¿Qué es un maestro?

Parte 1

Según el diccionario, un profesor enseña una ciencia o un arte, y tiene un título universitario. Los padres, los directivos y los alumnos tienen expectativas de nuestro rol: ayudar a que otros aprendan.

En el contexto hebreo, la palabra maestro es mucho más rica. La palabra yara se traduce como enseñar o disparar, y uno de sus usos aparece en el contexto de la arquería. De hecho, literalmente significa arquero.

Uno de los objetivos principales de la enseñanza es dar al blanco para que los estudiantes aprendan algo específico. Por eso, instruimos al niño en «su» camino y no en el nuestro. Por eso, Salomón dice que los hijos son como flechas. Tienen un objetivo para cumplir.

Si bien los padres tendrán una gran influencia y responsabilidad en este aspecto, nosotros, los maestros, por medio del ejemplo y el conocimiento individual de sus alumnos, podemos ayudarles a dar en el blanco.

Si recuerdas, una de las definiciones de pecado es precisamente no dar en el blanco; errar. ¿Y qué erramos? La palabra hebrea para Torá (los primeros cinco libros de la Biblia) tiene la misma raíz. La Torá es el centro, la diana, el blanco. En otras palabras, la ley es el blanco perfecto al que debemos apuntar, pero el pecado nos hace errar constantemente. Por eso, necesitamos un maestro que dispare con nosotros y nos encamine a dar en el blanco.

Hoy sabemos que Jesús vino a dar en el blanco para que nosotros podamos ser transformados y perdonados por tantas veces que hemos fallado. Sin embargo, cuando Jesús se convierte en nuestro Señor y Salvador, nos capacita para ahora «dar en el blanco».

Si bien nosotros no podemos impartir la gracia salvadora, como maestros podemos ayudar a que los alumnos reconozcan que necesitan a Dios para dar en el blanco. A través de nuestro ejemplo y nuestra vida ellos pueden anhelar encontrar la paz con Dios, pero también su propio llamado y ser esas flechas apuntadas para dar fruto.

De hecho, todo el Pentateuco apunta a Jesús. En nuestro rol como profesores, nuestra enseñanza debe apuntar a la fuente de todo conocimiento y a ese amor y esa sed por conocerle mejor a Él por medio de su creación, una que contiene el lenguaje, las matemáticas, la ciencia, la historia, la geografía, el arte, el deporte y mucho más. ¡Qué privilegio tenemos!

Seamos buenos arqueros.

Corazón entendido

Da, pues, a tu siervo corazón entendido para juzgar a tu pueblo; y para discernir entre lo bueno y lo malo; porque ¿quién podrá gobernar este tu pueblo tan grande? 1 Reyes 3:9, RVR60

¿Sabes qué han estudiado las mujeres líderes más importantes del mundo? La alemana Ángela Merkel tiene un doctorado en química. Michelle Bachelet, chilena, cursó una carrera en medicina antes de ser la primera presidente en su país. La inglesa Theresa May se especializó en geografía. Tsai Ing-wen, taiwanesa, logró un doctorado en derecho.

¿Y Salomón? Cuando llegó al trono, a los veinte años, se presentó sin ningún título universitario. Traía solo una credencial. Dice la Biblia que «amó a Jehová» (1 Reyes 3:3, RVR60). Esto lo llevó a ofrecer sacrificios a Dios y Él se apareció al joven rey con una oferta: «Pide lo que quieras que yo te dé» (v. 5, RVR60). ¿Qué hubiera pedido un líder político hoy día? ¿Riquezas o poderío militar?

Salomón pidió un corazón entendido, quizá porque comprendió que podía ser muy competente en otras materias, pero nadie puede ser un experto en las cosas de Dios. Y esto, agradó al Señor. El Todopoderoso le dio un corazón sabio como el de nadie más en la historia. Y porque Salomón pidió sabiduría, más que riquezas y gloria, Dios quiso concederle eso también.

Quizá tú tienes un título universitario, o tal vez no. En realidad, lo que necesitamos es un corazón entendido. Necesitamos llegar ante Dios con nuestra ignorancia y manos abiertas y decirle: «Ayúdame. No sé nada». Amar a Dios y aceptar nuestra ignorancia nos llevará a conocerlo mejor y recibir lo que Salomón: «una mente dispuesta a aprender».

Señor, dame un corazón entendido.

Tomado de mi participación en el devocional Un año con Dios en el Antiguo Testamento, editorial Origen.

Mi primer retiro para escritores

En 2007, fui a mi primer retiro para escritores. El primero en mi vida. Había ido a cursos para escritores, conferencias para escritores y encuentros de escritores, pero ese fin se semana fue un espacio para aprender, pero también para escribir. 

Redacté en esos días: «Debo confesar que estoy intrigada. ¿Qué clase de personas irán a este retiro? Y concluyo: “Otros locos como yo”. Un escritor siempre tiene una historia que contar, así que supongo que no faltará tema de conversación en la mesa».

En esos días estaba a punto de tirar la toalla. Pensé que quizá la escritura no era para mí. No llegaba a los treinta años y tenía muy poco publicado, salvo en revistas. Pero no deseaba dejar mi pasión y amigos cercanos me animaron. 

De regreso, apunté en mi diario que lo más hermoso en ese retiro había sido conocer a la maestra Elisabeth F. de Isáis. Y escribí:

¿Qué se necesita para ser un buen maestro?

1. Paciencia. No cabe duda que algunos somos más tercos o más lentos o más habladores o más indisciplinados, y el buen maestro no explota ni pierde los estribos, sino que con amor espera y motiva. 

