Ser madre implica tomar muchas decisiones al día. Qué deben comer, cómo vestirlos, cuándo jugar, dónde pasear. Pero en ocasiones las determinantes surgen de situaciones extremas y externas, como le sucedió a Antusa.
Antusa vivió en el siglo 4, en Antioquía, una ciudad importante de Siria, la que se menciona en la Biblia como la iglesia base de la que el apóstol Pablo salió en sus viajes misioneros. De acuerdo a las costumbres de la época, Antusa se casó joven, con un oficial del Ejército Imperial llamado Segundo, pero él murió y dejó a Antusa viuda a los veinte años con un hijo.
La primera elección que debió hacer esta mujer concernía a su viudez. ¿Volverse a casar? ¿Buscar un padre para su hijo? Antusa decidió no hacerlo. Se dedicaría de cuerpo y alma a la educación de Juan.
En segundo lugar, Antusa observó que Antioquía era un lugar en el que los cristianos escaseaban. El sistema educativo se le figuró impropio para su hijo, así que tomó las riendas del asunto y optó por educar en casa. Lo que hoy parece una importante opción fue desde el siglo 4 un reto tomado por algunos padres.
Sin embargo, Antusa no aparece en la historia como una madre preocupada o llena de miedos, sino como una mujer gozosa. Dios apoyó a Antusa en la misión de educar al pequeño Juan, y como ella había recibido educación clásica en su juventud, compartió con él su conocimiento. También lo animó a perseguir una carrera como predicador, por lo que él estudió Teología con el célebre maestro Diodoro en Tarso.
Antusa se nos presenta como una mujer que se gozaba en ver a su hijo crecer. Sobre todo, los historiadores comentan que Antusa sonreía al ver la imagen de su esposo en su hijo.
Cuando su hijo Juan creció, Antusa lo envió a estudiar lejos, así que le escribió cartas. Se conserva una carta de ella en la que habla del regalo de la amistad. Vemos pues una mujer que seguramente contaba con un círculo de amigas que la rodearon en sus horas difíciles.
Quizá muchas de nosotras nos enfrentaremos a dilemas similares. ¿Es la escuela en casa para nuestros hijos? Si Dios nos llama a ello, no dudemos en que él nos dará sabiduría y capacidad para tan noble labor.
¿Estamos criando hijos sin ayuda? Recordemos que el “don” de la amistad nos puede cubrir y proteger del frío de la soledad.
El hijo de Antusa se convirtió en uno de los grandes líderes cristianos de su época. Se le reconoce por sus profundas interpretaciones de Génesis, Mateo, Juan, Romanos, Corintios, Gálatas, Efesios, Timoteo y Tito. De hecho, se le dio un apodo, “Crisóstomo”, o el de la boca de oro.
Antusa dedicó su vida al rol más importante del mundo: criar a su hijo para Cristo. Las Escrituras y las virtudes que inculcó en él permanecieron en Juan de un modo sólido por el resto de su vida.
En su entrega, Antusa halló gozo. En su entrega, Antusa cumplió con Dios y su marido. En su entrega, Antusa conoció la verdadera felicidad.
El gozo del que habla la Biblia va más allá de la felicidad pasajera que nos ofrece el mundo. El gozo real proviene de la satisfacción de cumplir con aquello a lo que hemos sido llamadas, y una vez que somos madres, esto se convierte en uno de nuestros principales compromisos con Dios. Hijas de Dios primero, esposas después, madres por siempre. Pero en gozarnos en nuestra entrega, nos toparemos de frente con el gozo y los resultados mostrarán que hemos acertado en nuestra decisión.
Tomado de Suspiros para mamá, Verbo Vivo
