Rebuznos

Luis D. Salem explica que las personas que rebuznan son las que, con «frases imprudentes echan a perder cosas de valor como la armonía en la familia, en la comunidad, etcétera». Y qué fácil es, en las redes sociales, rebuznar. 

Como Sancho Panza, decidamos poner silencio a nuestros rebuznos, y escribir y hablar cosas que enseñen y que incluyan un chispa de fe, esperanza y amor.

El óbolo

La pesadilla comenzó como tantas otras. Artemia, quien realmente era una versión joven de su abuela, se acercaba a la orilla con manos titubeantes. Caronte, el barquero de Hades, el encargado de guiar a los difuntos al otro lado del Aqueronte exigía un óbolo, una moneda, para pagar el viaje.

Entonces Artemia abría la mano. Vacía. El anciano flaco y de ropajes oscuros arrugaba la frente con tal fuerza que los pliegues le daban un aspecto feroz, luego la echaba fuera con palabras petulantes y groseras. Sin moneda, no había cruce. Ahora Artemia debería vagar cien años antes de que le permitieran cruzar el río.

Despertó con el corazón palpitante, pero de inmediato se dio cuenta que la abuela tosía y se acercó a su lado.

—Yiayia, ¿estás bien?

—Ya se me pasará. —Artemia se acurrucó a su lado. Hacía días que la abuela no se levantaba, se fatigaba a cada instante y sentía un dolor insistente en lo más profundo de sus entrañas—. ¿Te he contado mi mayor anhelo? Ver a Jesús en las nubes tal como se fue. Cada mañana despierto y le digo: «Ven hoy, Señor Jesús».

Artemia contempló el techo pintado de blanco, luego miró la vasija de cerámica en la que reposaban las cenizas del abuelo quien había muerto antes que su familia decidiera seguir a Jesús.

Aún podía recodar el llanto de la abuela y la histeria de las plañideras. Jamás olvidaría lo que la abuela le susurró cuando los ritos funerarios terminaron: —Es un viaje sin retorno. No hay solución para la muerte.

Sin embargo, no olvidaron colocar el viático de Caronte en la boca del abuelo asegurando la protección del alma del difunto.

Al día siguiente, la abuela murió. Hombres y mujeres de la iglesia se presentaron para consolar a la familia, pero el corazón de Artemia parecía haberse detenido a la par del de su abuela. Habían cambiado de religión por sugerencia de la abuela, pero ni su padre ni ella se encontraban plenamente convencidos del nuevo credo.

—No tengas miedo, Artemia —le dijo su amiga Sixta, una esclava huérfana de su edad que conocía bien las pérdidas.

—Ella no quería morir. Deseaba ver a Jesús en las nubes. Quizá todo esto es falso. No ha valido la pena. Mi abuela dio casi todo su dinero para pagar la fianza del hermano Jasón. Y ¿para qué?

Sin embargo, un pensamiento más inquietante la perturbaba. Debía colocar un óbolo en la boca de su abuela antes que la cremaran. Desafortunadamente, los ritos se sucedieron con una lentitud impresionante. La música funeraria con los instrumentos de viento se evitó. Su padre accedió a que se entonaron los salmos hebreos que algunos de los cristianos conocían. Artemia no comprendía la letra, pero el ritmo la tranquilizó medianamente.

La magia de las hadas

Le contaban de magia, pero ella nunca tuvo una varita. Buscó a Campanita y preparó comida para hadas, como marcaban los cuentos, pero ni siquiera aparecieron gnomos o duendes. Leyó sobre libros antiguos donde encontraría las fórmulas para ingresar a mundos alternos, pero ninguna biblioteca los tenía.

Creció y pensó que no valía la pena gastar su tiempo en ilusiones. Eso se lo dejaría a los niños y a los abuelitos, pues increíblemente su abuelita aún soñaba con lo imposible. Ella ya no se estremeció cuando el príncipe besaba a la princesa ni cuando el dragón se interponía en su camino, pues en el fondo, dejó de pensar en las princesas. Hasta que un día…

No sucedió en un bosque encantado ni junto a un río cristalino, tampoco en una noche de luna llena ni en un amanecer en la playa. En la sencillez de su minúscula habitación, rodeada de papeles y libros, entre una cama, cuadros y fotografías de seres queridos, escuchó una vocecita.

No provenía de un hada ni de un troll, de un fantasma ni de un genio de la lámpara, sino de su propia cabeza. Y le decía: «La historia está dentro de ti». ¿A qué se refería?

«Las hadas viven mientras creas verlas». La magia funcionaría en su cabeza. Y lo mejor de todo, la podría compartir a través de las teclas. Sí, ya no había plumas ni tinteros, sino una laptop sobre el escritorio, donde la magia empezó.

