Mamá de Instagram

Imagino que si Sara, la esposa de Abraham, hubiera tenido Instagram, lo habría plagado de las fotos del bebé Isaac. Después de tantos años en espera, habría capturado cada sonrisa, cada gesto y cada logro. 

Sin embargo, el texto bíblico resume la infancia de Isaac de este modo: nació, luego cuando ya era grande… Por el contrario, las escenas que la Biblia menciona de Sara, seguramente no pasarían la prueba de las redes sociales. Dudo que la misma Sara las hubiera elegido para su perfil: su duro trato contra Agar, sus quejas ante Abraham, la risa incrédula cuando el visitante dijo que sería madre.

Reflexiono al examinar mi propia vida y mi relación con las redes sociales. Por una parte, yo también registro los pequeños detalles que quizá en mi currículo vitae no importen tanto. Pero no ventilo mis peleas domésticas, ni mis días malos, ni mis pecados. 

No estoy proponiendo que agreguemos los sinsabores de la vida en nuestras redes. Sino que, cuando seamos tentados a envidiar a los otros o comparar nuestras vidas con las de los demás, recordemos que no nos están contando «toda» la historia, así como nosotros tampoco lo hacemos. 

Y me invito a no perder la costumbre de llevar un diario personal donde pueda compartir mis luchas, mis desaciertos y mis derrotas, porque quizá un día, así como la vida de Sara me inspira —precisamente por sus fallas y su fe—, pueda yo ser de ánimo a otros. 

Cuando la disciplina no cuaja

¿Alguna vez has hecho una gelatina que no cuaja? ¡Es frustrante! Cuando la consistencia es viscosa y líquida no parece gelatina. Es obvio que algo salió mal.  

Lo mismo me ha ocurrido en la disciplina con mis hijos. Estas semanas he tenido más derrotas que victorias. Siento que algo no está «cuajando». Así que me puse a analizar. Confesaré mis errores de estos días:

1. Muchas amenazas, pero poco cumplimiento.

2. Demasiadas reglas y consecuencias.

3. Mamá cansada, mamá que pasa por alto ciertos comportamientos.

En la disciplina, el ingrediente más importante es la consistencia. ¡Y ahí es donde he fallado más! Es claro por qué las cosas no están cuajando en casa.

Como no soy una experta, realicé una investigación sobre el tema. Encontré muchos consejos, que he resumido en cinco puntos principales:

1. Establecer reglas. 

Quizá en casa hay muchas reglas, pero como son demasiadas, es más difícil hacerlas cumplir. Para edad preescolar se recomienda de tres a cinco reglas esenciales, es decir, sobre las que no se admiten excepciones. 

Por ejemplo, no pegar, no hacer berrinches o no saltar en los sillones. Se pueden añadir reglas de tipo rutinario: hacer la tarea o tender la cama. Debemos elegir con cuidado qué reglas urgen más en casa y trabajar solo en ellas hasta que se dominen.

2. Tener un plan. 

¿Cuáles son las consecuencias si los niños fallan en alguna de las reglas? Existen varias posibilidades como el  tiempo fuera, la pérdida de privilegios o el castigo corporal. 

Cada regla debe tener su consecuencia específica, real y aplicable, no cosas imposibles de cumplir. Un plan nos ayudará a ser consistentes.

3. Llevar a cabo el programa. 

Si no le hacemos ver a nuestros hijos que las reglas están allí para cumplirse, harán lo que muchos en nuestra sociedad: romperlas y salirse con la suya. Aun cuando nos cueste trabajo, si el niño desobedeció una de las reglas, debemos aplicar las consecuencias advertidas.

4. Cuidado con los cambios de ánimo. 

Cuando estamos cansadas, es más fácil ser violentas o ignorar la conducta negativa. En medio del cansancio o del mal humor, debemos esforzarnos en controlarnos y llevar a cabo la sanción pertinente, con la actitud calmada y amorosa que nuestros hijos merecen.

5. Darle tiempo al tiempo. 

La disciplina en casa es un maratón, no una carrera de cien metros. Lleva tiempo. Cabe resaltar que cuando hablo de disciplina no solo me refiero a normas de conducta, sino a modelar un estilo de vida provechoso: disciplina para tocar un instrumento o practicar un deporte, hábitos de estudio y espirituales.

