A la espera

Señor, escucha mi voz por la mañana; cada mañana llevo a ti mis peticiones y quedo a la espera. Salmos 5:3 (NTV)

En español usamos la expresión «en espera» o «a la espera» para mostrar que estamos expectantes de que suceda algo mejor de lo que pedimos. Esta frase bien ilustra lo que sucedió en 1940 en el orfanato en Egipto que dirigía la estadounidense Lillian Trasher. Debido a la Segunda Guerra Mundial, la comida faltaba para sus 900 huérfanos, así que Trasher convocó a veinticuatro horas de oración. 

Al día siguiente, Lillian recibió un telegrama del embajador americano. Un barco de la Cruz Roja que se dirigía a Grecia había sido desviado a Alejandría.  Debido al riesgo de ser atacado, se ordenó a la tripulación que tirara todo por la borda. Sin embargo, un marinero escocés, cuya madre oraba por el orfanato de Lillian, pidió que todo se entregara a la misionera. 

Ese día, ella recibió 2600 vestidos, 1900 suéteres, 110 toallas, 700 latas de leche en polvo, 1200 sacos de arroz y mucho más. ¡Dios proveyó en abundancia! David nos enseña a orar con la misma fe que demostraron Lillian y los niños. Uno ora, luego espera, pues Dios, en su amor inagotable, responde más allá de nuestro entendimiento. 

Cada mañana y cada noche vayamos ante el trono divino y derramemos nuestro corazón delante del Rey. Luego, quedemos a la espera. Dios, seguramente responderá, y como termina el salmo 5, nos bendecirá y nos rodeará con su escudo de amor. Si Él cuida de huérfanos, viudas y cada hija suya, también cuidará de ti, de mí y de aquellos que lo aman. 

Señor, quedo a la espera. Sé que me oirás. 

TOMADO DE UN AÑO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

El bosque

La hija del leñador se casó con el carpintero. Por lo menos Gustav le daba un poco más de confianza pues se mudaron el pueblo. Ya no vivían tan cerca del bosque, ese bosque terrible que le provocaba el mayor de los miedos.

Pero no contaba con Adelaida. Su hija de siete años tomó una canasta.

—Mamá, ¿puedo ir a recoger flores?

Gretel arrugó la frente.

—¿A dónde quieres ir?

—Al bosque. Ahí hay muchas.

—Te lo he dicho miles de veces. Tienes prohibido ir al bosque. Jamás pondrás un pie en ese bosque. El bosque está repleto de monstruos y peligros.

—Pero, mamá… Todos van al bosque de vez en cuando. Mis primos lo hacen también.

Gretel torció la boca. ¿Cómo convencerla? Gustav cedería a los encantos de su hija. Siempre lo hacía. En eso, alguien tocó la puerta. Gretel saltó de su asiento.

—Tranquila, mamá. Es solo mi tío Hansel.

Su hermano, erguido y apuesto, abrazó a su hermana.

—¿A qué se debe esa cara de pocos amigos, Gretel?

—Mamá no me deja ir al bosque —se quejó Adelaida—. Solo quiero ir a cortar flores. Le he dicho que mis primos pueden ir. ¿Por qué yo no?
Hansel intercambió miradas con su hermana.

—Ve por un poco de leche para mí, pequeña.

Adelaida resopló con fastidio y tomó el cubo donde guardaba la leche después de ordeñar a la vaca. Hansel miró a Gretel con intensidad.

—¿Aún tienes miedo?

—El bosque es un lugar peligroso. Tú lo sabes mejor que nadie. No quiero que Adelaida se tope con… algún peligro.

—Dirás, con una bruja dentro de una casa hecha de galletas. Pero eso fue hace mucho tiempo, y si recuerdas bien, Dios nos protegió de todo mal.

—Para ti es fácil. Pero ¡yo maté a esa bruja! ¿Qué tal si se quiere vengar de mí por medio de mi hija?

Hansel sujetó las manos de su hermana.

—Ven conmigo.

