Una caja más grande

Por Keila Ochoa Harris

En el libro infantil: ¡No es una caja! de Antoniette Portis, la autora habla de una caja, una sencilla caja, pero que en la imaginación del personaje principal se convierte en un barco o un cohete especial.

Las cajas de cartón son objetos indispensables en los hogares donde se busque encender la imaginación de los chicos. Una caja, del tamaño que sea, puede convertirse en un juguete o una herramienta. Por eso, antes de tirar una caja de cartón, pensemos.

Una caja grande, como en las que se empacan los electrodomésticos o hasta una lavadora, se puede convertir en un tren, un cohete espacial o una casa de muñecas. Una caja pequeña (como de medicina) puede volverse: un teléfono celular o formar parte de una ciudad.

Sin embargo, cuando hablamos de cajas también viene a mi mente la frase: “Esa persona es una caja fuerte: gris, cuadrado y cerrado”. Cuando opinamos que alguien es “cuadrado” nos referimos a que su modo de ver la vida es muy conservador o limitado.

Supongo que en cierto modo todos pensamos en una referencia “cuadrada”, es decir, con los límites que la experiencia, el contexto social y el conocimiento nos brinda. Por ejemplo, antes de ser madre solía observar a los niños berrinchudos con el ceño fruncido y pensar que los padres no hacían bien su trabajo. Incluso llegué a “sugerir” cómo lograr el buen comportamiento de un niño. Mi caja era pequeña y cuadrada.

Hoy que tengo hijos mi caja sigue cuadrada, pero va aumentando en tamaño. Sé que hay buenos y malos días en esto de ser padres, y que los hijos suelen escoger el momento más inoportuno para lanzar sus rabietas, pero que eso no define una paternidad “exitosa” o “fracasada”. Mi caja ha crecido un poco.

Y reconozco que mi caja irá creciendo con el paso de los años al lado de mis hijos. Observo a mis amigas quienes ya tienen a sus hijos en la juventud y guardo en mi corazón las lecciones que aprendo, pues hoy que mi caja sigue de tamaño mediano me cuesta trabajo comprender algunas de sus reacciones y acciones. Pero sé que llegado el día, mi caja se agrandará y podré ver mejor las cosas.

La fe y los tres cerditos

Por Keila Ochoa Harris

El lobo toca a la puerta y demanda que lo dejen entrar. El cerdito se asoma por la ventana y tiembla de miedo. «No, no, no. No puedes entrar aquí». El lobo se enfada: «Entonces soplaré y soplaré y ¡tu casa derribaré!» ¿Suena familiar? 

Cuando todo parece ir bien, el lobo aparece sin previa invitación. Viene para robar, matar y destruir. Robar nuestra paz, matar la armonía, destruir nuestra fe.

Quizá como el primer cerdito hemos construido nuestra casa de paja. Pensamos que asistiendo a la iglesia —la que sea— una vez al año, acallamos la conciencia y cumplimos. Además, respetamos las creencias de los demás. Confiamos en nuestra fe de paja. Pero la paja es un material que si bien se construye fácilmente y deja tiempo de diversión, cae con un solo soplido. 

Un problema es suficiente para hundirnos en la depresión o hacernos sentir atrapadas. No hay raíces, no hay fundamentos, no hay en qué apoyarnos.

El segundo cerdito construyó su casa con madera. Tardó un poco más. De hecho, la casa quedó más presentable. Pero la madera se consume con el fuego, y a final de cuentas, el lobo también la logró derribar.

La madera puede representar el ir a una iglesia y añadir buenas obras. Somos gente moral y educada. No matamos ni robamos. No hablamos con groserías. Leemos la Biblia e incluso rezamos. Pero cuando los problemas surgen, nos encontramos, como el primer cerdito, desprovistos del cobijo de un techo. 

Pero miremos la casa del tercer cerdito. 

El tercer cerdito tardó más en edificar su casa. Mientras sus hermanos jugaban, él trabajaba. Pero más que el esfuerzo, el éxito de su casa radica en el material que utilizó. En términos concretos los tres cerditos debieron hacer lo mismo: reunir el material y construir. Pero el tercer cerdito depositó su confianza en el ladrillo, en algo duradero. 

