El laberinto

En uno de los castillos de Inglaterra, Hampton Court, se encuentra el laberinto más conocido y antiguo. Abarcando un tercio de acre, uno debe hallar el centro a través de senderos que se tornan callejones sin salida, o que nos hacen volver al punto de referencia. Miles de visitantes al año intentan llegar al centro para sacarse algunas fotografías. ¿Y qué hay en ese mágico lugar? Nada. Solo una placa que dice: «He alcanzado el centro del laberinto».

Pero podríamos pensar en este laberinto como un ejemplo de las religiones del mundo. Todas nos prometen llegar al centro, aunque no se ponen de acuerdo qué hay allí. Algunas auguran muchos dioses; otras declaran que solo hay un Dios. Aún existen filosofías que nos dicen que a final de cuentas no hay nada en el centro. Lo importante es encontrar el camino que lleva a él.

Somos seres espirituales y buscamos respuestas. Sabemos que el laberinto no es una invención ni un juego. En verdad tenemos una sed por encontrar nuestro propósito en el mundo, y reconocemos que hay un Dios que tiene el control de nuestras vidas. Es por eso que el cristianismo ofrece una respuesta contundente: en el centro del laberinto está Dios. Un Dios justo y compasivo, un Dios sabio y todopoderoso, el Dios verdadero.

¿Y cómo llegar a ese Dios? Todas las religiones nos llevarán a callejones sin salida, porque a final de cuenta las religiones mencionan que debemos «hacer, sentir o aprender» algo para conseguir el galardón. Mahoma, por ejemplo, dijo ser un profeta que mostraba el camino. Buda dio ideas de cómo encontrar cada quien el camino. Pero Jesús pronunció palabras que solo un loco, o Dios mismo, pudo haber declarado: «Yo soy el camino… nadie viene al Padre sino es por mí» (Juan 14:6).

¡Increíble! Él es el camino. Y nos revela qué hay en el centro. Su Padre. Dios mismo. Así que el único modo de llegar al centro se basa en seguir las pisadas de Jesús, quien es el camino. Sus pisadas, cuando las veamos con atención, tendrán una marca particular: serán manchas de sangre, de esos pies ensangrentados que abrieron el camino al centro del laberinto.

Debido a que muchos turistas se perdían y frustraban en el laberinto de Hampton Court, los encargados decidieron poner a un hombre en un lugar ubicado en lo alto. Desde ahí puede ver a los turistas perdidos y confusos y ofrecer ayuda. Muchos deciden no escucharlo, pero los que han caído en más desesperación no dudan en aceptar su ayuda.

En el centro del laberinto del alma está Dios Padre. Jesús es el camino, el único que sabe cómo llegar al Padre y que nos pide que lo sigamos. Pero está también ese «alguien» en lo alto guiándonos y dirigiéndonos cuando nos desviamos del camino. Se trata del Espíritu Santo, quien nos enseña toda verdad.

Para muchos, el cristianismo es una religión más. Pero recordemos que una religión exige prácticas o sentimientos o conocimiento. El verdadero cristianismo cree en un Dios trino. Aún más, solo nos pide una cosa: fe en Jesús. No se trata de hacer, sentir o saber. Se trata de ser. Ser hijos de Dios para poder andar en las pisadas de Jesús. Ser nuevas criaturas que escuchan la dirección del Espíritu Santo y lo obedecen. Ser aquellos que un día se postrarán ante el Padre y hallarán el centro, y allí depositarán sus coronas a sus pies, conscientes de que Él merece todo honor.

Que en este laberinto de la vida lleguemos al centro de todo: Dios mismo.

Pobre de espíritu

Tomado de: Un Año con Dios

Mateo 5:3

Dios bendice a los que son pobres en espíritu y se dan cuenta de la necesidad que tienen de él, porque el reino del cielo les pertenece. —NTV

Henri Nouwen pasó horas contemplando el cuadro pintado por Rembrandt llamado “El Regreso del Hijo Pródigo” que se ubica en una ermita en Rusia. De sus contemplaciones surgió un libro donde Nouwen medita sobre los personajes de una de las parábolas más importantes que Jesús contó.

Al principio, el hijo menor, pensando que no necesita de su padre, pide su herencia y se marcha a una provincia lejana donde malgasta su dinero hasta que se queda si nada. Vuelve en sí y regresa a los brazos amorosos de su padre. Regresa pobre en bienes materiales, pero sobre todo, en espíritu. El hijo mayor, sin embargo, se siente rico. Cree que no tiene necesidad del perdón de su padre o la comunión con su hermano.

Dios bendice a quienes acudimos a Él como ese hijo pródigo, conscientes de nuestra necesidad y nuestro vacío. En la pintura de Rembrandt, la luz se enfoca en las manos del padre que se posan suavemente sobre la figura herida y sucia del hijo menor. Esas manos están esperándonos hoy también para repartir bendición.

