Gentil domador

Dice Luis D. Salem que los burros, hace mucho tiempo, eran bravos y aguerridos, no como los conocemos hoy. Por eso, Cristo fue domador de burros, como del intrépido Saulo o el voluble Pedro. 

Un amigo de don Luis, don Modesto Montañés, llegó a decir: «Yo no soy más que un asno feliz en el cual cabalga Jesús». 

Supongo que todos tenemos una historia de cuando andábamos rebeldes y reacios a ser montados, y como asnos salvajes dábamos de patadas y mordidas al que se acercaba. O quizá caímos en las crueles manos de un ser violento que usó la vara golpeadora para obligarnos a hacer lo que no queríamos, no debíamos, no entendíamos. 

Pero un día llegó el Gentil domador, que no venía a domesticarnos, sino a darnos libertad para ser aquello para lo que fuimos creados. Nos abrió las puertas a la creatividad, al servicio y a la belleza. Nos ayudó a escalar montes y cruzar valles, y a entender que podíamos llevar sobre nosotros a los demás en amor y compañerismo. 

Pero, para eso, Él debió cabalgar sobre nosotros primero, como aquel Día de Ramos, pero no olvidemos lo que el profeta Zacarías enseñó: «Nos cabalga un Rey». Y eso hace toda la diferencia.

Casas y recuerdos

He tenido demasiadas casas. La casa de mi niñez, con mi recámara propia de paredes verde selva, donde lloré, soñé y escribí por primera vez. La casa de mi primer año de matrimonio, grande y espaciosa, pero que duró poco. La casa cerca de las vías del tren, donde aprendí a ser mamá. La casa de la esquina, diseñada por mi esposo y construida con amor. El departamento en Turquía, mi refugio y altar. La nueva casa, con un tragaluz de esperanza. La casa rentada, donde crecen mis adolescentes. 

«Todas las casas tienen memoria», escribió David Farrier. Podemos trazar los planos de una casa, pero habitamos una historia, nuestra historia, la historia de nuestra familia, porque cada casa implica personas: mis padres y mis hermanas, mi esposo y mis hijos, los amigos, los miembros de mi comunidad de fe, los compañeros de equipo, los caminantes de vida que nos acompañan. 

Los lugares físicos, como una casa, se pueden cartografiar y ubicar en un mapa, pero para descubrir los tesoros de un hogar se requiere ser un arqueólogo para investigar las fotografías antiguas, para excavar —capa por capa— las heridas y las alegrías, para analizar los patrones y conductas, para interpretar las creencias y tradiciones, para conservar los tesoros espirituales.

Un anillo

Un anillo, un pequeño objeto circular, pero ¡qué codicia provocó en los corazones de los que lo hallaban! Causó guerras, muertes, traiciones y ceguera. Un pequeño anillo propició tres libros, unas fantásticas películas en las que la Tierra Media se debatía por obtener o rechazar el poder que esa miniatura ofrecía. En “El Señor de los Anillos” admiramos la honestidad de unos, la avaricia de otros y la lucha por el poder.

Hitler anhelaba el poder al igual que Stalin, Nerón, y tantos otros políticos, soldados, artistas y criminales.  Su ilusión:  dominar al mundo.  He-man, el hombre fuerte de las caricaturas, gritaba:  “¡Yo tengo el poder!” En otra tira cómica, Mumra, enemigo de los Thunder Cats declaraba: “¡Soy inmortal!”  Un día Lucifer, un hermoso ángel, quiso ser igual a Dios y fue echado del paraíso. Eva y Adán desearon conocer el bien y el mal y perdieron la comunión con Dios; salieron del huerto.

Sin embargo, Satanás y el hombre no comprenden qué es el poder. Curioso que la definición que más me agrada provenga de una película y de la boca de un personaje controversial que vivió durante la Segunda Guerra Mundial. Su nombre:  Schindler, su logro: rescatar judíos de la muerte dándoles trabajo en su fábrica.

Cierta noche, platica con Goethe, el general lunático encargado del campo de concentración. Entre copa y copa, Goethe bastante ebrio, habla del poder y declara:  “El control es poder”. Schindler, en sus cinco sentidos, pregunta:  “¿Por eso nos temen?” Goethe sonríe y le dice: “Nos temen porque tenemos el poder de matarlos.  Por eso nos temen”.

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