Un himno al día la ansiedad disipa

Alrededor de 1830, Nicholas Hellings, quien luchaba contra la ansiedad y se sentía abrumado por muchas ocupaciones, decidió escribir un himno cada día del año para mejorar su salud mental.

No pude evitar buscar en su himnario el día de mi cumpleaños que cayó en el segundo domingo de 1830, y traduzco aquí la tercera estrofa:

«Al alma cautiva da libertad,

y tranquiliza el pecho ansioso;

al alma atribulada le da paz,

y a su pueblo cansado, reposo».

Mi abuelita solía recitar: «Una manzana al día mantiene al doctor en la lejanía». Tomando el ejemplo de Nicholas Hellings, ¿podríamos decir que: «Un himno al día disipa la ansiedad»?

Curiosamente, muchos compositores y escritores de himnos sufrieron ansiedad y preocupación. Conozcamos a algunos de ellos del Siglo de Oro de los Himnos.

A Charles Wesley (1707-1788) se le atribuyen por lo menos 8989 himnos. Si calculáramos que escribió 10 líneas cada día, ¡le hubiera tomado 50 años! Sin embargo, en una investigación reciente donde se decodificaron los diarios del autor, podemos leer un poco sobre su vida y descubrir que luchaba constantemente contra la ansiedad y la tristeza.

Su esposa perdió a un hijo en su vientre, sus constantes viajes lo agotaban y no siempre estaba de acuerdo con su hermano John, lo que provocaba roces en la familia.

Sin embargo, en medio de sus tribulaciones, escribió hermosos himnos que todavía hoy se entonan en muchas iglesias y que se consideran clásicos. Entre ellos están: Oíd un son en alta esfera, El Señor resucitó y Sólo excelso amor divino.

Pero para los días complicados, cuando la vida parece una tormenta, lee, medita y escucha el himno Cariñoso Salvador que dice en su primera estrofa:

«Cariñoso Salvador,

huyo de la tempestad

a tu seno protector,

fiándome de tu bondad.

cúbreme, Señor, Jesús,

de las olas del turbión;

hasta el puerto de salud

guía Tú mi embarcación».

Uno de los himnos más famosos de todas las épocas es Gracia sublime, compuesta por John Newton, ex traficante de esclavos. Newton compuso muchos himnos que compiló en un libro llamado el Himnario de Olney, pero contó con la colaboración de un famoso poeta llamado William Cowper (1731-1800).

Cowper, sin embargo, luchó toda su vida con enfermedades mentales e incluso, antes de venir a Cristo, intentó suicidarse. Sus muchas penas y tristezas encontraron consuelo en Jesús, así que sus hermosas composiciones nos pueden consolar en un día nublado y gris. Uno de sus clásicos habla de que Dios se mueve de maneras misteriosas, pero quizá en un momento complicado nuestro corazón resuena al eco de estas palabras:

«Oh, ¡quién pudiera andar con Dios!

Su dulce paz gozar,

volviendo a ver de nuevo el sol

de santidad y amor».

Y respondemos con Cowper después de una noche larga y oscura, cuando en medio de la oración recibimos la paz de Dios:

«Aquellas horas de solaz,

¡cuán preciosas aún me son!

Del mundo halagos no podrán

suplir su falta, no».

Sin embargo, muchas mujeres también han escrito himnos. Anne Steele (1717-1778), hija de un pastor bautista, comenzó a escribir desde los 14 años. Tuvo una vida difícil, pues perdió a su madre a temprana edad. Además, de adolescente, cayó de un caballo y quedó inválida de por vida. Para colmo, unas horas antes de casarse, su prometido Roberto se ahogó en un río mientras se bañaba.

No por eso podemos verla como una mujer solitaria y triste. Anne era culta y simpática, pero con una fe profunda, y escribió 144 himnos y 34 versiones de salmos, así como una gran variedad de poemas.

Entre sus hermosas composiciones se encuentra Querido refugio para mi alma cansada. Cuando no hay consuelo y la esperanza se acaba, escribe Anne, solo en Dios podemos confiar. Y concluye: «Mi alma se aferrará a ti, aunque postrada en el polvo». ¿Y es que acaso no parece que cuando sufrimos Dios no nos oye? Pero Anne nos recuerda: «El oído de la gracia soberana atiende a la oración del que se duele».

Sin embargo, leamos la letra de un himno que se considera que escribió cuando murió su prometido:

«Padre, sin importar lo que en esta tierra

tu soberana mano niegue

acepta en tu trono celestial

esta petición:

Dame un corazón tranquilo y agradecido,

libre de todo murmullo.