Gretel luchó con todas sus fuerzas, pero por temor al qué-dirán, dejó que su hermano la llevara al bosque. Cada paso le resultó una tortura. Los recuerdos la abrumaron. Piedrecitas blancas, trozos de pan, una cuerda entrelazada entre los troncos. Reconoció el camino. Iban directo a la casa de esa malvada bruja.

—Serénate, Gretel —le ordenó su hermano.

¿Pero cómo tranquilizar su corazón? Finalmente cruzaron los arbustos. Donde antes había estado la casa de galletas había un espacio vacío. Los pájaros cantaban, la luz del atardecer iluminaba la escena.

—Por eso permites que tus hijos vengan. Sabes que no está la bruja.

—No es por esa razón. De hecho —le confesó Hansel—, no me había parado por aquí desde aquella vez.

—¿Entonces?

—Cada vez que mis hijos cruzan la puerta, le pido a Dios que los proteja y los dejo ir. Soy un simple leñador, no un religioso, pero sé que Dios es más grande que cualquier bruja.

Al día siguiente, Gretel preparó dos canastas.

—¿Iremos al bosque? —sonrió Adelaida.

—Así es. Por ser la primera ocasión, te acompañaré. Después irás sola.

Una hora después, con la brisa del campo en sus mejillas, Gretel sonrió. Por primera vez en mucho tiempo sentía paz. Y recordó lo hermoso que era el bosque.

Tomado de Suspiros para mamá, editorial Verbo Vivo

Razones para alegrarnos

Hay días en que no encontramos ninguna razón para sonreír. Un hijo enfermo. Falta de empleo. Dinero escaseando. Debilidad en el cuerpo. Mal clima. Tragedias en la familia. Desastres naturales. Problemas en la iglesia. Cáncer terminal.

Pero a pesar de todo, el salmista, quien también sufrió durante su vida, nos ofrece por lo menos cuatro razones para gozarnos, sin importar las circunstancias externas, ya que el gozo es una actitud del corazón que no depende de nuestra relación con Dios.

Podemos gozarnos por la provisión de Dios. El salmo 16:2 nos dice: “¡Tú eres mi dueño! Todo lo bueno que tengo proviene de ti” (Nueva Traducción Viviente). Y ciertamente, aún en el día más nublado, podemos encontrar diez cosas buenas, por cada dedo de nuestras manos, y que provienen de Dios. Un esposo, unos hijos, una casa, una manta, un hermano, un seguro social, una Biblia, un trozo de pan, un baño de sol, un vaso con agua.

Podemos gozarnos por los paladines de Dios. En el verso 3 leemos: “¡Los justos de la tierra son mis verdaderos héroes! ¡Ellos son mi deleite!” (Nueva Traducción Viviente). ¿Cuándo fue la última vez que nos alegramos al leer una biografía de un hombre de fe como George Muller o Jim Elliot? Leer y estudiar sobre hombres de fe, bíblicos y de la historia de la iglesia, reafirman nuestro gozo. ¿Por qué no visitar o invitar a casa a hermanos de la iglesia que admiramos? Nuestro gozo aumentará, y contagiaremos a nuestros hijos con buenos ejemplos.

Podemos gozarnos por la protección de Dios. Leemos: “Señor, sólo tú eres mi herencia, mi copa de bendición; tú proteges todo lo que me pertenece” (Nueva Traducción Viviente). Esto incluye a nuestros hijos, pero también nuestra herencia. En ocasiones nos entristecemos por falta de recursos, pero olvidamos que la herencia que Dios nos ha dado se encuentra en nuestro interior, en esa fuente inagotable de recursos que nos ofrece su Espíritu, la garantía de que todo lo que Dios nos ha prometido se hará realidad.

Podemos gozarnos por la promesa de Dios. Quizá nuestra situación parezca insostenible. No puedo pensar en una experiencia más difícil que estar al borde de la muerte. Pero aún allí, la promesa de Dios nos acompaña: “Con razón mi corazón está contento y yo me alegro; porque tú no dejarás mi alma entre los muertos ni permitirás que tu santo se pudra en la tumba. Me mostrarás el camino de la vida, me concederás la alegría de tu presencia y el placer de vivir contigo para siempre” (9-11, Nueva Traducción Viviente). ¿Qué más necesitamos para esbozar una sonrisa que saber que estaremos con Jesús por la eternidad?

