Sueños rotos

En el 2010 escribí dos libros «complicados», por llamarlos de alguna manera. En ellos abordé temas difíciles, pero necesarios. Primero hablaré del Bargueño.

Uno de los retos de este libro fue el salto de épocas. Parte de la historia ocurre en el mundo contemporáneo, la otra mitad pasa en tiempos virreinales. Siempre he sentido interés por el México Colonial, y he dicho que de haber vivido entonces, habría sido una monja, tipo Sor Juana Inés de la Cruz, para poder leer y escribir sin distracciones.

No he vuelto a intentar estos saltos de época, quizá porque otras novelas no lo han requerido, pero me gustó mucho el ejercicio, así como toda la investigación histórica que exigió.

No es una historia sencilla, ya que hablo de la soledad, el alcoholismo, el divorcio, la religión que mata la fe, pero espero que a través de estas páginas se vislumbre un poco de esperanza.

Agradezco que a algunas de mis lectoras y amigas más exigentes les haya gustado.

«He terminado El Bargueño. Tengo que decirte que me ha encantado. En mi opinión este es uno de tus mejores libros hasta ahora, un excelente trabajo. Un libro intenso en todo los sentidos. Disfruté mucho las tramas en dos épocas diferentes, el retrato historico tan detallado, el poder visualizar los sentimientos de Francisco Javier, de Magdalena, de Laura, como siempre tus personajes son muy humanos, muy reales, y el final me pareció buenísimo». 

Si alguien me pidiera resumir el libro en una frase, diría que habla de sueños rotos.

«¿Sueños rotos? ¡Qué tontería! La vida se componía de deberes: obediencia absoluta, castidad extrema y pobreza total. Se asomó por el balcón antes de dirigirse a la sala donde Catalina lo esperaba con un banquete. En el patio, vio la fuente con agua, y unas capuchinas sembradas en los alrededores, pero algo lo movió a bajar al cuarto donde Catalina guardaba cachivaches y allí encontró el bargueño que había pertenecido a Magdalena. Trató de abrir uno de los cajoncitos y se desprendió el pestillo. Sucedió lo mismo con el segundo cajón, así que se dio por vencido.

La vida estaba hecha de sueños rotos, según Magdalena, y al parecer, ella encontró el sueño mejor antes de morir. Francisco Javier meneó la cabeza y ocultó la carta entre la madera detrás de los arcos. Luego le dio la espalda a ese mueble que solo lo atormentaba. Magdalena se equivocaba; no podía tener razón. En la vida solo había tragedias y desatinos. ¿Habría sido feliz? ¿Y él? Tristemente, viviera diez o cincuenta años más, nunca olvidaría a su dulce capuchina. Él la lloraría de por vida y la recordaría hasta dar su último suspiro. ¿Y a él? ¿Alguien lo endecharía? ¿Qué hacía con su vida? Si tan solo tuviera la fe de Magdalena. Si pudiera regresar a su niñez cuando se sentaba sobre la fuente para soñar. Entonces se preguntó si algún día, de alguna forma, las piezas de sus propios sueños rotos se reunirían para formar un sueño mejor».

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