No seas como el hijo mayor, quien en la pintura se oculta tras las sombras. Reconoce tu pobreza espiritual y acude al Padre por excelencia que desea hoy darte una herencia de amor y compasión. Ven a Él. (KOH)

Soy el hijo pródigo cada vez que busco amor incondicional donde no lo puedo encontrar. Nouwen

Una pareja de Singapur

Son como una pareja de novios y yo los admiro; han avivado en mí el anhelo por un compañero de vida. Él perdió a su primera esposa por cáncer de pulmón. Se volvió a casar y no funcionó; hubo divorcio. Como pastor evangélico (líder en su iglesia), perdió gran parte de su trabajo y recibió grandes críticas; se hundió en depresión.

Pero se sometió a las reglas impuestas por su iglesia (disciplina), y sacó adelante a sus dos hijos varones. Poco a poco se levantó, volviéndose en el proceso un hombre más compasivo y de ejemplo loable. Cuatro años atrás (si recuerdo correctamente), se topó con una editora para su nuevo libro. Ella, una reciente viuda con dos hijos varones de la misma edad.

Paso a paso por el libro, llegaron al altar. Hoy son una pareja hermosa. Se roban miradas, se toman de la mano, se apoyan en sus proyectos y se respetan con la madurez de sus años. Ella luce serena y derrama cariño y dulzura; él observa la vida y la comenta en poderosos escritos. En sus pupilas se lee un alma herida, pero por lo tanto más compasiva y profunda.

Trabajan y sirven en Singapur. Yo los observo y me dejo mimar por ellos. Con ella me voy de compras al mercado nocturno; con él compartimos libros y lecturas. Reconocemos en el otro un espíritu afín y disfruto su compañía. Cuando los conocí, anhelé encontrar un compañero con el cual compartir mi vida.

Lo conocí, me casé y luego le presenté a mi esposo a esta increíble pareja: una dulce reunión.

Lo aprendí de Winnie Pooh

Cuando estamos teniendo un mal día, basta con sumergirse en el bosque encantado que Alan Alexander Milne inventó, para toparse de nuevo con la inocencia salpicada de fino humor que nos remonta a nuestra niñez.

Milne, un prolífico escritor y amigo de J. M. Barrie (creador de Peter Pan), no pretendía escribir para niños ni ser recordado por sus libros sobre Christopher Robin, pero así sucedió. Su fama surgió a través de sus poemas y de los cuentos infantiles que escribió para su hijo. 

¿Y cómo nació Winnie the Pooh? Cuenta la historia que en 1914, un tren transportaba tropas con destino a Europa desde Winnipeg, Canadá. Se detuvo en Ontario y el teniente Colebourn compró una cachorra de oso negro por veinte dólares. La llamó Winnie, por la ciudad en donde la adoptó. Así, la cachorra se convirtió en la mascota oficial de la brigada 34. De paso por Inglaterra, Colebourn dejó a Winnie en el zoológico de Londres. Esta osita se volvió la favorita del público, así que se quedó allí hasta su muerte.

Por su parte, la esposa de Milne había regalado un osito «Edward» a su hijo Christopher. A los cinco años, Christopher acompañó a sus vecinos al zoológico londinense y conoció a Winnie. Se hizo amigo de la osa de modo que los cuidadores lo dejaban pasar para jugar con ella. Así que Christopher rebautizó a su oso de peluche Winnie the Pooh y aquellas visitas inspiraron a Milne para el primer poema de la serie.

¿Y qué es lo que Milne construyó en este universo de juguetes? Creó personajes interesantes, como Conejo, quien hace innumerables listas de pendientes y no logra terminar nada; o Kangu, quien como toda buena madre, anda detrás de su hijito para darle medicina o remendar su ropa; o Búho, quien finge saber leer cuando en realidad solo tiene los conocimientos básicos.

El álbum familiar

Encontramos un viejo álbum de fotografías, y como de costumbre, nos sentamos alrededor de él con un sin fin de preguntas para la abuelita. 

—¿Y éste quién es? ¿El abuelo? ¿El bisabuelo? 

—¿Cómo era este tío?

—¿Dónde vivían en ese entonces?

Mi hijo comienza a darse cuenta de que tiene una familia, y en ocasiones se asoma a los álbumes de fotografías y apunta a diversos miembros. Mi deseo es irle contando poco a poco las historias de sus ancestros, aquellos que le heredaron sus apellidos y algunos atributos. 

Leí un libro para padres donde el autor reflexiona sobre el «álbum familiar» que tenemos en la Biblia. ¿Cómo le narramos a nuestros hijos o nietos la historia de David? Quizá lo hacemos como si se tratara de un cuento, las aventuras de Caperucita Roja o Aladino. Pero tal como el autor de este libro atinó en concluir, la Biblia es mucho más que una colección de historias.