Cuatro razones para gozarnos. Ahí están. Solo es cuestión de tomarlas y alegrarnos. Que nuestros hijos vean siempre a una mamá gozosa, sin importar lo que ocurre afuera. Que dentro de nosotros encuentren siempre una mujer alegre por lo que Dios hizo, lo que hace y lo que hará.

Tomado de: Suspiros para mamá, editorial Verbo Vivo

La sabiduría del silencio

¡Si tan solo se quedaran callados! Es lo más sabio que podrían hacer. Job 13:5 (NTV)

Los síntomas siempre son los mismos. Siento calor, luego un ardor en el estómago y finalmente todo explota por mi boca por medio de las palabras. Cuando me doy cuenta, ya dije lo que no debía. ¿Y cuándo me pasa? Particularmente en las discusiones con las personas con las que me cuesta convivir.

Tristemente, esas palabras, aunque pida perdón, surgieron de mis entrañas y me recuerdan mi falta de dominio propio y de sabiduría. Supongo que lo mismo pasó con los amigos de Job. ¿Se sintieron consternados por el aspecto de su amigo o enfadados por lo que ellos entendían como una consecuencia a su pecado? En su intento por ayudar, solo causaron más daño.

Job los reprende en el capítulo 13. Les pide que se queden en silencio y lo dejen en paz. Incluso les pide que le permitan hablar y afrontar las consecuencias. Ansiaba decir lo que realmente pensaba. Su esperanza, a final de cuentas, estaba en Dios y no en los hombres. ¿Hemos sentido lo mismo? ¿O hemos estado en el lugar de los amigos de Job?

Probablemente tengamos una opinión al respecto de todo lo que sucede en las vidas de los demás y la nuestra, pero siempre recordemos que no lo sabemos todo ni vemos todo. Los amigos de Job, por ejemplo, ignoraban lo que había sucedido en la corte celestial entre Dios y Satanás. Por lo tanto, cuando experimentemos esas ganas de compartir, primero guardemos silencio y pidamos dirección y control a Dios antes de abrir la boca.

Señor, ayúdame a callar de amor. 

Tomado de UN AÑO CON DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

¿Eres lo que haces?

Pudo haber sido el hijo de un rico comerciante, o un líder espiritual, o un activista y revolucionario, o un pensador. Si hubiera vivido en este siglo, definitivamente sería: un influencer. Pero rechazó sus riquezas, la fama, lo establecido, y eligió abrazar una vida de pobreza y servicio. 

¿De quién hablamos? De Francisco de Asís, o el hermano Sol, como muchos lo han apodado. Pero veamos un poco de su vida para comprenderlo mejor. 

Aunque se llamaba Giovanni, le cambiaron el nombre a Francesco. Intentó convertirse en un caballero, pues la historia cruzaba el tiempo medieval. De hecho luchó en la batalla contra Perugia, pero terminó en cautiverio durante un año. Mediante un sueño decidió volver a su hogar. 

Entonces empezó a tener visiones en las que Dios le pedía diferentes cosas como ayudar a los enfermos y reparar la iglesia, que estaba en ruinas. Obediente al llamado, dio todo su dinero a la iglesia, a pesar de la ira de su padre, y tomó un voto de pobreza. 

Desde entonces, Francisco comenzó una vida ejemplar, aunque tal vez también extraña, pero que le ayudó a recordar que no somos lo que hacemos, no somos lo que sabemos, no somos lo que sentimos, sino que somos lo que Dios nos llama a ser. 

Cuando nuestra identidad comience a titubear y pensemos que valemos porque somos hijas de pastor, misioneras, maestras en la iglesia, integrantes del grupo de alabanza o algo más, pensemos en estas lecciones que nos deja San Francisco de Asís. 