La verdadera fe no hace por ganar puntos. La verdadera fe no cumple con requisitos. La verdadera fe simplemente cree que el material que ha elegido resistirá las tormentas. Y solo hay una roca en donde podemos depositar la fe: Jesús.

Uno va a la iglesia porque siente necesidad de reunirse con otros para adorar en conjunto. Uno hace buenas obras porque surgen de corazones agradecidos. Uno lee la Biblia porque desea conocer más a Dios. Uno ora porque es una necesidad el estar en comunicación con Dios. Pero en esencia uno no hace nada. 

El lobo sopla pero la casa no se cae. No porque el cerdito la detenga. No porque el cerdito así lo quiera. No porque el cerdito sea mejor que sus hermanos. Sencillamente, porque la roca lo protege.

Jesús es la Roca de los siglos. Si depositamos nuestra fe en Jesús cuando venga el lobo la casa resistirá. Tal vez trepe por el techo y trate de bajar por la chimenea, pero aún entonces estará el fuego del Espíritu Santo para defender al que ha puesto su fe en la Roca. 

¿Qué cerdito somos? ¿En qué hemos construido nuestra vida? Porque ciertamente el lobo es el mismo, y siempre buscará robar, matar y destruir.

Publicado en Esencia.

Si supiera

Por Keila Ochoa Harris

“Si supiéramos cuánto nos ama el Señor, estaríamos listos para enfrentar la vida constantemente, con sus altas y bajas” (Hermano Lawrence).

¡Ah, si supiera! Si supiera que la presente aflicción es por mi bien, si supiera que la presente alegría es por mi bien, si supiera que la presente preocupación es infructuosa porque Dios ya tiene todo bajo control, si supiera que él me ama tanto…

Pero el problema es que lo sé, pero no lo creo.

Lo sé, pero no me esfuerzo por practicarlo.

O quizá no siempre lo sé. Armo mi teología de unas horas de Biblia a la semana, o quizá menos que eso. Me conformo con escuchar un sermón que yo no preparé, que yo no estudié.

Entonces no veo el panorama general y lo mucho que Dios ama.

Por eso, cuando llegan los problemas, me asusto, me repliego, me enfado. Y me quejo. Me comparo. Me lamento.

Si supiera cuánto me ama el Señor, podría enfrentar la vida de una manera distinta.

Frágil y pequeño

Por Keila Ochoa Harris

Un día, las manos que formaron al mundo se encerraron en dos puñitos que ardían por cólico.

Un día, los pies que pisaron los montes, se ocultaron detrás de una cobija que lo protegía del frío.

Un día, los ojos que miraban todo y en todo lugar, se cerraron para dormir.

Un día, los labios que pronunciaron que se hiciera la luz, clamaron en llanto por alimento.

Un día, la inmensidad se guardó en un cuerpecito pequeño que María pegó contra su pecho y arrulló para ayudarlo a dormir.

Increíble, pero cierto. Un día, lo eterno y poderoso, fue frágil y pequeño.

Una mirada perfecta

Por Keila Ochoa Harris

Susurro porque podrías despertar, y no quiero, por lo menos, que lo hagas aún. Pero tengo tanto qué decirte.

Una de mis canciones favoritas dice: “Simplicity speaks in the innocent upward trusting glance of a child”. (La sencillez habla en la mirada hacia arriba, inocente y confiada, de un niño).

Y así me miras hoy.

Con tu mirada inocente, en la que no existe malicia ni doblez. Una inocencia que no excluye el pecado, sino que más bien acepta su debilidad y dependencia. Así debo mirar a Dios.

Con tu mirada hacia arriba, buscándome, a mí, quien ha prometido protegerte. Siempre miras arriba, no abajo donde no encontrarás ayuda. ¿Y yo? ¿Dónde encontraré auxilio? Arriba. Así debo mirar a Dios.

Con tu mirada confiada, pues cuando me observas, pones en mis manos tu vida. Por tu mente no cruza siquiera la posibilidad de que yo quiera tu mal o te vaya a fallar. Confías en que te daré lo que necesitas. Así debo mirar a Dios.

Gracias por enseñarme lo que significa una mirada perfecta.