Casitas para ratones

Desde el 2016, un grupo colectivo de artistas suecos llamados Anonymouse, ha estado creando casas miniaturas para ratones en Suecia, Francia y otros lugares. Aparecen de manera repentina en diferentes ubicaciones, en calles de ciudades importantes, y despiertan la imaginación de niños y adultos. Búscalos en Instagram y disfruta su creatividad.

Mi hija quedó fascinada con una de las fachadas de un pequeño restaurante italiano. Bien podía imaginar a un ratón llegando para cenar. Pero eso nos hizo pensar en que Jesús también habita nuestros corazones, algo que hizo que ella se rascara la cabeza. ¿Cómo puede Jesús caber en nuestra caja torácica? Ciertamente es un misterio. Y a Pablo le gustaban los misterios.

El destructor de imágenes

Una imagen, nos dice el diccionario, describe una figura, representación, semejanza, aspecto o apariencia de una determinada cosa, pero no es la cosa en sí. Por ejemplo, cuando decimos: “Eres la viva imagen de tu padre”, nos referimos a que la persona en cuestión tiene un parecido intenso con su progenitor, pero no es él.

C. S. Lewis escribió una poderosa declaración a su futura esposa, Joy Gresham, cuando aún no nacía entre ellos un romance que les regaló tres años de dicha. En una de sus cartas le dijo: “Hay tres imágenes en mi mente que debo continuamente olvidar y remplazar por otras mejores: la falsa imagen de Dios, la falsa imagen de mi prójimo, y la falsa imagen de mí mismo”.

Gentil domador

Dice Luis D. Salem que los burros, hace mucho tiempo, eran bravos y aguerridos, no como los conocemos hoy. Por eso, Cristo fue domador de burros, como del intrépido Saulo o el voluble Pedro. 

Un amigo de don Luis, don Modesto Montañés, llegó a decir: «Yo no soy más que un asno feliz en el cual cabalga Jesús». 

Supongo que todos tenemos una historia de cuando andábamos rebeldes y reacios a ser montados, y como asnos salvajes dábamos de patadas y mordidas al que se acercaba. O quizá caímos en las crueles manos de un ser violento que usó la vara golpeadora para obligarnos a hacer lo que no queríamos, no debíamos, no entendíamos. 

Pero un día llegó el Gentil domador, que no venía a domesticarnos, sino a darnos libertad para ser aquello para lo que fuimos creados. Nos abrió las puertas a la creatividad, al servicio y a la belleza. Nos ayudó a escalar montes y cruzar valles, y a entender que podíamos llevar sobre nosotros a los demás en amor y compañerismo. 

Pero, para eso, Él debió cabalgar sobre nosotros primero, como aquel Día de Ramos, pero no olvidemos lo que el profeta Zacarías enseñó: «Nos cabalga un Rey». Y eso hace toda la diferencia.

Casas y recuerdos

He tenido demasiadas casas. La casa de mi niñez, con mi recámara propia de paredes verde selva, donde lloré, soñé y escribí por primera vez. La casa de mi primer año de matrimonio, grande y espaciosa, pero que duró poco. La casa cerca de las vías del tren, donde aprendí a ser mamá. La casa de la esquina, diseñada por mi esposo y construida con amor. El departamento en Turquía, mi refugio y altar. La nueva casa, con un tragaluz de esperanza. La casa rentada, donde crecen mis adolescentes. 

«Todas las casas tienen memoria», escribió David Farrier. Podemos trazar los planos de una casa, pero habitamos una historia, nuestra historia, la historia de nuestra familia, porque cada casa implica personas: mis padres y mis hermanas, mi esposo y mis hijos, los amigos, los miembros de mi comunidad de fe, los compañeros de equipo, los caminantes de vida que nos acompañan. 

Los lugares físicos, como una casa, se pueden cartografiar y ubicar en un mapa, pero para descubrir los tesoros de un hogar se requiere ser un arqueólogo para investigar las fotografías antiguas, para excavar —capa por capa— las heridas y las alegrías, para analizar los patrones y conductas, para interpretar las creencias y tradiciones, para conservar los tesoros espirituales.