La vida: regalo de Dios

Mucho se ha escrito y se escribirá de Roberto Gómez Bolaños, conocido como Chespirito, pero quisiera aportar mi pequeño recuerdo. No tendría más de diez años, pues he verificado que la obra “Títere” se presentó hasta 1985, cuando el terremoto destruyó los teatros donde se montaba.

Mis abuelos, mi mamá, mis dos hermanas menores y yo nos sentamos en las butacas del Televiteatro para ver lo que sería —para mis hermanas y yo— nuestra segunda obra de teatro musical. (La primera fue Peter Pan con Lolita Cortés como Peter Pan y el Loco Valdés como el Capitán Garfio).

La historia de “Títere” se basa en el cuento de Pinocho, y si bien conocía la trama, me enganché desde el principio. Me costó de momento olvidar que Florinda Meza no era la Chimoltrufia, sino Betel, un hada buena. Y que Chespirito era Pepe Grillo, la conciencia de Pinocho, y no el Chapulín Colorado. Pero gracias al profesionalismo de los actores, pronto me sumergí en un mundo de canciones, coreografía y magia.

Mi hermana menor se involucró tanto en la historia (solo tenía tres o cuatro años) que lloró amargamente cuando Pinocho es enjaulado por el Gato. Me parece que mi mamá la tuvo que sacar del teatro.

Pero unas semanas después, quizá meses, mi madre nos compró el disco LP de la obra musical. Me parece que lo escuchamos dos o tres veces al día durante una buena temporada. Mis hermanas y yo lo escuchábamos, bailábamos y escenificábamos cada escena. Memorizamos las canciones y hasta hoy podemos entonar: “¡Qué niño tan torpe! Es torpe de verdad; pues entre los torpes, jamás tendrá igual…” (hablando del muñeco de madera cuando trata de caminar).

¿Y qué tal ésta? “Como actor tengo muchísima madera, eso lo nota cualquiera” (Pinocho debutando en el teatro). “Debo ser un actorazo de abolengo, por las tablas que yo tengo”.

Sin embargo, algo que aplaudo y estimo de la obra de teatro de Roberto Gómez Bolaños está en el mensaje central de la canción lema: “La vida es el regalo mayor…. No existe nada mejor… es tan hermoso saber que vivimos… tan fascinante tener este don. La vida es un regalo de Dios”.

De niña no tenía mucho dinero para ir al teatro, sin embargo, esta obra marcó mi infancia y desde entonces el teatro musical me ha cautivado. Por otra parte, ciertamente reflexiono en que la vida es un regalo de Dios, y hoy que la tengo, debo usarla sabiamente pues el tiempo es corto.

Chespirito murió a los 85 años. ¿Quién sabe a cuántos llegue yo? Pero ciertamente es fascinante tener este don.

Rebuznos

Uno de mis autores favoritos es Luis D. Salem o Aristómeno Porras; quizá porque lo conocí, tal vez porque tomé café en su casa. Entrado en años, seguía amando las letras e impulsando a escritores. 

En uno de sus libros dice: «Esperamos que estas páginas digan algo al lector. Si no, recomendamos lanzarlas al fuego ya que mal hace quien guarda cosas donde no haya una enseñanza o una chispa de amor que ilumine el alma». 

Ahora que toca guardar cosas de invierno y revisar que todo esté en orden en casa, reviso los libros también. La mayoría ha aportado una lección o una brisa fresca de amor para el alma. Algunos, muy pocos, se han ido, no a las llamas, sino quizá al reciclaje. 

Sin embargo, la frase de mi mentor me hace pensar en la seriedad del oficio de escribir. Qué fácil es escribir y no decir nada, o escribir sin amor, o rebuznar, como hacía Sancho Panza. 

Luis D. Salem explica que las personas que rebuznan son las que, con «frases imprudentes echan a perder cosas de valor como la armonía en la familia, en la comunidad, etcétera». Y qué fácil es, en las redes sociales, rebuznar. 

Como Sancho Panza, decidamos poner silencio a nuestros rebuznos, y escribir y hablar cosas que enseñen y que incluyan un chispa de fe, esperanza y amor.

