres y mujeres a lo largo de la historia, hincados o de pie, susurrando o gritando: “Te amo, Señor, te amo”.  Y apareció la imagen de su Hijo postrado en un jardín, aceptando su destino y reiterando su amor incondicional. 

Las lágrimas que el Rey junta, son las de aquellos que le dicen: “Te amo”.  ¿Qué perlas le he dado yo?     

El legado de oro

¿Qué se le puede legar a un hijo? Existen las herencias donde se dejan casas, cuentas de banco o joyas que tarde o temprano se acaban. Pero la mayoría de los padres se esfuerzan en darle a sus hijos algo «no palpable», aunque sí vital: la educación.

¿Cómo podemos construir este legado para nuestros hijos? A continuación, siete consejos que nos pueden ayudar.

1. Seamos ejemplo. 

El dicho común afirma: «con la palabra se predica, pero el ejemplo arrastra». «No fumes», le dice el padre al niño prendiendo su quinto cigarrillo. «No digas malas palabras», aconseja la madre después de haber proferido un sin fin de maldiciones a algún conductor inconsciente. No lo pidamos, hagámoslo.

2. No intentemos correr antes de caminar. 

Recuerdo mi primer día como maestra de preescolar. La típica mamá llenaba de besos a su hijo en la puerta del colegio, casi llorando, como si su pequeño estuviera a punto de graduarse. Padres, la educación preescolar no es la universidad. Al jardín de niños se va a jugar. ¿Para qué gastar una fortuna, que tal vez no tenemos, en las altas colegiaturas? Mejor usemos ese dinero para llevar a nuestros hijos al parque o al zoológico y ahorremos para su futuro académico.

3. Leamos. 

¡Qué difícil es esto en nuestra cultura donde todo nos da pereza! ¿Cuántos libros leemos al año? Si no lo hacemos, no esperemos que nuestros hijos lo hagan. Empecemos a formar este hábito. Compremos libros, desde cuentos de hadas hasta los clásicos. Sentémonos con ellos en las noches y tratemos de terminar un libro por mes, según la edad de nuestros hijos. Disfrutaremos la lectura, ¡y ellos también!

4. Seamos parte de su educación. 

Esto no significa que resolvamos la tarea por ellos o que nos involucremos en cada comité que la escuela organice, sino que estemos al tanto de lo que pasa en clase. ¿Quiénes son sus maestros? ¿Qué están viendo en ciencias? ¿Cómo les va en deportes? Con esa información podremos reforzar los temas que nuestros hijos estudian e incluso aprender con ellos.

5. Reconozcamos su esfuerzo. 

Esto no se limita a los días de firma de boletas. Un «muy bien» no solo se debe escuchar cuando se obtiene una buena calificación, sino también cuando el niño muestra su empeño y persiste en sus tareas de cada día. 

6. Dejemos que se equivoquen. 

Las madres corremos, quitamos obstáculos y movemos montañas con tal de que nuestro niño no cometa un error. Sin embargo, una equivocación puede ser una oportunidad para reconocer nuestras debilidades, aprender de ellas y salir adelante. Este proceso es una parte importante de la vida.

7. Respetemos su estilo para estudiar. 

Cada hijo es distinto. Algunos necesitan un lugar tranquilo, otros música de fondo o la vigilancia constante de mamá o papá. Investiguemos qué les funciona mejor y brindemos nuestra ayuda.

Por último, recordemos que un niño equilibrado será más eficiente en el estudio. Este balance debe ser físico, mental, emocional y espiritual. Tener padres afectivos, curiosidad por aprender y una fe sólida son pilares para un desarrollo óptimo. Esto es indispensable para resistir la presión negativa de los amigos y la sociedad. Además, pertenecer a una comunidad de fe y participar en ella fomenta la cooperación con otros y un sano desarrollo social.

La escuela no lo es todo. A veces se aprende más en el campo o en una tarde familiar. Los niños más felices son aquellos que se sienten amados, lo cual influirá para bien en todas las áreas de su vida. ¡Este es el mejor legado!

Desde Irlanda con amor

Recuerdo aquella tarde en que cursaba secundaria y escuché por primera vez “Orinocco Flow” de Enya. Desde entonces, quedé prendida de esa música suave, tranquila, armónica, pero que se catalogaba como Nueva Era, y como cristiana, cierta parte de mí se preguntaba qué relación había entre la música y la ideología de sus autores.

Pero entonces conocí a Moya Brennan y todo cambió. De hecho, Moya o Maire, es la hermana mayor de Enya. Moya, dos hermanos y dos tíos formaron mucho antes que Enya fuera famosa un grupo llamado Clannad. Sus canciones salieron en películas como “El último de los mohicanos” y “Titanic”. Cuando Enya abandonó el grupo para ser solista, el mundo discográfico denominó esta nueva música como “Nueva Era”, y allí colocaron a Clannad, a Moya y a muchos otros músicos celtas.