2. Pasión. El tema que tratan es apasionante para ellos y así lo transmiten. En nuestro caso, reconocimos la importancia de escribir correctamente.

3. Perseverancia. Nuestra maestra tiene una carrera y muchos años de servicio que la respaldan. Pero aún más, ha sido perseverante con nosotros, sus alumnos, algunos ya de varios años, siempre guiándonos y tendiéndonos la mano. 

4. Poder. Sí, en un buen maestro se transmite el poder de Dios. El Señor fortaleció a nuestra maestra, a pesar de que la enfermedad la ha tenido en cama varios meses. 

Gracias, querida maestra, porque eres para nosotros un ejemplo y una inspiración. 

Agradezco infinitamente la vida de esta mujer de Dios que me enseñó a escribir, que creyó en mí y en mis primeras novelas, pero que sobre todo, oró por mí y fue más que mi mentora, una madre espiritual. 

Queremos ventanas

¿Por qué escribo ficción? Porque quiero reproducir el efecto que las novelas han tenido en mí. Yo he visto por medio de los ojos de otros y eso ha ampliado mi visión. En palabras de C.S. Lewis: «Queremos ver también por otros ojos, imaginar con otras imaginaciones, sentir con otros corazones… Queremos ventanas».

Para Lewis, la literatura es una serie de ventanas o puertas que nos ayudan a salir o entrar, según como lo queramos ver. Tengo una enorme deuda con los autores que me han formado, y espero tener ese mismo efecto en otros. 

Henry Ward Beecher dijo: «Los libros son las ventanas por las que el alma mira afuera. Un hogar sin libros es como una habitación sin ventanas». Uno de mis poetas favoritos, George Herbert, escribió:

            Señor, ¿cómo puede el hombre predicar tu palabra eterna?

Es un cristal frágil y enloquecido:

sin embargo, en tu templo le concedes

este glorioso y trascendente lugar,

para que sea una ventana, por tu gracia.

Mi oración es que mi vida sea una ventana de su gracia, pero mis libros también. Te comparto rápidamente algunos libros que han sido ventanas de gracia para mí. Pudiera hacer una lista muy grande de esos libros de ficción, pero hoy solo menciono algunos, en ningún orden en particular: 

  1. Crimen y castigo, Fiódor Dostoyevski
  2. La guerra y la paz, Leo Tolstói
  3. Los miserables, Victor Hugo
  4. El señor de los anillos, J. R. R. Tolkien
  5. Mujercitas, Louis May Alcott
  6. Cristy, Catherine Marshall
  7. La cabaña del tío Tom, Harriet Beecher Stowe
  8. I Capture the Castle, Dodie Smith
  9. The Scent of Water, Elizabeth Goudge
  10. Cry, the Beloved country, Alan Paton
  11. Pendragon, Stephen Lawhead
  12. My Name is Asher Lev, Chaim Potok
  13. Cumbres borrascosas, Emily Brontë
  14. Orgullo y prejuicio, Jane Austen
  15. El corazón de piedra verde, Salvador de Madariaga
  16. Una voz en el viento, Francine Rivers
  17. Las crónicas de Sión, Bodie Thoene
  18. Médico de almas y cuerpos, Taylor Caldwell
  19. La señora Mike, Benedict y Nancy Freedman
  20. Emily of New Moon, Lucy Maud Montgomery

Y estas son mis obras de ficción:

  1. Los Guerreros de la luz
  2. Retratos de la familia de Jesús
  3. Palomas
  4. Donají
  5. El bargueño
  6. 250 A.D.
  7. Nunca sabré
  8. Peregrina
  9. Grietas
  10. Bon Voyage, una aventura en Francia
  11. La sobrina del peregrino
  12. Confesiones de una hija de pastor

Me voy a casar (2009)

Algo que escribí en el 2009 cuando Abraham me propuso matrimonio. 

Estoy Innamorata, y me voy a casar. Hace unos meses pensé renunciar a las campanas de boda; incluso creí que no había nadie para mí en este mundo. Hoy puedo compartir que mi futura boda es un sueño, pero también una realidad. Y me preguntó: ¿qué es una boda?

¿Es la fiesta o la firma de un contrato? ¿Es el pronunciamiento de un voto o la preparación de un banquete? ¿Es el inicio de un matrimonio o el fin de la soltería? ¿Es algo religioso o civil? ¿Es algo personal o comunitario? ¿Es un evento social o una ceremonia espiritual?

Supongo que es todo lo anterior, y mucho más. A veces nos concentramos tanto en “el” día que perdemos de vista “los” días: los días de preparativo, los días de noviazgo, los días de casados, los días difíciles, los días alegres, y de ese modo, se nos va la vida.

La vida, creo yo, está formada por cada segundo, cada minuto, cada hora de nuestra existencia, y en ocasiones la malgastamos al centrar todas nuestras fuerzas en un futuro evento. El hecho de que “me voy a casar”, por muy increíble que parezca o muy emocionante que resulte, empieza hoy, en este segundo y minuto de mi vida.

¿Cómo prepararme para la boda? Dando cada segundo y cada minuto a ser mejor; puliendo mi carácter; aprendiendo a conciliar; haciendo sacrificios; buscando la felicidad de mi pareja; esforzándome por servir a los demás; conociendo más a mi Creador; analizando más mi interior; invirtiendo más en el hombre de mi vida.

Me voy a casar, y estoy feliz, pero hay mucho por hacer.