En el año 2000 falleció mi abuelo. Él no solo era mi héroe, sino mi ejemplo a seguir. Quería escribir como él, enseñar como él, vivir como él. Y el libro que él amaba, además de los muchos en su biblioteca, era la Biblia.
A mí también me gustaba estudiarla, y un día me topé con la genealogía de Jesús en el evangelio de Lucas. Buscaba yo, particularmente, al hijo de Salomón, Roboam, pero apareció otro nombre ahí: Natán. Un momento. ¿Quién era ese Natán?
Lo busqué en el Antiguo Testamento. En efecto, David había tenido un hijo llamado Natán con Betsabé. Mis indagaciones me llevaron a una historia interesante de familias. De parte de Roboam, vendría la familia de José, el padre adoptivo de Jesús. Pero Natán sería el ancestro del que vendría María, su madre. Y precisamente por eso, la maldición dada a Jeconías no aplicaría a Jesús.
Escribí entonces la historia de ese Natán, ese segundo hijo, siempre a la sombra de su hermano Salomón, pero uno que, en mi imaginación, viviría una vida recta y fiel, y de quien un día vendría al Mesías.
Entonces encontré más nombres interesantes, más historias fascinantes, y seguí haciéndome preguntas y escribiendo. ¿Cómo habría sido para Eva tener a su primer hijo sin otra mujer que le ayudara o le contara lo que iba a pasar? ¿Qué sintieron los familiares de Noé en el arca? En esos tiempos se estrenaban los reality shows en que encerraba a un grupo en una casa, y los conflictos no se hacían esperar.
¿Quién fue Péleg? ¿Cómo vivió Booz su adolescencia con una madre señalada por su pasado? ¿Cómo vivieron los ancestros de Jesús la época helénica? ¿Cómo recibió el abuelo de Jesús, el padre de María, la noticia de que su hija estaba embarazada?
Relatos breves, donde experimenté con una narrativa más literaria y descriptiva, sin tanto diálogo, y donde lloré y reí ante tantas familias imperfectas, quizá disfuncionales, pero en las que siempre brillaba la promesa de que a través de la semilla de Eva llegaría un redentor.
Y luego, mi querida editora Patricia Adrianzén, se ofreció a publicarla. Ya no está mucho en circulación esta colección de relatos, pero estos siguen en mi mente y en mi corazón, y de algunos de mis lectores, pues no hay familias perfectas, pero sí hay quien redime, salva y cambia familias, y nos adopta a lo mejor que puede haber: Su propia familia.