En realidad, esta música está basada en la música tradicional irlandesa, más que en religiones o pensamientos, y cuando Moya Brennan también grabó como solista lo demostró, pues ella es una cristiana y su álbum “Perfect Time” refleja esto a la perfección.

Moya, la mayor de nueve hijos, creció como católica, pero se rebeló a Dios. Se dedicó a la música, pero reconoció que estaba sola. Entró a una etapa de su vida donde bebía demasiado, usaba drogas y tuvo un aborto. Cuando perdió a su bebé supo que su vida era un caos, y su matrimonio también. Se dio cuenta que aún cuando subía al escenario y hacía películas, su vida estaba vacía y sin propósito.

Entonces buscó a Dios. Simplemente empezó a orar y a pedir que Dios la ayudara y la guiara para ser una mejor persona y encontrar la paz en su corazón. Todo sucedió poco a poco, pero en 1987 conoció a Tim. Tim, hijo de un misionero de profundas convicciones cristianas, se convirtió en su esposo y padre de sus dos hijos. También llegó a ser el mentor de una nueva etapa de Moya en su recién iniciado camino en el cristianismo.

Como escribió en su canción “Where I Stand”:

No temas a la quietud, una voz gentil me guiará fuera… días hermosos… hermosa vida de amor… lluvia que se diluye desde donde estoy, tenía una vida echada a perder en mis manos, iba por sendas desviadas, pero soy débil, no me dejes ir. Encontré tu amor en mi corazón cuando mi mundo se hacía pedazos. Tu aliento de oro borró mi oscuridad. Si te lo pido, no me dejes ir.

La música de Moya es una dulce cadencia que evoca la música celta, de la que ella es un experta. Habla las lenguas ancestrales y toca el arpa. Conoce bien el folclor de su pueblo y ha cantado junto a grandes luminarias, y ha compuesto canciones para muchas películas.

Moya, como ella misma lo explica, sigue una tradición cristiana que surgió cuando san Patricio pisó la Isla Esmeralda y habló de Jesús. Desde entonces, y a pesar de las guerras y la sangre, el amor de Cristo ha vencido y ha tocado a muchos corazones que hoy cantan a Dios y le alaban.

Moya ayuda a muchas organizaciones cristianas, como una para niños ciegos y otra para quienes se recuperan de adicciones. Pero lo más importante es que ha dedicado su música a Dios, y desde Irlanda, con amor, nos ofrece hermosas composiciones que nos remontan a praderas verdes, horizontes lejanos y la nostalgia de una hermosa isla.

Busca su música. Te recomiendo su álbum navideño.

¿A tu manera?

Hace poco leí en una noticia que una anciana trató de restaurar una pintura de Ecce Homo en un santuario de Borja, Zaragoza, España. Su intento fracasó. En lugar de un Cristo mirando hacia arriba, con facciones definidas y una corona de espinas, la anciana pintó prácticamente un dibujo infantil con un rostro deforme, cabello espinado y boca borrosa. Los curadores se infartaron. La mujer había destruido una obra maestra por hacerlo a su manera.

Del mismo modo, los seres humanos nos empeñamos con echar a perder la obra maestra que Dios hizo al crearnos. El pecado ha empañado esa imagen para siempre pero ese sello divino sigue en cada uno de nosotros. Aún más, si confiamos por fe en Jesús y creemos que Él es Dios y nuestro Salvador, Dios comienza a hacer la obra perfecta de restauración en la pintura de nuestra alma.

Poco a poco nos damos cuenta de que no somos ya esa pintura corroída por el moho y manchada por el pecado, sino que de esos trazos casi inservibles empieza a surgir un rostro, el de Jesús. Somos transformados a imagen de Jesús. Cada vez nos parecemos más al proyecto original que Dios tuvo en mente al crear al hombre en Edén.

Se cuenta de un predicador y escritor que vivía en Nueva York. Estaba preocupado por el conserje de su edificio que no quería saber nada de Dios. Aprovechó que el hombre pintaba cuadros en su tiempo libre, así que le pidió un retrato. El conserje aceptó. Tarde tras tarde el predicador posaba para el artista, quien no permitía que observara el producto.

Finalmente, el cuadro estuvo listo. El predicador clamó con horror cuando observó sus facciones con una expresión desprovista de toda buena voluntad. Frente fruncida, cejas arrugadas, una boca recta sin la menor compasión. El cuadro revelaba un hombre duro y amargado.

—Pero ¡este no soy yo! —exclamó.

El artista contestó: —Así es. El hombre que pinté es lo que usted sería si no tuviera el amor de Dios.

Tal como lo instruyó el artista, el predicador guardó la pintura en el armario. Así, cada vez que lo abría, recordaba lo que sería si Cristo no morara en él. Y por supuesto, fue el principio de una hermosa amistad y el conserje quiso saber más del amor de Dios.

Quizá la pregunta es: ¿qué tanto nos ha cambiado el amor de Dios? ¿Reflejamos lo divino más que nuestra humanidad caída? ¿Cómo va la restauración de la pintura de nuestra alma?

Que la imagen de Cristo aumente cada día más en cada rasgo de nuestro ser.