Este ha sido uno de los libros más difíciles que he tenido que escribir, pero tenía que hacerlo. Este extracto resume el tema.
«Viví la experiencia de una persona muy cercana a mí que tardó muchos años en aceptar que había sido víctima de abuso sexual en su niñez. Calló durante mucho tiempo ese evento que marcó su vida para siempre. Ni sus padres ni sus hermanos lo sospechaban. Creció en la iglesia y escuchó de Jesús; aceptó la vida nueva, pero tardó mucho en sanar las heridas. ¿Por qué? Por las mentiras en su mente.
“Quizá para otros sí, pero para mí no”, se decía. En sus propias fuerzas, trataba de ser una persona perfecta; siempre se equivocó. Cansado de tratar, se dejó llevar por la locura de la juventud. Probó drogas y alcohol para mitigar el dolor; escapó de relaciones sanas, y prefirió relaciones tormentosas. Pero siempre terminó insatisfecho, y sintiéndose todavía más culpable. En su opinión, no merecía el amor de Dios.
Cambió de ciudad y comenzó de nuevo. Allí nadie lo conocía. Podría comportarse correctamente. De hecho, se entregó al servicio de Dios. Y fue precisamente allí, cuando quiso dar todo, que Dios lo detuvo y lo hizo enfrentar este hecho en su vida. Mediante la confesión y el amor de consejeros espirituales comenzó el proceso. Pero no fue sencillo. Una lucha espiritual encarnizada surgió. Me atrevo a decir que los demonios lo atacaron mediante pensamientos fatídicos. “No vales nada”. “Ninguna mujer te querrá”. “Has pecado tanto contra Dios, ¿por qué habría de perdonarte?” “¿Tú? ¿Servir a Dios?”
Estoy segura de que las oraciones de mucha gente lo ayudaron, pero él tuvo que tomar la decisión final. Cierta noche de lucha, cayó rendido, literalmente postrado, ante Dios y le dijo: “Soy tuyo. Ya no puedo más. No en mis fuerzas, sino solo por Jesús”. Vio la cruz, comprendió la cruz, abrazó la cruz. No necesitaba más. Entonces Dios le confirmó sus promesas. Él no estaba descalificado por aquello que había sucedido en su pasado. Dios no lo veía como un vaso roto, sino como un vaso útil. Fue como si Dios le dijera: “No te amo porque seas perfecto o bueno; no te amo por lo que haces o no haces; te amo porque soy Dios, y he decidido amarte”.
Por muchos años temió la noche. No soportaba que alguien tocara su espalda, en recuerdo de aquella experiencia traumática de su niñez. Dormía hecho un ovillo, con pesadillas constantes. Pero de pronto todo cambió. Encontró el abrazo de Dios, y ahora duerme en paz y con una sonrisa.
Hoy es un hombre restaurado, con una esposa y un hijo. Ayuda a otros que han pasado por el mismo dolor, y ha perdonado a sus agresores. Cuando me cuenta lo que experimentó, se me humedecen los ojos, porque sé que por mucho que yo lo trate de entender, jamás comprenderé lo que para él significa el abrazo del Padre.
Abracemos. Dejemos que nos abracen. Porque si bien los abusadores de este mundo han manchado y herido nuestra confianza, si bien hoy nos asusta cualquier intento de contacto, hallaremos sanidad, precisamente, mediante el toque de la mano de Dios y de un alma amiga».