(Diez burritos, Luis D. Salem)

El óbolo

Por Keila Ochoa Harris

La pesadilla comenzó como tantas otras. Artemia, quien realmente era una versión joven de su abuela, se acercaba a la orilla con manos titubeantes. Caronte, el barquero de Hades, el encargado de guiar a los difuntos al otro lado del Aqueronte exigía un óbolo, una moneda, para pagar el viaje.

Entonces Artemia abría la mano. Vacía. El anciano flaco y de ropajes oscuros arrugaba la frente con tal fuerza que los pliegues le daban un aspecto feroz, luego la echaba fuera con palabras petulantes y groseras. Sin moneda, no había cruce. Ahora Artemia debería vagar cien años antes de que le permitieran cruzar el río.

Despertó con el corazón palpitante, pero de inmediato se dio cuenta que la abuela tosía y se acercó a su lado.

—Yiayia, ¿estás bien?

—Ya se me pasará. —Artemia se acurrucó a su lado. Hacía días que la abuela no se levantaba, se fatigaba a cada instante y sentía un dolor insistente en lo más profundo de sus entrañas—. ¿Te he contado mi mayor anhelo? Ver a Jesús en las nubes tal como se fue. Cada mañana despierto y le digo: «Ven hoy, Señor Jesús».

Artemia contempló el techo pintado de blanco, luego miró la vasija de cerámica en la que reposaban las cenizas del abuelo quien había muerto antes que su familia decidiera seguir a Jesús.

Aún podía recodar el llanto de la abuela y la histeria de las plañideras. Jamás olvidaría lo que la abuela le susurró cuando los ritos funerarios terminaron: —Es un viaje sin retorno. No hay solución para la muerte.

Sin embargo, no olvidaron colocar el viático de Caronte en la boca del abuelo asegurando la protección del alma del difunto.

Al día siguiente, la abuela murió. Hombres y mujeres de la iglesia se presentaron para consolar a la familia, pero el corazón de Artemia parecía haberse detenido a la par del de su abuela. Habían cambiado de religión por sugerencia de la abuela, pero ni su padre ni ella se encontraban plenamente convencidos del nuevo credo.

—No tengas miedo, Artemia —le dijo su amiga Sixta, una esclava huérfana de su edad que conocía bien las pérdidas.

—Ella no quería morir. Deseaba ver a Jesús en las nubes. Quizá todo esto es falso. No ha valido la pena. Mi abuela dio casi todo su dinero para pagar la fianza del hermano Jasón. Y ¿para qué?

Sin embargo, un pensamiento más inquietante la perturbaba. Debía colocar un óbolo en la boca de su abuela antes que la cremaran. Desafortunadamente, los ritos se sucedieron con una lentitud impresionante. La música funeraria con los instrumentos de viento se evitó. Su padre accedió a que se entonaron los salmos hebreos que algunos de los cristianos conocían. Artemia no comprendía la letra, pero el ritmo la tranquilizó medianamente.

Su padre decidió entonces que aguardarían la visita de Timoteo para el elogio por la finada abuela. Todo esto inquietaba a Artemia quien solo tenía una idea en mente: salvar a su abuela de cien años de vagar por el mundo.

Nada, ni siquiera la ligera lluvia que apaciguó el calor veraniego de Tesalónica, tranquilizó a Artemia, y Sixta percibió su inquietud.

—Si tan solo estuviera Pablo, él te animaría —le susurró.

Pero no estaba ahí. Unos años atrás había anunciado el mensaje más sencillo del universo: fe para salvación, y Yiaiyia no dudó en aceptarlo. Le siguió su padre y luego ella misma, pero ahora el recuerdo no la consolaba. ¿Quién trenzaría su cabello? ¿Quién dirigiría la casa? ¿Quién la abrazaría por las noches?

Su padre ni siquiera había mencionado el óbolo. No creía más en esa práctica, pero Artemia buscó dos monedas y las ocultó entre sus ropas. Seguramente dos monedas harían que Carento y Hades pasaran por alto su afiliación al cristianismo.

¿Pero si los romanos estaban mal? ¿Si los cristianos tenían razón? ¿A qué deidad ofendería?

