Para mi tía Betty Harris

Escrito en diciembre 2009, en recuerdo a una casa siempre bellamente adornada.

Querida tía,

Perdona que te escriba, pero es lo que —se supone— sé mejor hacer. La última vez que te vi fue en Navidad. Si bien la enfermedad te tocaba, tu alma y tu espíritu seguían intactos. Animosa, juguetona, interesada en tu alrededor. ¿Sabes que eres? Una mujer virtuosa.

No puedo expresar con claridad mis sentimientos, pero te puedo decir esto con todo el corazón: siempre te he admirado. Pudiera hacer una lista de tus cualidades, pero me quedaría corta, así que, como si nos estuviéramos tomando una taza de café o té en tu casita, me pongo a recordar:

Las comidas en tu casa, alrededor de prácticos y sencillos almuerzos, pero siempre con un sabor especial. Aunque la conversación superaba a los alimentos. Íbamos de temas espirituales a musicales, de divagaciones sobre la vida a planes futuros. Siempre interesada en los demás. Siempre dando tu tiempo.

Las ocasiones especiales. Conciertos, salidas, visitas al DF. Conversaciones, nuevamente, pláticas significativas. Compartiendo confidencias, aún de las más íntimas. Dando consejos y tu sonrisa.

Los juegos. Tú organizando, riendo, proponiendo. Buscando que todos estuvieran a gusto y pudieran disfrutar la velada. El alma de la fiesta, y al mismo tiempo la que solo observaba.

Gracias por tu amor, tu amistad, tu apoyo, tu comprensión, tu sensibilidad. Gracias por ser mi fiel lectora —aún del libro que todavía no se publica. Gracias por ser una tía sonriente y animadora. Gracias por ser una amiga en los días oscuros. Gracias por ser una madre ejemplar. Gracias por ser una esposa idónea. Gracias por ser una hija de Dios transparente y vital. Gracias por ser una mujer virtuosa. Gracias por ser tú.

Ahora las lágrimas nublan la visión, pero sabemos que estás en brazos de Jesús, y que después de que hables con él y le cuentes todos tus secretos, te estarán aguardando otros pares de brazos, los de tu papá y tu mamá, quienes de seguro te recibirán con todo el amor del mundo.

Nosotros acá te echaremos de menos. Pero allá, sin más dolor, sin más enfermedad, estarás esperándonos también con los brazos abiertos.

Te amo.

El tema de mis canciones

Tus decretos han sido el tema de mis canciones en todos los lugares donde he vivido. Salmos 119:54 (NTV)

Irving Berlin publicó cerca de 1500 canciones, entre ellas las conocidas God Bless America y Blanca Navidad. Sin embargo, Paul McCartney ha tenido 91 canciones en el top 10 y 33 de estas en el número 1. Sin embargo, alguien les gana, y por mucho. Fanny Crosby, una mujer que perdió la vista, compuso más de 8000 himnos. Entre ellos, están A Dios sea la gloria, Avívanos, Señor, Mi mano ten, Señor, Salvo en los fuertes brazos, Un poco más Jesús vendrá y Grata certeza.

Fanny quedó ciega a las seis semanas de nacida. A pesar de su ceguera, no se consideró en desventaja. De hecho, escribió: «Oh, qué alma tan feliz yo soy / aunque no pueda ver, / decidida estoy que aquí yo / contenta estaré». Cuando Fanny comprendió que cualquier talento que uno tiene pertenece a Dios, comprendió que debía dedicar a Dios sus poesías.

Y a Fanny no le faltaron motivos para escribir canciones. Como dice el salmo de hoy, la Palabra de Dios le proporcionó temas incontables para cada poema y composición. Fanny memorizó grandes porciones de las Escrituras, y estas surgieron en cada himno que plasmó con la pluma.

¿Cuál es el tema de tus canciones? ¿Cantas sobre el despecho y el amor no correspondido? ¿Llenas tu mente y tus oídos con canciones que no glorifican a Dios? Que el tema de lo que entonas gire alrededor de la persona de Dios y sus palabras. ¡Nunca te faltarán motivos para cantar!

Señor, a ti dedico mi canto.

Publicado en UN AÑO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO, editorial Origen

El ingrediente más importante

Leyendo los muchos libros que existen sobre el matrimonio, sobre todo aquellos que responden a la pregunta: ¿Es esta la persona para mí?, me topé con una sorpresa. El subtítulo: “Ingrediente esencial”, me hizo pensar en amor, amistad o comunicación. No estaba preparada para la siguiente palabra.

Según los autores, un ingrediente fundamental en la receta matrimonial es: la compasión. ¿Compasión? No me sonaba a un elemento base para una relación, así que me fui al diccionario para investigar más.

La compasión es un movimiento del alma que nos hace sensibles al mal que padece otro ser. Abraham, mi esposo, es un hombre que, como muchos otros, ha sufrido. Yo también he sufrido. Y jamás olvidaré aquella mañana en que nos sentamos en un hermoso parque y abrimos nuestros corazones. Nos contamos nuestras pérdidas amorosas y nuestros fracasos relacionales, y ambos experimentamos compasión. Me dolió escuchar cómo le habían usado; le dolió escuchar mis penas. Y la compasión reforzó nuestro amor.

