Todo empezó con Ator

Todo tiene un principio, y el mío fue un guerrero de dieciocho años. Según mis cálculos, andaría en la misma edad cuando empecé a dar una clase bíblica a un grupo de niños. El grupo rondaba los 9 o 10 años, y nos juntábamos en un salón pequeño, donde repasábamos el versículo a memorizar y recorríamos algún libro bíblico en particular que recuerdo.

Lo que sí tengo presente es que ellos conversaban sobre la caricatura del momento: Los caballeros del zodiaco. Repetían sus nombres, me contaban sobre sus hazañas y se emocionaban por los nuevos capítulos. Entonces yo les dije: «La Biblia tiene historias más interesantes». Ellos me miraron con sospecha.

Luego me desafiaron: «¿Puedes contarnos una historia igual de emocionante que hable de guerreros?»

Me fui a mi casa con la encomienda, y de repente, ahí estaba Ator, en el Planeta Perdido. Mi fascinación por la época Medieval y las leyendas del Rey Arturo se combinaron con mi amor por El progreso del peregrino. Y, de repente, Ator se vio rodeado de dragones y peligros. Y no podía estar solo, así que apareció Celeste para luchar a su lado.

Al siguiente domingo, llegué con el primer capítulo, mecanografiado y con errores, y le prometí a los chicos que si nos apurábamos lo leeríamos al concluir la clase. Me obedecieron y así empecé a leer. Al principio me decepcioné. Unos de ellos parecían aburridos; otros se cuchicheaban o se mostraban inquietos. A mi parecer, ninguno me prestaba atención.

Ni siquiera pude terminar de leer el capítulo porque sonó el timbre que anunciaba que la clase debía concluir. Guardé mis hojas y les dije que podían marcharse. «¿Qué?» Muchos pares de ojos se posaron en mí. «¿Y qué pasó con Ator? Queremos oír más».

Así que al siguiente domingo continuamos, y así sucesivamente hasta que terminó mi tiempo con ellos unos tres meses después. No terminé de escribir el libro, eso sucedería unos dos años más tarde.

Pero una de las razones por las que concluí el manuscrito fue porque esos lindos alumnos, después adolescentes, me seguían preguntando por Ator y sus amigos, por lo que supuse mi libro no era tan malo, y quizá valía la pena terminar sus aventuras.

Hoy existe una trilogía, y de los otros dos libros hablaré más adelante, pero sin lugar a duda, Los guerreros de la luz fue ese primer libro que escribí de principio a fin y que me abrió las puertas al mundo fascinante de la publicación. Hoy me conmueve seguir escuchando de niños y adolescentes que han vivido altos y bajos al lado de Ator y sus amigos, y agradezco a Dios por este personaje que a mí también me ha enseñado tanto.

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