Así pasaron tres días de tormento, hasta que llegó Timoteo. La pequeña comunidad cristiana se reunió alrededor del cuerpo inerte y Timoteo alabó la fe de la abuela quien no había dudado en seguir las pisadas del Maestro.

Entonces sacó un pergamino y lo abrió lentamente. Se trataba de una carta para los miembros de la iglesia, pero, aunque prometió que la leería en su totalidad más tarde, Timoteo decidió enfocarse en una parte.

«Hermanos, no queremos que ignoren lo que va a pasar con los que ya han muerto, para que no se entristezcan como esos otros que no tienen esperanza. ¿Acaso no creemos que Jesús murió y resucitó? Así también Dios resucitará con Jesús a los que han muerto en unión con él».

Artemia apretó las monedas contra la piel hasta provocarse dolor. ¿Qué debía hacer? Su padre asintió con la cabeza y unos esclavos entraron para cargar el cuerpo hacia el cementerio. Mientras todos abandonaban el salón hacia la calle, Artemia supo que tendría segundos para colocar las monedas.

Se aproximó al cuerpo y alzó la mano, pero recordó las palabras de Pablo. «No se entristezcan como esos otros que no tienen esperanza». La abuela había depositado su total confianza en Jesús. Ella había creído, y Artemia debía hacer lo mismo. Así que, dejando escapar el aire lentamente, dejó caer las monedas al piso de mosaicos y se despidió de Yiayia.

La magia de las hadas

Le contaban de magia, pero ella nunca tuvo una varita. Buscó a Campanita y preparó comida para hadas, como marcaban los cuentos, pero ni siquiera aparecieron gnomos o duendes. Leyó sobre libros antiguos donde encontraría las fórmulas para ingresar a mundos alternos, pero ninguna biblioteca los tenía.

Creció y pensó que no valía la pena gastar su tiempo en ilusiones. Eso se lo dejaría a los niños y a los abuelitos, pues increíblemente su abuelita aún soñaba con lo imposible. Ella ya no se estremeció cuando el príncipe besaba a la princesa ni cuando el dragón se interponía en su camino, pues en el fondo, dejó de pensar en las princesas. Hasta que un día…

No sucedió en un bosque encantado ni junto a un río cristalino, tampoco en una noche de luna llena ni en un amanecer en la playa. En la sencillez de su minúscula habitación, rodeada de papeles y libros, entre una cama, cuadros y fotografías de seres queridos, escuchó una vocecita.

No provenía de un hada ni de un troll, de un fantasma ni de un genio de la lámpara, sino de su propia cabeza. Y le decía: «La historia está dentro de ti». ¿A qué se refería?

«Las hadas viven mientras creas verlas». La magia funcionaría en su cabeza. Y lo mejor de todo, la podría compartir a través de las teclas. Sí, ya no había plumas ni tinteros, sino una laptop sobre el escritorio, donde la magia empezó.

Un himno al día la ansiedad disipa

Alrededor de 1830, Nicholas Hellings, quien luchaba contra la ansiedad y se sentía abrumado por muchas ocupaciones, decidió escribir un himno cada día del año para mejorar su salud mental. 

No pude evitar buscar en su himnario el día de mi cumpleaños que cayó en el segundo domingo de 1830, y traduzco aquí la tercera estrofa: 

«Al alma cautiva da libertad, 

y tranquiliza el pecho ansioso;

al alma atribulada le da paz, 

y a su pueblo cansado, reposo».

Mi abuelita solía recitar: «Una manzana al día mantiene al doctor en la lejanía». Tomando el ejemplo de Nicholas Hellings, ¿podríamos decir que: «Un himno al día disipa la ansiedad»?

Curiosamente, muchos compositores y escritores de himnos sufrieron ansiedad y preocupación. Conozcamos a algunos de ellos del Siglo de Oro de los Himnos.

A Charles Wesley (1707-1788) se le atribuyen por lo menos 8989 himnos. Si calculáramos que escribió 10 líneas cada día, ¡le hubiera tomado 50 años! Sin embargo, en una investigación reciente donde se decodificaron los diarios del autor, podemos leer un poco sobre su vida y descubrir que luchaba constantemente contra la ansiedad y la tristeza. 

Su esposa perdió a un hijo en su vientre, sus constantes viajes lo agotaban y no siempre estaba de acuerdo con su hermano John, lo que provocaba roces en la familia. 