La compasión también comprende el estado emocional del otro. Mi esposo y yo hemos pasado por altos y bajos en el camino. Cierto fin de semana, yo andaba con la energía en su máximo nivel; él andaba cabizbajo. Yo no supe medir ni entender su estado anímico, y el lunes tuve que darle su espacio. Él estaba agotado; yo lo sabía, pero no lo comprendí. La compasión nos mueve a dar tiempo fuera, pero también a no sobrecargar al otro.

Finalmente, la compasión desea aliviar o reducir el sufrimiento del otro. En otro fin de semana que yo recibí noticias poco alentadoras, y él pospuso un viaje que tenía y se quedó conmigo esa mañana. Mostró especial amabilidad al acompañarme de compras, e incluso eligió el vestido y las sandalias que compré.

El libro tenía razón. La compasión es fundamental, pues ayuda a sentar las bases de una relación duradera. Basta revisar los antónimos para vislumbrar lo que surgirá en un matrimonio que no presta atención a la compasión: crueldad, inhumanidad e insensibilidad.

Cómo elegir un buen libro

Quizá comienzas a transitar por el camino de la lectura, tal vez eres una ávida lectora, aún así, novata o experta, siempre nos preguntamos: cómo elegir un buen libro.

¿La respuesta? ¡Nadie lo sabe! Es decir, no existe un solo método. Pero propongo algunas ideas para quien desea un poco de frescura y variedad:

–  Si hay una biblioteca cerca de tu casa, pídele al bibliotecario alguna sugerencia. O pregunta cuál es el libro más solicitado. Muchas veces ellos son una mina de información.

– Entra a un sitio web donde vendan libros. Salta al azar de página en página y lee los comentarios de los lectores. Muchas veces ellos califican los libros; revisa cuáles son los más recomendados.

– En una librería, camina hacia la sección que casi nunca visitas: “libros de terror”, “novela romántica”, “suspenso”. Lee las contratapas de varios títulos y elige el que más te llame la atención.

– Revisa los clásicos. Siempre habrá alguno o algunos títulos que no hayas leído. Vale la pena invertir en ellos. Por algo son clásicos.

– Presta atención en los convites sociales. ¿Alguien menciona un libro? ¿Cuál? ¿Por qué lo recomienda? ¿Qué le interesó del tema?

– Si tienes un autor preferido, simplemente ponte al día. ¿Ha publicado nuevos libros? ¿Cuál te falta en tu colección?

– No huyas de los “best sellers”. Ciertamente no todos serán de tu agrado, ni cubrirán tus expectativas, pero de repente surge algo en el horizonte que puede alegrar tu tarde.

– Si en tu país los libros son escasos o de precio elevado, busca lugares donde vendan libros usados. Hallarás clásicos a buen precio; incluso algunas joyas antiguas que quizá te roben el aliento.

– Si tienes amigos que leen, haz un trato con ellos. ¡Intercambien libros! Acude a su biblioteca y pide prestado un título y viceversa. Solo recuerden: si devuelves el libro, podrás leer muchos más. Si no lo regresas, habrás perdido una “biblioteca” gratuita.

Quiero aclarar que no he respondido a la pregunta: cómo elegir un buen libro. ¿Por qué? Porque lo que para mí puede ser un gran libro a otro le puede parecer demasiado cursi. Aún así, de vez en cuando, varias o muchas personas coincidimos en que cierto título vale la pena. Así que no tengas miedo de indagar. Descubrirás muchos tesoros.

El líder misterioso

Lee Ezequiel 45 y 46.

Y, cuando entren y cuando salgan, el príncipe deberá estar entre ellos. Ezequiel 46:10 (NVI)

Cada noche, el comedor del campamento quedaba sucio. Aunque un grupo de camperos lo barría después de la cena, debido a otras actividades volvía a desordenarse y empolvarse. Misteriosamente, cada mañana, cuando los encargados despertaban, se encontraba en óptimas condiciones. ¿Quién lo mantenía en orden?

Durante la revelación de Dios a Ezequiel sobre la futura gloria del templo, se presenta al príncipe. No sabemos mucho de él, pero no se trata del Mesías. Quizá, simplemente, ejemplifica lo que un verdadero líder debe ser. ¿Qué hace? Ofrece sacrificios, presenta ofrendas en representación del pueblo y no se aísla del pueblo, sino que forma parte de la multitud.

Este misterioso personaje nos ofrece grandes lecciones. En muchas empresas e incluso iglesias, los líderes viajan en autos especiales y no se mezclan con el resto. Entran por puertas laterales y solo conviven con otros del mismo rango. Esta no es la imagen del príncipe misterioso que leemos aquí. Este es un líder siervo, uno que tiene un rol de pastor, pero un corazón de oveja.

¿Te acuerdas del comedor del campamento? Una mañana, los encargados se levantaron más temprano y descubrieron el secreto. Se trataba del conferencista y orador invitado, quien, sin llamar la atención, hacía un acto de amor y servicio todos los días, en silencio y en el anonimato. Todos se asombraron de la humildad de este líder-siervo, quien dijo: «No soy especial. Soy como el resto de los camperos. A todos nos toca limpiar». ¿Nos parecemos a este príncipe misterioso?

Señor, dame un corazón de siervo.

Tomado de Un Año en el Antiguo Testamento, Editorial Origen

Y sí, el líder misterioso fue mi abuelito Ronaldo.