El destructor de imágenes

Una imagen, nos dice el diccionario, describe una figura, representación, semejanza, aspecto o apariencia de una determinada cosa, pero no es la cosa en sí. Por ejemplo, cuando decimos: “Eres la viva imagen de tu padre”, nos referimos a que la persona en cuestión tiene un parecido intenso con su progenitor, pero no es él.

C. S. Lewis escribió una poderosa declaración a su futura esposa, Joy Gresham, cuando aún no nacía entre ellos un romance que les regaló tres años de dicha. En una de sus cartas le dijo: “Hay tres imágenes en mi mente que debo continuamente olvidar y remplazar por otras mejores: la falsa imagen de Dios, la falsa imagen de mi prójimo, y la falsa imagen de mí mismo”.

La Gran Historia

Sobre la Gran Historia.

Historia, con mayúscula. Uno de mis momentos magisteriales más motivantes se ha dado cuando he podido enseñar historia. En primaria pude recorrer la historia de México con mis alumnos de tercero y cuarto grado. Cuando enseñé una segunda lengua, traté de introducir pequeñas viñetas históricas de la cultura para que mis alumnos comprendieran más el contexto de muchas palabras y frases. Después, cuando enseñé preparatoria y fui maestra de la materia: Historia de la Iglesia, mis sueños se cristalizaron. 

Hoy extraño enseñar historia, pero sobre todo la que lleva letra mayúscula, es decir, la gran Historia. ¿Por qué? Porque la historia importa. Lo que sucedió antes ha marcado una diferencia. De hecho, el cristianismo no es tanto una serie de doctrinas o una teoría, sino algo que pasó, que pasa y que pasará.