Los mandatos de Dios son literales

San Francisco de Asís así lo pensó, sobre todo al considerar este verso: No se preocupen por el mañana. Ni siquiera permitía que su cocinero dejara las verduras remojando. Cada día traía su propio afán. 

¿Cómo sería nuestra vida académica y profesional si bastara a cada día su propio afán? ¿Si hiciéramos lo mejor posible cada día y dejáramos las preocupaciones antes de dormir?

Cuando estés estresada porque debes mejorar en tus calificaciones para no perder una beca, o te la vivas preocupada porque temes perder tu trabajo, recuerda que el Señor nos manda no preocuparnos. ¿Qué disciplina puedes practicar? ¡La oración!

Entrégale a Dios tus preocupaciones con las palmas de las manos hacia arriba. Dale una por una de tus penas. Luego gira tus manos y recibe su Palabra, su bendición, su consuelo. Él está en control. 

Practica el arrepentimiento

Francisco hablaba del pecado abiertamente e invitaba al arrepentimiento. Denunciaba la maldad cuando la veía. No diluía sus pecados, aunque siempre hablaba con amabilidad, tanto a grandes como a jóvenes. 

Imagina cómo sería nuestra vida si dejáramos de disfrazar el pecado con las frases de «todo mundo lo hace», «no es tan malo», «es cultural», «son otros tiempos». Una vida de introspección es necesaria. ¿Qué disciplina puedes practicar? ¡La confesión!

Ponte a cuenta con Dios todos los días. Repasa las áreas en las que estás fallando, y si te cuesta trabajo, ora como David pidiendo que Dios examine tu corazón y te muestre tus pecados, incluso aquellos que te son ocultos. Luego, pide a Dios que te limpie y te ayude a no volver a caer. 

Practica el amor sacrificial 

Francisco sirvió a los pobres, a los enfermos y a los leprosos, lo que probablemente hizo que se contagiara de lepra y muriera a los cuarenta años. Pero ese amor sacrificial no lo frenó. Aunque muchos lo criticaron, así como a sus seguidores pues decían que olían mal y andaban en ropas viejas, se identificó con aquellos a quienes servía. 

¿Cómo podemos vivir entre los demás de modo que entendamos sus luchas y entornos? ¿No nos permitiría eso salirnos de nosotros mismos y encontrar nuestra identidad en Cristo? ¿Qué disciplina puedes practicar? ¡El servicio

Servir no es sólo hacer por hacer, sino ayudar a otros que no pueden retribuirte. Tampoco se mostrará en las redes sociales, lo «buena» que eres. Implica que tu mano derecha no sepa lo que está haciendo la izquierda, ni tengas pretextos para alzarte el cuello. Servir significa morir un poco a ti misma para que brille Cristo. 

Ama el estudio

Francisco no alentaba que sus frailes se enfrascaran en estudios profundos o se inflaran de orgullo académico. A pesar de eso, de entre sus filas surgieron grandes pensadores como Bonaventura y Roger Bacon. Él no deseaba que se volvieran intelectuales sin corazón, sin embargo, invitaba al asombro y la curiosidad, elementos fundamentales para el pensamiento científico. 

¿Cómo serían nuestras vidas si no estudiáramos para ganar más dinero o conseguir un título, sino por la emoción de aprender e indagar en los libros? ¿Te llena de alegría tener un libro en tus manos? ¿Qué disciplina puedes practicar? ¡El estudio bíblico

No importa tu edad, todos necesitamos profundizar en nuestros conocimientos de la Palabra de Dios. Ama la Biblia. Estúdiala. Gózate en ella. Aprende a indagar, rascar, preguntar, cuestionar, profundizar, atesorar las Escrituras. 

Francisco de Asís desechó sus títulos y no quiso que le llamaran salvo «hermano». No dejemos que los títulos nos abrumen. Seamos, sencillamente, seguidoras de Jesús y, en palabras de San Francisco: «Ninguna otra cosa hemos de hacer sino ser solícitos en seguir la voluntad de Dios y en agradarle en todas las cosas».