Necesito que las cosas vuelvan a cuajar en casa. Me siento esperanzada. Poco a poco son más los éxitos que los fracasos. Con consistencia y la ayuda de Dios, sé que la disciplina dará fruto a su tiempo.

Gentil domador

Dice Luis D. Salem que los burros, hace mucho tiempo, eran bravos y aguerridos, no como los conocemos hoy. Por eso, Cristo fue domador de burros, como del intrépido Saulo o el voluble Pedro. 

Un amigo de don Luis, don Modesto Montañés, llegó a decir: «Yo no soy más que un asno feliz en el cual cabalga Jesús». 

Supongo que todos tenemos una historia de cuando andábamos rebeldes y reacios a ser montados, y como asnos salvajes dábamos de patadas y mordidas al que se acercaba. O quizá caímos en las crueles manos de un ser violento que usó la vara golpeadora para obligarnos a hacer lo que no queríamos, no debíamos, no entendíamos. 

Pero un día llegó el Gentil domador, que no venía a domesticarnos, sino a darnos libertad para ser aquello para lo que fuimos creados. Nos abrió las puertas a la creatividad, al servicio y a la belleza. Nos ayudó a escalar montes y cruzar valles, y a entender que podíamos llevar sobre nosotros a los demás en amor y compañerismo. 

Pero, para eso, Él debió cabalgar sobre nosotros primero, como aquel Día de Ramos, pero no olvidemos lo que el profeta Zacarías enseñó: «Nos cabalga un Rey». Y eso hace toda la diferencia. 

Te veo desde el Génesis

En el primer día, pues tú eres la luz del mundo.

En el segundo día, pues tú eres el camino al cielo.

En el tercer día, pues tú eres la vid verdadera.

En el cuarto día, pues tú eres la estrella de la mañana.

En el quinto día, pues tú eres manso como paloma.

En el sexto día, pues tú eres el cordero de Dios, el león de Judá, el Hijo del hombre.

En el séptimo día, pues tú eres el reposo de mi alma.

Te veo desde el principio; desde el Génesis te veo, Jesús.

Casas y recuerdos

He tenido demasiadas casas. La casa de mi niñez, con mi recámara propia de paredes verde selva, donde lloré, soñé y escribí por primera vez. La casa de mi primer año de matrimonio, grande y espaciosa, pero que duró poco. La casa cerca de las vías del tren, donde aprendí a ser mamá. La casa de la esquina, diseñada por mi esposo y construida con amor. El departamento en Turquía, mi refugio y altar. La nueva casa, con un tragaluz de esperanza. La casa rentada, donde crecen mis adolescentes. 

«Todas las casas tienen memoria», escribió David Farrier. Podemos trazar los planos de una casa, pero habitamos una historia, nuestra historia, la historia de nuestra familia, porque cada casa implica personas: mis padres y mis hermanas, mi esposo y mis hijos, los amigos, los miembros de mi comunidad de fe, los compañeros de equipo, los caminantes de vida que nos acompañan. 

Los lugares físicos, como una casa, se pueden cartografiar y ubicar en un mapa, pero para descubrir los tesoros de un hogar se requiere ser un arqueólogo para investigar las fotografías antiguas, para excavar —capa por capa— las heridas y las alegrías, para analizar los patrones y conductas, para interpretar las creencias y tradiciones, para conservar los tesoros espirituales. 

Muchas veces no reconocemos que somos productos del pasado. Las casas nuevas a veces carecen de historia, pero empezamos a construir una en el momento en que ponemos un pie dentro. Si bien somos arqueólogos al mirar atrás, somos arquitectos al habitar el presente. Y más que modernizar la cocina o remodelar la sala, debemos, en mi humilde opinión, trazar los planos para reproducir fidelidad. 

Que las memorias de nuestra casa se puedan trasladar a la fidelidad en la abundancia, a la fidelidad en la escasez, a la fidelidad en el gozo y la fidelidad en el sufrimiento. Todas las casas tienen memoria. Quisiera que, en cada casa en la que he estado y las que me faltan por habitar, se pueda correr la voz de que Jesús estuvo, está y estará en casa (Marcos 2:1).