¿Eres venenoso?

¿Sabes en qué país del mundo hay más especies venenosas? Correcto. En México, seguido por Brasil y Australia.  

Los animales producen veneno por dos razones: defenderse contra depredadores y cazar su alimento.  

Los seres humanos también creamos mecanismos de defensa para proteger nuestro corazón. ¿Has usado alguno de estos? 

Quizá, como la rana dardo, usas colores en tu piel muy vivos para advertir a los otros de no acercarse. Por medio de tu forma de vestir y conducirte haces que las personas mejor se den la vuelta y ¡ni se atrevan a mirarte! Por cierto, la rana dardo dorado puede matar a diez humanos adultos con su veneno. ¿Usas tú el veneno del recelo? Sigue leyendo…

La vida: regalo de Dios

Mucho se ha escrito y se escribirá de Roberto Gómez Bolaños, conocido como Chespirito, pero quisiera aportar mi pequeño recuerdo. No tendría más de diez años, pues he verificado que la obra “Títere” se presentó hasta 1985, cuando el terremoto destruyó los teatros donde se montaba.

Mis abuelos, mi mamá, mis dos hermanas menores y yo nos sentamos en las butacas del Televiteatro para ver lo que sería —para mis hermanas y yo— nuestra segunda obra de teatro musical. (La primera fue Peter Pan con Lolita Cortés como Peter Pan y el Loco Valdés como el Capitán Garfio).

La historia de “Títere” se basa en el cuento de Pinocho, y si bien conocía la trama, me enganché desde el principio. Me costó de momento olvidar que Florinda Meza no era la Chimoltrufia, sino Betel, un hada buena. Y que Chespirito era Pepe Grillo, la conciencia de Pinocho, y no el Chapulín Colorado. Pero gracias al profesionalismo de los actores, pronto me sumergí en un mundo de canciones, coreografía y magia.

Rebuznos

Luis D. Salem explica que las personas que rebuznan son las que, con «frases imprudentes echan a perder cosas de valor como la armonía en la familia, en la comunidad, etcétera». Y qué fácil es, en las redes sociales, rebuznar. 

Como Sancho Panza, decidamos poner silencio a nuestros rebuznos, y escribir y hablar cosas que enseñen y que incluyan un chispa de fe, esperanza y amor.

El óbolo

La pesadilla comenzó como tantas otras. Artemia, quien realmente era una versión joven de su abuela, se acercaba a la orilla con manos titubeantes. Caronte, el barquero de Hades, el encargado de guiar a los difuntos al otro lado del Aqueronte exigía un óbolo, una moneda, para pagar el viaje.

Entonces Artemia abría la mano. Vacía. El anciano flaco y de ropajes oscuros arrugaba la frente con tal fuerza que los pliegues le daban un aspecto feroz, luego la echaba fuera con palabras petulantes y groseras. Sin moneda, no había cruce. Ahora Artemia debería vagar cien años antes de que le permitieran cruzar el río.

Despertó con el corazón palpitante, pero de inmediato se dio cuenta que la abuela tosía y se acercó a su lado.

—Yiayia, ¿estás bien?

—Ya se me pasará. —Artemia se acurrucó a su lado. Hacía días que la abuela no se levantaba, se fatigaba a cada instante y sentía un dolor insistente en lo más profundo de sus entrañas—. ¿Te he contado mi mayor anhelo? Ver a Jesús en las nubes tal como se fue. Cada mañana despierto y le digo: «Ven hoy, Señor Jesús».

Artemia contempló el techo pintado de blanco, luego miró la vasija de cerámica en la que reposaban las cenizas del abuelo quien había muerto antes que su familia decidiera seguir a Jesús.

Aún podía recodar el llanto de la abuela y la histeria de las plañideras. Jamás olvidaría lo que la abuela le susurró cuando los ritos funerarios terminaron: —Es un viaje sin retorno. No hay solución para la muerte.

Sin embargo, no olvidaron colocar el viático de Caronte en la boca del abuelo asegurando la protección del alma del difunto.

Al día siguiente, la abuela murió. Hombres y mujeres de la iglesia se presentaron para consolar a la familia, pero el corazón de Artemia parecía haberse detenido a la par del de su abuela. Habían cambiado de religión por sugerencia de la abuela, pero ni su padre ni ella se encontraban plenamente convencidos del nuevo credo.

—No tengas miedo, Artemia —le dijo su amiga Sixta, una esclava huérfana de su edad que conocía bien las pérdidas.

—Ella no quería morir. Deseaba ver a Jesús en las nubes. Quizá todo esto es falso. No ha valido la pena. Mi abuela dio casi todo su dinero para pagar la fianza del hermano Jasón. Y ¿para qué?

Sin embargo, un pensamiento más inquietante la perturbaba. Debía colocar un óbolo en la boca de su abuela antes que la cremaran. Desafortunadamente, los ritos se sucedieron con una lentitud impresionante. La música funeraria con los instrumentos de viento se evitó. Su padre accedió a que se entonaron los salmos hebreos que algunos de los cristianos conocían. Artemia no comprendía la letra, pero el ritmo la tranquilizó medianamente.

La magia de las hadas

Le contaban de magia, pero ella nunca tuvo una varita. Buscó a Campanita y preparó comida para hadas, como marcaban los cuentos, pero ni siquiera aparecieron gnomos o duendes. Leyó sobre libros antiguos donde encontraría las fórmulas para ingresar a mundos alternos, pero ninguna biblioteca los tenía.

Creció y pensó que no valía la pena gastar su tiempo en ilusiones. Eso se lo dejaría a los niños y a los abuelitos, pues increíblemente su abuelita aún soñaba con lo imposible. Ella ya no se estremeció cuando el príncipe besaba a la princesa ni cuando el dragón se interponía en su camino, pues en el fondo, dejó de pensar en las princesas. Hasta que un día…

No sucedió en un bosque encantado ni junto a un río cristalino, tampoco en una noche de luna llena ni en un amanecer en la playa. En la sencillez de su minúscula habitación, rodeada de papeles y libros, entre una cama, cuadros y fotografías de seres queridos, escuchó una vocecita.

No provenía de un hada ni de un troll, de un fantasma ni de un genio de la lámpara, sino de su propia cabeza. Y le decía: «La historia está dentro de ti». ¿A qué se refería?

«Las hadas viven mientras creas verlas». La magia funcionaría en su cabeza. Y lo mejor de todo, la podría compartir a través de las teclas. Sí, ya no había plumas ni tinteros, sino una laptop sobre el escritorio, donde la magia empezó.