Sin embargo, en medio de sus tribulaciones, escribió hermosos himnos que todavía hoy se entonan en muchas iglesias y que se consideran clásicos. Entre ellos están: Oíd un son en alta esfera, El Señor resucitó y Sólo excelso amor divino. 

Pero para los días complicados, cuando la vida parece una tormenta, lee, medita y escucha el himno Cariñoso Salvador que dice en su primera estrofa: 

«Cariñoso Salvador,

huyo de la tempestad

a tu seno protector, 

fiándome de tu bondad. 

cúbreme, Señor, Jesús, 

de las olas del turbión; 

hasta el puerto de salud

guía Tú mi embarcación».

Uno de los himnos más famosos de todas las épocas es Gracia sublime, compuesta por John Newton, ex traficante de esclavos. Newton compuso muchos himnos que compiló en un libro llamado el Himnario de Olney, pero contó con la colaboración de un famoso poeta llamado William Cowper (1731-1800). 

Cowper, sin embargo, luchó toda su vida con enfermedades mentales e incluso, antes de venir a Cristo, intentó suicidarse. Sus muchas penas y tristezas encontraron consuelo en Jesús, así que sus hermosas composiciones nos pueden consolar en un día nublado y gris. Uno de sus clásicos habla de que Dios se mueve de maneras misteriosas, pero quizá en un momento complicado nuestro corazón resuena al eco de estas palabras: 

«Oh, ¡quién pudiera andar con Dios!

Su dulce paz gozar, 

volviendo a ver de nuevo el sol

de santidad y amor». 

Y respondemos con Cowper después de una noche larga y oscura, cuando en medio de la oración recibimos la paz de Dios: 

«Aquellas horas de solaz, 

¡cuán preciosas aún me son!

Del mundo halagos no podrán

suplir su falta, no». 

Sin embargo, muchas mujeres también han escrito himnos. Anne Steele (1717-1778), hija de un pastor bautista, comenzó a escribir desde los 14 años. Tuvo una vida difícil, pues perdió a su madre a temprana edad. Además, de adolescente, cayó de un caballo y quedó inválida de por vida. Para colmo, unas horas antes de casarse, su prometido Roberto se ahogó en un río mientras se bañaba. 

No por eso podemos verla como una mujer solitaria y triste. Anne era culta y simpática, pero con una fe profunda, y escribió 144 himnos y 34 versiones de salmos, así como una gran variedad de poemas. 

Entre sus hermosas composiciones se encuentra Querido refugio para mi alma cansada. Cuando no hay consuelo y la esperanza se acaba, escribe Anne, solo en Dios podemos confiar. Y concluye: «Mi alma se aferrará a ti, aunque postrada en el polvo». ¿Y es que acaso no parece que cuando sufrimos Dios no nos oye? Pero Anne nos recuerda: «El oído de la gracia soberana atiende a la oración del que se duele». 

Sin embargo, leamos la letra de un himno que se considera que escribió cuando murió su prometido: 

«Padre, sin importar lo que en esta tierra

tu soberana mano niegue

acepta en tu trono celestial

esta petición:

Dame un corazón tranquilo y agradecido, 

libre de todo murmullo. 

La bendición de tu gracia imparte

y déjame vivir para Ti».

No cabe duda de que la ansiedad es un tema complicado, pero no exclusivo de nuestra época. En todos los tiempos históricos la gente ha sufrido preocupación, ansiedad y dolor. La pregunta está en cómo la enfrentamos. Wesley, Cowper y Steele, de la mano de Hellings, se aferraron al Dios de amor de la Biblia y nos compartieron sus conclusiones a través de la música. 

Si hoy estás pasando por penas y descalabros, por preocupación excesiva e incluso pánico, proponte escuchar un himno al día. Medita en las palabras de los autores, consciente que no vivieron existencias placenteras, sino sus propias tribulaciones, y, como nos recomienda Steele, aférrate a Dios aun cuando te encuentres tirada en el polvo. 

¿Quién sabe? Quizá tú seas la compositora que esta generación necesita para recordarnos quién es Dios y por qué podemos confiar en Él.

Tomado de la revista Esencia.