La bendición de tu gracia imparte

y déjame vivir para Ti».

No cabe duda de que la ansiedad es un tema complicado, pero no exclusivo de nuestra época. En todos los tiempos históricos la gente ha sufrido preocupación, ansiedad y dolor. La pregunta está en cómo la enfrentamos. Wesley, Cowper y Steele, de la mano de Hellings, se aferraron al Dios de amor de la Biblia y nos compartieron sus conclusiones a través de la música.

Si hoy estás pasando por penas y descalabros, por preocupación excesiva e incluso pánico, proponte escuchar un himno al día. Medita en las palabras de los autores, consciente que no vivieron existencias placenteras, sino sus propias tribulaciones, y, como nos recomienda Steele, aférrate a Dios aun cuando te encuentres tirada en el polvo.

¿Quién sabe? Quizá tú seas la compositora que esta generación necesita para recordarnos quién es Dios y por qué podemos confiar en Él.

El laberinto

En uno de los castillos de Inglaterra, Hampton Court, se encuentra el laberinto más conocido y antiguo. Abarcando un tercio de acre, uno debe hallar el centro a través de senderos que se tornan callejones sin salida, o que nos hacen volver al punto de referencia. Miles de visitantes al año intentan llegar al centro para sacarse algunas fotografías. ¿Y qué hay en ese mágico lugar? Nada. Solo una placa que dice: «He alcanzado el centro del laberinto».

Pero podríamos pensar en este laberinto como un ejemplo de las religiones del mundo. Todas nos prometen llegar al centro, aunque no se ponen de acuerdo qué hay allí. Algunas auguran muchos dioses; otras declaran que solo hay un Dios. Aún existen filosofías que nos dicen que a final de cuentas no hay nada en el centro. Lo importante es encontrar el camino que lleva a él.

Somos seres espirituales y buscamos respuestas. Sabemos que el laberinto no es una invención ni un juego. En verdad tenemos una sed por encontrar nuestro propósito en el mundo, y reconocemos que hay un Dios que tiene el control de nuestras vidas. Es por eso que el cristianismo ofrece una respuesta contundente: en el centro del laberinto está Dios. Un Dios justo y compasivo, un Dios sabio y todopoderoso, el Dios verdadero.

¿Y cómo llegar a ese Dios? Todas las religiones nos llevarán a callejones sin salida, porque a final de cuenta las religiones mencionan que debemos «hacer, sentir o aprender» algo para conseguir el galardón. Mahoma, por ejemplo, dijo ser un profeta que mostraba el camino. Buda dio ideas de cómo encontrar cada quien el camino. Pero Jesús pronunció palabras que solo un loco, o Dios mismo, pudo haber declarado: «Yo soy el camino… nadie viene al Padre sino es por mí» (Juan 14:6).

¡Increíble! Él es el camino. Y nos revela qué hay en el centro. Su Padre. Dios mismo. Así que el único modo de llegar al centro se basa en seguir las pisadas de Jesús, quien es el camino. Sus pisadas, cuando las veamos con atención, tendrán una marca particular: serán manchas de sangre, de esos pies ensangrentados que abrieron el camino al centro del laberinto.

Debido a que muchos turistas se perdían y frustraban en el laberinto de Hampton Court, los encargados decidieron poner a un hombre en un lugar ubicado en lo alto. Desde ahí puede ver a los turistas perdidos y confusos y ofrecer ayuda. Muchos deciden no escucharlo, pero los que han caído en más desesperación no dudan en aceptar su ayuda.

En el centro del laberinto del alma está Dios Padre. Jesús es el camino, el único que sabe cómo llegar al Padre y que nos pide que lo sigamos. Pero está también ese «alguien» en lo alto guiándonos y dirigiéndonos cuando nos desviamos del camino. Se trata del Espíritu Santo, quien nos enseña toda verdad.

Para muchos, el cristianismo es una religión más. Pero recordemos que una religión exige prácticas o sentimientos o conocimiento. El verdadero cristianismo cree en un Dios trino. Aún más, solo nos pide una cosa: fe en Jesús. No se trata de hacer, sentir o saber. Se trata de ser. Ser hijos de Dios para poder andar en las pisadas de Jesús. Ser nuevas criaturas que escuchan la dirección del Espíritu Santo y lo obedecen. Ser aquellos que un día se postrarán ante el Padre y hallarán el centro, y allí depositarán sus coronas a sus pies, conscientes de que Él merece todo honor.

Que en este laberinto de la vida lleguemos al centro de todo: Dios mismo.